viernes, 19 de abril de 2013

"Recordatorio", "Himno" y "Encargo", poemas de Rosario Castellanos en "Materia memorable"(17, y fin). La próxima semana el poemario al completo en una sóla entrada

RECORDATORIO

Obedecí, señores, las consignas.

Hice la reverencia de la entrada,
bailé los bailes de la adolescente
y me senté a aguardar el arribo del príncipe.

Se me acercaron unos con ese gesto astuto
y suficiente, del chalán de feria;
otros me sopesaron
para fijar el monto de mi dote
y alguien se fió del tacto de sus dedos
y así saber la urdimbre de mi entraña.

Hubo un intermediario entre mi cuerpo y yo,
un intérprete -Adán, que me dio el nombre
de mujer, que hoy ostento-
trazando en el espacio la figura
de un delta bifurcándose.

Ah, destino, destino.

He pagado el tributo de mi especie
pues di a la tierra, al mundo, esa criatura
en que se glorifica y se sustenta.

Es tiempo de acercarse a las orillas,
de volver a los patios interiores,
de apagar las antorchas
porque ya la tarea ha sido terminada.

Sin embargo, yo aún permanezco en mi sitio.

Señores, ¿no olvidasteis
dictar la orden de que me retire?

HIMNO

Después de todo, amigos,
esta vida no puede llamarse desdichada.
En lo que a mí concierne, por ejemplo,
recibí en proporción justa, en la hora exacta
y en el lugar preciso y por la mano
que debe dar, las dádivas.

Así tuve los muertos en la tumba,
el amor en la entraña,
el trabajo en las manos y lo demás, los otros,
a prudente distancia
para charlar con ellos, como vecina afable
acomodada en la barda.

Y recreos. Domingos enteros en la playa,
arboledas anónimas y amigas,
manantiales ocultos que cantaban,
libros que se me abrieron de par en par y bóvedas
maravillosamente despobladas.

Dioses a quienes venerar, demonios
tan hermosos que herían la mirada,
sueños para dormir asido al cuerpo ajeno
como hiedra de tactos y palabras
... y algún relámpago de medianoche
para alumbrar el orden de mi casa.

ENCARGO

Cuando yo muera dadme la muerte que me falta
y no recordéis.
No repitáis mi nombre hasta que el aire sea
transparente otra vez.
No erijáis monumentos, que el espacio que tuve
entero lo devuelvo a su dueño y señor
para que advenga el otro, el esperado,
y resplandezca el signo del favor.

jueves, 18 de abril de 2013

Ibáñez se inspira en André Franquin (2)

André Franquin en Tomás el Gafe.


Francisco Ibáñez en Mortadelo y Filemón, en dos historietas distintas.



Muchos más casos en En Todo el Colodrillo.

Poemas de Marcio Catunda en "Paisajes y leyendas de España" (1)

SORIA

A orillas del Duero de álamos yertos
centellea el cristal del día.
Respiro hierbas olorosas en el bosque de la peña.
En la superficie límpida y deslizante
el Sol se deja ver como piedra de hielo
y abre el nebuloso espectro.
Tras las murallas viejas,
sigo ebrio del aroma de los ramajes.
Sobre los verdes pinos trina un ruiseñor.
La campana de la Audiencia
anuncia la paz de las alamedas.
A lo largo del camino
espumas sonoras embelesan
el piadoso aire de la mañana.
Soria austera inspira tristeza de amor
y filtra sombras de quietud.
Soria duerme bajo fina luz de clara niebla.
En su regazo los árboles parecen meditar
y el manso fluir del agua
refleja esmaltes vegetales.
En sus campanas reposan nidos de cigüeñas.
Por las laderas oreadas de un sueño alegre
deambulo hacia las simetrías de San Saturio,
que se alza como talismán de certeza sobre la roca,
enarbolando sus cumbres y hermosas paredes.
Desde el silencio de su monumentalidad,
sobre el rocoso pedestal de la cueva del santo,
diviso los grises alcores.
La suave placidez discurre por los caminos místicos.
Llevo conmigo la benevolencia que la sierra destila.
  El brumoso encanto desvela maravillas.
  Orillas del Duero donde ensueña el viajero
  entre armonías luminosas.
  Serena claridad que enseña consuelo
  y me redime de la noche del pesar.


