LABRADORES
Siempre encorvado, siempre cavando en el misterio.
Color y olor del surco de sus manos. En los ojos
una llorosa lumbre. Memoria de los rojos
ocaso de las tapias de un viejo cementerio.
Hombre de los trabajos y los días. Tu serio
fervor, tus araduras, tu brega en los abrojos,
tu puño que a compás estalla en los abrojos
ásperos, tus hogueras de rústico sahumerio,
¿no es eso mismo, acaso, mi existencia? ¿Qué mucho
que yo no diera tu alma por las almas aquellas,
ni tus dichos severos por todo lo que escucho?
Glorias de labrantío. Cestas multicolores.
Tus amigos: la nube, la luna, las estrellas.
Menesteres parejos los nuestros. ¡Labradores!
EL HOMBRE
Ser flecha, y ser a un tiempo la mirada
que la sigue en los aires. Intelecto
que se busca en la fuente alucinada
del joven dios efímero y perfecto.
¿Por qué llorar los años; o la nada
de la noche mortal? Causa y efecto,
todo es espíritu. No pierde cada
vida sino el fantasma de su aspecto.
¿Y qué más que ese instante de conciencia?
¿Ver alegre en sus ondas el terror
de las algas; las horas como peces?
¿Qué más que la casual fosforescencia
de aquella chispa azul; y aquel ardor
y aquel pensar y aquel amar, a veces?
YA LE FALTA MUY POCO
Ya le falta muy poco al peregrino
para dejar la mundanal posada.
Ha salido al balcón. La madrugada
clarea en la frescura del camino.
Llévese el diablo el canto, el naipe, el vino,
como también la moza enamorada.
Tú si que importas, libación dorada
de la luz natural y el aire fino.
Qué más diera morir si uno pudiera
llevarse algo de aquello. Qué más diera,
si el alma desde el cielo contemplara,
cuando se va de alondra y gira y sube,
la misma luz; dejara y no dejara
la brisa, el agua, el prado, el sol, la nube.
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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jueves, 14 de junio de 2012
jueves, 7 de junio de 2012
Enrique Larreta (12), sonetos
LUX
La que nunca sabré decir cuál era,
playa de mi niñez, fina, dorada.
Oigo mi propia oreja resoplada
por el viento. La ola mañanera.
Hasta el blanco horizonte, mar afuera,
loca danza de escamas. Nada, nada
más. ¿Por qué entonces tan apasionada
fascinación, por qué tan duradera?
¿Por qué siempre la cítara fluvial
de incendiada frescura, resonando
solo para los ojos, en seguida
me exalta? Será, en mí, la original
la primera, del sol, delicia, cuando
besó el temblor del agua sorprendida.
LA SOMBRA
Con una gran dulzura de cosa de otra vida,
como un tul, como un velo, menos aún que un velo,
como el ser y el no ser del olor de un pañuelo
en la memoria triste de alguna despedida.
Como una tenebrosa blancura presentida,
puerta que se abre sola, pasos de terciopelo,
así llega la sombra y así llega el consuelo
de la suave y terrible mano desconocida.
¿Quién eres? Te apareces siempre que duda y sufre
mi pensamiento, o cuando tu lámpara de azufre
puede llevarme al mundo de las más extremadas
visiones. ¿No serás una de esas mujeres
que bajaban los párpados y se fueron calladas?
¿O acaso aquella misma que yo pienso? ¿Quién eres?
RIACHUELO DE LOS NAVÍOS
Siempre busco esta misma ribera. Busco enfrente
el hospital de barcos. Rojos, apuntalados
barcos, barcos en seco, barcos descascarados,
que pinta con pintura de llamas el poniente.
Llora el espacio, llora la bruma, llora ausente
la música del viento sobre estos mutilados
fantasmas. ¡Oh los propios fantasmas humillados!
¡Oh tiempos marineros! Se piensa en el doliente
desgaste de la vida y en la vejez del alma.
Pero pasan entonces imágenes de exvotos
que colgaron los náufragos. La datilera palma
de aquellos archipiélagos ardientes y remotos,
es acaso mejor soñada así en la calma
de las velas dormidas y los obenques rotos.
La que nunca sabré decir cuál era,
playa de mi niñez, fina, dorada.
Oigo mi propia oreja resoplada
por el viento. La ola mañanera.
Hasta el blanco horizonte, mar afuera,
loca danza de escamas. Nada, nada
más. ¿Por qué entonces tan apasionada
fascinación, por qué tan duradera?
¿Por qué siempre la cítara fluvial
de incendiada frescura, resonando
solo para los ojos, en seguida
me exalta? Será, en mí, la original
la primera, del sol, delicia, cuando
besó el temblor del agua sorprendida.
