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lunes, 14 de enero de 2013

"La compra de la casa" de Mesonero Romanos

La compra de la casa

«No todo lo que es brillante
Riqueza al avaro ofrece;
Oro la alquimia parece;
Vidrio hay que imita al diamante».
TIRSO DE MOLINA.

Nada hay tan lisonjero para un honrado tendero de esta villa como la idea de invertir en una casita propia el resultado de sus cálculos y combinaciones sobre el queso de Rochefort y los barriles de Málaga. Mientras estos solo le produjeron el ahorro de un millar de pesos, limitó sus proyectos a enriquecer su almacén y dar mayor ensanche a sus negociaciones; lisonjeado por el éxito de estas, alquiló una espaciosa tienda y la embelleció con cristales y columnas, al paso que abandonó la antigua manía de tener siempre el mejor género; los hombres son niños grandes y pagan más caro lo brillante que lo bueno.

Este cálculo se hizo nuestro almacenista, y una continua lluvia de plata y cobre, cayendo armoniosamente en el cajón del mostrador, fue trasformada por él, con el mayor sigilo, en sendas onzas de Carlos III, escudos y doblones de nuestro monarca actual.

¡Qué plenitud de contento equivale al de aquel cuando, cerrada la tienda y despachada la familia a una merienda en el Canal, se entregaba los domingos a sus anchuras al arqueo de su caja! ¡Qué invenciones tan peregrinas para ponerla a cubierto, no tan solo de la vista de los extraños, sino de las sospechas de los propios! Porque a nuestro hombre no se le ocultaba que los enemigos domésticos son los más temibles para el caudal, y que las necesidades o exigencias de su esposa y de sus hijos podrían crecer al compás de sus talegos. Así que él mismo se los cosía y recortaba, colocándolos luego en los sitios más excusados; y hubiera deseado que existiese moneda equivalente al valor de todos ellos, para llevarla siempre consigo con el mayor disimulo; pero ya que esto no podía ser, las había reducido al menor número posible de fracciones, todas de ley y peso conveniente, y de sonido más grato a sus oídos que romance de Bellini cantado por la Meric Lalande.

Satisfecho, pues, con su incógnito monetario, aparentaba con todos la mayor escasez, negando siempre tener el menor fondo de reserva, si bien por otro lado no dejaba de calcular que su dinero, así arrinconado, nada le producía, y se hallaba además expuesto a un caso fortuito de incendio, robo o cosa tal. Así que, después de muchas noches de desvelo, vino a resolver que sería lo más conveniente emplear su capital en una casita asegurada de incendios, en el casco de esta villa, con lo cual se proporcionaría multitud de goces y privilegios, amén de un cinco o seis por ciento, rédito de su capital.

Vivamente afectado con tan feliz idea, se levantó una mañana, y su primera diligencia fue correr a suscribirse al Diario de Avisos, con el objeto de ponerse al corriente de todas las ventas a pública subasta, ya en virtud de providencia, ya a voluntad de sus dueños. Embebido desde entonces en esta grata lectura, solía pasar los dos tercios de la mañana; luego se ponía su sombrero, y envuelto en su astrosa capa, dirigíase a la casa en venta, y la miraba con disimulo desde el portal de enfrente; después subía la escalera y llamaba en todos los cuartos con cualquier pretexto para reconocer lo que podía del interior; en seguida iba a la escribanía por donde se verificaba la subasta a ver el expediente, y desde allí pasaba a la contaduría de aposento a reconocer los planos de Madrid; con cuyas noticias, malas o buenas, no dejaba de consultará un aprendiz de arquitecto, corredor de ventas, el cual siempre le daba las mejores ideas de la casa, aunque no fuese más que por cobrar su tanto por ciento de comisión; pero al tratarse de tocar a sus monedas, faltábale a nuestro hombre la resolución y dilataba el plazo para ocasión más oportuna.

Por último, llegó un día en que el anuncio de una venta en la calle de la Palma Alta vino a despertar sus ideas adquisidoras; la sola consideración de poseer una casa en la calle en que había nacido bastaría a decidirle, si las seguridades de su arquitecto, las invitaciones del escribano y los respetuosos homenajes de los inquilinos, que desde el primer día le saludaron como a su futuro casero, no hubieran añadido a sus deseos una fuerza irresistible.

La casa se vendía en virtud de mandamiento judicial y para pago de acreedores, los cuales en vano habían esperado postores que hiciesen subir su valor; si hubiera estado situada en la calle de Carretas, de Alcalá, o cosa tal, millares de comerciantes ricos, americanos emigrados, o compañías revendedoras se hubieran apresurado a doblar su tasación; pero como era en la calle de la Palma Alta, todos la desdeñaban, y solamente nuestro tendero tenía empeño en poseerla.

