Estoy contino en lágrimas bañado,
Rompiendo siempre el ayre con sospiros:
Y mas me duele el no osar deciros
Que he llegado por vos á tal estado,
Que viéndome do estoy, y lo que he andado
Por el camino estrecho de seguiros,
Si me quiero tornar para huiros,
Desmayo viendo atrás lo que he dexado:
Y si quiero subir á la alta cumbre,
A cada paso espántanme en la via
Exemplos tristes de los que han caído.
Sobre todo me falta ya la lumbre
De la esperanza, con que andar solia
Por la escura region de vuestro olvido.
___
El mal en mí ha hecho su cimiento
y sobr’él de tal arte ha labrado
que amuestra bien estar determinado
de querer para siempre este aposiento;
trátame ansí que a mil habría muerto,
mas yo para más mal estoy guardado;
estó ya tal que todos me han dejado
sino el dolor qu’en sí me tiene vuelto.
Ya todo mi ser se ha vuelto en dolor
y ansí para siempre ha de turar,
pues la muerte no viene a quien no es vivo;
en tanto mal, turar es el mayor,
y el mayor bien que tengo es el llorar:
¡cuál será el mal do el bien es el que digo!
Este último soneto no lo recoge José Nicolás de Azara en su edición de Garcilaso de la Vega.
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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martes, 10 de septiembre de 2013
martes, 3 de septiembre de 2013
Sonetos de Garcilaso de la Vega en edición de José Nicolás de Azara del año 1765 (7). "Mi lengu va por do el dolor..." y "A la entrada de un valle..."
Mi lengua va por do el dolor la guía:
Ya yo con mi dolor sin guia camino:
Entrambos hemos de ir con puro tino,
Cada uno á parar do no quería:
yo, porque voy sin otra compañía,
Sino Ja que me hace el desatina;
Ella, porque la lleve aquel que vino
A hacella decir mas que querría.
Y es para mi la ley tan desigual,
Que aunque inocencia siempre en mi conoce,
Siempre yo pago el yerro ajeno y mio,
¿Que culpa tengo yo del desvarío
De mi lengua, si estoy en tanto mal
Que el sufrimiento ya me desconoce?
___
A la entrada de un valle en un desierto,
Do nadie atravesaba, ni se vía,
Vi que con estrañeza un can hacía
Estremos de dolor con desconcierto:
Agora suelta el llanto al Cielo abierto:
Ora va rastreapdo por la via;
Camina, vuelve, para, y todavia
Quedaba desmayado como muerto.
Y fue que se apartó de su presencia
Su amo, y no le hallaba; y esto siente.
Mirad hasta do llega el mal de ausencia.
Moviome á compasión ver su accidente,
Dixele lastimado: ten paciencia;
Que yo alcanzo razon, y estoy ausente.
Ya yo con mi dolor sin guia camino:
Entrambos hemos de ir con puro tino,
Cada uno á parar do no quería:
yo, porque voy sin otra compañía,
Sino Ja que me hace el desatina;
Ella, porque la lleve aquel que vino
A hacella decir mas que querría.
Y es para mi la ley tan desigual,
Que aunque inocencia siempre en mi conoce,
Siempre yo pago el yerro ajeno y mio,
¿Que culpa tengo yo del desvarío
De mi lengua, si estoy en tanto mal
Que el sufrimiento ya me desconoce?
___
A la entrada de un valle en un desierto,
Do nadie atravesaba, ni se vía,
Vi que con estrañeza un can hacía
Estremos de dolor con desconcierto:
Agora suelta el llanto al Cielo abierto:
Ora va rastreapdo por la via;
Camina, vuelve, para, y todavia
Quedaba desmayado como muerto.
Y fue que se apartó de su presencia
Su amo, y no le hallaba; y esto siente.
Mirad hasta do llega el mal de ausencia.
Moviome á compasión ver su accidente,
Dixele lastimado: ten paciencia;
Que yo alcanzo razon, y estoy ausente.
martes, 11 de junio de 2013
Sonetos de Garcilaso de la Vega en edición de José Nicolás de Azara del año 1765 (6)
Echado está por tierra el fundamento
Que mi vivir cansado sostenía.
O quanto bien se acaba en solo un dia!
O quantas esperanzas lleva el viento!
O quan ocioso está mi pensamiento
Quando se ocupa en bien de cosa mia!
A mi esperanza, así como á baldia,
Mil veces la castiga mi tormento.
Las mas veces me entrego, otras resisto
Con tal furor, con una fuerza nueva,
Que un monte puesto encima rompería.
Aqueste es el deséo que me lleva
A que desee tornar á ver un dia
A quien fuera mejor nunca haber visto.
___
Amor, Amor, un hábito he vestido
Del paño de tu tienda bien cortado:
Al vestir le hallé ancho y holgado;
Pero después estrecho y desabrido.
Después acá de haberlo consentido,
Tal arrepentimiento me ha tomado,
Que pruebo alguna vez de congojado
A romper deste paño este vestido.
¿Mas quien podrá deste hábito librarse,
Teniendo tan contraria su natura,
Que con él ha venido á conformarse?
Si alguna parte queda por ventura
De mi razon, por mí no osa mostrarse;
que en tal contradicion no está segura.
Según José Nicolás de Azara este poema es traducción literal de un poema de Ausias March. Rastreando en los Cantos de Amor de Ausias March, traducidos al castellano por Jorge de Montemayor, y buscando por las dos pimeras estrofas, hallo lo siguiente:
Amor, Amor, un hábito he cortado,
de vuestro paño el alma lo ha vestido;
en el vestir muy ancho lo he sentido,
pero después estrecho y apretado.
(Última estrofa del Canto LII)
A mí me abasta el de mi pensamiento
por hábito que tiene y no se rompe
si no es por donde en algo está raýdo.
(Versos 140-142 del Canto LXXXIII)
Vencido estoy del hábito, y no siento
deleyte fuera desto en mi semblante;
pensando en mi dolor consumo el tiempo,
y allí está el bien, pues que es mi passatiempo.
(Versos 45-48 del Canto XLVII)
Que mi vivir cansado sostenía.
O quanto bien se acaba en solo un dia!
O quantas esperanzas lleva el viento!
O quan ocioso está mi pensamiento
Quando se ocupa en bien de cosa mia!
A mi esperanza, así como á baldia,
Mil veces la castiga mi tormento.
Las mas veces me entrego, otras resisto
Con tal furor, con una fuerza nueva,
Que un monte puesto encima rompería.
Aqueste es el deséo que me lleva
A que desee tornar á ver un dia
A quien fuera mejor nunca haber visto.