LA SOMBRA
Con una gran dulzura de cosa de otra vida,
como un tul, como un velo, menos aún que un velo,
como el ser y el no ser del olor de un pañuelo
en la memoria triste de alguna despedida.
Como una tenebrosa blancura presentida,
puerta que se abre sola, pasos de terciopelo,
así llega la sombra y así llega el consuelo
de la suave y terrible mano desconocida.
¿Quién eres? Te apareces siempre que duda y sufre
mi pensamiento, o cuando tu lámpara de azufre
puede llevarme al mundo de las más extremadas
visiones. ¿No serás una de esas mujeres
que bajaban los párpados y se fueron calladas?
¿O acaso aquella misma que yo pienso? ¿Quién eres?
RIACHUELO DE LOS NAVÍOS
Siempre busco esta misma ribera. Busco enfrente
el hospital de barcos. Rojos, apuntalados
barcos, barcos en seco, barcos descascarados,
que pinta con pintura de llamas el poniente.
Llora el espacio, llora la bruma, llora ausente
la música del viento sobre estos mutilados
fantasmas. ¡Oh los propios fantasmas humillados!
¡Oh tiempos marineros! Se piensa en el doliente
desgaste de la vida y en la vejez del alma.
Pero pasan entonces imágenes de exvotos
que colgaron los náufragos. La datilera palma
de aquellos archipiélagos ardientes y remotos,
es acaso mejor soñada así en la calma
de las velas dormidas y los obenques rotos.
jueves, 31 de mayo de 2012
Enrique Larreta (11), sonetos
LO QUE PUEDE SER
Oculto en esta gruta arborescente
de laureles y adelfas, sé que habita
un incógnito dios, una infinita
presencia que es ausencia del presente.
Su virtual ansiedad. vida inmanente
de lo que puede ser, tiende y agita
presentidos colores o dormita
como el reptil oscuro. Lentamente,
lentamente. Muy quedo. No conmueva
tu mano los rocíos. En aquellos
desmesurados mundos invisibles
de lo que puede ser, a veces lleva,
la ventura, de espanto los cabellos,
en una paz de oráculos terribles.
EL LINYERA
Horizonte salvaje que espera así un momento.
Recomenzado engaño del pie que se apresura.
Es un claro fantasma, perdido en la llanura
inmensa, aquel errante fantasma polvoriento.
Los pájaros le anuncian y parece que un viento
sin viento le empujara. Su exangüe y dura
boca muerde la arena del aire y la tortura
de algún viejo recuerdo, con su remordimiento.
Su marcha, tristemente, desmesuradamente,
va dejando hacia atrás lo que fue su esperanza.
El confín se hace huella muy pronto. Su impaciente,
su irremediable andar es ritmo y semejanza
de su alma vagabunda. Nadie sabe su nombre
ni su país. ¡Qué importa! Pasos, pasos del hombre.
LA GUITARRA DEL GAUCHO
Yo no puedo olvidar de qué divino
rincón del mundo nos llegó tu pura
voz de amor, ni tu voz de sangre y vino
cuando eres negra caja de amargura.
Pero aquí te salieron al camino
otras cosas más anchas. La llanura
te embebió de tristeza. El remolino
de polvo y el redoble de la dura
sinfonía de potros que disparan
te enseñaron rasgueos. Hoy el viento
se queja en tu cantar. Dice un salvaje
rencor, tal vez. Es como si brillaran
dagas de orgullo gaucho en tu lamento.
Filos que, al fin, degüellan tu cordaje.
Oculto en esta gruta arborescente
de laureles y adelfas, sé que habita
un incógnito dios, una infinita
presencia que es ausencia del presente.
Su virtual ansiedad. vida inmanente
de lo que puede ser, tiende y agita
presentidos colores o dormita
como el reptil oscuro. Lentamente,
lentamente. Muy quedo. No conmueva
tu mano los rocíos. En aquellos
desmesurados mundos invisibles
de lo que puede ser, a veces lleva,
la ventura, de espanto los cabellos,
en una paz de oráculos terribles.
EL LINYERA
Horizonte salvaje que espera así un momento.
Recomenzado engaño del pie que se apresura.
Es un claro fantasma, perdido en la llanura
inmensa, aquel errante fantasma polvoriento.
Los pájaros le anuncian y parece que un viento
sin viento le empujara. Su exangüe y dura
boca muerde la arena del aire y la tortura
de algún viejo recuerdo, con su remordimiento.
Su marcha, tristemente, desmesuradamente,
va dejando hacia atrás lo que fue su esperanza.
El confín se hace huella muy pronto. Su impaciente,
su irremediable andar es ritmo y semejanza
de su alma vagabunda. Nadie sabe su nombre
ni su país. ¡Qué importa! Pasos, pasos del hombre.