No dejó de conocerlo el escribano, el cual lo trasmitió a los acreedores, manifestándoles el único medio de sacar partido del entusiasmo de nuestro comprador; y con efecto, llegado el día de la subasta, verificada en el piso bajo de las Casas Consistoriales ante la presencia judicial, el honrado tendero, que creía hallarse solo, vio con sorpresa un banco entero de oposición, cuyos individuos se empeñaban en pujarle siempre mil reales más; y en los intermedios de los pregones, hablaban entre sí, ponderando las cualidades de la tal casa, y manifestando su empeño en llevarla; pero mi tendero, rascándose la frente y tentándose el garguero, pujaba más, y ya la mayor parte de aquellos se iba retirando, fingiendo sentimiento por la derrota; solo quedaba uno, más obstinado que los demás, el cual, fijo en sus mil reales más, hizo desconfiar al pujante tendero de vencerle, y por fin, con harto sentimiento se determinó a cederla; pero no bien habían salido de la subasta, cuando llamándolo el nuevo dueño de la finca, le hizo presente que él había hecho la puja por encargo; pero que si tenía fuertes deseos de la casa, estaba resuelto a cedérsela, aunque hubiera que dar algunos guantes a su principal, pues no podía ver padecer al prójimo. El buen hombre, que oyó que por un par de guantes tendría la casa, al momento iba a darle los suyos (que eran por cierto de punto de estambre azul con ribetes blancos); pero el otro le hizo ver lo que él llamaba guantes, y no hubo más remedio que transigir con él en medía docena de medallas de pelucón.

Después de éste vinieron los gastos de escritura, alcabala, hipotecas, arquitecto consultor, reconocimiento de títulos, etc., etc., lo cual iba haciéndose sentir terriblemente en el archivo numismático del tendero. Pero todo lo dio por bien empleado cuando con toda la solemnidad legal se vio investido con la autoridad de propietario, dándosele a reconocer a los inquilinos como único dueño de la finca, a quien debían acudir con el pago de sus alquileres, en seguida abrió y cerró puertas, y paseó las habitaciones, echando fuera las gentes que dentro estaban haciendo otros actos de dominio no turbado ni contradicho, con lo cual se le dio la posesión en forma.

Al siguiente día abrió su tribunal en la trastienda de su almacén, para oír y juzgar las reclamaciones de los inquilinos; las cuales estaban reducidas a pedir rebajas en los precios y varias obras de comodidad; sin embargo, el tendero, por un sistema de compensación, tuvo por más prudente desestimar las obras y solo proveer a la subida de precios con arreglo al presupuesto de productos que él se había formado al comprar la casa. -En vano los inquilinos intentaron reclamar aquella violación de su derecho; la autoridad de un dueño nuevo es terrible, y nada pudieron lograr; pero deseosos de vengarse del todo, fueron tomando la determinación de dejar la casa quedando a deber dos, tres o más meses de alquiler; con lo cual tuvo el propietario que entablar tantas demandas como inquilinos eran, y luego otras tantas como plazos les señalaron para pagar, con cuyos gastos vino a duplicar el importe de las deudas. -Por otro lado, los vecinos, esparcidos por aquellos barrios de Monserrat y del Hospicio, desacreditaron la casa vieja y el casero nuevo en términos, que en vano este había gastado ya cinco cuadernillos de papel para poner en los balcones la seña del alquiler, y diez pesetas en anuncios del Diario, porque nadie parecía a pretenderla, con lo cual su autoridad dominal venía a quedar puramente nominal.

Nada de esto sabía bien al nuevo propietario, tanto más, cuanto que el pago de la contribución de frutos civiles, regalía de aposento, farol y sereno, censos y demás cargas eran invariables, ya estuviese alquilada, ya no; y por otro lado, los actuales inquilinos (que eran los ratones), además de habitarla gratis, minaban los cimientos y destruían el edificio; así que, convencido por estas circunstancias, por el ejemplo general de refundición, por las invitaciones de su esposa, y más que todo, por los cálculos moderadísimos de su arquitecto, determinó reformar su casa, dándola el aspecto de la novedad y de la frescura.

Dicho y hecho; plan de tintas de colores, licencia, cálculo de ganancias, presupuesto de gastos; todo se formó en un instante, y la obra empezó bajo la dirección del consabido. Abajo el tejado; piso tercero, cuarto, buhardillas... Pero ¡qué desdicha! a los primeros golpes húndese una viga y el pavimento del segundo se desploma detrás; el principal, como si hubiese aguardado esta señal, verifica la misma operación. -Pues, señor, ya nos encontramos en la tienda sin necesidad de bajar escaleras. -¿Qué se hará? ¿Qué no se hará? -Y estando en esto, los cimientos flaquean, la fachada se inclina, y por mucha prisa que los obreros se daban para aligerar, una nube de polvo, deshaciéndose en las nubes, dejó ver al segundo día el ancho boquerón en que fue la casa, cubierto de vigas y de cascotes.

Ya tenemos a mi señor de obra en el caso de edificar una casa de nueva planta, cuando solo pensaba reformar la antigua, para lo cual contaba con los fondos suficientes. Estos quedaron consumidos en sacar los nuevos cimientos; en vano acudió a la enajenación de efectos y alhajas; todo ello bastó para elevar el primer piso; empeñado en su empresa, recurre a los prestamistas, los cuales le adelantan lo suficiente para elevar el segundo, bajo la garantía e hipoteca del principal; por último, una comunidad de monjas se le opone a la elevación del tercero, por sobreponerse a las paredes de su huerta. No le queda más arbitrio al nuevo propietario que subdividir en muchas habitaciones los dos mil pies de terreno que posee, y siguiendo la regla de las monteras, asigna a cada una lo estrictamente necesario para poder vivir inquilinos liliputienses, si bien gastando en puertas y ventanas más de un año del alquiler.

