miércoles, 6 de febrero de 2013

"Los meteoros", poema de Jesús Malia en "Πoetas"

Los meteoros

Dos rectas paralelas son aquellas que siguen
un camino identico sin encontrarse nunca
De modo que la una va a donde la otra
en un desconocimiento mutuo
Un riel que ignora la existencia del otro
La orilla de un rio que camina sedienta al encuentro
del mar sin saber de su igual ni
pretenderlo
O de la piedra que cae al estanque y propala en el agua
su secreto en ondas que tienden a ahogarse
mientras decidida la piedra camina hacia el fondo
Y tal vez les desconsuele
Los planetas del sistema solar giran en movimientos
identicos en torno a su estrella
Y la luna alrededor de la tierra

Por suerte sin embargo
Existen otros cuerpos celestes de movimiento
mas anarquico
Si me permiten la expresion
Como los meteoros
Que son piedras luminosas que no temen el choque
con los planetas
Tan frios ellos
O las mismas estrellas

Cómo ve la vida La Rata Gris (15)



"Oscuridad" y "Madrigal (?) futuro", últimos poemas de Joaquín María Bartrina en Poesía Abierta

OSCURIDAD

A un ciego de nacimiento
pregunté: -Si no es enojo,
decid, ¿qué es el color rojo?
¿Lo sentís cual yo lo siento?

Y respondió sin empacho:
-Pienso que será, sin duda,
como el olor de la ruda,
como el gusto del gazpacho,

como horno de fuego lleno,
como pisar un abrojo,
y aun creo que será rojo
el estampido del trueno...

Calló..., y aún son mi tormento
aquellas definiciones,
¡para cuántas sensaciones
soy ciego de nacimiento!


MADRIGAL (?) FUTURO

"Juan, cabeza sin fósforo, con Juana
paseaba una mañana
(24 Reaumur, Viento N.E.,
Cielo con Cirrus) por un campo agreste.

Iban los dos mamíferos hablando,
cuando Juan se inclinó, con el deseo
de ofrecer a su amada, suspirando,
un Dyanthus Cariophyllus de Linneo.

La hembra aceptó, y a su emoción nerviosa
en su cardias la diástole y la sístole
se hizo más presurosa,
los vasos capilares de la facies
también se dilataron
y al punto las membranas de su cutis
sonrosado color transparentaron."

martes, 5 de febrero de 2013

Chistes de Luis Dávila (11), situación social



Poemas de Carlos de la Cruz en "Canciones Rotas"



"Como suele en el aire la cometa..." y "Querelléme de vos, señora, cuando...", sonetos de Juan Boscán

Como suele en el aire la cometa,        
o algún otro señal nuevo'spantarnos,        
y tanto su temor haze avisarnos,        
que'ntonces cada uno es gran propheta,        

así, muestra de bien clara o secreta,
si a mí y a mis sentidos queréis darnos,        
no podemos sino mucho alterarnos:        
tan nuevo'stá en el bien nuestro planeta.        

No sufre mi dolor ningún estado        
de ningún bien si no es muy poco a poco;
d'otra arte pienso ser siempre'ngañado.        

Nunca creo el plazer, aunque le toco;        
y si tan mala vez m'he asegurado,        
temo que me ternán todos por loco.

___

Querelléme de vos, señora, cuando        
de vuestras artes fui tan inorante        
que me'ngañava en ver vuestro semblante,        
vuestro ser por el gesto imaginando.        

Andúveme después desengañando,
y vi, en lo que de vos me vi delante,        
que vuestro uso y natura es la culpante        
que vos ya sobre vos no tenéis mando.        

Así que agora no hay de qué quexarme;        
mi derecho y mis quexas han parado,
pues vos no tenéis ya de qué pagarme.        

No he de ser yo de seso tan menguado        
que del fuego, en el cual fui a quemarme,        
quede quexoso en ver que m'ha quemado.

lunes, 4 de febrero de 2013

"Policía urbana" de Mesonero Romanos (1833)

Policía urbana

«Si por la laguna Estigia
Juró el Tonante hasta aquí,
Hoy jura por la marea
De las calles de Madrid».
D. JUAN DE IRIARTE.

Uno de aquellos días felices en que el perfecto equilibrio de nuestros humores, ocasionado quizás por una buena digestión, suele inclinarnos a la satisfacción y al contento, haciéndonos mirar todos los objetos por el lado favorable, salí de mi casa sin destino fijo, y con la sola intención de ponerme en movimiento, dando al mismo tiempo ocupación a mi tranquila mente con la variedad de cuadros animados que ofrecen las calles de Madrid. Y como aquel día por fortuna todo me parecía bien, no es fácil formarse una idea de las sensaciones agradables que a cada paso experimentaba.