LA GUITARRA DEL GAUCHO
Yo no puedo olvidar de qué divino
rincón del mundo nos llegó tu pura
voz de amor, ni tu voz de sangre y vino
cuando eres negra caja de amargura.
Pero aquí te salieron al camino
otras cosas más anchas. La llanura
te embebió de tristeza. El remolino
de polvo y el redoble de la dura
sinfonía de potros que disparan
te enseñaron rasgueos. Hoy el viento
se queja en tu cantar. Dice un salvaje
rencor, tal vez. Es como si brillaran
dagas de orgullo gaucho en tu lamento.
Filos que, al fin, degüellan tu cordaje.
jueves, 24 de mayo de 2012
Enrique Larreta (10) y yo
ILUMINACIONES (Enrique Larreta)
Ablución de tinieblas. Agua oscura
de la noche. Viento de las estrellas.
Religioso ondular de luces bellas.
¿Sois el aura de Dios o la figura
del ansia nuestra, que al ganar altura
se estremece en le mar azul de aquellas
místicas sombras, navegando en ellas
y encendiendo sus velos? Hermosura
de un pez de luz que desprendiera escamas.
¡Oh cielo!, al fin, tus lágrimas divinas
las mismas son que mi alma en cautiverio
ve caer de sus muros. Tú te inflamas
en mi propio soñar y me iluminas
con iluminaciones de misterio.
YA OIGO... (Jesús Malia en Camino a Santiago)
Ya oigo a las estrellas
galopar en la noche
y beber de su agua
negra
inagotable.
Y yo las monto,
una por una.
Indómitas, salvajes.
Es un juego caer
desde sus grupas
en el seno del bosque,
y volver a ascender hasta ellas, riendo,
y volver a caer desde ellas, feliz de poder escalarlas.
Ablución de tinieblas. Agua oscura
de la noche. Viento de las estrellas.
Religioso ondular de luces bellas.
¿Sois el aura de Dios o la figura
del ansia nuestra, que al ganar altura
se estremece en le mar azul de aquellas
místicas sombras, navegando en ellas
y encendiendo sus velos? Hermosura
de un pez de luz que desprendiera escamas.
¡Oh cielo!, al fin, tus lágrimas divinas
las mismas son que mi alma en cautiverio
ve caer de sus muros. Tú te inflamas
en mi propio soñar y me iluminas
con iluminaciones de misterio.
YA OIGO... (Jesús Malia en Camino a Santiago)
Ya oigo a las estrellas
galopar en la noche
y beber de su agua
negra
inagotable.
Y yo las monto,
una por una.
Indómitas, salvajes.
Es un juego caer
desde sus grupas
en el seno del bosque,
y volver a ascender hasta ellas, riendo,
y volver a caer desde ellas, feliz de poder escalarlas.
jueves, 17 de mayo de 2012
Enrique Larreta (9), sonetos
UNO Y OTRO DE NUEVO
El le dice: No hay más amor que el de sí mismo.
Tú me quieres a mí. Yo en ti busco el violento
placer, en ti lo escondo, lo alzo avaro, lo cuento;
o apartando los dedos, lo arrojo en el abismo
que tú sabes. Así, cuando el propio egoísmo
parece que soñara con presas de un sangriento
deleite, sólo entonces, pasajero momento,
soy un ser con tu ser. Frío de paroxismo,
frío de soledad, luego que falte el fuerte
lazo y ya no vivimos los dos la misma muerte.
Uno y otro de nuevo. Cada cual su desmayo,
su angustia, sus tinieblas, con diferentes voces.
Cada cual sus raíces ocultas y feroces.
¡Horror de aquellos ojos que miran de soslayo!
EL FUEGO
He llegado a soñar, a fuerza de mirarte,
fuego azul, fuego rojo; diabólico y sagrado,
que eras mi propio ser, delirio renovado
y hogueras sucesivas del amor y del arte.
Yo sé de aquellas chispas que envías al alzarte
por la obscura esperanza de ese hueco embrujado.
Reconozco las alas del ímpetu incendiado;
y ese abrirse la torre y ese hundirse el baluarte.
¡Cómo gana la vida cuando ahonda contigo
las divinas razones! ¡Cómo comprende! Luego,
no hay mujer tan amante ni amigo tan amigo.
Sabores de pasión, sabores de sosiego.
Eso que tú me dices, yo también me* lo digo.
Arder y nada más, ¡arder!,** hermano fuego.
* Opto por "me", siguiendo "La poesía modernista" en vez de la Biblioteca Virtual Cervantes.
** Ídem en cuanto a las comas que encierran "¡arder!".
EL PRODIGIOSO DOLOR
No eres tú, mi dolor, quien va de ronda.