Pero concluida que fue la casa, y colocada en el caballete del tejado la cruz de siete brazos y siete banderas, empezó a disfrutar los placeres consiguientes a la calidad de dueño que tanto había deseado.

Entonces observó la puntualidad y buenos modos de los vecinos para pagarle su alquiler; la tolerancia de las contribuciones; las multas improvisadas; la sencillez y la moderación de las cuentas de los albañiles y vidrieros, carpinteros y soladores; la entretenida historia de las demandas de despojo, las divertidas comparecencias judiciales; los términos por equidad; los mandamientos de amparo; y tantos otros incidentes como dan grata ocupación a los caseros y campo al ingenio de los inquilinos de Madrid.

Mas lo peor del caso fue, que la señora tendera y las niñas, luego que se vieron con casa propia, dijeron con resolución: «No más mostrador»; y fue tal su energía, que consiguieron determinar al amo de casa a trasladarse a vivir al cuarto principal de la propia. Con todas estas bajas, los empeños contraídos, lejos de disminuirse, fueron en aumento con los intereses anuales, en términos que, a vuelta de algunos años, el hipotecario, observando que su crédito ascendía ya al valor de toda la finca, la reclamó judicialmente y le fue adjudicada.

De esta manera desapareció el tesoro del almacenista, cual precioso monumento extraído sin precaución de las ruinas de Herculano, que se deshace y evapora a la sola impresión del aire.

jueves, 26 de julio de 2012

Mesonero Romanos por "Las tiendas" de Madrid

Las tiendas
«¿Quién nos dirá (dejadas sus cautelas
Mayores) lo que cuestan sus encajes,
Sus cadenetas, randas y arandelas?
¿Quién las ciegas mudanzas de los trajes?».
B. DE ARGENSOLA

Eran las once en punto de la mañana, y yo no debía hallarme hasta las doce en cierta parte del mundo adonde la obligación me llamaba. Quiero decir, que tenía sesenta minutos delante de mí para disponer de ellos a mi sabor. Encontrábame a la sazón en medio de la Puerta del Sol, mansión natural de todo desocupado aquella hora lo estaba a más no poder. Lánguido e indiferente, dejábame llevar en simétrica alternativa, ya a una esquina ya a otra; y mientras nada hacía, recreábame en mirar los estimulantes anuncios literarios que decoran aquellos eruditos postes admirando su profusión y la variedad de nombres clásicos que denuncian a la Posteridad. En estas y otras cavilaciones me asaltó de improviso la idea de que si «para dormir no es menester luz», para pensar tampoco se necesita estar en pie; y esto diciendo, por lo más ancho la famosa calle Mayor, huyendo de los encontrados pasos de diligencias, coches, ciegos, aguadores, borricos e importunos; y dejando a un lado las gradas de San Felipe, tan animadas en tiempo de Quevedo, tan solitarias hoy, di fondo en uno de los elegantes almacenes de géneros que se encuentran sobre la izquierda.

Era cabalmente en un momento en que los cuatro jóvenes que regentaban el mostrador se encontraban sin pedidos, quiero decir, que no había más gente en la tienda que ellos y yo, que entraba. -Felices días, señores. -Adiós, Sr. D. Tal (le nom ne fait pas à l'affaire) . -¿Cómo así tan desocupados? ¿Habrá acaso entrado la economía de Dupin o de Bergery en el sistema de las madrileñas? ¿Qué es esto? vuelvo a decir; ¿qué soliloquio es éste? ¿Ha invadido el cólera morbo nuestra capital, o ha dejado de venir el Journal des Modes ? Porque sólo causas tan graves pudieran hacer a esas varas castellanas estar paradas a tales horas. -Es la verdad, me contestó el más almibarado; pero no hay que extrañarlo, pues en el Diario de hoy se hacen tales anuncios, que habrán llamado la concurrencia hacia el Sur, hasta que, desengañada por la milésima vez, ven a antes de una hora, como de costumbre.

Y no había acabado de decir esto, cuando vimos entrar por la puerta a una dama muy elegante, seguida de su lacayo, y saludando con aire marcial a los jóvenes, que la contestaron con el nombre de Marquesa, se sentó en un confidente, compúsose la mantilla, mirándose al espejo que tenía enfrente, quitó sus guantes, abrió su bolsita, y entre mil dijes y chucherías sacó, algo arrugado, el núm. 89 del Petit Courrier . Entonces abrió un lentecito de oro, miró por encima de él, leyó un rato, después ojeó otro poco, luego recapacitó, miró el figurín, volvió a leer, y pidió gros-grains. -«No tenemos», le contestó el más próximo mancebos. -«¿Cómo que no?» interrumpió vivamente otro que desde el Principio no había quitado ojo del figurín». «¿No te acuerdas de aquella tela...». (Aquí bajó tanto la voz, que no le pude oír.) -«¡Ah! sí, es verdad», le contestó el primero. -«Ve por ella».

