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lunes, 26 de abril de 2010

Lucy Cristina Chau



Mirar el cielo

Agonizo en la ciudad
me sumerjo herida
y no sólo por ello
cuesta respirar.

No es del todo el aire
matizado con tabaco y maldad
ni las aceras angostas
o el aromaque me imparte la miseria.

Detengo la misión del día
ante el reflejo que me nombra imperfecta,
miro a toda la gente que gravita
serenidad en el iris de otras coordenadas
multitud de intentosgotas de estupor
personajes del sueño.
La bala que espero
me toca el hombro
ruega mi chaleco
cedo
en su bondad me recupero
pasa el aire simple
diafragma completo
luz
que no es letrero
grito “libre”
con la sola vocal que recuerdo
y dos segundos antes
supe que en esta ciudad
la única forma de mirar el cielo
es tirada en el suelo
como un muerto.

La casa que fui
La casa que fui
no tiene puertas,
ha dejado salir
al habitante.

La casa rota (Editorial Mariano Arosemena, 2009)

De 'La virgen de la cueva':


lunes, 19 de abril de 2010

Lucy Cristina Chau


Panamá (1971). Desde 1993 pertenece al Colectivo de Escritores José Martí.

Tiene publicados los poemarios:

La casa rota

IndiGentes

La virgen de la cueva

Algunos versos de La casa rota:

Auto examen
Hace tiempo calzo
las mismas alfombras,
digo las mismas angustias
y asumo las mismas reglas.

Decidí lavar a máquina las preguntas;
habría que sacar las manchas con lejía,
dejarlas al sol, y entonces,
de alguna manera, imaginar quién era.

Si no hay otra verdad
usaremos la misma.

En todo caso ya no importa
si uno es hombre, mujer,
o peón del ajedrez.

La Compra

Hay un objeto,
muere en la mitad de una tienda.
Lo salvo y me salvo;
El Cordero no es sangre de escaparate.

Por treinta monedas llevo mi perdón,
por quince reales
me saco a Dios de encima.

El vuela hasta mi casa
sin tocar el piso,
sale de la bolsa
y otra vez
los indios aceptamos a Cristo.

Casa rota

Sólo escuché silencios repetidos,
y un eco imitando mi voz dolida.

Abrí todas las puertas,
desperté las luces,
abrigué las sillas desnudas.

Dejé caer la casa
– manos de avena,
dulces, tibias, desechas –
dejé dormir las flores
y no volvieron del sueño,
cerré las ventanas,
sellé la entrada,
doblé la espada.

Divinamente triste
ha llovido la tarde,
susurro de adioses,
miradas vacías.

Tengo frío
de veinte inviernos,
hoy se quiebra el sauce
y estamos secos.

Mañana
la llave me espera
pegada a la puerta.

Iré a su encuentro
con la huella de siempre,
el cerrojo domado,
la alegría extinta
y cinco hermanos
que van a querer
– entre todos –
tocar lo que se ha ido.