¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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martes, 3 de noviembre de 2015
Poemas de José Antonio Pamies en "Diario nómada" (2, y fin)
En los pliegues del poema
jeroglíficos de luna,
paloma en la cornisa,
nostalgia de azahar.
Cierva que te inclinas sobre el agua,
tu pan de lágrimas forma láminas de fuego
contra mi corazón.
Algunos muertos escriben poemas,
sus huesos de ceniza sempiterna
forman una constelación celeste
en el hipotálammo del verso,
donde arranca esa chispa
que no prende jamás.
La improvisada ensoñación,
raíz contenida, cadáver que habla,
perfume marchito con sabor a piel,
manzana podrida en la memoria.
Bajo estos pasos
arranco cicatrices a la noche.
Noche herida de estivales cabellos
bañados en satélites de luz,
noche que deseas el amor y no cuerpos
a ti te ofrezco el más solitario de mis cantos,
noche que mata hasta tornarse bandada
de pájaros que pían.
Con la certeza ciega de un muchacho
avanzo sin rumbo en esta constelación
de dulces remiendos sin sentido.
Como animal errante
hundo mis pies descalzos en la hierba
y me vuelvo raíz mojada, escritura difusa,
muerte que dicta versos hacia atrás,
vigilia y sueño, amor de árbol.
La lluvia oblicua dice:
olvida al maestro, derriba el cauce.
La lluvia oblicua sabe,
inhóspitos senderos
abre el aire crujiente del otoño.
Soportar el vacío,
palabra detenida en el poema.
martes, 27 de octubre de 2015
Poemas de José Antonio Pamies en "Diario nómada" (1)
en cada estantería de mi casa,
hay una flor negra y venenosa
que supura miel contra esta herida,
hay un temblor nómada
escarbando en la entraña de los nombres.
El estornino canta en la mañana ciega,
sueño y muerte acarician la luz del nuevo día,
la oscuridad te nombra silenciosa
desde la tierra alta.
Encina del atardecer, olmo seco,
¿qué ven vuestras copas ahí arriba?
decidme algo porque estuve ciego,
aprendí a mirar con luna
como hacía en otras noches de invierno,
lo intenté una y otra vez como antes,
subí a la rama, se rompió del peso,
este peso de vivir como estatua
de carne sin memoria y de hueso.
Vieja calle de Oporto
donde aquel tranvía amarillo,
como las páginas
de un gastado cuaderno,
va señalando los espacios huecos
que todavía precisan de luz.
Ciegos de luz,
borrachos de otro tiempo,
absortos en pequeñas calles
donde los escaparates escupen,
su mirada fría nos detiene,
observamos cristales fugitivos,
olemos miradas sin raíz,
tocamos labios de ceniza
que nos responden
palabras vagamente conocidas.
Cualquier tarde en Malasaña
una mujer te besa las ideas,
un poema se te escapa de los labios,
un amigo te alegra el corazón.
Y después, cuando la luz del día
se despide de lso transeúntes,
un ensueño familiar
atraviesa el espejo de sus calles.
Donde el ahora es ley,
y el amor un infinito practicable.
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