En efecto, entró en la trastienda, y del rincón de un armario que yo solo divisaba desde mi asiento, sacó la pieza (que tuvo buen cuidado de sacudir de un polvo inveterado de tres años), y la puso satisfactoriamente sobre el mostrador; la risita de los demás mancebos me dio a sospechar que si no era la prevenida en el núm. 89 de este año, podía muy bien ser del de 1826. Pero la dama, seducida con la semejanza del color, y sin duda por no tener a mano una definición académica de lo que quiere decir gros-grains , no dudó un instante en que fuese lo mismo que buscaba. Pidió un cierto número de varas; preguntó el precio; los mancebos hicieron entre sí una pequeña consulta para responder; nada regateó; abrió su bolsita, y sacó... una tarjeta muy elegante, con yo no sé cuántas armaduras y jeroglíficos, que indicaba su título y señas de la habitación, diciendo al mancebo principal que podría enviar por el importe, el lunes; verdad es que no designó cuál. No pude menos de sonreírme de esta salida; y no bien se hubo marchado, y mientras lo sentaban en el libro a continuación de otras cinco o seis partidas pendientes, di un poco de broma a los mancebos sobre el estreno que habían tenido; pero habiéndome explicado todo el negocio de la tela, me convencieron de que no era tan fuerte el engaño como yo creí.

Aún reíamos de ello, cuando una mamá y dos niñas, éstas en un interesante negligé y aquélla en una espantosa toilette , entraron en la tienda y empezaron tal demanda de rasos, gros de Nápoles, poplines, organdís, crespones, barég, moirés, paliacats, cotepalis y demás, que los cuatro mancebos eran pocos para tomar y dejar escaleras, subir y bajar piezas, desdoblar paquetes, abrir cajas y enseriar muestras. -Ellas entre sí armaron una algarabía singular; cuál se inclinaba a una tela, cuál a otra; ésta se ponía un pañuelo al espejo y nos parecía muy bien; luego se le ponía la mamá y nos parecía muy mal; después disertaban sobre las cualidades; si aquél era más fino que éste, si éste más elegante que esotro,

«Si el tafetán de Florencia
»Abulta más que el de España».

Preguntaban de dónde eran aquellas telas, se les respondía que de Lion , y estaba yo viendo una punta no bien cortada que decía Barcelona ; por fin, apartaron no sé cuántas cosas y empezaron a pedir precios. Allí fue el hacer admiraciones, el entablar comparaciones con otras tiendas, el despreciar los géneros, y en fin, hacer las indiferentes; después hablaron aparte, y de repente tomaron un aire de broma, diciendo a los mancebos «que eran unos picarillos, que no hacían gracia a las parroquianas», con que los pobres iban ablandando un tanto cuanto; pero una severa mirada del más mal encarado les impuso en su deber y respondieron unánimes: -«no podemos»; -con lo cual se marcharon las damas, y ellos se quedaron ocupados en volver a doblar las piezas.

No tardó en presentarse otra señora, que, a juzgar por su aire, sus modales y vestido, califiqué desde luego de una gran persona; entró con mucha solemnidad, y al ver la premura con que los mancebos corrieron a servirla, despejando el mostrador, no pudo menos de picarme la curiosidad de saber quién era; dirigime para el caso a uno de ellos, y no sin admiración supe que era la esposa de un empleado muy subalterno a quien creció de todo punto mi asombro cuando, habiendo escogido un velo de blonda, abrió su bolsillo y tiró sobre la mesa seis onzas (que eran, al poco más o menos, el sueldo de dos meses de su esposo), hecho lo cual cargó de otras varias telas, que pagó tan generosamente, y marchó dejándome en el mayor éxtasis; por fortuna, una dama que había presenciado todo el paso me sacó de él diciéndome: -«Cómo luce la Fulana las onzas que ganó antes de anoche en casa de... Valiérala más pagar al casero».

Ya a la sazón ocupaba un ángulo del mostrador cierta graciosa y esbelta modista, que había venido a buscar un pedazo de percal como la muestra , y el mancebillo listo la hacía rabiar enseñándola piezas enteramente opuestas, y amenizando este juego escénico con tal cual chanzoneta medianamente disparada, si bien mejor recibida; por último, concluyó darla lo que pedía; ítem galantería de no quererla cobrar el importe.

No bien se había acabado esta escena, empezó otra en la cual tuve el honor de figurar, y fue la que produjo la entrada de cierta señora de conocida mía, la cual me tomó por asesor del mío su gusto; yo, deseoso de darla la mejor idea del mío, nunca me inclinaba a lo peor; por otro lado, era preciso mirar por los intereses del amo de la tienda; así que, en fuerza de mis observaciones, le hice reunir una partidita más que mediana. Llegó el caso de echar la cuenta, y por cuanto no hizo el diablo que faltase dinero para unos pañuelos y no sé qué otras frioleras, con lo cual la dama apareció ruborizada. ¡Qué había yo de hacer! no era para rechazada; volvime a ella y la dije: -«Paquita, no pase V. cuidado por ello; que está en tierra de amigos, y hallándome yo aquí...-¡Oh! no; ¡cómo tengo yo de permitir!... -Es que yo tengo en esta casa ciertas cuentas pendientes, y cabalmente hace falta para arreglarlas un pequeño pico como ése». En vano me replicó dulcemente; yo insistí con más dulzura; y dulcificando más y más nuestros tiros, quedé por fin vencedor, y la hermosa Dulcinea llevó los pañuelos. Verdad es que prometió pagármelos a domicilio.