___
Amor, Amor, un hábito he vestido
Del paño de tu tienda bien cortado:
Al vestir le hallé ancho y holgado;
Pero después estrecho y desabrido.
Después acá de haberlo consentido,
Tal arrepentimiento me ha tomado,
Que pruebo alguna vez de congojado
A romper deste paño este vestido.
¿Mas quien podrá deste hábito librarse,
Teniendo tan contraria su natura,
Que con él ha venido á conformarse?
Si alguna parte queda por ventura
De mi razon, por mí no osa mostrarse;
que en tal contradicion no está segura.
Según José Nicolás de Azara este poema es traducción literal de un poema de Ausias March. Rastreando en los Cantos de Amor de Ausias March, traducidos al castellano por Jorge de Montemayor, y buscando por las dos pimeras estrofas, hallo lo siguiente:
Amor, Amor, un hábito he cortado,
de vuestro paño el alma lo ha vestido;
en el vestir muy ancho lo he sentido,
pero después estrecho y apretado.
(Última estrofa del Canto LII)
A mí me abasta el de mi pensamiento
por hábito que tiene y no se rompe
si no es por donde en algo está raýdo.
(Versos 140-142 del Canto LXXXIII)
Vencido estoy del hábito, y no siento
deleyte fuera desto en mi semblante;
pensando en mi dolor consumo el tiempo,
y allí está el bien, pues que es mi passatiempo.
(Versos 45-48 del Canto XLVII)
martes, 4 de junio de 2013
Sonetos de Garcilaso de la Vega en edición de José Nicolás de Azara del año 1765 (5)
Pensando que el camino iba derecho,
Vine á parar en tanta desventura,
Que imaginar no puedo, aun con locura,
Algo de que esté un rato satisfecho.
El ancho campo me parece estrecho,
La noche clara para mí es escura,
La dulce compañía amarga y dura,
Y duro campo de batalla el lecho.
Del sueño (si hay alguno) aquella parte
Sola, que es ser imágen de la muerte,
Se aviene con el alma fatigada.
En fin que como quiera estoy de arte
Que juzgo ya por hora menos fuerte
(Aunque en ella me ví) la que es pasada.
___
En tanto que de rosa y de azucena
Se muestra la color en vuestro gesto,
Y que vuestro mirar ardiente honesto
Con clara luz la tempestad serena:
Y en tanto que el cabello, que en la vena
Del oro se escogió, con vuelo presto
Por el hermoso cuello blanco enhiesto
El viento mueve, esparce y desordena:
Coged de vuestra alegre Primavera
El dulce fruto, antes que el tiempo ayrado
Cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento elado:
Todo lo mudará la edad ligera,
Por no hacer mudanza en su costumbre.
Vine á parar en tanta desventura,
Que imaginar no puedo, aun con locura,
Algo de que esté un rato satisfecho.
El ancho campo me parece estrecho,
La noche clara para mí es escura,
La dulce compañía amarga y dura,
Y duro campo de batalla el lecho.
Del sueño (si hay alguno) aquella parte
Sola, que es ser imágen de la muerte,
Se aviene con el alma fatigada.
En fin que como quiera estoy de arte
Que juzgo ya por hora menos fuerte
(Aunque en ella me ví) la que es pasada.
___
En tanto que de rosa y de azucena
Se muestra la color en vuestro gesto,
Y que vuestro mirar ardiente honesto
Con clara luz la tempestad serena:
Y en tanto que el cabello, que en la vena
Del oro se escogió, con vuelo presto
Por el hermoso cuello blanco enhiesto
El viento mueve, esparce y desordena:
Coged de vuestra alegre Primavera
El dulce fruto, antes que el tiempo ayrado
Cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento elado:
Todo lo mudará la edad ligera,
Por no hacer mudanza en su costumbre.
martes, 28 de mayo de 2013
Sonetos de Garcilaso de la Vega en edición de José Nicolás de Azara del año 1765 (4)
O dulces prendas por mi mal halladas,
Dulces y alegres quando Dios quería!
Juntas estáis en la memoria mia,
Y con ella en mi muerte conjuradas.
¿Quien me dixera quando las pasadas
Horas en tanto bien por vos me via,
Que me habíais de ser en algun dia
Con tan grave dolor representadas?
Pues en un hora junto me llevastes
Todo el bien que por términos me distes,
Llevadme junto el mal que me dexastes.
Sino, sospecharé que me pusistes
En tantos bienes, porque deseastes
Verme morir entre memorias tristes.
___
A Dafne ya los brazos le crecían,
Y en luengos ramos vueltos se mostraban:
En verdes hojas vi que se tornaban
Los cabellos que al oro escurecían.
De áspera corteza se cubrían
Los tiernos miembros, que aun bullendo estaban:
Los blancos pies en tierra se hincaban,
Y en torcidas raices se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
A fuerza de llorar crecer hacía
Este árbol que con lágrimas regaba.
O miserable estado! ó mal tamaño!
Que con llorarla crezca cada dia
La causa y la razón porque lloraba!
Dulces y alegres quando Dios quería!
Juntas estáis en la memoria mia,
Y con ella en mi muerte conjuradas.
¿Quien me dixera quando las pasadas
Horas en tanto bien por vos me via,
Que me habíais de ser en algun dia
Con tan grave dolor representadas?
Pues en un hora junto me llevastes
Todo el bien que por términos me distes,
Llevadme junto el mal que me dexastes.
Sino, sospecharé que me pusistes
En tantos bienes, porque deseastes
Verme morir entre memorias tristes.
___
A Dafne ya los brazos le crecían,
Y en luengos ramos vueltos se mostraban:
En verdes hojas vi que se tornaban
Los cabellos que al oro escurecían.
De áspera corteza se cubrían
Los tiernos miembros, que aun bullendo estaban:
Los blancos pies en tierra se hincaban,
Y en torcidas raices se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
A fuerza de llorar crecer hacía
Este árbol que con lágrimas regaba.
O miserable estado! ó mal tamaño!
Que con llorarla crezca cada dia
La causa y la razón porque lloraba!
martes, 21 de mayo de 2013
Sonetos de Garcilaso de la Vega en edición de José Nicolás de Azara del año 1765(3)
Un rato se levanta mi esperanza;
Mas, cansada de haberse levantado,
Torna á caer, y dexa, mal mi grado,
Libre el lugar á la desconfianza.
¿Quien sufrirá tan áspera mudanza
Del bien ai mal? O corazón cansado!
Esfuerza en la miseria de tu estado,
Que tras fortuna suele haber bonanza.
