Mostrando entradas con la etiqueta Juan Ramón Jiménez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Ramón Jiménez. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de junio de 2011

Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (1)

Ignorante es uno y no tuvo noticia de Augusto Ferrán hasta leer 'Cien coplas por soleá', de la que en Poesía Abierta damos extensa muestra. En este libro sólo había una copla de autor, copla de Augusto Ferrán. Y resulta que Augusto Ferrán fue, ha sido, es, admirado por Gustavo Adolfo Bécquer y ejemplo para Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y la Generación del 27. En España tenemos "muy buena memoria para olvidar" (expresión de mi amigo Bolo) y no hemos querido mantener esta hermosa y alta tradición poética. Hemos tenido que mirar al exterior para admirar e incorporar formas similares de otras lenguas.
La obra toda de Augusto Ferrán está en Cervantes Virtual. Pero como yo no me canso de recoger lo que me interesa, la pondré aquí, en pequeñas dosis, con los comentarios que crea convenientes (que serán pocos). Para empezar, el prólogo (antes crítica) que Gustavo Adolfo Bécquer hizo de 'La soledad'. Va.

I

Leí la última página, cerré el libro y apoyé mi cabeza entre las manos.
Un soplo de la brisa de mi país, una onda de perfumes y armonías lejanas besó mi frente y acarició mi oído al pasar.
Toda mi Andalucía, con sus días de oro y sus noches luminosas y transparentes, se levantó como una visión de fuego del fondo de mi alma.
Sevilla, con su Giralda de encajes, que copia temblando el Guadalquivir, y sus calles morunas, tortuosas y estrechas, en las que aún se cree escuchar el extraño crujido de los pasos del Rey Justiciero; Sevilla, con sus rejas y sus cantares, sus cancelas y sus rondadores, sus retablos y sus cuentos, sus pendencias y sus músicas, sus noches tranquilas y sus siestas de fuego, sus alboradas color de rosa y sus crepúsculos azules; Sevilla, con todas las tradiciones que veinte centurias han amontonado sobre su frente, con toda la pompa y la gala de su naturaleza meridional, con toda la poesía que la imaginación presta a un recuerdo querido, apareció como por encanto a mis ojos, y penetré en su recinto, y crucé sus calles, y respiré su atmósfera, y oí los cantos que entonan a media voz las muchachas que cosen detrás de las celosías, medio ocultas entre las hojas de las campanillas azules; y aspiré con voluptuosidad la fragancia de las madreselvas, que corren por un hilo de balcón a balcón, formando toldos de flores; y torné, en fin, con mi espíritu a vivir en la ciudad donde he nacido, y de la que tan viva guardaré siempre la memoria.
No sé el tiempo que transcurrió mientras soñaba despierto. Cuando me incorporé, la luz que ardía sobre mi bufete oscilaba próxima a expirar, arrojando sus últimos destellos que, en círculos, ya luminosos, ya sombríos, se proyectaban temblando sobre las paredes de mi habitación.
La claridad de la mañana, esa claridad incierta y triste de las nebulosas mañanas de invierno, teñía de un vago azul los vidrios de mis balcones.
Al través de ellos se divisaba casi todo Madrid.
Madrid, envuelto en una ligera neblina, por entre cuyos rotos jirones levantaban sus crestas oscuras las chimeneas, las buhardillas, los campanarios y las desnudas ramas de los árboles.
Madrid sucio, negro, feo como un esqueleto descarnado, tiritando bajo su inmenso sudario de nieve.
Mis miembros estaban ya ateridos; pero entonces tuve frío hasta en el alma.
Y, sin embargo, yo había vuelto a respirar la tibia atmósfera de mi ciudad querida, yo había sentido el beso vivificador de sus brisas cargadas de perfumes, su sol de fuego había deslumbrado mis ojos al trasponer las verdes lomas sobre que se asienta el convento de Aznalfarache.

***
Aquel mundo de recuerdos lo había evocado como un conjuro mágico, un libro.
Un libro impregnado en el perfume de las flores de mi país; un libro, del que cada una de las páginas es un suspiro, una sonrisa, una lágrima o un rayo de sol; un libro, por último, cuyo solo título aún despierta en mi alma un sentimiento indefinible de vaga tristeza.
¡La soledad!
La soledad es el cantar favorito del pueblo en mi Andalucía.