No eres tú, mi dolor, sino yo mismo
quien anda siempre en torno de tu abismo,
como a distancia, como a la redonda
del oscuro pretil, para que esconda
la zarza tu espiral de paroxismo,
tu escalera de espanto. Magnetismo
y terror, a la vez, de mi más honda
ternura. Pero, en cambio, la blancura
del ala angelical, que a veces tiende
la ilusión de morir, en ti se inflama,
prodigioso dolor, flor que fulgura,
luz florecida, cielo que trasciende,
eternidad del alma que me llama.
El le dice: No hay más amor que el de sí mismo.
Tú me quieres a mí. Yo en ti busco el violento
placer, en ti lo escondo, lo alzo avaro, lo cuento;
o apartando los dedos, lo arrojo en el abismo
que tú sabes. Así, cuando el propio egoísmo
parece que soñara con presas de un sangriento
deleite, sólo entonces, pasajero momento,
soy un ser con tu ser. Frío de paroxismo,
frío de soledad, luego que falte el fuerte
lazo y ya no vivimos los dos la misma muerte.
Uno y otro de nuevo. Cada cual su desmayo,
su angustia, sus tinieblas, con diferentes voces.
Cada cual sus raíces ocultas y feroces.
¡Horror de aquellos ojos que miran de soslayo!
EL FUEGO
He llegado a soñar, a fuerza de mirarte,
fuego azul, fuego rojo; diabólico y sagrado,
que eras mi propio ser, delirio renovado
y hogueras sucesivas del amor y del arte.
Yo sé de aquellas chispas que envías al alzarte
por la obscura esperanza de ese hueco embrujado.
Reconozco las alas del ímpetu incendiado;
y ese abrirse la torre y ese hundirse el baluarte.
¡Cómo gana la vida cuando ahonda contigo
las divinas razones! ¡Cómo comprende! Luego,
no hay mujer tan amante ni amigo tan amigo.
Sabores de pasión, sabores de sosiego.
Eso que tú me dices, yo también me* lo digo.
Arder y nada más, ¡arder!,** hermano fuego.
* Opto por "me", siguiendo "La poesía modernista" en vez de la Biblioteca Virtual Cervantes.
** Ídem en cuanto a las comas que encierran "¡arder!".
EL PRODIGIOSO DOLOR
No eres tú, mi dolor, quien va de ronda.
No eres tú, mi dolor, sino yo mismo
quien anda siempre en torno de tu abismo,
como a distancia, como a la redonda
del oscuro pretil, para que esconda
la zarza tu espiral de paroxismo,
tu escalera de espanto. Magnetismo
y terror, a la vez, de mi más honda
ternura. Pero, en cambio, la blancura
del ala angelical, que a veces tiende
la ilusión de morir, en ti se inflama,
prodigioso dolor, flor que fulgura,
luz florecida, cielo que trasciende,
eternidad del alma que me llama.
jueves, 10 de mayo de 2012
Enrique Larreta (8), sonetos
LA FRAGUA
Pinta el fuego con brocha anaranjada
la tiznada pared. Ya la blancura
del caballo se enciende y la herradura
es en el yunque fruta colorada.
No importa que mi vista fascinada
mire tan sólo el hierro que fulgura.
Lo que triunfa en mi ser, lo que perdura
es un son de campana amartillada.
Velo que así levanta misteriosa
la gran naturaleza. En cada cosa
su ritmo. Ritmo toda, por su ritmo
se descubre. Los golpes que escuchamos
muévelos a compás un logaritmo
de la música inmensa en que ondulamos.
RETRATO DE MUJER
Me explica sus delirios y desfallecimientos.
Violencias. Agonías. Quiere seguir así.
dejarse anonadar o bien llevar tras sí
por los sueño desnudos. Sueños y pensamientos
libres como la noche. Quiere ser por momentos
Balkis, Fedra, Cleopatra; ser Semíramis y
también Safo de Lesbos. Ceder al frenesí
de los goces malditos, llorosos y violentos.
Poder mágico, dice. Todo como si fuera
verdad. Cuerpos exactos. Luego las amarguras,
fuertes como la muerte. Pretende que por ese
camino ha de alcanzar la divina belleza
del alma despojada. Penitentes llanuras.
Cántaro de rocío. Desiertos de pureza.
CUANDO ME VOY POR ESAS CALLES
Cuando me voy por esas calles de Dios, silbando,
canturreando, insensibles el alma y el sentido,
cuando sigo al azar la prisa, el dengue, el ruido,
que yo mismo celebro silbando, canturreando,
siéntome como libre de ti. Voyme pensando
que pueda defenderme, si no con el olvido
por lo menos con algo que anuncia al sometido
corazón la entereza con qué soñó, soñando.
Pero así que mis pies recobraron* el sendero
de soledad y el ánimo sus júbilos sencillos;
frescas voces del árbol, el grito del hornero,
el gusto aquel de arena del viento, pronto vuelve
mi amor a ser tu sombra, la llama que te envuelve,
la hierba de tus pasos, tu música de grillos.