Yo mismo emprenderé á fuerza de brazos
Romper un monte, que otro no rompiera,
De mil inconvenientes muy espeso.
Muerte, prision, no pueden, ni embarazos,
Quitarme de ir á veros como quiera,
Desnudo espirtu, ó hombre en carne y hueso.
___
Por ásperos caminos he llegado
A parte que de miedo no me muevo:
Y si á mudarme, ó dar un paso pruebo,
Allí por los cabellos sov tornado.
Mas tal estoy que con la muerte al lado
Busco de mi vivir consejo nuevo:
Conozco la mejor, lo peor apruebo,
O por costumbre mala, ó por mi hado.
Por otra parte el breve tiempo mio,
Y el errado proceso de mis años
En su primer principio y en su medio,
Mi inclinacion (con quien ya no porfío)
La cierta muerte (fin de tantos daños)
Me hacen descuidar de mi remedio.
Mas, cansada de haberse levantado,
Torna á caer, y dexa, mal mi grado,
Libre el lugar á la desconfianza.
¿Quien sufrirá tan áspera mudanza
Del bien ai mal? O corazón cansado!
Esfuerza en la miseria de tu estado,
Que tras fortuna suele haber bonanza.
Yo mismo emprenderé á fuerza de brazos
Romper un monte, que otro no rompiera,
De mil inconvenientes muy espeso.
Muerte, prision, no pueden, ni embarazos,
Quitarme de ir á veros como quiera,
Desnudo espirtu, ó hombre en carne y hueso.
___
Por ásperos caminos he llegado
A parte que de miedo no me muevo:
Y si á mudarme, ó dar un paso pruebo,
Allí por los cabellos sov tornado.
Mas tal estoy que con la muerte al lado
Busco de mi vivir consejo nuevo:
Conozco la mejor, lo peor apruebo,
O por costumbre mala, ó por mi hado.
Por otra parte el breve tiempo mio,
Y el errado proceso de mis años
En su primer principio y en su medio,
Mi inclinacion (con quien ya no porfío)
La cierta muerte (fin de tantos daños)
Me hacen descuidar de mi remedio.
martes, 14 de mayo de 2013
Sonetos de Garcilaso de la Vega en edición de José Nicolás de Azara del año 1765 (2)
Boscan, vengado estáis, con mengua mia,
De mi rigor pasado y mi aspereza,
Con que reprehenderos la terneza
De vuestro blando corazon solía.
Agora me castigo cada dia
De tal selvatiquez y tal torpeza;
Mas es á tiempo que de mi baxeza
Correrme y castigarme bien podría.
Sabed que en mi perfecta edad, y armado,
Con mis ojos abiertos me he rendido
Al niño, que sabéis, ciego y desnudo.
De tan hermoso fuego consumido
Nunca fue corazon: Si preguntado
Soy lo demas, en lo demas soy mudo.
___
Quando me paro á contemplar mi estado,
Y á ver los pasos por do me ha trahido,
Hallo, segun por do andube perdido,
Que á mayor mal pudiera haber llegado.
Mas quando del camino estó olvidado,
A tanto mal no sé por do he venido;
Sé que me acabo, y mas he yo sentido
Ver acabar conmigo mi cuidado.
Yo acabaré, que me entregué sin arte
A quien sabrá perderme y acabarme,
Si ella quisiere, y aun sabrá querello:
Que pues mi voluntad puede matarme,
La suya, que no es tanto de mi parte,
Pudiendo ¿que hará sino hacello?
___
[Extracto de un larguísimo soneto]
La mar enmedio y tierras he dexado
De quanto bien, cuitado, yo tenía:
Y yéndome alejando cada dia,
Gentes, costumbres, lenguas he pasado.
Ya de volver estoy desconfiado:
Pienso remedios en mi fantasía:
Y el que mas cierto espero, es aquel dia
pue acabará la vida y el cuidado.
De mi rigor pasado y mi aspereza,
Con que reprehenderos la terneza
De vuestro blando corazon solía.
Agora me castigo cada dia
De tal selvatiquez y tal torpeza;
Mas es á tiempo que de mi baxeza
Correrme y castigarme bien podría.
Sabed que en mi perfecta edad, y armado,
Con mis ojos abiertos me he rendido
Al niño, que sabéis, ciego y desnudo.
De tan hermoso fuego consumido
Nunca fue corazon: Si preguntado
Soy lo demas, en lo demas soy mudo.
___
Quando me paro á contemplar mi estado,
Y á ver los pasos por do me ha trahido,
Hallo, segun por do andube perdido,
Que á mayor mal pudiera haber llegado.
Mas quando del camino estó olvidado,
A tanto mal no sé por do he venido;
Sé que me acabo, y mas he yo sentido
Ver acabar conmigo mi cuidado.
Yo acabaré, que me entregué sin arte
A quien sabrá perderme y acabarme,
Si ella quisiere, y aun sabrá querello:
Que pues mi voluntad puede matarme,
La suya, que no es tanto de mi parte,
Pudiendo ¿que hará sino hacello?
___
[Extracto de un larguísimo soneto]
La mar enmedio y tierras he dexado
De quanto bien, cuitado, yo tenía:
Y yéndome alejando cada dia,
Gentes, costumbres, lenguas he pasado.
Ya de volver estoy desconfiado:
Pienso remedios en mi fantasía:
Y el que mas cierto espero, es aquel dia
pue acabará la vida y el cuidado.
martes, 7 de mayo de 2013
"Obras de Garcilaso de la Vega ilustradas con notas", por José Nicolás de Azara
En el año 1765, José Nicolás de Azara, mecenas de las artes y diplomático (hombre culto y conocedor de lenguas), publica la presente obra de Garcilaso, en la que buscaré sonetos que ofreceros cada martes, entre otras cosas. Pero, obligado y gustoso, no puedo más que hacer una pausa para compartir, actualizando la ortografía, y en muy poco la puntuación, el texto en que a modo de prólogo reflexiona sobre Garcilaso y la lengua castellana. Espero que sepas apreciar las palabras de Azara.
Ah, el libro lo tienes en la Biblioteca Virtual Cervantes.
Prólogo del editor (José Nicolás de Azara)
La propiedad y elegancia de nuestra lengua ha padecido tanto en las infelices manos de ruines escritores, y ha llegado por culpa de ellos a tal decadencia; que es preciso cause lástima a todo buen español. Muchos grandes hombres han observado que la excelencia de las lenguas, su permanencia y extensión, crece y mengua al paso que la pujanza de los imperios, y que la habla de los pueblos se perfecciona y derrama al abrigo de sus victorias. Esta observacion es muy verdadera; y la serie de los progresos de la lengua castellana hasta nuestros días demuestra más su certeza.