II

Aquel libro lo tenía allí para juzgarlo.
Como cuestión de sentimiento, para mí ya lo estaba.
Sin embargo, el criterio de la sensación está sujeto a influencias puramente individuales, de las que se debe despojar el crítico, si ha de llenar su misión dignamente.
Esto es lo que voy a hacer, si me es posible.
Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura.
Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía.
La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo.
La segunda carece de medida absoluta; adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas.
La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece.
La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso.
Cuando se concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción.
Cuando se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre.
La una es el fruto divino de la unión del arte y de la fantasía.
La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión.
Las poesías de este libro pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía popular es la síntesis de la poesía.

III

El pueblo ha sido, y será siempre, el gran poeta de todas las edades y de todas las naciones.
Nadie mejor que él sabe sintetizar en sus obras las creencias, las aspiraciones y el sentimiento de una época.
Él forjó esa maravillosa epopeya celeste de los dioses del paganismo, que después formuló Homero.
Él ha dado el ser a ese mundo invisible de las tradiciones religiosas, que puede llamarse el mundo de la mitología cristiana.
Él inspiró al sombrío Dante el asunto de su terrible poema.
Él dibujó a Don Juan.
Él soñó a Fausto.
Él, por último, ha infundido su aliento de vida a todas esas figuras gigantescas que el arte ha perfeccionado luego, prestándoles formas y galas.
Los grandes poetas, semejantes a un osado arquitecto, han recogido las piedras talladas por él, y han levantado con ellas una pirámide en cada siglo.
Pirámides colosales, que, dominando la inmensa ola del olvido y del tiempo, se contemplan unas a otras y señalan el paso de la humanidad por el mundo de la inteligencia.
Como a sus maravillosas concepciones, el pueblo da a la expresión de sus sentimientos una forma especialísima.
Una frase sentida, un toque valiente o un rasgo natural, le bastan para emitir una idea, caracterizar un tipo o hacer una descripción.
Esto y no más son las canciones populares.
Todas las naciones las tienen.
Las nuestras, las de toda la Andalucía en particular, son acaso las mejores.
En algunos países, en Alemania sobre todo, esta clase de canciones constituven un género de poesía.
Goethe, Schiller, Uhland, Heine, no se han desdeñado de cultivarlo; es más, se han gloriado de hacerlo.
Entre nosotros no: estas canciones se admiran, es verdad, se aplauden, se repiten de boca en boca. Trueba las ha glosado con una espontaneidad y una gracia admirables; Fernán-Caballero ha reunido un gran número en sus obras; pero nadie ha tocado ese género para elevarlo a la categoría de tal en el terreno del arte.
A esto es a lo que aspira el autor de La Soledad.
Estas son las pretensiones que trae su libro al aparecer en la arena literaria.
El propósito es digno de aplauso, y la empresa más arriesgada de lo que a primera vista parece.
¿Cómo lo ha cumplido?

IV

«Al principio de esta colección he puesto unos cuantos cantares del pueblo, para estar seguro al menos de que hay algo bueno en este libro.»
Así dice el autor en el prólogo, y así lo hace.
Desde luego confesamos que este rasgo, a la vez de modestia y confianza en su obra, nos gusta.
Sean como fueren sus cantares, el autor no rehuye las comparaciones.
No tiene por qué rehuirlas.
Seguramente que los suyos se distinguen de los originales del pueblo; la forma del poeta, como la de una mujer aristocrática, se revela, aun bajo el traje más humilde, por sus movimientos elegantes y cadenciosos; pero en la concisión de la frase, en la sencillez de los conceptos, en la valentía y la ligereza de los toques, en la gracia y la ternura de ciertas ideas, rivalizan, cuando no vencen, a los que se ha propuesto por norma.
El autor de La Soledad no ha imitado la poesía del pueblo servilmente, porque hay cosas que no pueden imitarse.
Tampoco ha escrito un cantar por vía de pasatiempo, sujetándose a una forma prescrita, como el que vence una dificultad por gala, no; los ha hecho sin duda porque sus ideas, al revestirse espontáneamente de una forma, han tomado ésta; porque su libre educación literaria, su conocimiento de los poetas alemanes y el estudio especialísimo de la poesía popular, han formado desde luego su talento a propósito para representar este nuevo género en nuestra nación.
En efecto, sus cantares, ora brillantes y graciosos, ora sentidos y profundos, ya se traduzcan por medio de un rasgo apasionado y valiente, ya merced a una nota melancólica y vaga, siempre vienen a herir alguna de las fibras del corazón del poeta.
En ellos hay un grito para cada dolor, una sonrisa para cada esperanza, una lágrima para cada desengaño, un suspiro para cada recuerdo.
En sus manos la sencilla arpa popular recorre todos los géneros, responde a todos los tonos de la infinita escala del sentimiento y las pasiones. No obstante, lo mismo al reír que al suspirar, al hablar del amor que al exponer algunos de sus extraños fenómenos, al traducir un sentimiento que al formular una esperanza, estas canciones rebosan en una especie de vaga e indefinible melancolía que produce en el ámino una sensación al par dolorosa y suave.
No es extraño.
En mi país, cuando la guitarra acompaña La Soledad, ella misma parece como que se queja y llora.

