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miércoles, 4 de junio de 2014

"Reflexión" y "Abstracción", Rocío Peñalta Catalán en Andar "por casa" (5 y fin)



Reflexión



Por un momento, la había confundido conmigo. Pero no era yo. Era otra, y bien distinta. La prueba de ello es que si yo guiñaba mi ojo derecho, ella me guiñaba el izquierdo; si yo levantaba la mano izquierda, ella saludaba con mi derecha. Era zurda y siniestra para todo lo que yo soy recta y diestra.

Intenté un diálogo. En vano. No era una cuestión de primera y segunda personas, como yo había pensado al principio. Era una tercera persona, una extraña. Y no me entendía.

Totalmente ajena a mi presencia, se miraba en mi reflejo y ensayaba muecas y ademanes. ¿Se estaba burlando de mí?

Entonces, se puso seria. ¿Me habría oído? ¿Había escuchado mis pensamientos?

Poco a poco, las que me habían parecido diferencias evidentes se iban desdibujando, y los rasgos comunes me resultaban cada vez más desconocidos.

Nadie me había obligado, pero ahí estaba yo, repitiendo cada uno de sus movimientos, como si no tuviese voluntad propia. Que ella sacaba la lengua, yo la imitaba. Si arqueaba las cejas, yo hacía lo mismo. Si se encogía de hombros, yo repetía su gesto con igual indiferencia.

Así hemos estado un buen rato. Hasta que se ha cansado y se ha marchado del cuarto de baño. Y yo he hecho lo mismo.



Abstracción

Mi móvil es una caracola.
    Hay días en que recibo llamadas cargadas de buenas noticias. Otras veces descuelgo, y escucho el mar.

miércoles, 28 de mayo de 2014

"Lucy", cuento de Rocío Peñalta Catalán en "Andar por casa" (4)



Lucy




John estaba leyendo en The Guardian los detalles del lanzamiento del satélite artificial Lunar Orbiter 3, cuando su hijo irrumpió en el salón corriendo y gritando:

–¡Papá, papá! ¡Mira lo que he hecho en el cole!

El pequeño Julian le tendió una hoja de papel bastante manoseada con un dibujo. Una niña con un collar de cuentas de colores y los brazos extendidos volaba entre nubes y estrellas en un cielo nocturno.

–Vaya… esto está muy bien –dijo John, mientras veía cómo Julian pugnaba por quitarse el abrigo y la mochila al mismo tiempo–. Ven, que te ayudo.

–No, no. Puedo yo solo. ¿Te gusta? –preguntó a su padre mientras se sacaba un guante tirando de él con los dientes y arrojaba la mochila y el abrigo sobre el sillón.

–Sí, claro. ¿Es una princesa voladora?

–¡No…! –exclamó Julian sonriendo.

–¿Entonces?

–Es Lucy. Lucy O’Donell.

–¡Ah! Así que Lucy O’Donell. ¿Es de tu clase? ¿Una amiga?

–Sí, bueno –dijo el niño enrojeciendo y bajando la mirada.

–¡Así que es tu novia! –John rió y le revolvió el pelo a su hijo cariñosamente.

–No, no. No es mi novia –protestó el pequeño–. Sólo es Lucy volando.

–Yo creía que era una princesa voladora. Como lleva ese collar de perlas…

–No sé. Es Lucy, en el cielo… con diamantes.



Esa tarde, cuando llegó Paul, John le enseñó la canción en la que había estado trabajando, una melodía pegadiza, entre rock y canción infantil. Aún quedaba mucho por hacer, pero podrían incluirla en su próximo disco.

–Por cierto, ¿quién es Lucy? –preguntó Paul interrumpiendo la demostración de su amigo.

–Una compañera de Julian –contestó John, señalando un dibujo infantil que había colgado en la pared del estudio.

Paul arqueó las cejas: –Tu hijo es de lo más psicodélico.