Desembarazose España en el siglo XV de las guerras interiores que la fatigaron tanto tiempo; y a proporción que fue afirmándose su imperio, nacieron la suavidad de costumbres, y la cultura de la lengua. En el Reinado de Don Juan II se dejó ver el crepúsculo de esta moral revolución. Entraron a gobernar Fernando V e Isabel, y con su admirable talento, no solo ensancharon los límites de esta Monarquía con tantas conquistas interiores y ultramarinas, sino que con aquella gracia, solo dada a los ingenios que por privilegio coloca la naturaleza sabre el trono, formaron un número de hombres eminentes en todas clases: crearon los espíritus: les comunicaron un modo de pensar más elevado : suavizaron sus modales: y de esta semilla vino la copiosa cosecha de héroes que vio después la edad de Carlos V. Sostúvose hasta principios del reinado de Felipe III; pero a guisa de aquellos terrenos que recién abiertos dan colmados frutos, y si les falta el empezado cultivo producen en fuerza de la bondad de su suelo, disminuyéndose cada año los tesoros que al fin niegan totalmente: así se vio que la fecundidad de los ánimos españoles fue produciendo en fuerza de las labores primeras, y disminuyéndose en razón de lo que se apartaba de su origen, hasta que a últimos del siglo XVII quedó enteramente estéril. Los mismos pasos fue siguiendo nuestra lengua: nació, creció y envejeció por los mismos grados; notándose también que los progresos hacia la perfección fueron rápidos, y la decadencia lenta y perezosa como la del imperio. ¿Qué tropel de escritores no produjo España al tiempo mismo que Carlos V traía asustada toda la Europa con sus armas? Bajo Felipe II hubo muchos más, pero estos eran fruto de las labores de su padre y bisabuelos.
No es mi ánimo hacer aquí el catálogo de nuestros escritores de aquel tiempo, ni necesitan más elogios que los de sus Obras: y baste saber que a la época del Concilio de Trento no había en toda Europa Nación más instruida que la nuestra. Cuanto nuestras armas eran conocidas y respetadas, tanto progreso iba haciendo el lenguaje español. Era el más apreciado en las cortes de Alemania, Italia y Flandes. Los Franceses lo aprendían con la misma aplicación que nosotros nos dedicamos hoy al suyo; y era vergonzoso a los hombres de letras el ignorarlo. Iba por fin nuestro idioma a hacerse casi universal por los mismos términos que lo consiguió el francés en el siguiente siglo, y que quizá antes del fin de este lo logrará el inglés; pero faltole la fortuna de las armas, y sin su apoyo fue retirándose otra vez a los límites de su primera cuna.
Las demás naciones se han dedicado a las ciencias después acá con un empeño y una aplicación tan seguida y constante, que parece han llegado con sus descubrimientos a tocar los límites adonde puede llegar el entendimiento humano. Nosotros solo hemos retrocedido. En nuestras Universidades se ven hoy los mismos Estatutos, y las mismas lecciones que se oían dos siglos hace; pero hay la diferencia de que los que las cursan ahora estudian menos, y que sus catedráticos en muchas partes no enseñan nada.
Las causas de esta decadencia son muchas; pero ni este es su lugar ni yo instrumento a propósito para referirlas. Baste decir, que en lo que los españoles han trabajado con ahínco hasta nuestros tiempos, exceden con inmensa ventaja a todas las naciones: y si no que me citen ¿cuál de ellas ha dado a luz tantos y tan pesados volúmenes sobre Aristóteles como nosotros; tantos escritores eminentes en teología escolástica; tantos y tan sutiles casuistas de moral; y tantos profundos comentadores del código, y pandectas?
Casi todos estos hombrones han tenido la precaución de no vulgarizar las ciencias tratándolas en la lengua que se hablaba en su patria, lo contrario hubiera sido en su sentir una profanación: y con esto han logrado que donde peor se habla castellano es donde se enseñan las ciencias, y allí tal vez es donde se sabe menos latín. Neorixa, Francisco Sánchez, Antonio Agustín, Luis Vives, Arias Montano, Mariana, y otros infinitos podrán decidir la cuestion, comparados con los que posteriormente han enseñado y escrito.
De este abandono que ha padecido nuestra habla castellana se siguió que tratándose las ciencias en latín, aunque bárbaro, la han privado de la copia y propiedad que hubieran podido darle las voces científicas que ninguna lengua puede tener originariamente: y por esto los autores que en nuestros dias han tratado de Física o de Matemáticas se han visto en la necesidad de formarse vocablos a su modo y recurriendo al griego, al latín, o a otros arbitrios.
Despreciada pues por nuestros catedráticos su lengua nativa, se le cortaron las alas para su perfección. Raro español ha gastado seis meses para aprenderla por reglas y principios al modo que aprendían la suya los griegos y romanos; siendo infinitos los que han gastado otros tantos años en aprender un mal latín, que en tiempo de Simón Abril y de nuestros buenos preceptores se adquiría en cuatro meses.
Los poetas del siglo antecedente mantuvieron en cierto modo la reputación de nuestro idioma durante algún tiempo, con particularidad, los cómicos; pero, como a la propiedad con que lo usaron, y al ingenio, juntaban una crasa ignorancia, luego que las otras naciones supieron más, los abandonaron del todo. Entre los mismos poetas hubo muchos que con lo que llamaban cultura, y con sus insípidos equívocos, contribuyeron no poco a corromper la frase castellana. Como en el fondo nada sabían, se afanaban por parecer la que no eran: y así hasta en las voces y en el modo de usarlas afectaron su mezquina erudición. Los primeros padres de la Lengua, aunque la formaron y pulieron con las gracias de la latina, como habían hecho poco antes los italianos, no se sujetaron tanto a esta que en toda mostrasen las señales de su servidumbre. Sus sucesores al contrario, por ostentar su saber ponían en todo la marca de la latinidad. Los primeros, por ejemplo decían afeto, escuro, contino, repunar, espirtu, coluna, perfeto, ecelente; y los segundos afecto, obscuro, columna, excelente, &c sin más fin, a mi entender, que el de manifestar sabían el origen de estas voces; sacrificando la suavidad a su presunción. El mismo fin tuvieron en despreciar otros vocablos muy propios, como el empero, entorno, aína, sendos, magüer, asaz, largueza, consuno, por ende, y otros, que sobre ser mil veces más significativos y elegantes que los que sustituyeron, daban cierta majestad y pulidez a la conversación.