ZAMORA

Zamora es un otero amurallado.
Tiene a los pies de sus paredes
el Duero de limos dorados.
Con su vieja muralla fragmentada,
sobre sillares romanos el bien cerrado recinto.
Desde el puente de piedras
un rumor de agua me llena los oídos.
Y un rosario de templos discurre
entre adarves y almenas,
con capiteles de baluarte.
El castillo frente a la catedral
y el jardín entre ambos.
Zamora asoma en laderas,
por las que Bellido Dolfos,
tras dar muerte al rey Sancho,
escapó del cuchillo del Cid.
Puertas antiguas del ámbito claustral se alejan.
Tramos de muros guardan
portadas con rosetones
y vela de armas para caballeros.
Santiago del Burgo, de piedras claras.
San Vicente, de aguja gótica sobre torre arcaica.

Poemas de Piedad García Murga, "Árbol partido" y "Ocaso"

ÁRBOL PARTIDO

Quedarse
quieto
cuando se
elevan
los esquejes
a la sombra
de un
tronco
partido
bajo la rama
que se piensa
no caerá
de nuevo
una vez más.
Y no buscar
tréboles
de cuatro
hojas.
Tréboles
bajo los
restos
de un árbol
partido
por la tarde
sin la furia
del rayo.
Con sus ramas
yaciendo
en reposo
y libertad.


OCASO

Atardece
sobre el río
Guadiana
y cae
el cielo
venciendo
la luz
como caes

sobre

con todo tu
extático peso
cuando,
después
de todo,
me haces
el amor y
Nada
importa.
Porque
me lo haces
con todo
el cuerpo
hacia adentro
y hasta
el fondo de
nuestros ojos.

miércoles, 17 de abril de 2013

Amparo Andrés Machí sobre "Topología de una página en blanco"

Con Topología de una página en blanco, nos adentramos en el universo de la filosofía del lenguaje como motivación poética. El lenguaje poético se cuestiona a sí mismo, indagando en el corazón de la página, entre una semántica metafísica del lenguaje que se sustenta en simbologías, creando un espacio poético dentro de su propio espacio.

Versos que por su naturaleza narrativa se desmarcan de la poesía convencional, Alejandro va experimentando el suceso de la escritura que vierte sus formas en la página, conformando sus relieves y sus hondonadas, sus traiciones de significados y metasignificados a través del lenguaje, de las simbologías. Así, dice “extraída de su contexto, cualquier frase funciona como símbolo”.

Los símbolos se crean a través de la composición sintáctica, el contexto se relega para dar prioridad al texto en cada una de sus frases, adquiriendo valores que trascienden lo poético para adentrarse en el terreno de la filosofía lingüística y el problema de la palabra. Un recorrido repleto de reminiscencias filosóficas y lingüísticas que podemos observar en algunos párrafos como cuando nos dice el poeta

(...)Cada palabra se cree irrefutable preñada de certeza

sus signos en la realidad no existen

cuerpos huecos

todo tendrá que ser imaginado y habrá que trabajar

sobre la ausencia

aun así qué difícil fabricar sintaxis

que no tenga el don de predecirse (...)


Siguiendo la estela de los lingüistas como Saussure, que se cuestionaron la significación de las palabras en esa dualidad del signo lingüístico, o de filósofos como Wittgenstein, quien puso en duda el valor del lenguaje como representación de la realidad. Con todo ello, nos va desgranando a través de su poética esa duda razonable que se esconde en cada palabra, en cada frase, en cada párrafo, deconstruyendo el estructuralismo poético desde una óptica innovadora que implica también el auténtico sentido de la idea y que pretende ser a la vez crítica del aparato lingüístico.

Alejandro es consciente de los peligros embaucadores de la palabra, de sus traiciones y su irrealidad. La arbitrariedad que impregna todo lenguaje es a la vez lo que nos induce a un caleidoscopio interpretativo que se hace relevante en los ojos lectores, en esa percepción única que se fragua en cada lector “¿no eres tú también un artificio un disfraz una desfiguración de las posibilidades del lenguaje? la última posibilidad del lenguaje ¿la última?” escribe.