*           *           *



Donald trabajaba con la picola en el área de prospección mientras tarareaba la canción de los Beatles que habían escuchado la noche anterior durante la cena. No lograba quitársela de la cabeza.

–«Cellophane flowers mmm… and green… look for the girl mmmm…». ¡Ey, chicos, creo que he encontrado algo! –exclamó sorprendido al notar cómo su pico tropezaba con un estrato más sólido, y enseguida se arrodilló y comenzó a quitar el polvo con una brocha.

Otros miembros del equipo se acercaron rápidamente y observaron el hallazgo de Donald. Kate y Michael entraron en el agujero y ayudaron al responsable de la excavación a desenterrar lo que parecía ser el esqueleto de un homínido. Después de numerar y fotografiar cada uno de los huesos, los transportaron a la carpa que hacía las veces de laboratorio. En el campamento, situado a unos 150 kilómetros de Adís Abeba, no contaban con los medios técnicos necesarios para datar los restos, pero reconstruyeron el esqueleto sobre la mesa metálica y lo analizaron detenidamente.

–Donald, tío, esto es muy gordo –dijo Michael rascándose la cabeza e inclinándose sobre el hueso de la rótula, todavía manchado de barro.

–Hasta que no regresemos a Cleveland no podremos hacer las pruebas, pero yo diría que esto tiene más de dos millones de años de antigüedad. Debe de ser alguna especie de Australopithecus. Intuyo que es un hallazgo importante –comentó Henry, el encargado del laboratorio, ajustándose las gafas–. Habrá que extraer muestras del terreno, para hacer un estudio bioestratigráfico.

–¡Vamos a salir en los libros, Donald, ya verás! ¡Enhorabuena! –Michael estaba entusiasmado, dando vueltas de allá para acá, mirando de cerca el esqueleto.

–La pelvis es de una hembra –dijo Kate.

–Sí –añadió Henry–. Mide un metro y, en vida, pesaría unos 27 kilos.

–Mirad esto –dijo Donald sosteniendo el cráneo del homínido cuidadosamente y poniéndolo ante la vista de los demás–. Hemos estado analizando la dentadura: las muelas del juicio estaban recién salidas. Era una hembra joven.

–De unos veinte años –precisó Henry.

–¡Pero si era una cría! ¡Una niña! –dijo Michael.

–Una niña antigua –dijo Kate sonriente–. Habrá que bautizarla, ¿no?

–Podríamos llamarla Lucy –dijo Donald recordando el single del grupo británico.



*           *           *



El señor O’Donell estaba impaciente. Su mujer estaba embarazada de seis meses y aquella tarde tenía cita con el ginecólogo.

Desde que había llegado a casa, O’Donell no paraba de dar vueltas. Se había sentado en el sofá a hojear la prensa, se había preparado un té, había visto en la BBC las imágenes de la tierra captadas desde la luna por el laboratorio fotográfico Lunar Orbiter 1, había empezado a escuchar Fidelio y había desconectado el tocadiscos antes de que terminara la obertura, había mirado por la ventana una docena de veces, había encendido un cigarro y lo había apagado después de darle un par de caladas.

«No tengo de qué preocuparme, Helen estará bien –se dijo–. Seguro».

Finalmente, decidió calmarse. Se sentó en su sillón preferido, abrió el libro de antropología que había sobre la mesita y leyó el capítulo dedicado al descubrimiento de Lucy, el esqueleto de un homínido perteneciente a la especie Australopithecus afarensis, de más de tres millones de años de antigüedad. Los restos fueron hallados en el triángulo de Afar, en Etiopía, durante una misión antropológica de la que era responsable el paleoantropólogo estadounidense Donald Johanson.

O’Donell comenzó a tomar algunos apuntes para explicar a sus alumnos del instituto de Weybridge el tema de la evolución del ser humano, que debía exponer el lunes en la clase de ciencias naturales.

En cuanto escuchó las llaves en la cerradura, se levantó dejando caer los papeles y el libro que tenía sobre el regazo.