La tienda entre tanto se iba llenando de gente, y eran tan rápidos los movimientos, que no podía enterarme de ninguno: sólo llamó mi atención una pareja joven, tan exigua y acaramelada, que no pude dudar que se hallaban todavía en su luna de miel . Con efecto era así, y un conocedor no podía menos de adivinarlo al ver las excesivas blondas, follajes y perendengues de la dama, los cuidados y complacencia del galán. Por de pronto, hizo sentar a la esposa con cierta solicitud que me dio a conocer sus esperanzas paternales; empezaron a pedir, y todo era poco para aquella exigencia del alfeñique femenil, y nada demasiado para el provisto bolsillo del marido. Parecíame ya ver hechos los trajes de aquellas brillantes telas, agotada la imaginación de las modistas en crear con ellas forma humana donde no la hay, y casi me daban tentaciones de repetir al marido un gracioso dicho de Tirso:

«Dad al diablo la mujer
Que gasta galas sin suma,
Porque ave de mucha pluma
Tiene poco que comer».

Pero luego conocí que unos cuantos meses de matrimonio se lo dirían mejor que yo. En fin, fastidiado y enojoso, despedime de los muchachos y salí de aquel recinto.

Pero como todavía no eran más que los once y media, me dirigí por el pronto a una de las tiendas conocidas de la calle de la Montera, y me senté delante del pequeño mostrador, coronado de relojes, lamparillas, templos góticos, escaparates y quinqués; pero no era yo solo el concurrente, pues ya otros tres elegantes abonados ocupaban los demás asientos.

Queriendo emplear en algo el tiempo y pedí bastones para escoger uno; al momento todos empezaron a aconsejarme el que debía tomar, alabarme su belleza y asegurarme que era igual al que llevaba el Duque de... y en fin, a hacer los demás oficios propios del mercader; yo, que di poca importancia a sus expresiones, tomé el me pareció, y aún estaba contemplándole, cuando llegó otro camarada que le cogió en sus manos, empezó a blandirle y a probar su elasticidad con tal brío, que a los cincuenta minutos tuve el consuelo de verle dividido en dos. Luego otro de ellos fue a dar una vuelta rápida y rompió el fanal de un reloj; verdad es que quiso pagarlo, pero el dueño no lo permitió; después se levantaron todos y se pusieron a la puerta, y en entrando alguna señora, entraban detrás, y haciendo los mismos elogios de todo lo que ponía en precio; con esto y con algunas palabras más o menos ligeras, noté que las ahuyentaban, en términos que el dueño de la tienda iba poniendo un gesto bastante expresivo.

En esto acertó a parar un coche delante de la tienda, todos ellos se colocaron como en el juego de las cuatro esquinas; bajó una mamá y una hija muy bien parecida, entraron en la tienda, y puso aquélla en ajuste un reloj. Al momento uno de ellos hizo tocar la música, y mientras la madre con una sonrisa placentera llevaba el compas con la cabeza, pie y abanico, la niña, en el extremo contrario, hablaba disimuladamente con uno de ellos, en términos que me hizo sospechar que aquel encuentro no era casual, antes bien, tenía todo el carácter de una verdadera conspiración. La mamá volvió rápidamente a buscar a la niña; pero ya ésta había visto su movimiento en un espejo que delante tenía, y con la mayor sinceridad se puso a preguntar si estaba vivo el pajarito que cantaba sobre una torrecilla del monasterio de Santa Amalverga... ¡Oh, inocencia digna de la Edad Media!... La mamá tuvo trabajo en disuadirla que era fingido, y el galán entre tanto probaba unos anteojos con disimulo, no sin grave susto del amo de la casa, que ya preveía su próxima disolución.

Yo reía de veras de toda esta escena, y por tener un pretexto para dilatar mi permanencia, compré una lamparilla que servía de pedestal a Napoleón meditando los planes de la batalla de Marengo, y un juego de bolos representando todos los varones célebres de Plutarco, y me dispuse a observar el desenlace; mas ¡oh fatalidad! estando en esto dieron las doce, y tuve que echar a correr, sin ver el final de aquel suceso, preguntándome impaciente qué es lo que yo había hecho en una hora, y no pudiendo menos de convenir con Moreto:

«Que de aquí para allí
Y de allí para aquí,
De allá para acá
Y de acá para allá...
El tiempo se va».
(Setiembre de 1832)

jueves, 19 de julio de 2012

"El amante corto de vista", por Mesonero Romanos

El amante corto de vista

«¡Ay cielos! sueño despierto;
Pierdo cuando estoy ganando;
Soy lince y a oscuras ando,
Y, en fin, apunto y no acierto».
Tirso de Molina

«¡Cómo! (exclamará con sorpresa algún crítico al leer el título de este discurso) ¿tampoco los vicios físicos están fuera del alcance de los tiros del Curioso ? ¿Ignora acaso este buen señor que no le es lícito particularizar circunstancias que quiten a sus cuadros las aplicaciones generales? ¿Y quién le ha dicho tampoco que sea razonable presentar el ridículo de un vicio físico, por lo menos sin que vaya acompañado de otro moral?».