V


Las fatigas que se cantan
son las fatigas más grandes,
porque se cantan llorando
y las lágrimas no salen.

Entre los originales, este es el primer cantar que se encuentra al abrir el libro. Él da el tono al resto de la obra, que se desenvuelve como una rica melodía, cuyo tema fecundo es susceptible de mil y mil brillantes variaciones.
Si la dimensión de este artículo me lo permitiera, citaría una infinidad de ellos que justificasen mi opinión; en la imposibilidad de hacerlo así, transcribiré algunos que, aunque imperfecta, puedan dar alguna idea del libro que me ocupa:

Si yo pudiera arrancar
una estrellita del cielo,
te la pusiera en la frente
para verte desde lejos.


Cuando pasé por tu casa
«¿quién vive?» al verme gritaste,
sólo con la mala idea
de, si aún vivía, matarme.


Compañera, yo estoy hecho
a sufrir penas crueles;
pero no a sufrir la dicha
que apenas llega se vuelve.

En estos cantares, el autor rivaliza en espontaneidad y gracia con los del pueblo: la misma forma ligera y breve, la misma intención, la misma verdad y sencillez en la expresión del sentimiento.
En los que sigue varía de tono:

Antes piensa y luego habla;
y después de haber hablado,
vuelve a pensar lo que has dicho,
y verás si es bueno o malo.


Levántate si te caes,
y antes de volver a andar,
mira dónde te has caído
y pon allí una señal.


Yo me he querido vengar
de los que me hacen sufrir,
y me ha dicho mi conciencia
que antes me vengue de mí.

Una sentencia profunda, encerrada en una forma concisa, sin más elevación que la que le presta la elevación del pensamiento que contiene. Verdad en la observación, naturalidad en la frase: estas son las dotes del género de estos cantares. El pueblo los tiene magníficos; por los que dejamos citados se verá hasta qué punto compiten con ellos los del autor de La Soledad:

Los mundos que me rodean
son los que menos me extrañan;
el que me tiene asombrado
es el mundo de mi alma.


Lo que envenena la vida,
es ver que en torno tenemos
cuanto para ser felices
nos hace falta y no es nuestro.


Yo no sé lo que yo tengo,
ni sé lo que a mí me falta,
que siempre espero una cosa
que no sé cómo se llama.


¡Ay de mí! Por más que busco
la soledad, no la encuentro.
Mientras yo la voy buscando,
mi sombra me va siguiendo.


Todo hombre que viene al mundo
trae un letrero en la frente
con letras de fuego escrito,
que dice: «Reo de muerte».