Sin el lector no existe el poema, se advierte aquí un acercamiento a las teorías semióticas de Eco, en particular a su ensayo Lector in fábula, cuando entiende la interpretación como el auténtico acto literario en el que el lenguaje textual cobra un sentido individual superando la universalidad, pero partiendo de ella como referencia. La idea de la multiplicidad se hace evidente, pero también los peligros que lleva implícito el lenguaje, la traición de la palabra en sus engalanados vericuetos: “la cáscara de un nombre” “el hueco que la nombra” o cuando afirma

la verdad no resiste

el abrazo fraternal de la firmeza

la idea busca apoyo sobre su capacidad embaucadora

y desde esa inconsistencia tratará de saltar


La incapacidad del lenguaje para expresar realidades se hace patente, y avanza el libro explorando caminos de expresión diferentes, que unen imagen y palabra, llegando a la expresión visual del poema, siguiendo el rastro de Apollinaire en el caligrama que representa un pozo que va estrechándose hasta el su completo ahogo “cualquier página podría ser un pozo en el que ahogarse” y se ahoga en esa inconsistencia ineficaz que deslumbra, pero no contiene. Elementos simbólicos confirman esta crítica, como el poema escrito al revés o la hoja oscura entre las páginas blancas, quedando patente así su visión crítica del lenguaje.

El lenguaje poético se hace consciente de sí mismo, el poeta se recrea en la multiplicidad de las expresiones variadas que adopta la estructura del texto, conjugando distintas versiones combinatorias que no dejan de plantearse ese cuestionamiento filosófico que bien podríamos llamar wittgensteiniano, porque parte de sus planteamientos, pero se va alejando hacia el mundo de las simbologías como manera de mostrar otras formas de comunicar su poesía.

Topología de una página en blanco no es un poemario al uso, no contiene tintes emocionales y se desprende de la inmediatez característica del poema para conformarse en un “continuum” indagador, un poemario de corte reflexivo y rompedor, que crea un espacio distinto, experimental y, a la vez, pleno de certezas que se clavan directamente en la herida del pensador que busca y bucea en los mundos del lenguaje y sus significados desde una perspectiva no exenta de crítica. Una excelente y particular visión lúcida sobre la semiosis poética desde su propia entraña.

Alejandro Céspedes (Gijón, Asturias) es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo. Desde 1985 reside en Madrid. Ha publicado varios libros y obtenido varios premios literarios, entre los que destacan el "Blas de Otero" en 2008, "Premio de la Crítica de Asturias" en 2008, "Hiperión" en 1994. Más información en su web www.alejandrocespedes.com.

[Publicado originalmente aquí.]

Chistes de Carlos Rueda (13)



martes, 16 de abril de 2013

Chistes de Carlos Rueda (12)



Poemas de José Almendros en "Nostálgicas", publicado en 1898. Hoy "Las sombras" y [De la cuna...]

LAS SOMBRAS

—Te hemos oído. Mi reino es tuyo.
    Soy el Amor.
Todo a mi soplo vivir consigue.
—¿Y ese que lento tus pasos sigue?
—¡Oh!... ¡No le mires!... ¡Es el Dolor!

—Ven, yo te espero. Goza y olvida.
    Soy el Placer.
Yo de las dichas te guardó el vaso.
—¿Y ese que mudo sigue tu paso?
—¡Ay!... El Hastío. ¡Quién ha de ser!...

—Ven, yo te llamo. Di lo que quieres.
    Soy la Ambición.
Lo que anhelares mide tú mismo.
—¿Y ese a quien guías?
            —El Egoísmo.
—¿No tiene ojos!...
           —Ni corazón.

—Ven, yo te escucho. Yo doy consuelo;
    yo soy la Fe;
fuerza del cuerpo, del alma ayuda.
—¿Y esa que llega?
          —Calla!... Es la duda.
¿Vienes?...
       —No!.. Solos os invoqué.

—Ven, yo te aguardo.
        —¿Tú?... Di, ¿quién eres?
    —La Soledad.
—¡Qué triste llegas!
        —Siempre así voy.
—Yo os llamo solos.
    — Siempre lo estoy.
Sólo me envuelve la oscuridad...

—¡Oh, no!... de cerca también te sigue
    negra visión.
—¿A mí?... Te engañas...
            —No, yo la veo.
Ya conocerla de antiguo creo,
¡ay! sí, se llama... Desolación.

[DE LA CUNA... ]

De la cuna a los bordes frente a frente
el dolor y la dicha se asomaron.
—¡Duerme! ella dijo; se inclinó a besarle.
Él se irguió mudo, e interpuso el brazo.
—Tú. ¡Siempre entre los dos!...
                —Es mi destino.

