Ansiedad
El ansia del triunfo
Anidaba en el ángulo de la red,
A espaldas del arquero,
Una gran araña torva...
(El juego se agolpaba contra unos de los arcos, como en un peloteo a la pared. El arquero tenía ya empastelados los ojos, y aunque volvía las espaldas en las contorsiones bruscas, quedaba siempre mirando de frente com un búho idiota.
Solo, abandonado en su arco, el arquero adversario se paseaba de un lado para otro, se detenía, parecía ladrar al tumulto lejano, como un perro atado a su garita.)
Córner
Los jugadores se reunieron a dar la bienvenida.
Como de un lejano horizonte
Se levanta la pelota del córner,
Abriendo su vuelo de serpentina...
Se encoge la guardia de los jugadores
Y ajusta el paredón del gol.
Entonces,
Entre las frentes endurecidas,
Una frente,
Aristada de voluntad
En un salto más alto que ninguno,
Quiebra com un florete
El acero flexible de la parábola del córner...
Réferi
El réferi husmeaba todo, estaba empeñado en revertirlo todo hacia sí, en sorprender las delanteras sin darse mucho afán, con una judiciaria propensión a descubrir la falta, a aplicar sus sanciones de pito solemne.
(Va, vuelve;-tiene una carrera entorpecida de una contracarrera, con estacatos de cardíaco, o de palmípedo doméstico, que pretende seguir el volatín aéreo de los pájaros, y larga tres pasos torpes de tony botinudo.)
Al arco
(El arquero sabe de la alegría de transmutar
en juego el ceño homicida del adversario.)
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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miércoles, 27 de enero de 2010
miércoles, 20 de enero de 2010
'Penúltimo poema del fútbol', de Bernardo Canal Feijóo
Paréntesis
(Está ya dicho que en el principio fue la acción, no el verbo,-y hay que agregar: que la acción inicial fue indudablemente la patada, según se induce del modo como andan las cosas.
Robustecida, hoy, la voluntad del hombre, en el largo ejercicio de las rebeldías de su exilio paradisíaco, verbo y acción tienden a hacerse simultáneos en la expresión de su alma,-y sólo en la patada se regocija, y consigue la síntesis esférica su genio.
La más profunda convicción, la conciencia final, la que logra la materia desubstanciada, amarga y triste, de las cosas, determina la patada. Por esta suprema y obscura alcurnia, la patada no es nunca obcecada o dramática com la trompada, por ejemplo, que en el hombre corresponde a la sórdida coz de las bestias, sino descreída o irónica, o, a lo sumo, bella y fatalmente brutal, pero siempre aplicable de una manera desajustada y heterodoxa, como conviene al canon. "Una patada en", es algo que tiene todas las salidas imaginables.
Tras el minuto de embriaguez, toda cosa gozada merece, más o menos, la patada. Y ello, no tanto por una innecesaria razón de ingratitud, cuanto porque a los hombres capaces de una succión desatentada de las cosas, se impone el deber de animarlas después con distinto sentido para no vampirizar demasiado en la vida. Una patada es siempre algo que abre una puerta a un más allá insospechado.
La mistad, reducida hoy a tristes expresiones de compañerismo o de recuerdo, pierde las hojas desmayadamente como en una atroz otoñada, y si no fuera susceptible de patada, carecería de sorpresa.
El amor implora la patada como el fuerte instrumento para desbrozarse el campo que necesita, primero, y luego, para volver a la razón. El verdadero dueño del amor, antes de entrar a su casa, calza la patada como la bota taponada y reforzada. Por lo que sus pasos resultan siempre delatores e inconfundibles y ahuyentan hasta los malos espíritus de la atmósfera.
La técnica de la patada responde a una mecánica elemental de palanca. Es así que, conquistado el recurso en la cultura fundamental del hombre, como el cierre siempre suficiente para todas sus oraciones y todas sus acciones, dura y proyectable concreción de su genio caído, se descubre que la única palanca que en el sueño del sabio podría aplicarse a la remoción del mundo, sería la patada. Cualquiera otra, consumaría a remoción inútil, sin suficiente finalidad.
Apurada en la vida, hasta el hueso, la efusión orgiástica de la potencia, el fin natural y forzoso de la vida es la patada empelotante. Más que estirar la pata, el que muere lo que hace es dar la patada,-y eso está bien, y consagra el triunfo del espíritu del hombre hasta en la muerte.