Estas y otras muchas causas que omito ha tenido la decadencia de la lengua castellana hasta el principio de este siglo. El reinado de Felipe V hubiera restablecido las cosas a su primer lustre, si el daño no hubiera echado tan altas raíces, y si otra nueva casta de corrompedores no se hubiera opuesto a las ideas de aquel monarca. Hablo de los traductores: esta plaga se nos hizo principalmente necesaria para el comercio de la literatura francesa. Hasta la venida de Felipe V eran muy pocos los españoles que supiesen el francés. Muchos de nuestros sabios lo miraban con desprecio: otros como inútil; y algunos con odio. Rellenos de su Aristóteles, y pomposos con las borlas de Salamanca y Alcalá, no creían que en el mundo hubiese más que saber, ni que una nación enemiga pudiese tener buena instrucción. Desengañolos el trato: vieron gran copia de libros franceses; y con una rapidez increíble se aplicaron a traducirlos al castellano; pero como los más no calaban bien la fuerza de uno ni otro Idioma, hicieron un batiburrillo miserable de los dos. Lo menos ha sido la introducción de infinitas voces francesas con que han inundado nuestra habla sin necesidad: han desfigurado además su carácter, formando una construcción Francesa con voces españolas y mestizas. Confieso, sin embargo , que no han faltado en nuestros días algunos escritores y Traductores libres de esta falta que han manejado su lengua con felicidad y pureza; pero su ejemplo no ha podido prevalecer contra el número mayor.
Todas estas consideraciones me han hecho discurir sobre los medios de atajar los progresos del mal; y a este fin me ha parecido lo más oportuno renovar los escritos de los patriarcas y fundadores de la lengua castellana. Su lectura sola puede acordar los ejemplos dignos de seguirse, y restituir la pureza y elegancia de maestra plática. Varios sabios han predicado la necesidad de fijarla, en el modo que puede hacerse con una lengua viva: y a mi parecer tienen razón. El asunto está en la época que se debe elegir. Los que escogen la de la corrupción no siguen buen camino: y al contrario debemos trabajar y afanar con la persuasion y el ejemplo para que se tomen por modelo los autores que escribieron en el siglo del buen gusto.
Garcilaso de la Vega ha sido siempre reputado por uno de nuestros escritores más elegantes. Él y Boscán fueron los que nás contribuyeron a pulir la lengua, y los que en la versificación introdujeron el número y medida de los italianos, sustituyendo los endecasílabos a las antiguas coplas españolas de 16, 14 y 12 silabas que usaron Berceo, el Arcipreste de Hita, Juan de Mena y otros poetas de aquellos tiempos. Garcilaso no conoció los asonantes; y en la novedad que quiso hacer en la Égloga segunda de colocar el consonante en medio del verso al modo de los árabes, fue poco feliz y menos imitado.
Juzgo que el público amante de nuestra lengua no despreciará el regalo de una edición de Garcilaso la más corregida que hasta ahora se ha hecho. Todas las impresiones antecedentes están llenas de errores, muchos versos faltos, e infinitas palabras equivocadas que tuercen y trabucan el sentido. Todas estas faltas se han enmendado cotejando el texto de las distintas impresiones de Medina del Campo, Estella, Salamanca, Sevilla, Madrid y Lisboa, y de un MS. de cosa de 150 años de antigüedad.
El incomparable Francisco Sánchez El Brocense, Hernando de Herrera y Don Tomás Tamayo de Vargas hicieron notas a las Obras de Garcilaso. Al primero debe mucho nuestro autor, pues sobre haber corregido cuanto pudo sus versos, anotó los pasajes de los poetas que imitó. El segundo compuso un difuso comentario, en que conforme al gusto de los comentadores de su tiempo dijo cuanto sabía: y el tercero, no obstante el ejemplo de los dos anteriores, hizo de sus notas el mejor dechado de los despropósitos.
Para no caer en los mismos inconvenientes, me he propuesto estampar unas anotaciones que aclaren las oscuridades del texto y hagan ver la habilidad y juicio con que Garcilaso supo imitar, y muchas veces mejorar, los pasajes más bellos de los poetas antiguos.
Cuando El Brocense dio a conocer estas imitaciones de nuestro autor, hubo gentes tan insensatas que lo reheprendieron; porque, según ellos, oscurecía la gloria del poeta declarando sus hurtos. Creo que ahora no faltará quien discurra como entonces; pero yo, sin embargo, juzgo que en estas imitaciones colocó Garcilaso su mayor mérito. Son muchas las razones en que me fundo; mas por ser breve me contentaré con acordar lo que dice el gran crítico Boileau, y mucho antes había notado El Brocense: Que el poeta que no haya imitado a los antiguos, no será imitado de nadie.
Esta regla convendría que tuviesen siempre presente los que se ponen a hacer versos. Por no haberla observado nos hallamos ahora con tantas coplas castellanas, y tan poquísimas dignas de leerse. Garcilaso se hizo poeta estudiando la docta antigüedad: las notas lo prueban, y este es el modelo que presento a mis paisanos.
Omito referir aquí los hechos militares y civiles de nuestro autor. Quien quisiere saber su vida la encontrará en lo que de él han escrito Fernando de Herrera, Luis Briceño, Don Nicolás Antonio y otros. Para la poca luz que esto puede dar a sus escritos, basta saber que Garcilaso nació en Toledo, año 1503, de Garcilaso de la Vega, comendador mayor de León, y embajador de los reyes católicos en Roma, y de Doña Sancha de Guzmán, señora de Batres. Luego que, por su edad, pudo tomar las armas, siguió al emperador Carlos V acompañándole en las jornadas de Viena y Túnez, y, últimamente, en la de Marsella: donde al retirarse de Italia mandando once compañías de infantería, le ordenó el emperador escalar una torre defendida por unos arcabuceros paisanos. Subía Garcilaso delante con intrepidez cuando recibió una pedrada en la cabeza, de que murió de allí a pocos días en Niza, año 1536, a los 33 de su edad.
Si este mi trabajo fuere agradable al lector, en breve le daré reimpresas las Eróticas de D. Esteban Manuel de Villegas; y a continuación las Obras escogidas de muchos poetas castellanos antiguos y que aunque no son tan comunes como las de otros que en estos últimos tiempos han conseguido aplauso, serán seguramente mejor recibídas de la posteridad.
Ah, el libro lo tienes en la Biblioteca Virtual Cervantes.