—Aparta!... Un beso!...
            —No!...
                Forcejearon,
A impulso de ella, la dormida frente
rozó de aquel la temblorosa mano...
Enmudecieron ya... Sólo se oía
débil y lento comenzar un llanto...

"Como aquel que'n soñar gusto recive..." y "Soy como aquel que vive en el desierto...", sonetos de Juan Boscán

Como aquel que'n soñar gusto recive,        
su gusto procediendo de locura,        
así el imaginar, con su figura,        
vanamente su gozo en mí concive.        

Otro bien, en mí, triste, no se scrive,
si no es aquel que mi pensar procura:        
de cuanto ha sido hecho en mi ventura,        
lo solo imaginado es lo que bive.        

Teme mi coraçón d'ir adelante,        
viendo'star su dolor puesto en celada,
y así rebuelve atrás en un instante        

a contemplar su gloria ya pasada.        
¡O sombra de remedio inconstante!:        
ser en mí lo mejor lo que no es nada.

___

Soy como aquel que vive en el desierto,        
del mundo y de sus cosas olvidado,        
y a descuido veis donde l'ha llegado        
un gran amigo, al cual tuvo por muerto.        

Teme luego d'un caso tan incierto;
pero, después que bien s'ha segurado,        
comiença a holgar pensando en lo pasado,        
con nuevos sentimientos muy despierto.        

Mas cuando ya este amigo se le parte,        
al cual partirse presto le conviene,
la soledad empieça a selle nueva;        

con las yervas del monte no s'aviene;        
para'l yermo le falta toda el arte;        
y tiembla cada vez que'ntra en su cueva.

lunes, 15 de abril de 2013

Inéditos de María Ángeles Pérez Gómez y José Luis Reina Palazón (EL LECTOR DE POESÍA) en el número 29 de la revista "Álora, la bien cercada"

Que los pájaros beban su corazón dormido,
que los caballos pasten en su boca
la hierba que serena a las cigarras,
que la ferralla deje de morder
y no haya que ofrecer más sacrificios
a los dioses voraces del verano.

Que la piedra sea viento y sólo viento,
que el chaval que corea una canción
para atrapar jilgueros y pesares,
suba rápido a una tapia en la memoria
y se llene la boca de ciruelas
robadas a los años de la furia.

Que el vino no sea sangre sino vino,
que no duela el cartílago morado
que recorre la lengua y las monedas,
que las yeguas descansen en la noche
su turbulento amor de bulería
y que él tense la cuerda de la muerte
y la alcance en el centro de la boca
como el vencejo que sostiene el sol.

María Ángeles Pérez López


EL LECTOR DE POESÍA

Tú te lees a ti mismo,
a ése que buscas tú
y siempre creas,
el que te dice las sombras de las letras,
el que te invita al descifrar del canto,
el que tú no conoces y habita en ti,
siempre que vas leyendo tu ternura,
tu cuerpo, tu loca fantasía hacia otro nombre.
Y siempre habitas tú en ese olvido
y al saberlo de ti te reconoces,
eres el alma del poema.

José Luis Reina Palazón

"El sombrerito y la mantilla" (1835) de Mesonero Romanos

El sombrerito y la mantilla

Los autores extranjeros, que han hablado tanto y tan desatinadamente acerca de nuestras costumbres, al describir el aspecto de nuestros paseos y concurrencias han repetido que la capa oscura en los hombres, y el vestido negro y la mantilla en las mujeres, presta en España a las reuniones públicas un aspecto sombrío y monótono, insoportable a su vista, acostumbrada a mayor variedad y colorido.

Hasta cierto punto, preciso será darles la razón, y acaso ésta es una de las pocas observaciones exactas que acerca de nosotros han hecho. Y decimos hasta cierto punto, porque el más preocupado con esta idea no dejaría de sorprenderse al ver la notable revolución que de pocos años a esta parte ha verificado la moda en el atavío de damas y galanes españoles. El Prado de hoy no es ya ni por asomo el Prado de 1808, ni aun el de 1832; ¡tales y tan variados son los matices que han venido a modificar su fisonomía! Con efecto; no es ya la uniformidad el carácter distintivo de aquel paseo; las leyes de la moda, encerradas antiguamente en ciertos límites, dejan ya más vuelo, más movimiento a la fantasía; en esto como en otras cosas se observa el espíritu innovador del siglo, y ante su influencia terrible, que hace ceder las leyes y los usos más graves apoyados en una respetable antigüedad, ¿cómo podría oponer resistencia la débil moda, variable de suyo y resbaladiza? Es sin duda por esta razón por la que, convencida de su impotencia, ha abdicado su imperio, resignándolo en otra deidad menos rígida: es, a saber, el capricho.