La poesía popular, sin perder su carácter, comienza aquí a elevar su vuelo.
La honda admiración que nos sobrecoge al sentir levantarse en el interior del alma un maravilloso mundo de ideas incomprensibles, ideas que flotan como flotan los astros en la inmensidad.
Esa amargura que corroe el corazón, ansioso de goces, goces que pasan a su lado y huyen lanzándole una carcajada, cuando tiende la mano para asirlos; goces que existen, pero que acaso nunca podrá conocer.
Esa impaciencia nerviosa que siempre espera algo, algo que nunca llega, que no se puede pedir, porque ni aun se sabe su nombre; deseo quizá de algo divino, que no está en la tierra, y que presentimos no obstante.
Esa desesperación del que no puede ahuyentar los dolores, y huye del mundo, y los tormentos le siguen, porque sus torturas son sus ideas, que, como su sombra, le acompaña a todas partes.
Esa lúgubre verdad que nos dice que llevamos un germen de muerte dentro de nosotros mismos; todos esos sentimientos, todas esas grandes ideas que constituyen la inspiración, están expresados en los cuatro cantares que preceden, con una sobriedad y una maestría que no puede menos de llamar la atención.
Como se ve, el autor, con estas canciones, ha dado ya un gran paso para aclimatar su género favorito en el terreno del arte.
Veamos ahora algunas de las que, también imitación de las populares, que constan de dos o más estrofas, ha intercalado en las páginas de su libro:


Pasé por un bosque y dije
«aquí está la soledad...»
y el eco me respondió
con voz muy ronca: «aquí está».

Y me respondió «aquí está»
y entonces me entró un temblor
al ver que la voz salía
de mi mismo corazón.



Tenía los labios rojos,
tan rojos como la grana...
labios ¡ay! que fueron hechos
para que alguien los besara.

Yo un día quise... la niña
al pie de un ciprés descansa:
un beso eterno la muerte
puso en sus labios de grana.



Allá arriba el sol brillante
las estrellas allá arriba;
aquí abajo los reflejos
de lo que tan lejos brilla.

Allá lo que nunca acaba,
aquí lo que al fin termina:
¡y el hombre atado aquí abajo
mirando siempre hacia arriba!

La primera de estas canciones puede ponerse en boca del Manfredo, de Byron; Schiller, no repudiaría la segunda si la encontrase entre sus baladas, y con pensamientos menos grandes que el de la tercera ha escrito Víctor Hugo muchas de sus odas.
Pero nos resta aún por citar una de ellas, acaso una de las mejores, sin duda la más melancólica, la más vaga, la más suave de todas, la última: con ella termina el libro de La Soledad, como con una cadencia armoniosa que se desvanece temblando, y aún la creemos escuchar en nuestra imaginación:


Los que quedan en el puerto
cuando la nave se va,
dicen al ver que se aleja:
«¡quién sabe si volverán!»

Y los que van en la nave
dicen mirando hacia atrás:
«¡quién sabe cuando volvamos
si se habrán marchado ya!»

VI

«En cuanto a mis pobres versos, si algún día oigo salir uno solo de ellos de entre un corrillo de alegres muchachas, acompañado por los tristes tonos de una guitarra, daré por cumplida toda mi ambición de gloria, y habré escuchado el mejor juicio crítico de mis humildes composiciones».
Así termina el prólogo de La Soledad. ¿Con qué otras palabras podía yo concluir esta revista, que pusieran más de relieve la modestia y la ternura del nuevo poeta?
Yo creo, yo espero, digo más, yo estoy seguro que no tardarán mucho en cumplirse las aspiraciones del autor de estos cantares.
Acaso, cuando yo vuelva a mi Sevilla, me recordará alguno de ellos días y cosas que a su vez me arranquen una lágrima de sentimiento semejante a la que hoy brota de mis ojos al recordarla.
G. A. Bécquer

jueves, 12 de agosto de 2010

'Trabajo ilegal' de Óscar Oliva

Daremos esa luz que nadie ha dado
Juan Ramón Jiménez

Nunca, sino hasta ahora, ha habido vida. Nunca, sino hasta ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizontes
César Vallejo

Oye nacer el trueno del derrumbe
José Gorostiza

Prólogo

A fuerza de presente, a fuerza de futuro,
he alcanzado el futuro pensado años atrás,
haciéndolo presente para volver a pensar el futuro,
volviendo a empezar, para decir, para abrazar,
en la realidad cruzada de rayos,
con la boca a norte, con los oídos a oeste,
con el olfato a este, con el tacto a sur,
para ser derrotado, para empezar a luchar,
en este y otro futuro más castigado que el presente,
con la poesía que he amado, que he visto,
que olí y oí, que toqué y gusté,
a fuerza de no haber alcanzado nada.