El cielo sereno y despejado el sol brillante, el ambiente apacible, me trasladaban en imaginación al clima delicioso de las orillas del Betis; el bullicio y animación de las calles divertía mi fantasía; todos los hombres me parecían contentos y corteses; todas las mujeres bellas, amables y satisfechas; sobre todo llamaban mi atención por su picante fisonomía los jóvenes de veinte a veinticinco, y ajustando las fechas, hube, de observar que todos ellos debían haber nacido desde 1808 al 14, lo cual me condujo a sacar la consecuencia de que la guerra de invasión en nada perjudicó a las fisonomías.

Llamó luego mi atención la multitud y belleza de las casas nuevas o reformadas, si no con la mejor voluntad de los caseros, por lo menos con notable complacencia de los inquilinos; consideraba después la garantía que a estas mismas casas presta la filantrópica Sociedad de Seguros, causa principal del embellecimiento de la población; miré con complacencia los edificios públicos destinados a establecimientos útiles y de nueva creación; recorrí los paseos que por todos lados adornan diariamente nuestra capital; vi sus plazas públicas despejadas de la insalubre suciedad que ocasionaba la venta de comestibles; observé mejoras en la limpieza; buena arquitectura en las fuentes y puertas modernas; gusto y elegancia en la innumerable multitud de tiendas y cafés; admirable provisión de comestibles en los varios mercados; comodidad incalculable, proporcionada por la multitud de mercaderes ambulantes que bajo distinto diapasón entonan sus géneros por las calles; belleza y baratura en los objetos artísticos expuestos en los almacenes; prueba incontestable de que hay literatura, en la multitud de carteles con letras de a medio pie que adornan las esquinas; decencia y lujo en los vestidos, carruajes y habitaciones, y mil proyectos útiles, en fin, para lo sucesivo, tales como el del alumbrado, conducción de aguas, magnífico teatro, y otros semejantes, de los cuales espera esta capital su futuro engrandecimiento. -Y animado por la contemplación de tantas bellezas, no pude menos de rendir en el interior de mi pecho el más sincero tributo de admiración y gratitud a las autoridades matritenses, que tanto se desvelan por la prosperidad de este pueblo.

El entusiasmo que aquel paseo había infundido en mí fue suficiente a hacerme tomar la pluma, y llamando en mi auxilio la musa de Chateaubriand, tracé las siguientes líneas: «¡Levanta la cabeza, corte de los dos mundos; levanta la cabeza y sal del abatimiento a que una mano extraña te redujo; desecha los tristes lutos, hijos de una guerra desastrosa, para vestirte de nuevas galas y primores. Tú eres la joya de la España; tú eres la palma del desierto, la fuente del arenal y la estrella, de la noche; como el fénix renace de sus cenizas, así tú más hermosa y brillante te presentas después de tus escenas lastimosas; viuda desconsolada, que se adorna con preciosas galas para obsequiar al nuevo esposo; tu conquistada belleza y los nuevos encantos que ostentas forman la dicha de la enamorado ausente, que vuelve a sus lares y se admira de encontrarte más joven y más bella que a su partida... Permite, ¡oh Mantua! permite que mi débil voz entone tus loores; permite que, enajenado con el suave ambiente de tu eterna primavera...».

Pero al llegar aquí, el espantoso ruido de un aguacero y granizo improvisados súbitamente, no sin grave riesgo de mis cristales, vino a distraer mi atención, y aun a arrancarme de mi amable éxtasis. Viendo, pues, que por entonces no me era tan fácil volver a él, y conociendo, por otro lado, que mi estómago pedía a toda prisa el calor que había subido al cerebro, me puse a cenar al ruido del chaparrón; que no hay cosa como cenar tranquilamente mientras silba por fuera la furia del Aquilón y el bramido del Noto.

Consecuencia inmediata de la cena fue quedar rendido al sueño, del que no volví hasta bien entrada la mañana siguiente; el frío intenso que sentía me hizo mirar el termómetro y vi que, por una de aquellas bruscas transiciones tan frecuentes en nuestra atmósfera, habíamos pasado en pocas horas desde doce grados sobre cero a tres por bajo, con lo cual no extrañé la fuerte tos que me molestaba, y que sin duda fue presagio de las malas aventuras que me esperaban todo el día. Mas, halagado con el recuerdo del anterior, y a pesar del aguacero, que había durado toda la noche y amenazaba volver a empezar, púseme en la calle con la idea de continuar mi paseo, a fin de concluir mi empezada jaculatoria.

