lunes, 8 de abril de 2013

"Las casas de baños" (1835), 2 y fin, de Mesonero Romanos

- II -

La calle de los Jardines estaba allí cerca; con que, a la calle de los Jardines fue mi dirección. No era sola, a, decir verdad, aquella razón de proximidad la que me inclinó a darla la presencia; otro motivo aun más poderoso tuvo no poca parte en mi determinación.

Recordando con cierto placer el establecimiento de baños, acaso primitivo de Madrid, que hace algunos años frecuentaba yo en semejante temporada, deseaba saber si aún conservaba aquella disposición sencilla y sin disfraz que tanto satisfacía a nuestros padres; pensaba con interés (¿se creerá?) en los estrechos y sucios aposentos, las mezquinas pilas hundidas en el suelo, la desnudez absoluta de adornos y atavíos; y procurando desechar de mi imaginación el recuerdo de los magníficos baños extranjeros, como que intentaba rejuvenecerme en aquellas aguas esperando hallar en ellas... ¡qué delirio!... el placer y la alegría de mi niñez. Mas ¡oh instabilidad de las cosas humanas! Aquella casa matriz, aquel establecimiento inmemorial y primitivo, que un día hubo de bastar a las necesidades de la corte de dos mundos, ya no existe, y de toda su forma material sólo me pudo ofrecer sobre la puerta de entrada el nombre que en lo antiguo le distinguía: «Casa de baños del Cura». Hic Troja fuit.

Por fortuna hallábame en calle donde me era fácil aún escoger entre dos establecimientos semejantes, el de la Cruz y el de Mena, que podrían muy bien suplir al que buscaba. Dirigime al primero, que me pareció semejarse más a la sencillez patriarcal que la extravagancia de mi imaginación me hacía desear en aquel momento; y con efecto, no quedó engañada mi expectativa, pues en toda su disposición, orden y, mecanismo me pareció tan idéntico al anterior, que no fui dueño a contener la persuasión de que el alma del cura, fundador de aquél, podría muy bien haber trasmigrado a la acera de enfrente.

Sin embargo, la influencia del sétimo mes del año, haciendo frisar el Reaumur en los treinta grados, la hora cómoda de la mañana, y la centralidad de la calle, habían llamado tanta concurrencia, que no cabíamos en los varios callejones de que consta aquel edificio, ni en el estrecho y menguado patinillo; de suerte que siendo insoportable el esperar un largo rato en aquel sudatorium, renuncié generosamente a bañarme en esta casa, y verifiqué mi traslación corporal a la inmediata del rincón, que me pareció algún tanto más en el progreso del siglo; pero muy luego hube de reconocer los mismos inconvenientes que en la anterior.

Sencillez y naturalidad en el aparato, eso sí; como podrían ser los baños en tiempo de Adán; media docena de sillas y un arcón supletorio para sentarse; una tinaja de agua, emblema del edificio; una sala interior, bien caldeadita, por supuesto, con los efluvios de los baños que la rodean, y hasta una docena de aposentos estrechos, conteniendo cada uno la menguada pila en que con dificultad una anguila podría revolverse.

Pero también grande concurrencia, mucha boga, mucho favor del público. Todo estaba lleno; con que, había que tomar billete y esperar turno y contar dos horas, sin otra distracción que el Diario o el espectáculo del interior del edificio, como si dijéramos el esqueleto de aquella máquina, reducido a la maniobra de dos hombres sacando agua cubo a cubo de un pozo de noventa pies de hondo para bañar el numeroso público espectador y expectante...

Yo no pude resignarme a aguardar en esta monotonía, y por otro lado, como ya había pasado mi hora, y estaba en ayunas, y sine Certere et Baco friget Venus, y en aquel sitio no se sirve más que el agua en seco, recordé que no lejos de allí estaba la calle del Caballero de Gracia, en donde tiene su establecimiento el famoso Monier, el Vigier de Madrid, a quien debe este pueblo los utilísimos baños portátiles, la fonda y gabinete de lectura a la parisién, y que, últimamente, en el presente año acaba de establecer en el Manzanares una escuela de natación y sitio de recreo bajo el nombre de Pórtici.