¿Oyes nacer el trueno del derrumbe?

I

Estoy desnudo y tenso, con un hacha
en la mano, trabajando, golpeando
la memoria, puerta cegada y pura,
yo mismo ese cuchillo, yo mismo
la boa constrictor, fauce que devora
en la hojarasca,
una, mil veces, mil veces mil
mil veces, con lentitud y obstinación,
por vivir y comer, mil
veces mil mil veces, mil.
Jaime Labastida

Desde adentro

He conocido parte de mi país/ me ha asombrado su devastación
Me apoyo en uno de sus muros donde alguien ha escrito
Unas cuantas palabras de guerra/ tal vez inocentes
He tocado su raíz con los codos y la quijada
Todo esto es absurdo e innecesario
No sé nada, otra vez
A mi edad esto no me debería de sorprender
Soy hijo padre de asesinos yo mismo un asesino
Sobre esa raíz persiste la multitud de mi cólera

lunes, 18 de enero de 2010

Rosario Castellanos dialoga con... Juan Ramón Jiménez

'¿Cómo era, Dios mío, cómo era? ', cita Rosario Castelanos a un tal Juan Ramón en uno de sus 'Diálogos con los hombres más honrados'. El tal es Juan Ramón Jiménez, y el poema del tal el que sigue:

¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
-¡Oh corazón falaz, mente indecisa!-
¿Era como el pasaje de la brisa?
¿Como la huida de la primavera?

Tan leve, tan voluble, tan ligera
cual estival vilano... ¡Sí! Imprecisa
como sonrisa que se pierde en risa...
¡Vana en el aire, igual que una bandera!

¡Bandera, sonreír, vilano, alada
primavera de junio, brisa pura...!
¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!

Todo tu cambiar trocóse en nada
-¡memoria, ciega abeja de amargura!-
¡No sé cómo eras, yo que sé qué fuiste!

martes, 9 de septiembre de 2008

Juan Ramón Jiménez en lecciones de poesía

EL VIAJE DEFINITIVO
…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostáljico...

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

Juan Ramón Jiménez
Padre de la Generación del 27

viernes, 5 de septiembre de 2008

Aprendiz de...Juan Ramón Jiménez

EN LO DESNUDO DE ESTE HERMOSO FONDO
QUIERO quedarme aquí, no quiero irme
a ningún otro sitio.
Todos los paraísos
(que me dijeron) en que tú habitabas,
se me han desvanecido en mis ensueños
porque me comprendí mejor este en que vivo,
ya centro abierto en flor de lo supremo.

Verdor de primavera de mi atmósfera,
¿qué luz podrá sacar de otro verdor
una armonía de totalidad más limpia,
una gloria más grande y fiel de fuera y dentro?

Esta fue y es y será siempre
la verdad:
tú oído, visto, comprendido en este paraíso mío,
tú de verdad venido a mí
en lo desnudo de este hermoso fondo.

Juan Ramón Jiménez
Padre de la Generación del 27

viernes, 22 de agosto de 2008

Juan Ramón Jiménez en algunas lecciones de poesía

UN OJO NO VISTO DEL MUNDO
Allí estaba el secreto guardado en sí, recojido en sí mismo hasta lo último.

Yo podía cojerlo, descifrarlo, hacerlo mío; hacer que no fuera secreto. Hacer de él un diamante evidente para todos; un ojo visto del mundo.

Pero no quise. Lo prendí en la llama del hogar y lo vi arder. El soporte del secreto, su cuerpo ya conocido de mí, se fue quemando en oro, en rojo, en azul, violeta, negro; todos los colores del espectro del secreto y algunos más. Entonces, el secreto mismo incolor, se fue hacia arriba con el tiro del aire de la campana de la chimenea.

Me dejó, sin embargo ¡secreto mío! en prenda de agradecimiento, de amor, de fe, quizás de esperanza, un aliento suyo, una esencia. El aroma indecible de lo secreto total, total secreto: la esencia verdadera del secreto, que yo no puedo decir, porque las palabras no podrían traducirla ni aún esa música sin notas que yo a veces invento; una esencia que tiene que ser sola para mí solo. Y, ahora, por él soy yo el secreto quemable, Inquisidores; soy yo el ojo no visto del mundo.