Prólogo del editor (José Nicolás de Azara)
La propiedad y elegancia de nuestra lengua ha padecido tanto en las infelices manos de ruines escritores, y ha llegado por culpa de ellos a tal decadencia; que es preciso cause lástima a todo buen español. Muchos grandes hombres han observado que la excelencia de las lenguas, su permanencia y extensión, crece y mengua al paso que la pujanza de los imperios, y que la habla de los pueblos se perfecciona y derrama al abrigo de sus victorias. Esta observacion es muy verdadera; y la serie de los progresos de la lengua castellana hasta nuestros días demuestra más su certeza.
Desembarazose España en el siglo XV de las guerras interiores que la fatigaron tanto tiempo; y a proporción que fue afirmándose su imperio, nacieron la suavidad de costumbres, y la cultura de la lengua. En el Reinado de Don Juan II se dejó ver el crepúsculo de esta moral revolución. Entraron a gobernar Fernando V e Isabel, y con su admirable talento, no solo ensancharon los límites de esta Monarquía con tantas conquistas interiores y ultramarinas, sino que con aquella gracia, solo dada a los ingenios que por privilegio coloca la naturaleza sabre el trono, formaron un número de hombres eminentes en todas clases: crearon los espíritus: les comunicaron un modo de pensar más elevado : suavizaron sus modales: y de esta semilla vino la copiosa cosecha de héroes que vio después la edad de Carlos V. Sostúvose hasta principios del reinado de Felipe III; pero a guisa de aquellos terrenos que recién abiertos dan colmados frutos, y si les falta el empezado cultivo producen en fuerza de la bondad de su suelo, disminuyéndose cada año los tesoros que al fin niegan totalmente: así se vio que la fecundidad de los ánimos españoles fue produciendo en fuerza de las labores primeras, y disminuyéndose en razón de lo que se apartaba de su origen, hasta que a últimos del siglo XVII quedó enteramente estéril. Los mismos pasos fue siguiendo nuestra lengua: nació, creció y envejeció por los mismos grados; notándose también que los progresos hacia la perfección fueron rápidos, y la decadencia lenta y perezosa como la del imperio. ¿Qué tropel de escritores no produjo España al tiempo mismo que Carlos V traía asustada toda la Europa con sus armas? Bajo Felipe II hubo muchos más, pero estos eran fruto de las labores de su padre y bisabuelos.
No es mi ánimo hacer aquí el catálogo de nuestros escritores de aquel tiempo, ni necesitan más elogios que los de sus Obras: y baste saber que a la época del Concilio de Trento no había en toda Europa Nación más instruida que la nuestra. Cuanto nuestras armas eran conocidas y respetadas, tanto progreso iba haciendo el lenguaje español. Era el más apreciado en las cortes de Alemania, Italia y Flandes. Los Franceses lo aprendían con la misma aplicación que nosotros nos dedicamos hoy al suyo; y era vergonzoso a los hombres de letras el ignorarlo. Iba por fin nuestro idioma a hacerse casi universal por los mismos términos que lo consiguió el francés en el siguiente siglo, y que quizá antes del fin de este lo logrará el inglés; pero faltole la fortuna de las armas, y sin su apoyo fue retirándose otra vez a los límites de su primera cuna.
Las demás naciones se han dedicado a las ciencias después acá con un empeño y una aplicación tan seguida y constante, que parece han llegado con sus descubrimientos a tocar los límites adonde puede llegar el entendimiento humano. Nosotros solo hemos retrocedido. En nuestras Universidades se ven hoy los mismos Estatutos, y las mismas lecciones que se oían dos siglos hace; pero hay la diferencia de que los que las cursan ahora estudian menos, y que sus catedráticos en muchas partes no enseñan nada.
Las causas de esta decadencia son muchas; pero ni este es su lugar ni yo instrumento a propósito para referirlas. Baste decir, que en lo que los españoles han trabajado con ahínco hasta nuestros tiempos, exceden con inmensa ventaja a todas las naciones: y si no que me citen ¿cuál de ellas ha dado a luz tantos y tan pesados volúmenes sobre Aristóteles como nosotros; tantos escritores eminentes en teología escolástica; tantos y tan sutiles casuistas de moral; y tantos profundos comentadores del código, y pandectas?
Casi todos estos hombrones han tenido la precaución de no vulgarizar las ciencias tratándolas en la lengua que se hablaba en su patria, lo contrario hubiera sido en su sentir una profanación: y con esto han logrado que donde peor se habla castellano es donde se enseñan las ciencias, y allí tal vez es donde se sabe menos latín. Neorixa, Francisco Sánchez, Antonio Agustín, Luis Vives, Arias Montano, Mariana, y otros infinitos podrán decidir la cuestion, comparados con los que posteriormente han enseñado y escrito.
De este abandono que ha padecido nuestra habla castellana se siguió que tratándose las ciencias en latín, aunque bárbaro, la han privado de la copia y propiedad que hubieran podido darle las voces científicas que ninguna lengua puede tener originariamente: y por esto los autores que en nuestros dias han tratado de Física o de Matemáticas se han visto en la necesidad de formarse vocablos a su modo y recurriendo al griego, al latín, o a otros arbitrios.
Despreciada pues por nuestros catedráticos su lengua nativa, se le cortaron las alas para su perfección. Raro español ha gastado seis meses para aprenderla por reglas y principios al modo que aprendían la suya los griegos y romanos; siendo infinitos los que han gastado otros tantos años en aprender un mal latín, que en tiempo de Simón Abril y de nuestros buenos preceptores se adquiría en cuatro meses.
Los poetas del siglo antecedente mantuvieron en cierto modo la reputación de nuestro idioma durante algún tiempo, con particularidad, los cómicos; pero, como a la propiedad con que lo usaron, y al ingenio, juntaban una crasa ignorancia, luego que las otras naciones supieron más, los abandonaron del todo. Entre los mismos poetas hubo muchos que con lo que llamaban cultura, y con sus insípidos equívocos, contribuyeron no poco a corromper la frase castellana. Como en el fondo nada sabían, se afanaban por parecer la que no eran: y así hasta en las voces y en el modo de usarlas afectaron su mezquina erudición. Los primeros padres de la Lengua, aunque la formaron y pulieron con las gracias de la latina, como habían hecho poco antes los italianos, no se sujetaron tanto a esta que en toda mostrasen las señales de su servidumbre. Sus sucesores al contrario, por ostentar su saber ponían en todo la marca de la latinidad. Los primeros, por ejemplo decían afeto, escuro, contino, repunar, espirtu, coluna, perfeto, ecelente; y los segundos afecto, obscuro, columna, excelente, &c sin más fin, a mi entender, que el de manifestar sabían el origen de estas voces; sacrificando la suavidad a su presunción. El mismo fin tuvieron en despreciar otros vocablos muy propios, como el empero, entorno, aína, sendos, magüer, asaz, largueza, consuno, por ende, y otros, que sobre ser mil veces más significativos y elegantes que los que sustituyeron, daban cierta majestad y pulidez a la conversación.