–¿Qué te ha dicho el doctor? ¿Va todo bien? –preguntó angustiado en cuanto su mujer cruzó la puerta.

–Sí, todo va estupendamente. No te preocupes –dijo Helen mientras colgaba su bolso en el respaldo de una silla–. Y, ¿sabes una cosa? –sonrió enigmáticamente– dice el doctor que será una niña.

–¡Una niña! ¡Una niña! –exclamó O’Donell emocionado–. Entonces…

–Entonces –continuó Helen–, ya podemos decorar la habitación del bebé. E ir pensando un nombre. Qué te parece si la llamamos Margaret, como tu hermana.

–Sí, está bien. Aunque también se podría llamar Helen, como tú, o Lucy…

miércoles, 21 de mayo de 2014

"Metamorfosis", "Curiosidad" y "Electricidad", relatos de Rocío Peñalta Catalán en "Andar por casa" (3)



Metamorfosis

Mordí una manzana podrida. Ahora tengo mariposas en el estómago.



Curiosidad

Un pasillo blanco, iluminado, con puertas a ambos lados. Las puertas, también blancas, con picaportes metálicos, se dibujan sobre la pared lisa a intervalos regulares. Los fluorescentes del techo emiten una luz lechosa y deslumbrante que parece vibrar. Se percibe un leve zumbido. Procede de los tubos incandescentes. O del propio oído, que se esfuerza por captar algún eco, el mínimo crujido.
Silencio. Ni un rumor, ni un paso. Sólo el ronroneo constante del espacio vacío. La respiración del pasillo.
El corredor acaba en un recodo. Un ángulo recto. Al girar la esquina, el pasillo continúa. O se detiene, contra un muro blanco. Al final no hay nada. O hay algo. Como detrás de cada puerta.
Las puertas están cerradas y no van a abrirse. No importa si se podría o no. Simplemente, no se abrirán.
Detrás de cada una de ellas hay una realidad latente, una posibilidad que no va a realizarse. Al otro lado de cada panel podría haber una tapia de ladrillo. O un abismo. Cada abertura podría ser una entrada o una salida. Tampoco importa.
Como no interesa lo que quedó atrás. El comienzo del pasillo. Podría ser igual, blanco, con puertas cerradas en las dos paredes. O totalmente distinto.
Lo que no se ve no existe. Puede intuirse, sospecharse. Abrir una puerta supondría descifrar un secreto. Ceder a un deseo velado. Extinguir el enigma.



 Electricidad


Tengo un cable. Mejor dicho, el cabo cortado de un cable cuyo extremo contrario –cercano o remoto– está conectado a algún enchufe, instalación o aparato eléctrico.

Cuando uno hace un taladro en la pared, se imagina que puede encontrar una tubería, el dormitorio del vecino, o una cucaracha que pasaba por allí en aquel momento. Pero no un cable. Bueno… tal vez un cable sí. Pero no un cable como el que ha decidido engancharse en mi broca.

Tiro suavemente del extremo que sobresale por el agujerito de mi pared –aun a riesgo de sufrir una electrocución– para asegurarme de que no es simplemente un resto olvidado; un cachito abandonado por accidente entre dos tabiques de escayola. Después, compruebo que funcionan todas las bombillas, focos, fluorescentes, diodos de mi casa. Los enchufes, interruptores, ladrones, regletas, conexiones, terminales, empalmes, prolongadores, clavijas. Que siguen encendidos la lavadora, el frigorífico, el horno, la radio, la vitrocerámica, el aire acondicionado, el lavavajillas, el ordenador, la cafetera, el despertador, la impresora. El teléfono, el módem, la calefacción. El telefonillo del portero automático, el timbre.

Si el cable cortado no ha afectado al funcionamiento de ninguna de las instalaciones eléctricas de mi casa… ¿habré dejado sin luz al vecino?