Juan Ramón Jiménez
Padre de la Generación del 27

lunes, 11 de agosto de 2008

Aprendiz de...Juan Ramón Jiménez

MUNDO HIJO SIN YA MÁS
Tú me comprendes ahora
que te tengo comprendido.
Yo era, soy tu padre, mundo;
tú, mundo, eres padre mío.
Ahora somos los dos padres.
Ahora somos los dos hijos.

Y tú no tienes que ser,
padre, como yo te digo;
y yo no tengo que ser,
tampoco como tu dicho;
tú has de dejarme cantarte
corno te dejo yo mismo;
que, cantándote yo a ti,
cantándome tú a mí, hijo,
gozo tan únicamente
de lo tuyo y de lo mío,
como cuando me despierto
de estar cantando dormido
con la fe de oro dentro
del contigo y del conmigo,
esos sueños sin ya más
del absoluto infinito.

Juan Ramón Jiménez
Padre de la Generación del 27

jueves, 7 de agosto de 2008

Aprendiz de poeta con Juan Ramón Jiménez

CRIATURA AFORTUNADA
Cantando vas, riendo por el agua,
por el aire silbando vas, riendo,
en ronda azul y oro, plata y verde,
dichoso de pasar y repasar
entre el rojo primer brotar de abril,
¡forma distinta, de instantáneas
igualdades de luz, vida, color,
con nosotros, orillas inflamadas!
¡Qué alegre eres tú, ser
con qué alegría universal eterna!
¡Rompes feliz el ondear del aire,
bogas contrario al ondular del agua!
¿No tienes que comer ni que dormir?
¿Toda la primavera es tu lugar?
¿Lo verde todo, lo azul todo,
lo floreciente todo es tuyo?
¡No hay temor en tu gloria;
tu destino es volver, volver, volver,
en ronda plata y verde, azul y oro,
por una eternidad de eternidades!

Nos das la mano, en un momento
de afinidad posible, de amor súbito,
de concesión radiante;
y, a tu contacto cálido,
en loca vibración de carne y alma,
nos encendemos de armonía,
nos olvidamos, nuevos, de lo mismo,
lucimos, un instante, alegres de oro.

¡Parece que también vamos a ser
perenes como tú
que vamos a volar del mar al monte,
que vamos a saltar del cielo al mar,
que vamos a volver, volver, volver
por una eternidad de eternidades!
Y cantamos, reímos por el aire,
por el agua reímos y silbamos!

¡ Pero tú no te tienes que olvidar,
tú eres presencia casual perpetua,
eres la criatura afortunada,
el májico ser solo, el ser insombre,
el adorado por calor y gracia,
el libre, el embriagante robador,
que, en ronda azul y oro, plata y verde,
riendo vas, silbando por el aire,
por el agua cantando vas, riendo!

Juan Ramón Jiménez
Padre de la Generación del 27

viernes, 1 de agosto de 2008

Aprendiz de poeta con Juan Ramón Jiménez

DIOS PRIMERO
Días nulos, cual los días
de parada indiferencia
de dios antecreador.

(Todo duro, entero todo,
en mole de un orden negro,
como un yo tan sólo yo.)

De pronto, un día de gracia,
todo me ve con mis ojos,
me parto en mundos de amor.

Juan Ramón Jiménez,
padre de la Generación del 27

martes, 22 de julio de 2008

Aprendiz de poeta con Juan Ramón Jiménez

EL CREADOR SIN ESCAPE
I
EL EJEMPLO
Enseña a dios a ser tú.
Sé solo siempre con todos,
con todo, que puedes serlo.

(Si sigues tu voluntad,
un día podrás reinarte
solo enmedio de tu mundo.)

Solo y contigo, más grande,
más solo que el dios que un día
creíste dios cuando niño.

Juan Ramón Jiménez,
padre de la Generación del 27

lunes, 14 de julio de 2008

Aprendiz de...Juan Ramón

LA OTRA FORMA
Hondo vaivén de sólidos y luces
traslada la estación de un sitio a otro.
Enmedio del viraje natural
¡qué hacer con nuestra loca vida abierta!

