¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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jueves, 4 de junio de 2015
"Nocturno insecto" (3, y fin), de Beatriz Russo
XVIII
Ser líquida como el vino en los festines y correr
en dirección opuesta al aliento de los siervos.
Viajar desnuda en un autobús semicircular y ceder
el ombligo al transeúnte.
Morar en la alquimia de la incertidumbre en un continuo
espasmo electromagnético.
Hablar de las orgías de la baraja después de coronarte
reina en la primera mano.
O regresar siempre dormida al ágora de los vientos
con una corona de hojas de sauce.
Y si aún no es suficiente,
agita las manos de loca espasmódica sin más metáforas
que las de la veloz palma extendida.
Después ya podrás volar.
Porque tendrás restos de plasma en tus ojos, donde
anidarán las crías de las larvas figitivas.
IV
Sobra decir que aún quedan las cenizas. El viento salda las cuentas con las piedras. El polvo se esparce por la vereda, poliniza los estigmas del camino y sirve de simiente para el ayer. Se acerca un caminante con ojos de plomo. Yacen sus pupilas sumergidas en una escafandra de cristal de roca. Apenas se presiente el grosor de su pensamiento. Atrapado en un enigma imita el cadáver de una mariposa. Alguien le atrapó en su red y ahora deambula atravesado por una estaca de temblor y fobias. Un mal amor taxidermista fijó temprano la adoración y sus reliquias. Brotan las heridas como tallos en una ciénaga de espejos. Se detiene ante mí en su vagar sin roces. Me habla y yo le escucho sonar entre la maleza. Es un vagabundo que tiene miedo de la noche. Me extiende su mano con un gesto suplicante. Avanza con voluntad dejando atrás su cuerpo. Quizás cuando regrese aún quede un hueco entre los pájaros.
DIURNO INFINITO
La niña cedió su alma a la conjetura de la seda. Pudo haber sido larva en el brote de una lanza, pero en su cuerpo ya se aglutinaba el suave plumaje de las aves. La tempestad en la sangre viva. El temblor de los caparazones resquebrajándose frente al sol. El pecho supo entonces de su herida y se abrió como una ventana ofreciéndose al crepúsculo.
Entonces emergieron dos alas que brillaban como escamas de algodón de arce y se desplegaron con la inmediatez de su propia luz. Amanecía tras un telón de sombras anticipándose el auspicio de la tarde.
Su resplandor resurgió en mis venas para confundirlas con el alabastro de las sacerdotisas. Yo me quedé inmóvil, como quien atiende a la primera voz tras el silencio. Y la niña me miró con la misericordia de los ángeles redentores.
Le tendí mi mano, consciente de la despedida, y me arrodillé con la misma devoción de las vestales cuando ven las llamas complacidas.
La niña se despidió con el canto de una Sirin que ha de sobrevolar la Estepa.
Y desapareció entre la vertiente del único árbol que desemboca en el cielo.
jueves, 28 de mayo de 2015
"Nocturno insecto" (2), de Beatriz Russo
IX
He morado largo tiempo bajo la hierba como una ninfa diminuta. Con la venda puesta sin el surgir de los días puedo hablar de laberintos. Abarrotada de temblor y huellas he permanecido entre los huecos de la lluvia. Los surcos subterráneos llevan a las fuentes. Y donde hay agua siempre emana una luz o un espejismo que mantiene la nitidez de la sed. Las raíces me acorralaban como los dedos de una mano artítrica que anhela el hermetismo de sus puños. Eran los despojos de un muñón de árboles que, antes de ofrecerme su savia insípida, se deleitaba en rascar los pasadizos de mi sangre. Yo no era inmune al cosquilleo y, simulando la mímica de las aves, me acercaba como una cría que requiere el alimento. Pero la tierra estaba húmeda, viscosa y empedrada. Porque el fango es la sepultura de los insectos. Nadie es permeable a la lluvia que se invierte sobre el barro. Aún así bebí el néctar resinoso sin temer el engaño de su transparencia, para llegar a ser oruga inerte en el sarcófago del ámbar o crisálida temprana que ha de fenecer para mudar su tumba.
XVI
No te aprendas de rodillas la nostalgia del sediento, no confabules con la incierta huella que dejan las orugas invidentes. Tan solo imita el baile de las bordadoras de los tréboles y escribe tu nombre sobre la efímera superficie de sus hojas. Cuando despiertes, habrá un clamor de violetas pronunciando tu conjuro. Y la avispa hueca emprenderá su exilio perdiéndose en la bruma de los bosques.
jueves, 21 de mayo de 2015
"Nocturno insecto" (1), de Beatriz Russo
I
Entre la mujer y la primera niña hay un espacio de arena y vidrio. Gira el tiempo en su moción irreverente como un diábolo de esquirlas. Me incomoda su simetría. La nebulosa se origina cuando agito la tempestad que hay en mi mano. Entonces se enturbia el agua en su esfera de luz. Copos de tinta negra flotando como cadáveres tempranos. Son los insectos oscuros de la fiebre. Chocan contra la membrana del tránsito entre relojes. Van dejando sus vísceras sobre el parabrisas de un llanto. Llueve o lloro. Es lo mismo. La nada no tiene sangre, tan solo permanece en su canto.
VIII
La niña tendida sobre la hierba siente un furor temprano. Llegarán los primeros amores con sus vestidos aún medio hilvanados. Los pájaros anidarán en la estrategia de los árboles sin otro permiso que la humedad. Se hartarán sus brazos de sostener tanta belleza y la infinutud de sus manos tornarán las pieles de la aurora irreversibles.
Así pudo haber sido y sin embargo...
La mujer dormita en un lecho de huevas de amapola. Lo efímero se sustenta en el brote de un flor. Amanecer en la inconstancia para no despertarse en la desidia. Ya no hay tiempo de rellenar las hojas con sus rutas. El incendio llegará tarde o temprano a despejar el camino. Arrojarse a la hierba espesa y retozarse en ella para hacerla pasto que alimente a la madrugada.
Y después colmarse de aire, para erigir el soplo que ahuyente a las cenizas.
Entre la mujer y la primera niña hay un espacio de arena y vidrio. Gira el tiempo en su moción irreverente como un diábolo de esquirlas. Me incomoda su simetría. La nebulosa se origina cuando agito la tempestad que hay en mi mano. Entonces se enturbia el agua en su esfera de luz. Copos de tinta negra flotando como cadáveres tempranos. Son los insectos oscuros de la fiebre. Chocan contra la membrana del tránsito entre relojes. Van dejando sus vísceras sobre el parabrisas de un llanto. Llueve o lloro. Es lo mismo. La nada no tiene sangre, tan solo permanece en su canto.
VIII
La niña tendida sobre la hierba siente un furor temprano. Llegarán los primeros amores con sus vestidos aún medio hilvanados. Los pájaros anidarán en la estrategia de los árboles sin otro permiso que la humedad. Se hartarán sus brazos de sostener tanta belleza y la infinutud de sus manos tornarán las pieles de la aurora irreversibles.
Así pudo haber sido y sin embargo...
La mujer dormita en un lecho de huevas de amapola. Lo efímero se sustenta en el brote de un flor. Amanecer en la inconstancia para no despertarse en la desidia. Ya no hay tiempo de rellenar las hojas con sus rutas. El incendio llegará tarde o temprano a despejar el camino. Arrojarse a la hierba espesa y retozarse en ella para hacerla pasto que alimente a la madrugada.
Y después colmarse de aire, para erigir el soplo que ahuyente a las cenizas.
sábado, 21 de febrero de 2009
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