* En efecto este verso lo podemos considerar de 14 sílabas, pero entonces no se respetan los hemistiquios obligados en todo alejandrino (7+7). Así, propongo cambiar "recobraron" por "recobran", y considerar en "pies" dos sílabas.
Pinta el fuego con brocha anaranjada
la tiznada pared. Ya la blancura
del caballo se enciende y la herradura
es en el yunque fruta colorada.
No importa que mi vista fascinada
mire tan sólo el hierro que fulgura.
Lo que triunfa en mi ser, lo que perdura
es un son de campana amartillada.
Velo que así levanta misteriosa
la gran naturaleza. En cada cosa
su ritmo. Ritmo toda, por su ritmo
se descubre. Los golpes que escuchamos
muévelos a compás un logaritmo
de la música inmensa en que ondulamos.
RETRATO DE MUJER
Me explica sus delirios y desfallecimientos.
Violencias. Agonías. Quiere seguir así.
dejarse anonadar o bien llevar tras sí
por los sueño desnudos. Sueños y pensamientos
libres como la noche. Quiere ser por momentos
Balkis, Fedra, Cleopatra; ser Semíramis y
también Safo de Lesbos. Ceder al frenesí
de los goces malditos, llorosos y violentos.
Poder mágico, dice. Todo como si fuera
verdad. Cuerpos exactos. Luego las amarguras,
fuertes como la muerte. Pretende que por ese
camino ha de alcanzar la divina belleza
del alma despojada. Penitentes llanuras.
Cántaro de rocío. Desiertos de pureza.
CUANDO ME VOY POR ESAS CALLES
Cuando me voy por esas calles de Dios, silbando,
canturreando, insensibles el alma y el sentido,
cuando sigo al azar la prisa, el dengue, el ruido,
que yo mismo celebro silbando, canturreando,
siéntome como libre de ti. Voyme pensando
que pueda defenderme, si no con el olvido
por lo menos con algo que anuncia al sometido
corazón la entereza con qué soñó, soñando.
Pero así que mis pies recobraron* el sendero
de soledad y el ánimo sus júbilos sencillos;
frescas voces del árbol, el grito del hornero,
el gusto aquel de arena del viento, pronto vuelve
mi amor a ser tu sombra, la llama que te envuelve,
la hierba de tus pasos, tu música de grillos.
* En efecto este verso lo podemos considerar de 14 sílabas, pero entonces no se respetan los hemistiquios obligados en todo alejandrino (7+7). Así, propongo cambiar "recobraron" por "recobran", y considerar en "pies" dos sílabas.
jueves, 3 de mayo de 2012
Enrique Larreta (7), sonetos
DESALIENTO
Queja oscura del árbol cuando el viento lo mece.
Alto grito al caer la hojosa rama larga.
Siempre el mismo lamento del dolor que descarga
los agobiados gajos y los rejuvenece.
No fuera, no, tan vivo, tan hondo, lo que ofrece
tu genio, sin la angustia que a menudo te embarga,
y te sume a ti mismo, sin esa esponja amarga
y ese negro crepúsculo de un dios que desfallece.
El arte es herrería de ángeles dolorosos*.
Llaga, tajo, desuello, porrada, quemadura
exaltan su pasión reverberante y cuando
los bocines del fuelle resoplan envidiosos
en las ascuas dormidas, levántase más dura
la llama y los regueros vanse multiplicando.
* Se toma Larreta la licencia de contar "de án" como una sola sílaba, pero a mi parecer es muy forzado. Le hubiera recomendado decir "de ángel doloroso", y consecuentemente en el verso 12 "el bocín del fuelle resopla envidioso".
MIL NOVECIENTOS TRECE
Con aquel no sé qué de su literatura,
esa tarde friolenta, femenina y brumosa
de París era lámpara de seda, voluptuosa
provocación de encajes y velo de aventura.
En los escaparates* de joyas y mixtura
de elegancias, la electricidad arde suntuosa.
Francesa o extranjera, la bella misteriosa
se mira en los cristales, de paso, y se apresura.
Sabe que ya la espera, como acechando ruidos,
la anhelosa penumbra del amor y la llama.
No hay que ser impuntual. Los montes perdidos
son el mayor pecado. La acera se embalsama
con sus violetas. Loca la que no se enloquece.
La vida es embriaguez. Mil novecientos trece.
*Corrijo donde ponía "esparates" en el documento de la Biblioteca Virtual Cervantes
“LES BALS PERSANS”
Un embriagar las horas, como los orientales
fumadores de sueños. Un pedirle sus noches
delirantes a Persia, sus diademas, sus broches,
sus cantantes ajorcas; y esos largos cendales
que visten y desvisten los desmayos sensuales
en viejas miniaturas. Van ahí los derroches
del Asia. Las mancebas en enredados coches
y palanquines de oro. Los negros musicales,
llevando en alto frutas de fulgurante cáscara.