Muchos ejemplos hay de la pertinencia puntuativa final de la patada, y el de más cercana autenticidad lo da el caso de la amistad política, en que no sólo clausura el período herméticamente, sino que lacra la ligadura esencial, la patada. Y concluye por empastelamiento las mejores composiciones de esa amsitad sin libertades.
En un paralelo sereno, la patada arrolla al puñetazo.
El puñetazo es insensato y cruel, es ofuscado y congestivo. Por el contrario, la patada es curada y experiente, es específica y variada. El puñetazo no excede nunca a la fuerza del brazo motor. La patada, en cambio, puede ostentar, aun sobre el último impulso, la sonrisa del escarnio, como la sonrisa confiada y experta del aviador después de la acrobacia.
El puñetazo es débil y vengativo: quiere siempre otro. La patada, en cambio, es perfecta y cancelatoria. Después del puñetazo queda cómo presentar la otra mejilla. Pero después de la patada ya no queda qué presentar.
El mejor puñetazo crea el conflicto. La patada rige el exit.
Cualquiera da un puñetazo, y aun los oradores rajan sus mesas. De ética más alta, la patada es patrimonio del filósofo y del artista. Parecería lo contrario, pero es así, como fruto de una profunda comprensión, de un estado de serenidad y entendimiento ante las cosas.
El puñetazo es empedernido y estúpido;-la patada más directa se florea y ama la paradoja.
El puñetazo nace cuando el juego de manos degenera en juego de villanos, por lo que no es posible praticar el boxeo, el arte del puñetazo, con verdadero espíritu deportivo, con la noble altura que esto importa. Es antisocial,-y desinteresedamente practicado contra la pelota prisionera del puttching, puede conducir a la miopía.
La patada, en cambio, se inclina naturalmente a todas las estilizaciones del deporte; necesita una vasta perspectiva de cielo y horizontes, y se la descubre.)
No sería extraño que los griegos, pueblo sensual y frívolo, no hubiesen conocido un deporte con toda esa trastienda.
Sin embargo, entre los del extenso catálogo legado, ninguno que pueda merecer como éste el epíteto de olímpico.
La patada es el único don olímpico que está atribuido hoy al hombre.
La patada es hija de la democracia igualitaria moderna, fundente y permeable, y hermana del sufragio universal. Pero su sanción reivindica la dignidad substantiva del hombre. Y es su única reivindicación.
Donde el número mata el espíritu, la patada consagra la voluntad individual y caprichosa con el único gesto atendible.
En medio de la hormigueante marejada de la multitud, la patada abroquela el círculo de la autonomía espiritual del hombre, sin compromisos ni rencores.
(Está ya dicho que en el principio fue la acción, no el verbo,-y hay que agregar: que la acción inicial fue indudablemente la patada, según se induce del modo como andan las cosas.
Robustecida, hoy, la voluntad del hombre, en el largo ejercicio de las rebeldías de su exilio paradisíaco, verbo y acción tienden a hacerse simultáneos en la expresión de su alma,-y sólo en la patada se regocija, y consigue la síntesis esférica su genio.
La más profunda convicción, la conciencia final, la que logra la materia desubstanciada, amarga y triste, de las cosas, determina la patada. Por esta suprema y obscura alcurnia, la patada no es nunca obcecada o dramática com la trompada, por ejemplo, que en el hombre corresponde a la sórdida coz de las bestias, sino descreída o irónica, o, a lo sumo, bella y fatalmente brutal, pero siempre aplicable de una manera desajustada y heterodoxa, como conviene al canon. "Una patada en", es algo que tiene todas las salidas imaginables.
Tras el minuto de embriaguez, toda cosa gozada merece, más o menos, la patada. Y ello, no tanto por una innecesaria razón de ingratitud, cuanto porque a los hombres capaces de una succión desatentada de las cosas, se impone el deber de animarlas después con distinto sentido para no vampirizar demasiado en la vida. Una patada es siempre algo que abre una puerta a un más allá insospechado.
La mistad, reducida hoy a tristes expresiones de compañerismo o de recuerdo, pierde las hojas desmayadamente como en una atroz otoñada, y si no fuera susceptible de patada, carecería de sorpresa.