Dirigime, pues, a los baños del Caballero de Gracia, que ya conocía; entré en el patio: la concurrencia era numerosa y elegante; pero, resuelto a no salir de allí sin satisfacer mi deseo, tomé mi número 72 y me dispuse a aguardar el turno desde el 49, que era el último sumergido. Y considerando por una regla proporcional que esto no podía menos de dilatarse un par de horas, traté de invertir este tiempo lo más útilmente posible. El estómago obtuvo por entonces la preferencia sobre la cabeza; mas por fortuna pude complacerle con una taza de caldo y una copa de Jerez (circunstancia, entre paréntesis, que en vano hubiera deseado en otro de los establecimientos de esta clase en nuestra capital), con lo cual, restablecidas las fuerzas físicas, pudieron las mentales recobrar su equilibrio y ocuparme en hojear algunos periódicos nacionales y extranjeros. Pero era tan vario y animado el espectáculo que el patio me presentaba, que renuncié a la política (en lo cual no tengo que hacerme gran violencia) para entregarme al impolítico, papel de observador.

Yo no sé si será o no fundado mi capricho; pero nunca me parece más interesante una mujer hermosa que al salir del baño. Aquel sonrosado de las mejillas; aquel aspecto de pudor, de pulcritud y de molicie; aquel andar voluptuoso y descansado; aquella satisfacción del semblante, que parece gloriarse en sus perfecciones; aquella ligereza y descuido del vestido; aquella sencillez del peinado, y sobre todo, si un largo velo encubre a medias tantas gracias, y si brillan por entre los dibujos de su bordado dos hermosos ojos españoles, ¿quién no convendrá conmigo en la exactitud de la observación? Muchos, los más de los concurrentes, debían ser de este modo de pensar, pues no bien sentían ruido en cualquiera de los picaportes de los baños, se agrupaban en medio, y si veían aparecer una de aquellas deidades, dejábanla paso con una mezcla de admiración, de respeto y de amor; es verdad que por desgracia no siempre sucedía aquello, y tal solía ser la aparición, que por miedo de verla otra vez cerraban los ojos y tornaban la espalda con más rapidez que si fuesen deslumbrados por improviso relámpago.

Como en semejantes sitios se hallan conservadas las tres unidades dramáticas de acción, tiempo y lugar, los circunstantes, identificados por la simpatía de situación, se agrupan naturalmente, forman diálogos interesantes y concurren a la acción principal, sin perjudicarla por los numerosos episodios que de vez en cuando saltan a embellecerla. Esta escena, repetida todos los días, hace nacer una intimidad, una franqueza, en que sólo le aventaja un viaje en diligencia; y personas que según el curso natural de los sucesos tardarían en la sociedad algunos años para hablarse con satisfacción, suelen contraerla en cuatro días frecuentando unos mismos baños. Ya se ve, ¡son en ellos tantas las ocasiones para entablar correspondencia!

La cesión de una silla, el caer de un abanico, el reír de una figura extraña, los diálogos de los mozos, el ruido del agua, el calor, el toldo, el... hasta el folletín del Diario, cualquiera de estos asuntos sirven de pie para entrar en relaciones con una linda mano; además, entre el círculo de concurrentes en Madrid a todas partes, es tan regular conocerse todos, o de vista, o de oído, o de... de cualquier modo, que las más de las veces una simple ojeada de inteligencia dice discursos enteros; luego se recuerda una galop bailada juntos en Santa Catalina o en Abrantes; se habla de la ópera y del tenor nuevo; se ríe del Maniquí [Famoso drama, silbado recientemente. (N. del A.)]; se cuenta con la correspondiente guarnición alguna anecdotilla del día; se pone en berlina a la persona que acaba de salir o se dicen dos palabras al oído acerca de la que acaba de entrar; todos estos nadas, oportunamente colocados, sirven de liga a voluntades inflamables, de imán a corazones sensibles, y luego al salir, una mano ofrecida para subir al coche, una sombrilla abierta, una cortesía hecha con gracia ¿Qué más para acabarse de abrasar?