¿Verdor solar con apariencia eterna,
tierra en que duplicar con nuestra boca,
agua en que refrescar la vena viva,
poniente al que mirar en el descanso?

Ya no sirve esta voz ni esta mirada.
No nos basta esta forma. Hay que salir
y ser en otro ser el otro Ser.
Perpetuar nuestra esplosión gozosa.

El ser que siempre hemos querido ser
(¿y en él quedarnos ya?) fuerza cerrada
de la embriaguez que nos echó en su seno.
Estatua ardiente en paz del dinamismo.

Juan Ramón Jiménez,
padre de la Generación del 27

jueves, 10 de julio de 2008

Aprendiz de poeta con Juan Ramón Jiménez

¡Oh!, sí; romper la copa
de la naturaleza con mi frente;
ganar más luz al pensamiento;
definirlo en los límites de lo que sacia!...

Y que me sea
el infinito que se quede fuera,
como esta calle, que el domingo
deja sola, callada y aburrida,
delante de mis ojos llameantes
a mi alma

Juan Ramón Jiménez,
padre de la Generación del 27

jueves, 3 de julio de 2008

Aprendiz de poeta con Juan Ramón Jiménez

NADA
A tu abandono opongo la elevada
torre de mi divino pensamiento;
subido a ella, el corazón sangriento
verá la mar, por él empurpurada.

Fabricaré en mi sombra la alborada,
mi lira guardaré del vano viento,
buscaré en mis entrañas mi sustento...
Mas ¡ay! ¿y si esta paz no fuera nada?

¡Nada, sí, nada, nada!... —O que cayera
mi corazón al agua, y de este modo
fuese el mundo un castillo hueco y frío...

Que tú eres tú, la humana primavera,
la tierra, el aire, el agua, el fuego, ¡todo!,
…¡y soy yo sólo el pensamiento mío!

Juan Ramón Jiménez,
padre de la Generación del 27

viernes, 20 de junio de 2008

Juan Ramón Jiménez en algunas lecciones de poesía

¡Crearme, recrearme, vaciarme, hasta
que el que se vaya muerto, de mí, un día,
a la tierra, no sea yo; burlar honradamente,
plenamente, con voluntad abierta,
el crimen, y dejarle este pelele negro
de mi cuerpo, por mí!
¡Y yo, esconderme
sonriendo, inmortal, en las orillas puras
del río eterno, árbol
-en un poniente inmarcesible-
de la divina y májica imajinación!

Juan Ramón Jiménez,
padre de la Generación del 27

viernes, 13 de junio de 2008

Juan Ramón, los nombres ¿y Jorge Guillén?

A un poeta (para un libro no escrito)

Creemos los nombres.

Derivarán los hombres.
Luego, derivarán las cosas.
Y sólo quedará el mundo de los nombres,
letra del amor de los hombres,
del olor de las rosas.

Juan Ramón Jiménez,
padre de la Generación del 27.

martes, 3 de junio de 2008

Juan Ramón Jiménez y yo

Nostaljia

¡Hojita verde con sol,
tú sintetizas mi afán;
afán de gozarlo todo,
de hacerme en todo inmortal!

Juan Ramón Jiménez
padre de la Generación del 27


quinto respiradero o poesia
como caen las hojas comenzando el otoño
que se mecen al sol bien sujetas al aire
Jesús Malia Gandiaga

miércoles, 28 de mayo de 2008

Juan Ramón Jiménez, para aprendiz de poeta

Yo no soy yo.
Soy éste
que va a mi lado sin yo verlo;
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.



Juan Ramón Jiménez,
padre de la Generación del 27

martes, 20 de mayo de 2008

Juan Ramón Jiménez, apuntes de poesía

Yo sólo Dios y padre y padre míos,
me estoy haciendo, día y noche, nuevo
y a mi gusto.


Seré más yo, porque me hago
conmigo mismo,
conmigo sólo,
hijo también y hermano, a un tiempo
que madre y padre y Dios.


Lo seré todo,
pues que mi alma es infinita;
y nunca moriré, pues que soy todo.


¡Qué gloria, qué deleite, qué alegría,
qué olvido de las cosas,
en esta nueva voluntad,
en este hacerme yo a mí mismo eterno!


Juan Ramón Jiménez
Padre de la Generación del 27