El amor implora la patada como el fuerte instrumento para desbrozarse el campo que necesita, primero, y luego, para volver a la razón. El verdadero dueño del amor, antes de entrar a su casa, calza la patada como la bota taponada y reforzada. Por lo que sus pasos resultan siempre delatores e inconfundibles y ahuyentan hasta los malos espíritus de la atmósfera.
La técnica de la patada responde a una mecánica elemental de palanca. Es así que, conquistado el recurso en la cultura fundamental del hombre, como el cierre siempre suficiente para todas sus oraciones y todas sus acciones, dura y proyectable concreción de su genio caído, se descubre que la única palanca que en el sueño del sabio podría aplicarse a la remoción del mundo, sería la patada. Cualquiera otra, consumaría a remoción inútil, sin suficiente finalidad.
Apurada en la vida, hasta el hueso, la efusión orgiástica de la potencia, el fin natural y forzoso de la vida es la patada empelotante. Más que estirar la pata, el que muere lo que hace es dar la patada,-y eso está bien, y consagra el triunfo del espíritu del hombre hasta en la muerte.
Muchos ejemplos hay de la pertinencia puntuativa final de la patada, y el de más cercana autenticidad lo da el caso de la amistad política, en que no sólo clausura el período herméticamente, sino que lacra la ligadura esencial, la patada. Y concluye por empastelamiento las mejores composiciones de esa amsitad sin libertades.
En un paralelo sereno, la patada arrolla al puñetazo.
El puñetazo es insensato y cruel, es ofuscado y congestivo. Por el contrario, la patada es curada y experiente, es específica y variada. El puñetazo no excede nunca a la fuerza del brazo motor. La patada, en cambio, puede ostentar, aun sobre el último impulso, la sonrisa del escarnio, como la sonrisa confiada y experta del aviador después de la acrobacia.
El puñetazo es débil y vengativo: quiere siempre otro. La patada, en cambio, es perfecta y cancelatoria. Después del puñetazo queda cómo presentar la otra mejilla. Pero después de la patada ya no queda qué presentar.
El mejor puñetazo crea el conflicto. La patada rige el exit.
Cualquiera da un puñetazo, y aun los oradores rajan sus mesas. De ética más alta, la patada es patrimonio del filósofo y del artista. Parecería lo contrario, pero es así, como fruto de una profunda comprensión, de un estado de serenidad y entendimiento ante las cosas.
El puñetazo es empedernido y estúpido;-la patada más directa se florea y ama la paradoja.
El puñetazo nace cuando el juego de manos degenera en juego de villanos, por lo que no es posible praticar el boxeo, el arte del puñetazo, con verdadero espíritu deportivo, con la noble altura que esto importa. Es antisocial,-y desinteresedamente practicado contra la pelota prisionera del puttching, puede conducir a la miopía.
La patada, en cambio, se inclina naturalmente a todas las estilizaciones del deporte; necesita una vasta perspectiva de cielo y horizontes, y se la descubre.)
No sería extraño que los griegos, pueblo sensual y frívolo, no hubiesen conocido un deporte con toda esa trastienda.
Sin embargo, entre los del extenso catálogo legado, ninguno que pueda merecer como éste el epíteto de olímpico.
La patada es el único don olímpico que está atribuido hoy al hombre.
La patada es hija de la democracia igualitaria moderna, fundente y permeable, y hermana del sufragio universal. Pero su sanción reivindica la dignidad substantiva del hombre. Y es su única reivindicación.
Donde el número mata el espíritu, la patada consagra la voluntad individual y caprichosa con el único gesto atendible.
En medio de la hormigueante marejada de la multitud, la patada abroquela el círculo de la autonomía espiritual del hombre, sin compromisos ni rencores.
miércoles, 13 de enero de 2010
'Penúltimo poema del fútbol', de Bernardo Canal Feijóo


Muchedumbre
Hinchazón de pleamar en la muchedumbre...Hervor rebasante de marea, con una oleada larga para cada alternativa brillante. Sobre la masa obscura y espesa, flotan los rostros claros como la espuma amerengada de los remansos. Mar muerto y tenebroso,mar muerto, pero vivo...
Sementera aciaga. Tierra corrupta. Huerta necrofágica, sembrada de hongos venenosos y congestivos...
Patadas...
Al arco:-
El arquero esperaba de rodillas la pelota que corría hacia él como el niño que comienza a caminar y se precipita. Parecía que iba a darle un beso desalado sobre la mejilla sucia...