¿Por qué ese frenesí, y esa prisa encendida,
y ese avivar la sed, y ese apretar la vida?
¡Ah!, sí, nobles de Francia. Ya los finos lebreles
del palacio gimieron. Ya una sangrienta máscara
sopla los candelabros y arrastra los manteles.
Queja oscura del árbol cuando el viento lo mece.
Alto grito al caer la hojosa rama larga.
Siempre el mismo lamento del dolor que descarga
los agobiados gajos y los rejuvenece.
No fuera, no, tan vivo, tan hondo, lo que ofrece
tu genio, sin la angustia que a menudo te embarga,
y te sume a ti mismo, sin esa esponja amarga
y ese negro crepúsculo de un dios que desfallece.
El arte es herrería de ángeles dolorosos*.
Llaga, tajo, desuello, porrada, quemadura
exaltan su pasión reverberante y cuando
los bocines del fuelle resoplan envidiosos
en las ascuas dormidas, levántase más dura
la llama y los regueros vanse multiplicando.
* Se toma Larreta la licencia de contar "de án" como una sola sílaba, pero a mi parecer es muy forzado. Le hubiera recomendado decir "de ángel doloroso", y consecuentemente en el verso 12 "el bocín del fuelle resopla envidioso".
MIL NOVECIENTOS TRECE
Con aquel no sé qué de su literatura,
esa tarde friolenta, femenina y brumosa
de París era lámpara de seda, voluptuosa
provocación de encajes y velo de aventura.
En los escaparates* de joyas y mixtura
de elegancias, la electricidad arde suntuosa.
Francesa o extranjera, la bella misteriosa
se mira en los cristales, de paso, y se apresura.
Sabe que ya la espera, como acechando ruidos,
la anhelosa penumbra del amor y la llama.
No hay que ser impuntual. Los montes perdidos
son el mayor pecado. La acera se embalsama
con sus violetas. Loca la que no se enloquece.
La vida es embriaguez. Mil novecientos trece.
*Corrijo donde ponía "esparates" en el documento de la Biblioteca Virtual Cervantes
“LES BALS PERSANS”
Un embriagar las horas, como los orientales
fumadores de sueños. Un pedirle sus noches
delirantes a Persia, sus diademas, sus broches,
sus cantantes ajorcas; y esos largos cendales
que visten y desvisten los desmayos sensuales
en viejas miniaturas. Van ahí los derroches
del Asia. Las mancebas en enredados coches
y palanquines de oro. Los negros musicales,
llevando en alto frutas de fulgurante cáscara.
¿Por qué ese frenesí, y esa prisa encendida,
y ese avivar la sed, y ese apretar la vida?
¡Ah!, sí, nobles de Francia. Ya los finos lebreles
del palacio gimieron. Ya una sangrienta máscara
sopla los candelabros y arrastra los manteles.
jueves, 26 de abril de 2012
Enrique Larreta (6), sonetos
ANOCHECER EN TOLEDO
Grito en la torre audaz. Alto grito de almuédano.
Así Toledo cuando la tarde se inflamaba.
Luego siguió un silencio lloroso de campanas.
Huesos el caserío. Triste ceniza el cielo.
Laderas que parecen hechas para tormento.
Baja el amigo infiel, baja la desposada.
Él la besa al ceñirla y al besarla temblaba.
Tiembla de amor y tiembla de otro más hondo miedo.
“¡Ah ciudad de hechiceras! ¡Ah corte de los magos!
Tú –le dice el amante-, tú nos has embrujado.”
Llegan a ras de río. Blanco de muerte el labio,
ella exclama: “¡Señor, ya nuestro fin se acerca.
No nos perdones, no, si dos almas en pena
juntar en una sola para siempre quisieras!”
MAÑANITAS DE ROMA
Mañanitas de Roma, católicas, paganas.
¡Sorber, así, al andar y sin los obligados
libros, la gloria ambigua de sus pontificados,
respirar en sus piedras, beber en sus fontanas!
¡A más de otras venturas en ánforas romanas!
Pero hay un fuego que arde debajo de sus prados,
debajo de sus ruinas y pinos redondeados,
no muy lejos de aquellas rosadas caravanas
de rotos acueductos. Todo cambió en seguida.
No hay luz como tu luz, sombra de catacumbas.
Tú deslumbraste en mí los ojos de la vida.
Candelillas aladas, llamas de San Calixto,
llamas como las voces que cantan en las tumbas.
Tumbas de claridad. Palomares de Cristo.