Muy ocupado estaba yo en estas consideraciones mientras me figuraba leer la Gaceta -como si fuese cosa de interés- cuando un fuerte bastonazo sobre el papel vino a llamarme la atención. Siguiendo rápidamente con la vista la dirección del bastón, encontré que pendía de una mano pegada a un brazo de cierto amigo mío, de estos amigotes que uno tiene, que no sabe cómo se llaman, pero que acostumbra a pasear y reunirse con ellos en fondas, cafés, teatros, funciones públicas, toros y casas de baños; marqués sin título, militar de paisano, elegante talla, figura expresiva, traje noble, maneras distinguidas.

Este tal me saludó con la dicha franqueza, y sin hablarme más palabra, fue a conferenciar con el mozo; es cierto que no pude entender lo que decían; pero sí reparé en el recién llegado un aire de distracción e impaciencia, intermediados por algunas miradas dirigidas a cierto baño cerrado que tenía yo a mi izquierda. Revolvíame en conjeturas para adivinar la causa de aquella distinción, cuando abriéndose de repente el baño, acertó a salir de él una elegante figura de dama semejante al bosquejo que arriba queda trazado; hízonos una profunda inclinación, y aún estaba yo correspondiendo a ella, cuando el mozo llamó en alta voz al número 72. -«Aquí está» -contesté precipitado echando mano al bolsillo; pero aún no había acabado de articularlo, y ya el amigo del bigote me tenía agarradas entrambas manos y me conjuraba por nuestra amistad que le cediese el número, pues que le iba la existencia en entrar en aquel baño. Yo no dejo de ser complaciente; pero esto de irme sin bañar después de dos horas de espera, era algo fuerte; sin embargo, tales fueron las instancias, tales las protestas del camarada, que me vi obligado a hacer con él un convenio, cual fue el dejarle el billete, cediéndome él su coche para trasladarme a otros baños; y sin volver atrás la cabeza, salí renegando de la casa y de la fatalidad de ser amigo de todo el mundo.

-¡Qué necedad! (iba diciendo entro mí), ¡extraño modo de alimentar una pasión! ¡bañarse en el mismo baño que la persona amada! ¡éste es el non plus ultra, el necio ideal del amor!... Pero entre tanto, ¿será posible que esté yo condenado por todo el día al suplicio de Tántalo, viendo el agua sin poder disfrutarla? ¿será posible?...

-¿Adónde, señor?

-A la mejor casa de baños de Madrid; -y cerró la ventanilla y me dejó en paz.

Estaba yo ya cansado de establecimientos mezquinos y de baños de sol, de sudor y de vapores, y necesitaba respirar libremente y predisponer mi piel a la impresión del agua; ignoraba adónde el cochero me llevaría; pero siéndome conocida la elegancia de su amo, supuse que estaría versado en éste como en otros puntos; y con efecto, no me engañé viéndole dar cabo a nuestro viaje delante de una casa de moderno y elegante aspecto, por detrás de la parroquia de Santiago. -Éstos (me dijo al apearme) son los baños de la Estrella.


Un poco tarde, es verdad, amanecía para mí; pero me di por satisfecho de los pasados disgustos, cuando abriendo la persiana descendí por uno de los ramales de la doble escalera al salón de descanso. Al observar la bella disposición del edificio, su bien entendido compartimiento, el sencillo y elegante adorno del salón, la frescura del patio, los modales de los encargados del servicio, me felicité de encontrar este progreso en nuestra capital; y deseoso de comunicar con alguien mis sensaciones, me dirigí a un sujeto muy formal que acababa de dejar un periódico; entablamos, pues, un diálogo apologético de la casa, del cual vino a subseguirse el contarle yo mis cuitas de aquella mañana.