Al arco:-
En la inminencia irreparable
Del instante,
Al gritar "GOL!",
La muchedumbre se tragó el gol
Como el bolo alimenticio
De la emoción.
Y así pudo evitarse
El gol inevitable.
La silueta del jugador C.
Era un apolo
Negro,
Tallado en un tronco de algarrobo
Negro.
Alto, violento sin espasmos,
Como un atleta,
Opreso en la armonía muscular
De su estampa,
Como en un gran espíritu,
Poseía el zancajo sereno
Y la orientación de la gambeta.
Certero y peligroso,
Tenía una tirada a fondo
Que desnudaba toda la pierna
Negra.
(Danza descuartizada)
Y en la danza
Y en la inspiración,
Un refilón de biela
Negra.
Para el próximo jueves, el gran poema del libro (en extensión y en valía): Paréntesis.
miércoles, 6 de enero de 2010
'Penúltimo poema del fútbol', de Bernardo Canal Feijóo
Bernardo Canal Feijóo publicó en el año 1924 su 'Penúltimo poema del fútbol'.En contra de lo que pudiera pensar un lector español, que por las fechas querrá ver el mismo impulso bienhumorado y desafiante de nuestros autores de esos tiempos, Bernardo Canal Feijóo nos invita a la patada, que es la esencia última del fútbol, deporte rey en la Argentina, de donde son el autor de este libro y la editorial que lo reedita pasados los años y el siglo.
Enhorabuena a Carlos Aldazábal (responsable de El suri porfiado) por el arrojo de recordarnos este hito de nuestras letras, que tantos años se ha hecho esperar.
Dicho lo cual, me dispongo a robar versos que ofrecerte, compinche. Tenme paciencia, que hay poemas muy largos. Así que empiezo hoy, pero terminar...en un par de entradas.
Invocación
(para el tono de la tarde)
Patadas!-
La que descubre el arco del triunfo y lo deja boquiabierto.
Y la patada que despliega en el cielo del estadio, la fantástica bandera del arco iris.
Un incesante bombardeo de patadas y patadas!
(Y mejor si, a lo mejor, resulta esta palabra un barbarismo, porque ASÍ la necesitamos para la fiesta inflamada y libre de esta tarde...)
Una nerviosa acometida, crispada y ligera;-una gozosa escapatoria, -el salto reconcentrado, -y luego: La gran patada!
La que rasga su propia senda sobre la tierra abierta del estadio, y entona en ella el rabo de una leve polvareda de fuga;-
La que roba la mirada de una rápida contorsión de autómata, y toma el camino del exceso innecesario;-La que juega con el mentón infantil del público, y vuela hasta el vértice ideal del estadio, y yergue la magnífica pirámide del estupor!
Gloria, absurdo afán pedestre!
La inmensa campana de cristal de la tarde se abomba y va a estallar de sol.
Violatorio, el mediodía desnudó las espaldas del cielo, y en su carne espejada se refleja el estadio supremamente. La hora está suspensa de solemnidad en la inminente eclosión de la tarde. Vacía y neumática, es el vientre que queire la irrupción desgarradora y triunfal.
Aviva el aire en la raboleda cercana el alarmante tamboreo de la expectativa, y ritma el hondo aliento de su angustia cardíaca.
Vuele la pelota, vana como un grito!
Tilde una alta cima, y desde allí se descuelgue bañada en oro, como una gran naranja!
El alma desemboca en el limbo solar de esta tarde, como en el acto de espléndida e innumerable determinación de las explosiones.
Qué delirante conjuro lograría la expansión maravillosa del prisma de oro en que se labra, se uniforma y se inflama para una gran jornada, esta tarde!
Patadas!-
El ímpetu que hiera el dormido y dislocado reptil del vértigo,-
Y la patada que introduzca en el orden prudente del mundo, una maciza sinrazón!-
La noche culminará en la gran patada que fulmina las exhalaciones!
Instantáneas
No el cinematógrafo, no , de mirada boba de matrona que se marea en los momentos de vértigo, y deja escapar los tránsitos de más delicada coreografía,-sino el breve guiño de las instantáneas, que sobrecoge en un infraganti muscular de descarnación y de violencia,
-para el enfoco ansioso y comprometido de este espectáculo.
Otro día mucho más, incluidas ilustraciones del propio Canal Feijóo que hizo para sus crónicas deportivas. ¿Quedamos el 14 a las 9 de la mañana hora española?
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