PERROS CIMARRONES
Aquellos buenos perros campeadores,
alanos y podencos, tan amigos
de Fadriques, Gonzalos y Rodrigos,
graciosos, jugueteros, lamedores.
Todos esos que los conquistadores
hacen viajar con manta y papahigos,
hélos, ahora, alzados enemigos,
fieras errantes, lobos corredores.
Fuerza de la extensión nueva y salvaje.
De modo igual, manadas tenebrosas
van en pos de mi paso, con lenguaje
de aullidos y una lúgubre esperanza.
Burla será espuela y otras cosas.
Burla serán mis silbos de confianza.
Grito en la torre audaz. Alto grito de almuédano.
Así Toledo cuando la tarde se inflamaba.
Luego siguió un silencio lloroso de campanas.
Huesos el caserío. Triste ceniza el cielo.
Laderas que parecen hechas para tormento.
Baja el amigo infiel, baja la desposada.
Él la besa al ceñirla y al besarla temblaba.
Tiembla de amor y tiembla de otro más hondo miedo.
“¡Ah ciudad de hechiceras! ¡Ah corte de los magos!
Tú –le dice el amante-, tú nos has embrujado.”
Llegan a ras de río. Blanco de muerte el labio,
ella exclama: “¡Señor, ya nuestro fin se acerca.
No nos perdones, no, si dos almas en pena
juntar en una sola para siempre quisieras!”
MAÑANITAS DE ROMA
Mañanitas de Roma, católicas, paganas.
¡Sorber, así, al andar y sin los obligados
libros, la gloria ambigua de sus pontificados,
respirar en sus piedras, beber en sus fontanas!
¡A más de otras venturas en ánforas romanas!
Pero hay un fuego que arde debajo de sus prados,
debajo de sus ruinas y pinos redondeados,
no muy lejos de aquellas rosadas caravanas
de rotos acueductos. Todo cambió en seguida.
No hay luz como tu luz, sombra de catacumbas.
Tú deslumbraste en mí los ojos de la vida.
Candelillas aladas, llamas de San Calixto,
llamas como las voces que cantan en las tumbas.
Tumbas de claridad. Palomares de Cristo.
PERROS CIMARRONES
Aquellos buenos perros campeadores,
alanos y podencos, tan amigos
de Fadriques, Gonzalos y Rodrigos,
graciosos, jugueteros, lamedores.
Todos esos que los conquistadores
hacen viajar con manta y papahigos,
hélos, ahora, alzados enemigos,
fieras errantes, lobos corredores.
Fuerza de la extensión nueva y salvaje.
De modo igual, manadas tenebrosas
van en pos de mi paso, con lenguaje
de aullidos y una lúgubre esperanza.
Burla será espuela y otras cosas.
Burla serán mis silbos de confianza.
lunes, 23 de abril de 2012
Enrique Larreta (5), soneto para el día del libro
Entiendo perfectamente a mi querido Julio Santiago cuando en este día prefiere enclaustrarse, él que es amante de los libros y cada día los celebra. Pero como nada me ha costado, salvo alterar el orden de publicación de los sonetos de Larreta, y la fecha, aquí va.
LOS LIBROS
¿Qué puede haber mejor que este severo
refugio, silencioso, rumoroso?
Hospital de pesares y reposo
del más hondo vivir. Papel y cuero
de infolios y un tufillo rinconero
sahuman la paz del aire penumbroso
y lo intelectualizan. Polvoroso,
del tiempo, residuo prisionero.
Como cosa de mundos submarinos,
rico a su vez de nácares internos
en sus espirituales torbellinos,
así este caracol guarda y profiere
un inmenso latir. Pulsos eternos
de aquella juventud que nunca muere.
LOS LIBROS
¿Qué puede haber mejor que este severo
refugio, silencioso, rumoroso?
Hospital de pesares y reposo
del más hondo vivir. Papel y cuero
de infolios y un tufillo rinconero
sahuman la paz del aire penumbroso
y lo intelectualizan. Polvoroso,
del tiempo, residuo prisionero.
Como cosa de mundos submarinos,
rico a su vez de nácares internos
en sus espirituales torbellinos,
así este caracol guarda y profiere
un inmenso latir. Pulsos eternos
de aquella juventud que nunca muere.
jueves, 19 de abril de 2012
Enrique Larreta (4), sonetos
MI GRECIA
Así, con esos ojos, esos ojos dormidos
y abiertos en el sueño vagabundo y el gesto
que han dejado en tu boca la muerte y el incesto
y el nocturno acechar de pasos presentidos.
Con esos como sierpes cabellos embebidos
en el sudor y el llanto del rostro descompuesto,
y ese ronco tambor salvaje y el funesto
presagio de tus perros que alargan sus aullidos.
Vértigo de los himnos. Órfica, predilecta
belleza, ni armoniosa, ni pura, ni perfecta.