Lo primero que desconcertó mi intención fue el inmundo lodazal de las calles, que no sabía cómo evitar, pues si buscaba las estrechas y remendadas losas, iba haciendo pasos vascos, impelido por la suavidad del lodo reposado sobre ellas; y si me salía al empedrado, siempre encontraba el medio de poner el pie en las frecuentes hondonadas y charcos. Leía los bandos fijos en las esquinas, y alababa las disposiciones que previenen a los vecinos barrer los frentes de sus casas; pero al mismo tiempo observaba la indolencia general en este punto, y no podía menos de irritarme al considerar este descuido en cosa de interés común, cuya ejecución debía ser voluntaria; y estando en estas consideraciones, vi desfilar delante de mí una multitud de mendigos, los cuales venían de recoger el segundo desayuno de un convento o de una fonda, sin que a ninguno le ocurriese ofrecer su servicio a los vecinos para dar cumplimiento al barrido de las calles.

El cielo en tanto se iba cubriendo de nuevo, y no tardó en romper en otro turbión, que a todos nos hizo aligerar el paso, pero en vano; a la lluvia por igual y goteada sucedieron muy pronto los asombrosos surtidores de los canalones de los tejados, los cuales, describiendo una curva perfecta, cruzaban sus aguas en las calles estrechas, y en vano el mísero transeúnte intentaba evitar su golpe, pues al menor descuido veíase aplanado y oía resonar sobre su sombrero la cascada de Aranjuez. -Muy luego, arroyos, más ríos que el Manzanares, se formaban en las calles, y si bien algunos puentes improvisados ofrecían su socorro mediante una corta y aun voluntaria retribución, eran de suyo tan débiles y vacilantes, que había mía probabilidad más que mediana de caer en el arroyo, lo cual no dejaba de divertir sobremanera a los grupos de mozos de cordel repartidos por las esquinas, que cargarían con media casa si alguno se lo mandase, y formaban escrúpulo en alargar su mano ni ofrecer el menor auxilio a los pasajeros.

Yo buscaba el número 4 de la calle de para tomar puerto en casa de un amigo, y no bien le hube hallado cuando, sin reparar apenas en lo inmundo del portal, infestado por los vapores que exhalaban los dos depósitos que hasta la presente parecen indispensables en la mayor parte de los portales de esta corte, y sin mirar tampoco lo empinado, estrecho y oscuro de la escalera, subí a tientas, y llamé en el cuarto que me figuré ser el del amigo; pero se me dijo que no era allí, y que tal vez sería otro número 4 que había enfrente. Atravesé corriendo la calle, subí a la otra casa (cuyo número por cierto estaba cubierto con una enorme muestra que decía: Halmacén de acey-te-vinagre, velas de sevoy demás comestibles ), pero tampoco era allí, y sólo pude sacar en limpio que aun había otros dos números 4 en la tal calle.

Mohíno y enojado contra la numeración de las casas por manzanas, que tanta molestia me ocasionaba, continué la calle abajo, y me entré por el primer portal que encontré con aquel número; seguí largo rato su estrecha lobreguez, y ni él se acababa ni yo encontraba la escalera; en esto siento pasos precipitados detrás de mí; redoblo yo los míos, acábase el callejón, y me encuentro en otra calle distinta; con lo que vine en conocimiento de que aquello era un pasadizo formado, como la mayor parte de los de Madrid, por la unión de dos portales accesorios, aunque sin adornos de cristales y primorosas tiendas como los pasajes de París.

Desesperado con mis azares, y con la lluvia que aún proseguía, no sé qué hubiera dado por hallar un coche que me volviese a mi casa; mas para encontrarle hubiera necesitado ir a casa de los alquiladores, y alquilarlo lo menos por medio día, mediante la cómoda retribución de cuarenta reales, lo cual era peor que aguardar a que pasase la lluvia. Tuve, en fin, que tomar esta última determinación; mas por fortuna no tardó en despejarse el día, y por una extravagancia del temporal, muy conforme con las anteriores, ostentar el sol su brillo natural.