«No lo extraño (me decía el descansado caballero); yo soy un bañador veterano, que heredé esta costumbre de mi padre, que era de Valencia, y así qué conozco por menor todos los establecimientos de Madrid, y podría escribir la historia de su fundación. Figurarían en ella en primera línea los que V. visitó esta mañana, que se abrieron durante mi juventud, con gran asombro de nuestra población, acostumbrada hasta allí a bajar por sendos nueve días a sumergirse en el frío y seco Manzanares, bajo las casillas de estera que hoy han quedado únicamente como patrimonio de las modistas y artesanos; diríale también algo del famoso Berete y de su célebre casa en la plazuela de Lavapiés, y de la concurrencia que supo atraer a su puerta, nunca desocupada en aquel tiempo de calesines y simones peseteros, y hoy reducida al privilegio de refrescar por la módica suma de cinco reales las exterioridades de las abonadas de la calle de la Comadre o del rollizo tabernero del contorno. Todos los baños públicos de Madrid pasarían mi revista de inspección; los de la calle de la Flora, limpios, aunque mezquinos; los cesantes de la Victoria, en la Puerta del Sol; los antiguos de Santa Bárbara, que pretenden curar todas las enfermedades y otras muchas más; los vecinos de Oriente, más abajo de éstos, que fueron los primeros que dieron a conocer en Madrid el verdadero gusto y comodidad de estas casas; las suntuosas pilas romanas de la puerta del Conde-Duque, para el servicio sin duda de los vecinos de Hortaleza o Fuencarral; éstos, en fin, en que estamos, que, según mi corto saber y entender, son los mejores, y que han tenido la prerogativa de fijar mi thermophila persona».

-Todo está muy bien -replicaba yo-, y sin duda que revela un adelanto en la civilización de nuestro pueblo; pero ¿qué es ello todavía? Una docena de establecimientos entre buenos y malos, y en todos ellos unas ciento cincuenta pilas para servicio de un pueblo de doscientas mil almas. ¿Qué comparación tiene con lo que se ve en otros países? Y sin hablar más, le di a leer la parte primera de este artículo.

A este tiempo llaman a mi número, y al entregar mi billete, ábrese la persiana y baja precipitado la escalera mi amigo, el marqués, el de los baños de allá abajo, el del trueque, el...

-¡Cómo! ¿qué es esto? ¿viene V. a disputarme la vez aquí también?

-No, amigo mío, vengo a abrazar a V., vengo a darle las gracias, porque me ha proporcionado la mayor felicidad... lea V... lea V... y me dio a leer un pedacito de papel, en que había mal escritas con lápiz estas palabras misteriosas:

-«Esta noche... las nueve... dos golpecitos a la puerta... fidelidad, amor y secreto».

-¿Y qué tiene que ver con...?

-Detrás del espejo del baño ¿qué quiere V.? ¡el amor! éste es un medio como otro cualquiera.

-Ya no me extraño de que V. tuviera tal interés.

-Sí, amigo mío, todo lo debo a su bondad. Pero vaya V., vaya V. al baño; yo le aguardaré para conducirle en mi coche, y de paso podré contar a V. toda la historia. Advierta V. que se le recomienda el secreto.

-¡Ah! pero entre amigos íntimos...

-Tiene V. razón, señor de... ¿Cómo es su gracia de usted?

Entré en la pieza del baño; encontré en ella sillas para sentarme y colocar mi ropa, una mesa para poner el dinero y el reloj, espejo, cepillos, peines, sacabotas, una pila hermosa de alabastro: ¡yo estaba absorto!... creía no encontrarme en Madrid... Por fin, me metí en el agua y... callé.

1 comentario:

Omayra Castillo dijo...

Hermoso, un placer pasar por tu espacio, me ha encantado en verdad. Te felicito y te invito a visitar Precious Moments un espacio que espero sea de tu agrado. Saludos.