Estas y otras muchas causas que omito ha tenido la decadencia de la lengua castellana hasta el principio de este siglo. El reinado de Felipe V hubiera restablecido las cosas a su primer lustre, si el daño no hubiera echado tan altas raíces, y si otra nueva casta de corrompedores no se hubiera opuesto a las ideas de aquel monarca. Hablo de los traductores: esta plaga se nos hizo principalmente necesaria para el comercio de la literatura francesa. Hasta la venida de Felipe V eran muy pocos los españoles que supiesen el francés. Muchos de nuestros sabios lo miraban con desprecio: otros como inútil; y algunos con odio. Rellenos de su Aristóteles, y pomposos con las borlas de Salamanca y Alcalá, no creían que en el mundo hubiese más que saber, ni que una nación enemiga pudiese tener buena instrucción. Desengañolos el trato: vieron gran copia de libros franceses; y con una rapidez increíble se aplicaron a traducirlos al castellano; pero como los más no calaban bien la fuerza de uno ni otro Idioma, hicieron un batiburrillo miserable de los dos. Lo menos ha sido la introducción de infinitas voces francesas con que han inundado nuestra habla sin necesidad: han desfigurado además su carácter, formando una construcción Francesa con voces españolas y mestizas. Confieso, sin embargo , que no han faltado en nuestros días algunos escritores y Traductores libres de esta falta que han manejado su lengua con felicidad y pureza; pero su ejemplo no ha podido prevalecer contra el número mayor.
Todas estas consideraciones me han hecho discurir sobre los medios de atajar los progresos del mal; y a este fin me ha parecido lo más oportuno renovar los escritos de los patriarcas y fundadores de la lengua castellana. Su lectura sola puede acordar los ejemplos dignos de seguirse, y restituir la pureza y elegancia de maestra plática. Varios sabios han predicado la necesidad de fijarla, en el modo que puede hacerse con una lengua viva: y a mi parecer tienen razón. El asunto está en la época que se debe elegir. Los que escogen la de la corrupción no siguen buen camino: y al contrario debemos trabajar y afanar con la persuasion y el ejemplo para que se tomen por modelo los autores que escribieron en el siglo del buen gusto.
Garcilaso de la Vega ha sido siempre reputado por uno de nuestros escritores más elegantes. Él y Boscán fueron los que nás contribuyeron a pulir la lengua, y los que en la versificación introdujeron el número y medida de los italianos, sustituyendo los endecasílabos a las antiguas coplas españolas de 16, 14 y 12 silabas que usaron Berceo, el Arcipreste de Hita, Juan de Mena y otros poetas de aquellos tiempos. Garcilaso no conoció los asonantes; y en la novedad que quiso hacer en la Égloga segunda de colocar el consonante en medio del verso al modo de los árabes, fue poco feliz y menos imitado.
Juzgo que el público amante de nuestra lengua no despreciará el regalo de una edición de Garcilaso la más corregida que hasta ahora se ha hecho. Todas las impresiones antecedentes están llenas de errores, muchos versos faltos, e infinitas palabras equivocadas que tuercen y trabucan el sentido. Todas estas faltas se han enmendado cotejando el texto de las distintas impresiones de Medina del Campo, Estella, Salamanca, Sevilla, Madrid y Lisboa, y de un MS. de cosa de 150 años de antigüedad.
El incomparable Francisco Sánchez El Brocense, Hernando de Herrera y Don Tomás Tamayo de Vargas hicieron notas a las Obras de Garcilaso. Al primero debe mucho nuestro autor, pues sobre haber corregido cuanto pudo sus versos, anotó los pasajes de los poetas que imitó. El segundo compuso un difuso comentario, en que conforme al gusto de los comentadores de su tiempo dijo cuanto sabía: y el tercero, no obstante el ejemplo de los dos anteriores, hizo de sus notas el mejor dechado de los despropósitos.
Para no caer en los mismos inconvenientes, me he propuesto estampar unas anotaciones que aclaren las oscuridades del texto y hagan ver la habilidad y juicio con que Garcilaso supo imitar, y muchas veces mejorar, los pasajes más bellos de los poetas antiguos.
Cuando El Brocense dio a conocer estas imitaciones de nuestro autor, hubo gentes tan insensatas que lo reheprendieron; porque, según ellos, oscurecía la gloria del poeta declarando sus hurtos. Creo que ahora no faltará quien discurra como entonces; pero yo, sin embargo, juzgo que en estas imitaciones colocó Garcilaso su mayor mérito. Son muchas las razones en que me fundo; mas por ser breve me contentaré con acordar lo que dice el gran crítico Boileau, y mucho antes había notado El Brocense: Que el poeta que no haya imitado a los antiguos, no será imitado de nadie.
Esta regla convendría que tuviesen siempre presente los que se ponen a hacer versos. Por no haberla observado nos hallamos ahora con tantas coplas castellanas, y tan poquísimas dignas de leerse. Garcilaso se hizo poeta estudiando la docta antigüedad: las notas lo prueban, y este es el modelo que presento a mis paisanos.
Omito referir aquí los hechos militares y civiles de nuestro autor. Quien quisiere saber su vida la encontrará en lo que de él han escrito Fernando de Herrera, Luis Briceño, Don Nicolás Antonio y otros. Para la poca luz que esto puede dar a sus escritos, basta saber que Garcilaso nació en Toledo, año 1503, de Garcilaso de la Vega, comendador mayor de León, y embajador de los reyes católicos en Roma, y de Doña Sancha de Guzmán, señora de Batres. Luego que, por su edad, pudo tomar las armas, siguió al emperador Carlos V acompañándole en las jornadas de Viena y Túnez, y, últimamente, en la de Marsella: donde al retirarse de Italia mandando once compañías de infantería, le ordenó el emperador escalar una torre defendida por unos arcabuceros paisanos. Subía Garcilaso delante con intrepidez cuando recibió una pedrada en la cabeza, de que murió de allí a pocos días en Niza, año 1536, a los 33 de su edad.
Si este mi trabajo fuere agradable al lector, en breve le daré reimpresas las Eróticas de D. Esteban Manuel de Villegas; y a continuación las Obras escogidas de muchos poetas castellanos antiguos y que aunque no son tan comunes como las de otros que en estos últimos tiempos han conseguido aplauso, serán seguramente mejor recibídas de la posteridad.
martes, 17 de julio de 2012
La lira y Garcilaso
Recientemente he dado a este blog algunas liras, y me siento en la necesidad de hacer brevísimo repaso del origen de esta estrofa.