Volvió la animación de las calles, pero no volvió mi alegría, pues mis desdichas no desaparecieron con las nubes; distraído con las cavilaciones a que ellas me conducían, iba a torcer una esquina, cuando me miré rodeado de una docena de ligeros jumentillos que, recién aliviados de la carga de los costales de yeso, y animados por la flexible vara del mancebo que los presidía montado en el último término del más proyecto, no me dio lugar a defenderme en regla, sino grotescamente con manos y pie; recordando de paso al mozo con palabras harto duras la benéfica orden que les previene conducir su ganado sujeto a fila; pero aún estaba yo dirigiendo mi filípica, cuando, blandiendo la vara sobre los lomos de los pollinos, formó una densísima nube de yeso y desapareció con ellos, dejándome entregado al coraje y a una violenta tos, que muy pronto conjuró contra mí a todos los perros que han sobrevivido a la persecución judicial del verano pasado.

Salveme lo mejor que pude de aquellos peligros, pero fue para tropezar en otro, enredándome en una cuerda atada a un palo que había delante de una obra, y por pronto que quise salir, sufrí gran parte de la lluvia de cascote arrojado desde el tejado; apartéme de allí, y fui a dar cerca de una docena de picapedreros que estaban labrando las piedras para una obra, los cuales acertaron a asestarme un guijarro a un ojo, en términos que hube de permanecer tuerto por todo el día.

Tantos y tan graves contratiempos irritaron mi bilis en términos que todo me incomodaba; los gritos de los vendedores, agudos y disonantes; el descoco de las naranjeras; las ropas nada limpias puestas a secar en balcones y ventanas; los tocadores al sol en calles no muy retiradas; el humo de las hachas que acompañaron al Santísimo Viático, impreso a propósito en el quicio del portal; las rejas salientes que amenazan los hombros de los adultos y las cabezas de los chiquillos; las riñas de los aguadores en las fuentes para tomar vez para llenar; las carretadas de bueyes cargadas de carbón; las interminables filas de mulas conductoras de paja; los inevitables serones de los panaderos ecuestres; los muchachos que venden candela y suelen arrimarla al que no la solicita; los que salen en tropel de las aulas, o convierten la calle en público anfiteatro imitando la corrida de toros; los fogosos caballos de la brillante carretela que se dirige al Prado; la eterna pesadez de los simones, la silenciosa embestida de los bombés facultativos, y la vacilante dirección de los calesines. Todas estas y otras cosas que se me fueron ofreciendo a la vista en calles y paseos durante todo el día, acabaron de completar mi disgusto.

Llegada la noche, tomé puerto en el teatro, en el cual no tuve otro contratiempo sino unas cuantas gotas de aceite que perpendicularmente me cayeron de la araña; y al volver a mi casa a la luz de los faroles (que sólo sirven para hacer visibles las tinieblas), iba buscando las calles más acompañadas, por hallarse ya cerradas todas las tiendas.

Mi desgracia iba como siempre delante de mí; cuándo me hacía tropezar con una muralla provisional de cascotes apilados, procedentes de una obra, y colocados a tres cuartas de la pared, entre la cual dejaban un estrecho callejón apenas suficiente para el paso de una persona; cuándo me lanzaba de pie en un montón de cal recién apagada; ora me enredaba en una fila de basuras colocadas en medio del arroyo con ocho horas de anticipación al acto de recogerlas; ora me ponía delante ciertos avechuchos nocturnos, cuyo mal aspecto y repugnante desvergüenza ofenden al pudor y la moral pública; por aquí me salía al paso una vacilante tertulia arrojada de una taberna; por allá oía aproximarse el ruidoso tren encargado de aquélla, parte más sucia de la limpieza; huyendo de su olorífica influencia en el acto solemne de sonar las once, me acogía a la otra acera, a tiempo cabalmente de recibir el rocío con que una amable deidad alimentaba los tiestos de su balcón; por último, un sereno que venía detrás entonó a este tiempo su agudísima y prolongada canción, en términos que, por miedo de que volviese a repetirla, le invité a acompañarme a mi casa, y fue lo único que hice bien en todo el día, pues al aparecer su farolillo a la entrada de cierta callejuela que teníamos que atravesar, vimos echar a correr dos hombres, que sin duda no eran muy amigos de las luces.

Libre ya, en fin, de los pasados sustos, y procurando hacerme superior a las encontradas impresiones, reflexioné las inmensas mejoras que el aspecto de nuestra capital ha tenido en pocos años; reconocí que ellas son causa de la exigencia actual sobre los inconvenientes que aún observamos, y cuyo remedio en un pueblo grande no es obra de un instante, y me dormí contento con la lisonjera perspectiva que el celo de las autoridades nos presenta trabajando en hacerlos desaparecer de día en día.