-Paciencia, hermano, y entendámonos, que quizá no es difícil. Venga V. acá; cuando ciertos vicios físicos son tan comunes en un pueblo, que contribuyen a caracterizar su particular fisonomía, ¿será bien que el escritor de costumbres los pase por alto, sin sacar partido de las varias escenas que deben ofrecerle? Si hubiese un pueblo, por ejemplo, compuesto de cojos, ¿no sería curioso saber el orden de la marcha de sus ejércitos, sus juegos, sus bailes, sus ejercicios gimnásticos? Pues ¿por qué no se ha de pintar el amor corto de vista donde apenas hay amante que no lo sea?

Por otro lado, ¿quién le ha dicho a V. que esta enfermedad de moda no presenta su aspecto moral? ¿Tan difícil sería probar su origen de la depravación de costumbres, de los vicios de la educación, o de los excesos de la juventud? Conque, ya ve V., señor crítico, que este asunto entra naturalmente en la jurisdicción de mi benigna correa; conque ya V. conocerá que no hay inconveniente en hablar de él... ¿No?... pues manos a la obra.

Los ejemplos me salen al paso, y no tengo más que hacer que la elección de uno. Tóquele por hoy la suerte a Mauricio R... y perdone si le hago servir para desarrugar la frente de mis amables lectoras. -¿Y quién es el tal? -El tal, señoras mías, es un joven de veinte y tres años, cuya figura expresiva y aire sentimental descubre a primera vista un corazón tierno y propenso al amor; no es por lo tanto extraño que encontrase gracia cerca de ustedes. Así ha sucedido, pues, y algunas aventurillas en calles y paseos previnieron al joven Mauricio de sus ventajosas circunstancias; mas por desgracia el pobre mancebo tiene un defecto capital, y es... el ser corto de vista; muy corto de vista; lo cual le contraría en todos sus planes.

Alto, señoras, no hay que reírse, que mi héroe no lo toma a risa, ni sabe sacar partido como otros muchos de este mismo defecto, para ser más atrevido y exigente, para ostentar sobre su nariz brillantes gafas de oro, o para sorprender con su inevitable lente las miradas furtivas de las damas. Nada menos que eso. Mauricio es sensible, pero muy comedido, y más bien quiere privarse de un placer que causar un disgusto a otra persona. -Bien hubiera deseado ponerse anteojos perpetuos, como hacen otros sin necesidad y sólo por petulancia; ¡pero dicen tan mal unos espejuelos moviéndose al precipitado compás de la Mazzowrka ! Y Mauricio a los veinte y tres años no podía determinarse a dejar de bailar la Mazzowrka. -Buen remedio era por cierto el lente colgante; pero además de la prudencia con que lo usaba, ¿cómo adivinar las escenas que iban a suceder para estar prevenido con él en la mano? -Si la hermosa Filis volvía rápidamente hacia él sus bellos ojos, o dejaba caer su pañuelo para darle ocasión de hablar con ella, ¿quién lo había de prever un minuto antes? Si creyendo sacar a bailar a la más hermosa de la sala se hallaba con que se había ofrecido a una momia de Egipto ¿de qué le servía el lente un minuto después? -Vamos, está visto que el lente no sirve de nada, y Mauricio, que conocía esto, se desesperaba de veras.

El amor, que por largo tiempo se había complacido en punzarle ligeramente, vino por fin a atravesar de parte a parte su corazón, y una noche en el baile de la Marquesa de... Mauricio, que bailaba con la bella Matilde de Lainez no pudo menos de espontanear una declaración en regla. La niña, en quien sin duda los atractivos de Mauricio hicieron su efecto, no se determinó a reprenderle, «Fauie d'avoir le temps de se metre en courroux».

Y he aquí a mi buen mancebo en el momento más feliz del amor, el de mirarse correspondido por la persona amada.

Ya nuestros amantes habían hablado largamente; tres rigodones y un galop no habían hecho más que avivar el fuego de su pasión; pero el sarao se terminaba, y el rendido Mauricio renovaba protestas y juramentos; tomaba exactamente la hora y el minuto en que Matilde se asomaría al balcón; la iglesia donde acudía a oír misa, los paseos y tertulias que frecuentaba, las óperas favoritas de la mamá; en una palabra, todos aquellos antecedentes que vosotros, diestros jóvenes, no descuidáis en tales casos. Pero el inexperto Mauricio se olvidaba en tanto de reconocer puntualmente a la mamá y a una hermana mayor de Matilde que estaban en el baile; no hizo alto en el padre de ésta, coronel de caballería; y por último, no se atrevió a prevenir a su amada de la circunstancia fatal de su cortedad de vista. El suceso le dio después a conocer su error.