Desde que este último ensanchó los límites del imperio de la moda, nada hay estable, nada positivo en ella; huyeron los preceptos dictados a la fantasía; cada cual pudo crearlos a su antojo, y el buen gusto y la economía ganaron notablemente en ello. De aquí nace esa variedad verdaderamente halagüeña en trajes y adornos; el vestido dejó de ser ya un hábito de ordenanza, una obligación social; en el día es más bien una idea animada, una expresión del buen gusto, y hasta del carácter de la persona que le lleva. No es esto pretender erigir en principio la sabia aplicación de los colores a las pasiones; hartos estamos ya de celos azulados y de verdes esperanzas; pero en la combinación de todos ellos, en el dibujo, en el corte del vestido, ¿quién no reconoce aquella expresión del alma, aquella parte animada que podremos llamar la poesía del traje? Y siendo éste libre, como lo es en el día, ¿por qué hemos de dudar que tenga cierta analogía con las inclinaciones de la persona? Así los anchos pliegues, las mangas perdidas, los ajustados ceñidores, serán adoptados con preferencia por las damas altisonantes y heroicas; la sencillez de la inocencia escogerá el color blanco, las gasas y las flores; la coquetería, las plumas; el orgullo, los diamantes, y la frivolidad y tontería... ¿pero qué escogerá la tontería, que luego no se dé a conocer?

Semejante observación no podía tener en lo antiguo exactitud pues, como queda dicho, la voz de la moda avasallaba todas las inclinaciones, hacía callar todas las voluntades. Arrastrados a su terrible carro veíanse correr hombres y mujeres, jóvenes y viejos, grandes y pequeños; la figura raquítica y la colosal se doblegaban bajo las mismas formas; la morena tez se ataviaba con los mismos colores que la blanca; la esbeltez del cuerpo sufría los pliegues que plugo darle a la obesidad; el hermoso cuello gemía bajo el yugo que disimulaba el feo; y la rubia cabellera usaba los mismos lazos que tan bien decían a la del color de ébano...

¿Qué significaba entonces el vestido relativamente a la persona que le llevaba? ¿Qué quería decir una joven fría y sin gracia vestida de andaluza? ¿qué una desenfadada malagueña cubriendo los zapatos con la guarnición de su vestido? Nada, absolutamente nada, sólo que era moda; que la modista y el sastre lo querían; el traje no era más que la expresión: el sastre, la idea.

¡Qué diferencia ahora! El albedrío es libre en la elección; el refinamiento de la industria ofrece tan portentosa variedad en las telas y en las formas, que sería ridículo hasta el pretender reducirlas a precepto. Sin negar las debidas aplicaciones, el color negro no tiene ya, respecto al gusto preferencia alguna sobre los demás; la seda sobre el hilo; el bordado sobre el dibujo. Recórranse, si no, esos surtidos almacenes, obsérvese ese Prado, y díctense después reglas fijas e invariables: telas de todos los colores y dibujos, trajes de todos los tiempos y naciones, han sustituido a la inveterada capa masculina, a la antigua basquiña femenil, y en variedad hemos ganado cuanto perdido en nacionalidad o españolismo.

Una de las innovaciones más graves de estos últimos tiempos es sin duda la sustitución del sombrerillo extranjero en vez de la mantilla, que en todos tiempos ha dado celebridad a nuestras damas. En varias ocasiones se ha procurado introducir esta costumbre; pero el crédito de nuestras mantillas ha ofrecido siempre una insuperable barrera. El sombrero era un adorno puramente de corte: como los uniformes y las grandes cruces, imprimía carácter; no hace muchos meses que una señora de gorro era equivalente a una señora de coche; y si tal vez se atrevía a pasear indiscretamente el uno sin el otro por las calles de Madrid, corría peligro de verse acompañada por la turba muchachil y chilladora. Únicamente saliendo al campo por temporada, la esposa del rico comerciante o la hija del propietario osaban aspirar al adorno de la aristocracia, al sombrero; y eso, para lucirlo en las eras de Carabanchel o en los baños de Sacedón. -Hoy es otra cosa; la mantilla ha cedido el terreno, y el sombrerillo, progresando de día en día, ha llevado las cosas al extremo que es ya miserable la modista que no logra envanecerse con él.