Fue Bernardo Tasso el que la introdujo, en italiano, y Garcilaso el primero en adoptarla en español en su "Oda a la flor de Gnido". El nombre castellano de esta estrofa se debe al primer verso del poema de Garcilaso. Ahí va al completo.
Oda ad Florem Gnido
Si de mi baja lira
tanto pudiese el son que en un momento
aplacase la ira
del animoso viento
y la furia del mar y el movimiento;
y en ásperas montañas
con el süave canto enterneciese
las fieras alimañas,
los árboles moviese
y al son confusamente los trujiese,
no pienses que cantado
sería de mí, hermosa flor de Gnido,
el fiero Marte airado,
a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido;
ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
por quien los alemanes,
el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados;
mas solamente aquella
fuerza de tu beldad sería cantada,
y alguna vez con ella
también sería notada
el aspereza de que estás armada:
y cómo por ti sola,
y por tu gran valor y hermosura
convertido en vïola,
llora su desventura
el miserable amante en tu figura.
Hablo de aquel cativo,
de quien tener se debe más cuidado,
que está muriendo vivo,
al remo condenado,
en la concha de Venus amarrado.
Por ti, como solía,
del áspero caballero no corrige
la furia y gallardía,
ni con freno la rige,
ni con vivas espuelas ya le aflige.
Por ti, con diestra mano
no revuelve la espada presurosa,
y en el dudoso llano
huye la polvorosa
palestra como sierpe ponzoñosa.
Por ti, su blanda musa,
en lugar de la cítara sonante,
tristes querellas usa,
que con llanto abundante
hacen bañar el rostro del amante.
Por ti, el mayor amigo
le es importuno, grave y enojoso;
yo puedo ser testigo,
que ya del peligroso
naufragio fui su puerto y su reposo.
Y agora en tal manera
vence el dolor a la razón perdida,
que pozoñosa fiera
nunca fue aborrecida
tanto como yo dél, ni tan temida.
Fue Bernardo Tasso el que la introdujo, en italiano, y Garcilaso el primero en adoptarla en español en su "Oda a la flor de Gnido". El nombre castellano de esta estrofa se debe al primer verso del poema de Garcilaso. Ahí va al completo.
Oda ad Florem Gnido
Si de mi baja lira
tanto pudiese el son que en un momento
aplacase la ira
del animoso viento
y la furia del mar y el movimiento;
y en ásperas montañas
con el süave canto enterneciese
las fieras alimañas,
los árboles moviese
y al son confusamente los trujiese,
no pienses que cantado
sería de mí, hermosa flor de Gnido,
el fiero Marte airado,
a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido;
ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
por quien los alemanes,
el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados;
mas solamente aquella
fuerza de tu beldad sería cantada,
y alguna vez con ella
también sería notada
el aspereza de que estás armada:
y cómo por ti sola,
y por tu gran valor y hermosura
convertido en vïola,
llora su desventura
el miserable amante en tu figura.
Hablo de aquel cativo,
de quien tener se debe más cuidado,
que está muriendo vivo,
al remo condenado,
en la concha de Venus amarrado.
Por ti, como solía,
del áspero caballero no corrige
la furia y gallardía,
ni con freno la rige,
ni con vivas espuelas ya le aflige.
Por ti, con diestra mano
no revuelve la espada presurosa,
y en el dudoso llano
huye la polvorosa
palestra como sierpe ponzoñosa.
Por ti, su blanda musa,
en lugar de la cítara sonante,
tristes querellas usa,
que con llanto abundante
hacen bañar el rostro del amante.
Por ti, el mayor amigo
le es importuno, grave y enojoso;
yo puedo ser testigo,
que ya del peligroso
naufragio fui su puerto y su reposo.
Y agora en tal manera
vence el dolor a la razón perdida,
que pozoñosa fiera
nunca fue aborrecida
tanto como yo dél, ni tan temida.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Pero no es un casual amante, es el amor el que exige siempre grandes sacrificios
Amor me dijo en la mi edad primera:
«Seguirás en amar siempre el extremo,
que en tempestuoso mar, sin velo o remo,
va salvo de peligro el que en mí espera».
Sin recelo le di fe tan entera
cuanto muestra la llama en que me quemo,
y sin temor entré donde ahora temo
lo que, no le creyendo, no temiera.
Que ni callar me vale ni quejarme,
ni puede sufrimiento que es humano,
sostener tal pasión ni padecella;
pues ni quiere que viva ni acabarme,
ni aprovecha dejarme ya en su mano,
ni puedo, aunque procuro, salir de ella.
Hernando de Acuña
Como la tierna madre –qu’el doliente
hijo le está con lágrimas pidiendo
alguna cosa, de la cual comiendo
sabe que ha de doblarse el mal que siente,
y aquel piadoso amor no le consiente
que considere el daño que, haciendo
lo que le piden, hace- va corriendo
y aplaca el llanto y dobla el accidente,
así a mi enfermo y loco pensamiento,
que en su daño os me pide, yo querría
quitalle este mortal mantenimiento;
mas pídemele y llora cada día
tanto que cuanto quiere le consiento,
olvidando su suerte y aun la mía.
Garcilaso de la Vega
«Seguirás en amar siempre el extremo,
que en tempestuoso mar, sin velo o remo,
va salvo de peligro el que en mí espera».
Sin recelo le di fe tan entera
cuanto muestra la llama en que me quemo,
y sin temor entré donde ahora temo
lo que, no le creyendo, no temiera.
Que ni callar me vale ni quejarme,
ni puede sufrimiento que es humano,
sostener tal pasión ni padecella;
pues ni quiere que viva ni acabarme,
ni aprovecha dejarme ya en su mano,
ni puedo, aunque procuro, salir de ella.
Hernando de Acuña
Como la tierna madre –qu’el doliente
hijo le está con lágrimas pidiendo
alguna cosa, de la cual comiendo
sabe que ha de doblarse el mal que siente,
y aquel piadoso amor no le consiente
que considere el daño que, haciendo
lo que le piden, hace- va corriendo
y aplaca el llanto y dobla el accidente,
así a mi enfermo y loco pensamiento,
que en su daño os me pide, yo querría
quitalle este mortal mantenimiento;
mas pídemele y llora cada día
tanto que cuanto quiere le consiento,
olvidando su suerte y aun la mía.
Garcilaso de la Vega
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