EL CHINGOLO
Pastizal,
flexible cobijo
raíz contra raíz.
Un nido ocultas,
un huevo lírico;
un canto en flecha
que mañana
cruzará hiriente la noche,
anunciando
al patrón de las veletas.
TIERRA DE ARADOS
Hay nombres esparcidos en el humus,
en encriptados signos de aguasal.
Divinas fuerzas arrendadas,
para la subcutánea raíz
del labriego.
Verdes, y ocres extendidos,
que porfiados resucitan
en la decaída huella del invierno.
Enjundiosos espíritus volvedores,
que jamás prostituyen
como ruines adecentados,
a quien generosamente fértil
se tiende hembra.
CARNADA VIVA
En la barranca,
permisiva huelga
de cañas olvidadas.
Gran felicidad
del pecerío.
¡El vino,
el fuego,
los amigos!
Y aunque ebria,
insomne,
la guitarra.
EN PARCELA AJENA
El alma, aunque un poco sorda,
se entreabre a un coro
de niños ausentes.
Da a luz al mudo diálogo
de la acucia y la siembra.
Congruente, oscuro de pureza,
revienta el terrón entre los callos,
y dejándose llover,
sobre el lomo del milagro,
honradamente,
cubre las semillas.
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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jueves, 23 de diciembre de 2010
jueves, 16 de diciembre de 2010
Poemas de Horacio Pizzurno en 'Tierra de arados'
LA COCINA A LEÑAS
Locomotora inmóvil
silbato de pava,
pasaje campesino
a guisos y pucheros.
Churrasco
mate
hornalla
secador de ropas pobres.
Chimenea talismán,
quiebra conjuros
desarmando en el cinc,
el veleidoso
nido de la escarcha.
CAMINAR EN LA LLOVIZNA
Puerta.
Ayer.
Silueta a contraluz.
Estoico ante el zamarreo,
la sartén
no derrama
su mar
contenido de grasa.
El sombrero,
una nube alada que llueve.
Ni una ola belígera
salpica
el cilicio lingual de la abuela.
Las botas
al campo tiran, fogonea el viejo,
hábil pretexto encerado,
atravesando la garúa.
SOL EN ADIÓS
a Obdulio Pizzurno
Indefinida jerarquía,
¿quién peón, quién patrón?
las herramientas de poda
de mango de palo,
colgaban de los hombros
como una bifurcación
del alma seca.
Magras bicicletas
de centrado impreciso,
elegían sabias la huella protectora;
fatigados los pedales
por un arcaico
combustible de alpargatas.
El monte frutal
rompía el espíritu de la voluntad,
con un ramaje crespo,
ardido,
muerto de hojas.
"Calculá vos", apuntaba Juan Espíndola,
luego gustoso
con un preciso golpe de tijera,
desvirgaba el silencio,
de la tarde invernal.
Locomotora inmóvil
silbato de pava,
pasaje campesino
a guisos y pucheros.
Churrasco
mate
hornalla
secador de ropas pobres.
Chimenea talismán,
quiebra conjuros
desarmando en el cinc,
el veleidoso
nido de la escarcha.
CAMINAR EN LA LLOVIZNA
Puerta.
Ayer.
Silueta a contraluz.
Estoico ante el zamarreo,
la sartén
no derrama
su mar
contenido de grasa.
El sombrero,
una nube alada que llueve.
Ni una ola belígera
salpica
el cilicio lingual de la abuela.
Las botas
al campo tiran, fogonea el viejo,
hábil pretexto encerado,
atravesando la garúa.
SOL EN ADIÓS
a Obdulio Pizzurno
Indefinida jerarquía,
¿quién peón, quién patrón?
las herramientas de poda
de mango de palo,
colgaban de los hombros
como una bifurcación
del alma seca.
Magras bicicletas
de centrado impreciso,
elegían sabias la huella protectora;
fatigados los pedales
por un arcaico
combustible de alpargatas.
El monte frutal
rompía el espíritu de la voluntad,
con un ramaje crespo,
ardido,
muerto de hojas.
"Calculá vos", apuntaba Juan Espíndola,
luego gustoso
con un preciso golpe de tijera,
desvirgaba el silencio,
de la tarde invernal.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Poemas de Horacio Pizzurno en 'Tierra de arados'

Horacio Pizzurno (tras las dos chicas jóvenes, con bigote) es uno de los amigos que tan generosamente me acogieron en General Rodríguez (Buenos Aires) el 18 de julio de 2009 por empecinamiento de Mónica Angelino (en la foto junto a mí, con gafas ambos). También Maximiliano Sacristán, a la izquierda.
Hoy, al fin, puedo decir que he leído (y gustado) el libro de Horacio, y de él te doy cuenta. Pero mejor, que hable su verso. Va.
"Sobre un atril sin partitura
un zorzal ha amanecido
antes que yo"
BIEN PERRO
Como en arena de circo,
giraba 'El Rayo'.
La cucha de rezago,
un estuoso
colador de soles.
Martirio luminoso la cadena,
un abrasivo radio infinito,
y el destino enredado en una estaca.
Ante su número único,
los pájaros del descampado
trocaban canto por semillas.
Si la tarde lo soltaba
entre sangrantes mandarinos,
era un viscoso espectro resentido,
con un collar indeleble.
Como en arena de circo,
giraba 'El Rayo'.
EL AUTO A PEDALES
Amaba yo esa benéfica tracción,
parado allí,
ajeno,
centelleando verde agua.
Las manos de entonces
querían remedarlo,
entre herrumbrados cucharones
y estrábicas espumaderas.
Verbalizadas ruedas posibles,
que a los cuatro años,
no sabía conjugar.
LA ABUELA
Ríspida y encorvada,
gruñe.
Veloz el suero escapa
del molde de los quesos,
como un vano intento de ahorro.
Temor abismal,
chirlo agrio,
mal descortezado bastón de paraíso.
En un ciclo abierto con final cerrado,
llama y convida maíz,
fresco señuelo,
para el pollo víctima,
de su gancho de alambre.
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