No bien llegó la hora señalada, corrió al siguiente día a la calle donde vivía su dueño, repasando cuidadosamente las señas de la casa. Matilde le había dicho que era número 12, y que hacía esquina a cierta calle; mas por cuánto la otra esquina, que era número 72, pareciole 12 al desdichado amante, y fue la que escogió como objeto de su bloqueo.

Matilde que le vio venir (ojos femeniles, ¡qué no veis cuando estáis enamorados!) tiró su almohadilla, y saliendo precipitada al balcón, ostentó a su amante todas las gracias de su hermosura en el traje de casa; pero en vano, porque Mauricio, situado a seis varas, en la otra esquina, fijos los ojos en los balcones de la casa de enfrente, apenas hizo alto en la belleza que se había asomado al otro balcón. Este desdén inesperado picó sobremanera el amor propio de Matilde; tosió dos veces, sacó su pañuelo blanco; todo era inútil; el amante dolorido la miraba rápidamente, y la volvía la espalda para ocuparse en el otro objeto. Una hora y más duró esta escena, hasta que desesperado el buen muchacho y creyéndose abandonado de su dama, sintió fuertes tentaciones de aprovechar el rato con la otra vecina que tan inmóvil se mostraba. No pudiendo, en fin, resistirlas, y viendo que de lo contrario perdía la tarde del todo, se determinó al cabo (aunque con harto dolor de su corazón) a hacer un paréntesis a su amor, y hablar a la airosa vecina.

Dicho y hecho; atraviesa la calle, marcha determinado bajo el balcón de Matilde; alza la cabeza para hablarla; pero en el mismo momento tírale ella a la cara el pañuelo que tenía en la mano (al que durante su furor había hecho unos cuantos nudos), y sin dirigirle una palabra, éntrase adentro y cierra estrepitosamente el balcón. Mauricio desdobló el pañuelo y reconoció en él bordadas las mismas iniciales que había visto en el que llevaba Matilde la noche del baile... Miró después la casa, y alcanzando a ver Visita general, número 12: ¿cómo pintar su desesperación?

Tres días con tres noches paseó en vano la calle; el implacable balcón permanecía cerrado, y toda la vecindad, menos el objeto amado, era fiel testigo de sus suspiros. La tercera noche se daba en el teatro una de las óperas favoritas de la mamá; colocado en su luneta, con el auxilio del doble anteojo, recorre con avidez el coliseo y nada ve que pudiera lisonjearle; sin embargo, en uno de los palcos por asientos cree ver a la mamá acompañada de la causa de su tormento. Sube, pasea los corredores, se asoma a la puerta del palco; no hay que dudar... son ellas... Mauricio se deshace a señas y visajes, pero nada consigue; por último, se acaba la ópera, espéralas a su descenso, y en la parte más oscura de la escalera acércase a la niña y la dice:

-«Señorita, perdone V. mi equivocación... si sale usted luego al balcón la diré... entre tanto, tome usted el pañuelo.
-Caballero, ¿qué dice usted? -le contestó una voz extraña, a tiempo que un menguado farolillo (de los farolillos que alumbran pálidamente las escaleras de nuestros teatros) vino a revelarle que hablaba a otra persona, si bien muy parecida a su ídolo.
-Señora...
-¡Calle! y el pañuelo es de mi hermanita.
-¿Qué es eso, niña?
-Nada, mamá; este caballero, que me da un pañuelo de Matilde.
-Señora... yo... dispense V... el otro día... la otra noche, quiero decir... en el baile de la marquesa de...
-Es verdad, mamá, el señor bailó con mi hermana, y no es extraño que dejase olvidado el pañuelo.
-Cierto, es verdad, señorita, se quedó olvidado... olvidado...
-A la verdad que es extraño; en fin, caballero, damos a V. las gracias».

Un rayo caído a sus pies no hubiera turbado más al pobre Mauricio, y lo que más le apesadumbraba era que en una punta del pañuelo había atado un billete en que hablaba de su amor, de la equivocación de la casa, de las protestas del baile, en fin, hacía toda la exposición del drama, y él no sabía qué suerte iba a correr el tal papel.

Trémulo e indeciso siguió a lo lejos a las damas, hasta que entraron en su casa y le dejaron en la calle en el más oscuro abandono. En balde aplicaba el oído por ver si escuchaba algún diálogo animado; la voz lejana del sereno, que anunciaba las doce, o la sonora marcha de los sucios carros de la limpieza, era lo único que hería sus oídos, y aun sus narices; hasta que cansado de esperar sin fruto, se retiró a su casa a velar y cavilar sobre sus desgraciados amores.

Entre tanto, ¿qué sucedía en el interior de la otra casa? La mamá, que tomó el pañuelo para reprender a la niña, había descubierto el billete, se había enterado de él, y pasados los primeros momentos de su enojo, había resuelto, por consejo de la hermanita callar y disimular, y escribir una respuesta muy lacónica y terminante al galán con el objeto de que no le quedase gana de volver; hiciéronlo así, y el billete quedó escrito, firmado de letra de mujer (que todas se parecen), cerrado con lacre y oblea, y picado por más señas con un alfiler. Hecha esta operación se fueron a dormir, seguras de que a la mañana siguiente pasaría por la calle el desacertado galán. Con efecto, no se hizo de rogar gran cosa; pues no habían dado las ocho cuando ya estaba en el portal de en frente, sin atreverse a mirar. Estando así, oye abrirse el balcón...y... ¡oh felicidad! una mano blanca arroja un papelito; corre el dichoso a recibirle, y encuentra... el balcón se había cerrado ya, y la esperanza de su corazón también.