Después de pasarme por el piso de al lado para asegurarme de que todo sigue en orden, subo a cerciorarme de que el vecino de arriba tampoco ha sufrido las consecuencias de la intrusión de mi osada broca exploradora en los emparedados misterios del edificio. Nada. La corriente alterna continúa circulando por todos los circuitos del inmueble… excepto por el cable que ahora asoma por el hoyito de mi pared.

En vista de que –aparentemente– no he causado ningún desaguisado, vuelvo a introducir el cable por el agujero, lo ocluyo con un taco, una alcayata, un cáncamo del que cuelga un cuadro. Aquí no ha pasado nada.

Sin embargo, estoy segura de que ese cable cortado impide que llegue la corriente eléctrica necesaria para el funcionamiento de algún aparato. Algo ha dejado –ha tenido que dejar– de funcionar. El ascensor, el interruptor que abre el portal, la puerta del garaje, el extractor del bar que hay en los bajos del edificio. Quizás la farola de la esquina, la luz verde del semáforo de mi calle, el reloj de la iglesia. El foco que ilumina la fachada del Ayuntamiento, el alumbrado de la próxima Navidad en la calle Mayor. La megafonía de la estación de ferrocarril, la línea dos de metro entre las estaciones de Ópera y Banco de España. Tal vez el radar del kilómetro 33 de la carretera de La Coruña, el faro de Torredambarra, la apertura automática de las puertas de El Corte Inglés de Sevilla, la alarma de incendios del colegio público Victoria Kent. El ascensor de la Tour Eiffel, el marcador del visiting team del estadio del Manchester United. El marcapasos de Lech Wałęsa. La draga de succión del Canal de Suez, el micrófono ante el que dará su próximo mitin Barack Obama, el circuito cerrado de televisión de la 中国中央电视台 (Zhōngguó Zhōngyāng Diànshìtái). La antena parabólica del observatorio de Arecibo en Puerto Rico, la línea telefónica interna del Kremlin, el satélite artificial ECHOSTAR 10.

El movimiento de rotación de la tierra.

Tu corazón.
 

miércoles, 14 de mayo de 2014

"Mentiras", Rocío Peñalta Catalán en "Andar por casa (2)




