Un poema de Ana María Reyes Cano a Miguel Hernández
Evoco relicarios de luz junto a tu nombre de humilde piel pataleada y sola; de niño cabrero que una fría noche de Reyes llorabas la injusticia de tus abarcas desiertas; de padre y esposo enamorado que aunque no perdonaste a la vida desatenta supiste vivir y amar y venciste al fin aunque vencido. Que tu voz suba a los montes y desate una tormenta de almendras espumosas. Que mi voz se una a ti como el eco de una plegaria para recordarte y regresarte, para que no naufragues nunca en el olvido de las conciencias dormidas. Y que a la luna venidera el mundo se vuelva a abrir encendiendo mil pétalos de lumbre dichosa que sirvan para recordar que todo puede ser posible si ignoramos el odio y la lucha sin sentido de un mundo que sólo buscar escapar de su propio precipicio. Este poema a Miguel Hernández, lo leyó Ana María en el recuerdo que de él hicimos en el Ateneo de Madrid en el mes de septiembre de 2010.