Poemas de Isabel Tejada en "La sonrisa del camaleón" (1)



De cualquier sitio
hago
una i s l a


No pido Perdón

Yo soy la sola la sin raíz de lengua sonajera
que esquiva todas tus preguntas
La que se calza las noches
y amansa el arrabal de fieras que la tajan
La que se expone incontable pero no se revela
La errante
de cuerpos por los que pasa sin pena ni gloria
La hilandera intestina
que constela una secta de revelaciones
una prótesis de persianas cuando tristea
con un cráter en el pecho de la última estocada
la cabeza llena de grajos el pubis empachado
de invisibles
Poco ruido para tantas nueces


Estar enfermo

era una vergüenza un ejercicio
de contorsionismo
Estar
     en
        medio
              y
                ahogarse
Pudrirse en un vertedero de tristeza querer
cambiar de posición
estratégicamente hablando
Metamorfosearse en otra cosa en cualquier otra
puta cosa
que no te diera tanto asco
como tú
Es
ca
par
de todo el dolor hermosamente puro que era respirar
y no sentir nada
más que ruido en la cabeza y el impulso eléctrico
de aniquilarse
Fui una guerra
Temblé
mientras intentaba no recortar
mi propia piel
De escalar el agujero entre las uñas me quedan restos
             usurparme
    para
   alcé
Me
Heredé de mí
un equilibrio débil un nuevo nombre


y el síndrome postraumático de saber que he llegado tarde
para curar a los heridos

Brevísima muestra del ultraísmo, "La trinchera" y "El cementerio de los soldados", poemas de Vicente Huidobro en "Halalí" (2)

LA TRINCHERA

Sobre el cañón
Cantaba un ruiseñor

                He perdido mi violín

La trinchera
Circunda la Tierra
        Qué frío
                   Todos los padres vestidos de soldados

Uno silba tras su propia vida

CRAONA              VERDÚN             ALSACIA

         Hermoso blanco es la luna

La sombra de un soldado
Ha caído en un agujero

Puede verse en el suelo ensangrentado
Al aviador que se golpeó la cabeza contra una estrella apagada

Y mejor que un perro
El cañón vigila
           A veces
               ladra
                                        A LA LUNA

Todas las estrellas son agujeros de obuses


EL CEMENTERIO DE LOS SOLDADOS

La sombra que cae de los árboles
Se ha mojado en el agua

         No se ve el viento
                Pero el bosque metálico
                Canta como un órgano

Allí está
     La Francia de ayer bajo la hierba
     Más bella que una mujer desnuda

La tierra aún tibia
Guarda los últimos secretos

    Donde yacen todas las manos cortadas

Una campana tañe
Tras las nubes
                Vuelta hacia el océano filial
                Llamaba a alguien
SILENCIO
                                       SILENCIO

viernes, 1 de febrero de 2013

"Tránsito" y "Nota roja", poemas de Rosario Castellanos en "Materia memorable"(6)

TRÁNSITO

    I

Niña ciega palpaba mi rostro con mis manos
no para ver, para borrar la línea
donde el perfil dice "mañana"; donde
alza el mentón su hueso que se opone a la muerte.

Y con el ademán se iban desvaneciendo
el dolor, la presencia, la memoria.

(No, no moría. No supe
cómo borrar el nombre de Rosario.)

    II

No conocí la ley, esa constelación
bajo la que mis padres me engendraron.
No supe mi destino de vegetal, mi nombre
que termina en la punta de mis dedos
y quise dar un paso más allá
donde se ahoga el pez, donde estalla la piedra.

Más allá de los límites. Aquí,
profundidad o altura, inhabitable
lugar para mi especie.

    III

Subí hasta donde el hombre
movía sus figuras de ajedrez
y era una transparente atmósfera de águilas.

(He debido cubrirme el rostro con un velo
por no mostrar este color de selva
-esplendor y catástrofe-
que todavía no me ha abandonado.)

NOTA ROJA

En página primera
viene, como a embestir, este retrato
y luego, a ocho columnas, la noticia:
asesinado misteriosamente.

Es tan fácil morir, basta tan poco.
Un golpe a medianoche, por la espalda,
y aquí está ya el cadáver
puesto entre las mandíbulas de un público antropófago.

Mastica lentamente el nombre, las señales,
los secretos guardados con años de silencio,
la lepra oculta, el vicio nunca harto.
Del asesino nadie sabe nada:
cara con antifaz, mano con guantes.

Pero este cuerpo abierto en canal, esta entraña
  derramada en el suelo
hacen subir la fiebre
de cada Abel que mira su alrededor, temblando.