Mentiras

Lo admito, me gusta mentir. Pero no engaño a nadie. Sólo a mí mismo. A veces me digo cosas que no son del todo ciertas como «Querer es poder», «Ánimo, tú puedes conseguirlo», me digo. «No eres ni más ni menos que los demás», «Has estado a punto de lograrlo», «No tienes que compararte con nadie». «Todos somos únicos», me digo.
Me engaño sobre mi estado de ánimo: «Hoy te has levantado con el pie izquierdo, mañana estarás más animado». O miento acerca de mis sentimientos: «Esa chica empieza a gustarte», cuando en realidad estoy locamente enamorado. «No tenéis una relación seria, cada uno es libre de hacer lo que quiera», me digo. «Tú no eres celoso» o «Serías capaz de cualquier cosa por ella», «Matarías a quien intentase interponerse entre vosotros», «Pero si apenas la conoces...».
También me digo cosas como «Tienes clase, estilo, carisma»; «Eres especial». O algo así como «Esa mujer te ha mirado, seguro que le interesas», «A tu vecino le gusta tu traje», «Tus amigos te envidian».
O «Ese hombre lleva la misma corbata que tú», aunque no lleve corbata...
También invento rumores sobre mí mismo y me los susurro al oído: «En el trabajo creen que eres gay». Y me contesto: «No tengo que dar explicaciones», «Que crean lo que quieran», «No me importa lo que los demás piensen de mí», «Estoy por encima de todo eso»... pero puede que no siempre sea cierto.
También suelo engañarme con mis aficiones, pretendo hacerme el interesante: «Me gusta la numismática» o «En mi tiempo libre, colecciono sellos» o «Diseco mariposas; mira, ésta es una bómbice del alianto», cuando en realidad me paso las horas conectado a internet... pero, ¡si soy un analfabeto digital! «No sabes ni coger un ratón», me digo, a pesar de mi licenciatura en ingeniería informática, ¿o era aeronáutica? «Pero si eres de letras...».
«¿Por qué no vas a un restaurante chino?, te encanta la comida asiática», me digo. «Pero si eres alérgico a la soja», exclamo. «Siempre has preferido la comida italiana», «Te vuelve loco el cous-cous», me digo.
A veces miento sobre mi edad: «Ya estás mayor», me digo. «Aún estás en edad de hacer locuras, si apenas tienes 20 años» o «Nunca superarás la crisis de los cuarenta», me convenzo.
Algunos días me ilusiono con noticias como: «Antonio, tu jefe está pensando en darte un ascenso». Y planeo un viaje con el aumento de sueldo: «Si ahorro, podré ir a La India, siempre lo he deseado», aunque lo que en realidad quiero es tomar el sol en alguna playa del Caribe... o tal vez preferiría hacer una excursión por los Alpes suizos.
Otros días estoy negativo y pienso: «Se me acaba el paro, tendré que empezar a buscar empleo» o «Este trabajo es demasiado aburrido para ti, tantas horas encerrado en la oficina...». Pero en realidad tengo un trabajo emocionante, soy astronauta o detective privado. Otras veces invierto en la bolsa: «Compra acciones ahora, antes de que suba el IBEX 35», me digo apremiante.
A veces me engaño sobre mi aspecto físico. «Los años no pasan en vano, te estás quedando calvo», me digo. Al día siguiente, me miro en el espejo y exclamo: «¡Daniel, deberías cortarte esas greñas, las rastas ya no se llevan!». «Es duro ser mujer, odio que se me hagan carreras en las medias», confieso.
Empapelo el pasillo con carteles: «He perdido a mi perro», me digo y miro a mi gato que ronronea en el sofá.
«El vecino del tercero te ha rallado el coche», me digo y me enfado con él. Luego saco mi scooter del aparcamiento. «A estas alturas ya deberías tener carnet de conducir», me digo.
«Es reconfortante recibir tantas cartas de tus fans, aunque a veces agobia un poco», pero reconozco que es divertido. O lo sería... Saco del buzón una factura de la luz y publicidad de Telepizza. Alguna vez me escribo un anónimo y lo paso por debajo de la puerta. «Han secuestrado a tu hija», me digo. O a tu hermano... no sé bien si lo tengo.
A veces me miento sobre mi número de DNI o sobre los fondos de mi cuenta corriente. Algunos días cambio de domicilio: «Tu casa está en 63th Ewhurst Street», me digo o en la Quinta Avenida. A veces no recuerdo bien dónde vivo: «¿Ves, Jorge? Ya te has perdido», me digo mientras meto la llave en la cerradura del portal.
En ocasiones, mi trabajo me obliga a viajar. «Ya lo sabías cuando decidiste ser diplomático», me digo. A veces soy agente de la CIA o tengo que huir de la mafia. «Te persiguen por tus deudas de juego», me reprendo. O la policía me busca por mis crímenes de guerra, «Serás juzgado por un tribunal internacional».
A veces hago cosas emocionantes: he formulado la teoría de la relatividad, «Fue genial cuando te dieron el Premio Nobel de la Paz», me recuerdo. A veces descubrí América o un satélite de Neptuno.
También miento sobre mi nombre: «Sabes que el nombre que aparece en el carnet no es el verdadero», me digo, «en realidad te llamas Víctor o Guillermo». Un día soy James y otro Vincent o Carla. También me he llamado Marie Curie, Adolf Hitler, Gustav Klimt, Johan Sebastian Bach, Clint Eastwood... «Todos conocen tu nombre, Miguel de Cervantes», me digo. «Eres famoso en el mundo entero, Sidharta».
Pero cuando lo pienso detenidamente, ni siquiera sé bien cómo me llamo, ni quién soy... Algunas veces soy yo y otras veces, tú.

miércoles, 7 de mayo de 2014

"Síndrome" y "Rebajas", Rocío Peñalta Catalán en "Andar por casa"



