miércoles, 20 de enero de 2010

'Penúltimo poema del fútbol', de Bernardo Canal Feijóo

Paréntesis

(Está ya dicho que en el principio fue la acción, no el verbo,-y hay que agregar: que la acción inicial fue indudablemente la patada, según se induce del modo como andan las cosas.
Robustecida, hoy, la voluntad del hombre, en el largo ejercicio de las rebeldías de su exilio paradisíaco, verbo y acción tienden a hacerse simultáneos en la expresión de su alma,-y sólo en la patada se regocija, y consigue la síntesis esférica su genio.
La más profunda convicción, la conciencia final, la que logra la materia desubstanciada, amarga y triste, de las cosas, determina la patada. Por esta suprema y obscura alcurnia, la patada no es nunca obcecada o dramática com la trompada, por ejemplo, que en el hombre corresponde a la sórdida coz de las bestias, sino descreída o irónica, o, a lo sumo, bella y fatalmente brutal, pero siempre aplicable de una manera desajustada y heterodoxa, como conviene al canon. "Una patada en", es algo que tiene todas las salidas imaginables.
Tras el minuto de embriaguez, toda cosa gozada merece, más o menos, la patada. Y ello, no tanto por una innecesaria razón de ingratitud, cuanto porque a los hombres capaces de una succión desatentada de las cosas, se impone el deber de animarlas después con distinto sentido para no vampirizar demasiado en la vida. Una patada es siempre algo que abre una puerta a un más allá insospechado.
La mistad, reducida hoy a tristes expresiones de compañerismo o de recuerdo, pierde las hojas desmayadamente como en una atroz otoñada, y si no fuera susceptible de patada, carecería de sorpresa.
El amor implora la patada como el fuerte instrumento para desbrozarse el campo que necesita, primero, y luego, para volver a la razón. El verdadero dueño del amor, antes de entrar a su casa, calza la patada como la bota taponada y reforzada. Por lo que sus pasos resultan siempre delatores e inconfundibles y ahuyentan hasta los malos espíritus de la atmósfera.
La técnica de la patada responde a una mecánica elemental de palanca. Es así que, conquistado el recurso en la cultura fundamental del hombre, como el cierre siempre suficiente para todas sus oraciones y todas sus acciones, dura y proyectable concreción de su genio caído, se descubre que la única palanca que en el sueño del sabio podría aplicarse a la remoción del mundo, sería la patada. Cualquiera otra, consumaría a remoción inútil, sin suficiente finalidad.
Apurada en la vida, hasta el hueso, la efusión orgiástica de la potencia, el fin natural y forzoso de la vida es la patada empelotante. Más que estirar la pata, el que muere lo que hace es dar la patada,-y eso está bien, y consagra el triunfo del espíritu del hombre hasta en la muerte.
Muchos ejemplos hay de la pertinencia puntuativa final de la patada, y el de más cercana autenticidad lo da el caso de la amistad política, en que no sólo clausura el período herméticamente, sino que lacra la ligadura esencial, la patada. Y concluye por empastelamiento las mejores composiciones de esa amsitad sin libertades.

En un paralelo sereno, la patada arrolla al puñetazo.
El puñetazo es insensato y cruel, es ofuscado y congestivo. Por el contrario, la patada es curada y experiente, es específica y variada. El puñetazo no excede nunca a la fuerza del brazo motor. La patada, en cambio, puede ostentar, aun sobre el último impulso, la sonrisa del escarnio, como la sonrisa confiada y experta del aviador después de la acrobacia.
El puñetazo es débil y vengativo: quiere siempre otro. La patada, en cambio, es perfecta y cancelatoria. Después del puñetazo queda cómo presentar la otra mejilla. Pero después de la patada ya no queda qué presentar.
El mejor puñetazo crea el conflicto. La patada rige el exit.
Cualquiera da un puñetazo, y aun los oradores rajan sus mesas. De ética más alta, la patada es patrimonio del filósofo y del artista. Parecería lo contrario, pero es así, como fruto de una profunda comprensión, de un estado de serenidad y entendimiento ante las cosas.
El puñetazo es empedernido y estúpido;-la patada más directa se florea y ama la paradoja.
El puñetazo nace cuando el juego de manos degenera en juego de villanos, por lo que no es posible praticar el boxeo, el arte del puñetazo, con verdadero espíritu deportivo, con la noble altura que esto importa. Es antisocial,-y desinteresedamente practicado contra la pelota prisionera del puttching, puede conducir a la miopía.
La patada, en cambio, se inclina naturalmente a todas las estilizaciones del deporte; necesita una vasta perspectiva de cielo y horizontes, y se la descubre.)

No sería extraño que los griegos, pueblo sensual y frívolo, no hubiesen conocido un deporte con toda esa trastienda.
Sin embargo, entre los del extenso catálogo legado, ninguno que pueda merecer como éste el epíteto de olímpico.
La patada es el único don olímpico que está atribuido hoy al hombre.

La patada es hija de la democracia igualitaria moderna, fundente y permeable, y hermana del sufragio universal. Pero su sanción reivindica la dignidad substantiva del hombre. Y es su única reivindicación.
Donde el número mata el espíritu, la patada consagra la voluntad individual y caprichosa con el único gesto atendible.
En medio de la hormigueante marejada de la multitud, la patada abroquela el círculo de la autonomía espiritual del hombre, sin compromisos ni rencores.

1 comentario:

Gonzalo Ramos Aranda dijo...

Les comparto mi poema, . . .

EL FUTBOL: JUEGO CELESTIAL DEL HOMBRE

Domingo la cita,
lugar un estadio,
fila de taquilla
pesado calvario.

Estando en la grada
no te importa nada,
que suenen cornetas,
matracas, trompetas.

Disfrutamos juntos
¡el juego del hombre!,
lucen los conjuntos
vistoso uniforme.

Once contra once,
el fut es romance,
la de gajos rueda
en cancha de seda.

El sudor la riega
en sana refriega,
al balón botines,
puntapiés afines.

La defensa luce,
la media se crece,
un buen delantero
encara al portero.

¡La malla se mece!,
¡la gente enloquece!,
¡la magia del fútbol!,
¡se ha metido un goool!

Anotarlo es clave,
bendita esa llave,
el tanto es pedido
en cada partido.

No basta jugarlo
pues hay que ganarlo,
triunfar con honor,
no hay nada mejor.

Dura es la batalla,
la pasión estalla,
mas hay un principio:
¡que se juegue limpio!

El árbitro pita . . .
principio, el final,
marcará cerquita
imparcial penal.

Las porras se cimbran
a cada momento,
aplauden, corean,
acción y talento.

¡Un gran cabezazo!,
¡un tiro al larguero!,
¡bonito chanflazo!,
¡lance del arquero!

¡Deporte el más bello!,
¡que ganas, que entrega!,
el fútbol se juega . . .
también en el cielo.

Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
México, Distrito Federal, a 15 de marzo del 2006.
Si Dios quiere, este bello poema rodará, rodará y rodará
por el mundo, . . . como si fuera un balón de fútbol.
Dedicado a Don Angel Fernández Rugama (QEPD)
Reg. Indautor No. 03-2006-050413132300-01