¿Hemos ganado, hemos perdido en el cambio? Hay quien dice que presta gracia al semblante, y quien supone que oculta lo mejor de él; quien sostiene que las bonitas están más bonitas, y quien asegura que las feas están más feas; quien cree que es moda de niñas, y otros que la acomodan a las viejas; los maridos la encuentran cara; las mujeres sostienen que es económica, unos piensan que es moda de invierno; las madrileñas la han adoptado en verano; cuáles están por las flores, cuáles por la paja; éstas, por el terciopelo; aquéllas, por el raso. ¡Terrible extenuativa; profunda y dificilísima cuestión!

Todas estas reflexiones y otras muchas más se habían agolpado a mi imaginación a consecuencia de un suceso que acababa de presenciar; y como el corto espacio no me permite explayarme, limitareme a indicar lo más sustancial de él.

Días pasados tuve que ir a visitar la familia de mi amigo D... (pero el nombre no es del caso, pues que por ahora no ha de salir a la escena). La antigüedad de mis relaciones de amistad con aquella familia, y la franqueza de mi carácter, me hacen ser un consultor nato de la casa, reducida al matrimonio respetable, y a una hija única que frisa en los diez y nueve abriles, y a quien por legítimo derecho vienen a parar los 4000 pesos de renta que posee el papá, lo cual presta a sus lindas facciones nueva perfección y rosicler.

La ocasión era solemne, y como consejero áulico fui llamado para conferenciar en familia. Un cierto joven caballero, primo de la niña, y por consiguiente sobrino de su tío, acababa de llegar aquella mañana de vuelta de sus largos viajes, emprendidos después que dejó el colegio de Blois y la Escuela Politécnica de París. Este primo, pues, regresaba a su patria a los veinte y seis años, habiendo pasado fuera de ella los quince últimos; era elegante e instruido, bella figura, considerable caudal; con que no hay que decir si el partido era ventajoso para una prima que podía ofrecerle cuando menos iguales cualidades. Así lo debió sin duda pensar el papá, y al efecto nada perdonó hasta conseguir traerlo a Madrid y a su misma casa. ¡Amor de padre!

Pocas horas hacía que el extranjerísimo viajero había llegado, cuando yo entré en la casa; aquél se había retirado a descansar, y las damas, madre e hija, se hallaban regañando a la sazón con una modista sobre el corte de ciertos vestidos y sombreros que traía a prueba; apenas hicieron alto en mí; de manera que mientras duraba aquella polémica, tuve tiempo de ponerme al corriente de la sostenida por nuestros periódicos; por ahí puede calcularse lo que duraría la tal sesión; pero de toda ella sólo pude venir en conocimiento de la importancia que daban al atavío con que pretendían deslumbrar al elegante viajero.

No entraré en detalles sobre los demás diálogos y escenas que mediaron con éste luego que nos sentamos a la mesa, ni sobre su cortesía y atención con las damas; atención que respecto a Serafina (que así se llama la criatura), tenía todo el carácter de la más fina galantería.

-¡Es encantadora! -me decía por lo bajo-; pero lo que más me sorprende es que me parece una de nuestras bellezas parisienses; la misma expresión, los mismos modales, el mismo metal de voz... ¡Y temía yo tanto no encontrar una española que me gustase!

-Sin embargo -le contestaba yo-, no hay que desanimarse, amiguito; acaso no será la última.

Era ya la hora del paseo, y nuestras damas nos hicieron avisar de que estaban dispuestas a salir. Dejáronse, pues, ver en todo el lleno de su atavío, y es preciso confesar que no habían tenido razón para reñir a la modista; el mayor gusto y elegancia habían dirigido su hábil tijera: rasos lisos y floreados, blondas exquisitas, bordados y pedrerías, nada se había economizado en aquel momento; pero sobre todo me llamó la atención el gracioso sombrerillo de la niña, que oponía la elegante sencillez de sus flores y espiguillas al complicado laberinto de plumas y cintas del de la mamá.