Síndrome

Ya había experimentado aquella sensación antes de abandonar la avenida principal. Ahora, en este callejón desierto, la impresión de que alguien me perseguía adquiría aún más consistencia. Las farolas dibujaban pequeños halos de luz amarillenta sobre la acera. El resto de la calle permanecía en una oscuridad casi absoluta. Un gato se deslizó bajo las ruedas de un coche abandonado. Avancé unos metros. Sólo se escuchaba el eco de mis pasos repetido por las fachadas ennegrecidas de los edificios, por los contenedores cubiertos de graffiti. Aparentemente, estaba solo. Sin embargo, podía imaginar la presencia de mi perseguidor oculto tras alguna esquina, en el umbral sombrío de alguno de aquellos portales. Continué caminando, echando miradas por encima del hombro, escudriñando en la noche con los ojos entornados. Entonces me pareció ver a un hombre de mi estatura iluminado por un rayo de luna. Inmediatamente, retrocedió para volver a desaparecer en la negrura de la noche. Definitivamente, lo había visto. Un hombre de complexión mediana, con un sombrero oscuro y una gabardina desgastada, similar a la mía. Aceleré el paso, con el anhelo de cruzarme con algún paseante nocturno o de que mis pasos me condujesen hasta alguna plaza concurrida. Cada vez lo sentía más cerca, casi me pisaba los talones. Había empezado a trotar, intentando aumentar la distancia que me separaba de mi persecutor. En un momento dado, me paré bruscamente y me di la vuelta. Allí estaba, a sólo unos metros de mí. Con unos zapatos iguales a los míos, también salpicados de barro, avanzó unos pasos, hasta que pude distinguir perfectamente sus facciones en la penumbra del callejón. Una barba de dos días erizaba un mentón prominente como el mío; los labios finos, similares a los míos, se contraían en un rictus severo, de impaciencia y hostilidad; mi propia nariz; mis cejas arqueadas, interrogantes; los ojos marrones, del mismo tono castaño que los míos, reflejaban los sentimientos contradictorios de miedo y curiosidad que ahora me asaltaban. Permanecimos unos instantes mirándonos en silencio y, entonces, después de un ligero carraspeo, con mi propia voz, me preguntó: «¿por qué me sigues?».


Rebajas

Acababa de recibir mi primer sueldo y decidí que me merecía un regalo. Así que, blandiendo mi tarjeta de crédito, entré en una de mis tiendas preferidas con la idea de darme un capricho. El escaparate se presentaba prometedor. Después de un buen rato rebuscando en los estantes y percheros, entré al probador con las manos llenas.
Había encontrado muchos más de los que me esperaba. Eran tantos y tan bonitos que me resultaba imposible elegir.
Los había largos y también cortos. Oscuros y claros, casi transparentes. Los encontré de formas diversas y distintas texturas. Para invierno y para verano. Algunos disimulaban mis defectos o resaltaban mis virtudes. Unos me sentaban peor y otros mejor, evidentemente.
Algunos me quedaban escasos. En otros podría perderme: tan grandes me quedaban. Algunos hacían juego con mis zapatos o con el color de mis ojos.
Descarté otros desde el principio. Ni siquiera intenté probármelos. Sabía que no me quedarían bien, que no iban con mi estilo, que no encajaban con mi personalidad. Incluso aunque me pareciesen maravillosos, sabía que no me sentiría a gusto con ellos.
Otros apenas los miré. Tal vez fuesen de mi talla, pero, simplemente, no me gustaban.
Quería algo original, único. Que no lo pudiese lucir cualquiera. No quería ser igual que la mayoría. Pretendía huir de la mediocridad y encontrar algo casi irrepetible. Un modelo exclusivo, por llamarlo de alguna manera.
Al final, después de muchas pruebas, de mirarme y remirarme, del derecho y del revés, no fui capaz de hallar uno perfecto y definitivo. Y sin poder decidirme por un único modelo, salí de la tienda cargada de adjetivos.
Aún no he encontrado el que me defina.