martes, 27 de octubre de 2015

Poemas de José Antonio Pamies en "Diario nómada" (1)


Hay un ángel caído
en cada estantería de mi casa,
hay una flor negra y venenosa
que supura miel contra esta herida,
hay un temblor nómada
escarbando en la entraña de los nombres.


El estornino canta en la mañana ciega,
sueño y muerte acarician la luz del nuevo día,
la oscuridad te nombra silenciosa
desde la tierra alta.


Encina del atardecer, olmo seco,
¿qué ven vuestras copas ahí arriba?
decidme algo porque estuve ciego,
aprendí a mirar con luna
como hacía en otras noches de invierno,
lo intenté una y otra vez como antes,
subí a la rama, se rompió del peso,
este peso de vivir como estatua
de carne sin memoria y de hueso.


Vieja calle de Oporto

donde aquel tranvía amarillo,
como las páginas
de un gastado cuaderno,
va señalando los espacios huecos
que todavía precisan de luz.


Ciegos de luz,
borrachos de otro tiempo,
absortos en pequeñas calles
donde los escaparates escupen,
su mirada fría nos detiene,
observamos cristales fugitivos,
olemos miradas sin raíz,
tocamos labios de ceniza
que nos responden
palabras vagamente conocidas.


Cualquier tarde en Malasaña
una mujer te besa las ideas,
un poema se te escapa de los labios,
un amigo te alegra el corazón.

Y después, cuando la luz del día
se despide de lso transeúntes,
un ensueño familiar
atraviesa el espejo de sus calles.

Donde el ahora es ley,
y el amor un infinito practicable.

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