El amigo estaba satisfecho; las señoras también; yo igualmente; con que todos lo estábamos. En esta conformidad nos íbamos a dirigir al Prado, cuando acertaron a llamar a la puerta. Ábrese ésta, y aparece Paquita, la prima de Serafina, que, con su papá y hermanos, venía a saludar al recién venido (también su pariente), y a convidarle a la función de toros de aquella tarde... ¡Ah!,... se me había olvidado que era lunes y que había función de toros.

Rico y elegante zapatito de raso, encerrando sin dificultad el breve pie; delgadísima media delicadamente calada; redondo y bien cortado vestido, guarnecido por todo su vuelo de brillante y móvil fleco y cordonadura; un ajustado corpiñito abrazando una cintura esbelta y delicada, y adornado de la misma guarnición en los hombros y bocamangas; un pañolito al cuello recogido con sendas sortijas sobre cada hombrillo, y correspondiendo por su color con la rosa de la cabeza; y una mantilla, en fin, de blonda blanca, cruzada con garboso brío sobre el pecho, dejaban contemplar desembarazadamente un cuerpo digno de las orillas del Betis, un semblante de diez y siete a diez y ocho, unas facciones picantemente combinadas, una tez de un moreno suave, y un par de ojos árabes, en fin, que no hubieran figurado mal en el paraíso de Mahoma.

Tal era la nueva interlocutora que se presentaba en aquel momento en nuestro cuadro; y si era temible y digna de figurar en primer término, dígalo el enmudecimiento general que ocasionó, y más que todo, el asombro y distracción que se leían en el semblante del recién venido.

Cambió la escena: la cortés galantería de aquél se trocó en indecisión y aturdimiento; la satisfacción de Serafina y su madre, en temor y aire receloso, y solamente yo ganaba en el cambio, porque amargado, como lo estaba, de haber de dar conversación toda la tarde a la mamá, sospeché desde luego que tendría que hacer los mismos oficios con la hija. Y por cierto no me equivoqué; ni durante el camino, ni mientras la función, ni al tiempo del regreso fue posible tornar en sí al preocupado caballero, ni hacerle recuperar, respecto de las damas de casa, el lugar que ocupaba por la mañana; de suerte que era preciso, ser un poco conocedor para no anticipar el resultado de aquel negocio.

Mi curiosidad natural me llevó a la mañanita siguiente a explorar la disposición de los ánimos; y aunque no dejé de observar alguna nubecilla, resto de la pasada escena, encontré algún tanto restablecida la armonía, y al caballero en disposición de acompañar a las damas a su paseo matutino por las calles de la capital. No lo extrañé a la verdad, porque el aspecto de Serafina en tal momento era capaz de fijar a más de un inconstante. Su ligero y blanquísimo vestido de muselina, sin más adorno que la sencilla esclavinita sobre los hombros; un gracioso nudo a la garganta, y un sombrerillo de paja de Italia en la cabeza, la hacían parecer tal a mi vista, que si fuera Chateaubriand no dudaría en compararla a la virgen de los primeros amores.

Mas... ¡oh fuerza del sino, o más bien sea dicho, de las femeniles combinaciones! La segunda prima, que sin duda se creía más adecuada para el carácter de prima que para el de segunda, vuelve a aparecer de repente.

Su traje era un sencillo hábito negro, más fino por cierto que el que podrían usar las vírgenes del Carmelo, pero con el escudo distintivo en una de las mangas; un ajustado ceñidor de charol desprendiéndose hasta el pie; una mantilla de rico tafetán, cuya elegante guarnición servía de dosel a la cintura; el pelo recogido tras de la oreja; y una cara... la propia cara, en fin, expresiva y revolucionaria de la tarde anterior.

Queda dicho: las mismas causas producen siempre los mismos efectos: el caballero volvió a aturdirse; las damas a anublarse, yo a cuidar de la amable Serafina, y cuando a la vuelta del paseo pude tener mi explicación con el galán, llegué a conocer que el mal no tenía remedio; que la más profunda e irresistible impresión era a favor de Paquita; y argumentándole como buen amigo, en favor de las gracias de su prima, concluyó con decirme que las reconocía, que hubiera podido resistir a los encantos naturales de su rival, pero que le era imposible, absolutamente imposible triunfar de su mantilla.