En vano fuera intentar describir el efecto que hizo en Mauricio aquella serie de desgracias; baste decir que renunció para siempre al amor; pero en fin, era mancebo, y al cabo de quince días pensó de distinta manera, y salió al Prado con un amigo suyo. -Era una de aquellas noches apacibles de julio que convidan a gozar del ambiente agradable bajo los frondosos árboles; y sentados ambos camaradas empezaron la consabida conversación de sus amores respectivos. Mauricio, con su franqueza natural, contó a su amigo su última aventura, con todos los lances y peripecias que la formaban, hasta la amarga despedida que sus adversas equivocaciones le habían proporcionado; pero al acabar esta relación sintió un rápido movimiento en las sillas inmediatas, donde, entre otras personas, observó sentados a un militar y a una joven; arrímase un poco más, saca su anteojo... (¡Insensato! ¿por qué no lo sacaste desde el principio?) y conoce que la que tenía sentada junto a él oyendo su conversación era nada menos que la hermosa Matilde. -«¡Ingrata!...». Fue lo único que pudo articular; mientras el papá llamaba a un muchacho para encender el cigarro. -«Yo no he escrito ese billete». (Esta respuesta obtuvo al cabo de un cuarto de hora.) -«¿Pues quién?...».-«No sé... llévelo V.; a las doce estaré al balcón».

La esperanza volvió a derramar su bálsamo consolador en el corazón del pobre Mauricio, y lleno de ideas lisonjeras aguardó la hora señalada; corre precipitadamente bajo el balcón; con efecto, está allí; ya mira brillar sus hermosos ojos, ya advierte su blanca mano; ya... Mas ¡oh, y qué bien dice Shakespeare, que cuando los males vienen no vienen esparcidos como espías, sino reunidos en escuadrones ! Aquella noche se le había antojado al papá tomar el fresco después de cenar, y era él el que estaba repantigado en la barandilla, no sin grave agitación de Matilde, que le rogaba se fuese a acostar para evitar el relente.

-«Bien mío -dijo Mauricio con voz almibarada-, ¿es usted?
-Chica, Matilde (la dice el padre por lo bajo), ¿es contigo esto?
-Papá, conmigo no señor; yo no sé...
-No, pues estas cosas, tuyas son o de tu hermana.
-Para que vea V. (continúa el galán amartelado) si tuve motivo de enfadarme, ahí va el billete...
-A ver, a ver, muchacha, aparta, aparta, y trae una luz, que voy a leerle...».

Dicho y hecho; éntrase a la sala mirando a su hija con ojos amenazadores; abre el billete y lee... «Caballero; si la noche del baile de la Marquesa pude con mi indiscreción hacer concebir a V. esperanzas locas ...
-¡Cielos!; pero ¡qué veo!... ésta es la letra de mi mujer...
-¡Ay, papá mío!
-¡Infame! A los cuarenta años te andas haciendo concebir esperanzas locas...
-Pero, papá...
-Déjame que la despierte, y que alborote la casa».

Con efecto, así lo hizo, y en más de una hora las voces, los gemidos, los llantos, dieron que hacer a toda la vecindad, con no poco susto del galán fantasma , que desde la calle llegó medio a entender el inaudito quid pro quo.

Su generosidad y su pundonor no le permitieron sufrir por más tiempo el que todos padeciesen por su causa, y fuertemente determinado llama a la puerta: asómase el padre al balcón: -«Caballero, tenga usted a bien escuchar una palabra satisfactoria de mi conducta». -El padre coge dos pistolas y baja precipitado, abre la puerta: -«Escoja V.», le dice. -«Serénese V., contesta el joven; yo soy un caballero; mi nombre es N., y mi casa bien conocida; una combinación desgraciada me ha hecho turbar la tranquilidad de su familia de V., y no debo consentirlo sin explicársela».

Aquí hizo una puntual y verdadera relación de todos los hechos, la que apoyaron sucesivamente mamá y las niñas, con lo cual calmó la agitación del celoso coronel.

Al siguiente día la Marquesa presentó a Mauricio en casa de Matilde, y el padre, informado de sus circunstancias, no se opuso a ello.

Desde aquí siguió más tranquila la historia de estos amores; y los que desean apurar las cosas hasta el fin, pueden descansar sabiendo que se casaron Mauricio y su amada; a pesar de que ésta, mirada de cerca, a buena luz, y con anteojos, le pareció a aquél no tan bella, por los hoyos de las viruelas y algún otro defectillo; sin embargo, sus cualidades morales eran muy apreciables, y Mauricio prescindió de las físicas, no teniendo que hacer para olvidar éstas sino una sencilla operación, que era... quitarse los anteojos.