¡Oh! sacro mal, divina fiebre con que el escoplo
remojaba las túnicas, ¡oh! sombra, tú resumes
la verídica Grecia, tú agregas en tu soplo,
al olor de la sangre, frenéticos perfumes.
ÁVILA
Un alma con el claustro desposada,
que aún oye al despertar clarín de almenas.
Orgullo de estandartes y serenas
beatitudes se enredan en la almohada.
Ya la vida repica su llamada
y en las sombras del ser vislumbres llenas
de impaciente ambición son otras venas
de postigos, en alba ensangrentada.
Pone fray Juan sus plantas en el suelo.
A pie descalzo y lumbre de candela
dice un nuevo cantar y, milagrosas,
se levantan en fuga paralela
santas paredes, torres poderosas.
Y es la ciudad en él piedra que vuela.
ESQUIVIAS [pueblo de la provincia de Toledo]
Osamenta de pueblo. Polvo y cal de los años.
Silencio de las pálidas y ensimismadas puertas.
Quijotescos fantasmas en las plazuelas muertas
de nubes que al pasar levantan los rebaños.
Allí contrajo nupcias. Allí en los aledaños
el tío de su esposa recibe las espuertas,
más o menos vacías, de imaginarias huertas.
Aquel de los bonetes y trajes tan extraños.
Entretanto, Miguel, burlando y en secreto,
va pergueñando trazas del regio hidalgo magro.
Caño de la demencia y elocuente esqueleto.
Así nace entre números de caseros cuadernos
y en sitio en que lo verde huele siempre a milagro,
una inmortal encina, con pájaros eternos.
Así, con esos ojos, esos ojos dormidos
y abiertos en el sueño vagabundo y el gesto
que han dejado en tu boca la muerte y el incesto
y el nocturno acechar de pasos presentidos.
Con esos como sierpes cabellos embebidos
en el sudor y el llanto del rostro descompuesto,
y ese ronco tambor salvaje y el funesto
presagio de tus perros que alargan sus aullidos.
Vértigo de los himnos. Órfica, predilecta
belleza, ni armoniosa, ni pura, ni perfecta.
¡Oh! sacro mal, divina fiebre con que el escoplo
remojaba las túnicas, ¡oh! sombra, tú resumes
la verídica Grecia, tú agregas en tu soplo,
al olor de la sangre, frenéticos perfumes.
ÁVILA
Un alma con el claustro desposada,
que aún oye al despertar clarín de almenas.
Orgullo de estandartes y serenas
beatitudes se enredan en la almohada.
Ya la vida repica su llamada
y en las sombras del ser vislumbres llenas
de impaciente ambición son otras venas
de postigos, en alba ensangrentada.
Pone fray Juan sus plantas en el suelo.
A pie descalzo y lumbre de candela
dice un nuevo cantar y, milagrosas,
se levantan en fuga paralela
santas paredes, torres poderosas.
Y es la ciudad en él piedra que vuela.
ESQUIVIAS [pueblo de la provincia de Toledo]
Osamenta de pueblo. Polvo y cal de los años.
Silencio de las pálidas y ensimismadas puertas.
Quijotescos fantasmas en las plazuelas muertas
de nubes que al pasar levantan los rebaños.
Allí contrajo nupcias. Allí en los aledaños
el tío de su esposa recibe las espuertas,
más o menos vacías, de imaginarias huertas.
Aquel de los bonetes y trajes tan extraños.
Entretanto, Miguel, burlando y en secreto,
va pergueñando trazas del regio hidalgo magro.
Caño de la demencia y elocuente esqueleto.
Así nace entre números de caseros cuadernos
y en sitio en que lo verde huele siempre a milagro,
una inmortal encina, con pájaros eternos.
jueves, 12 de abril de 2012
Enrique Larreta (3), sonetos
LAS BOLITAS
Y, entre todas, aquélla, la del buque anegado.
Submarino fantasma. Yo veía un terrible
pulpo que caminaba con lentitud horrible
sobre los esqueletos y el tesoro volcado.
Visiones tan extrañas y otras que habré olvidado,
más allá de lo que es imposible o posible,
formaban ante mí, dentro de su irrisible
gota, las esferillas de vidrio iluminado.
Linterna de otro mundo que nos sigue un momento.
La infancia es todavía prevalecer divino.
¡Ah! Poder perpetuar sin fin su azoramiento,
sus alucinaciones. ¡Oh fresco torbellino
de las hadas silvestres! ¡Oh lumbre de Aladino!
¡Oh nave de Simbad! ¡Oh mi tapiz de viento!
EL GAUCHO
Es un misterio inmenso, ilimitado
que le sigue, se aleja, le precede,
como el mismo horizonte. Nada puede
refrenar su veloz, su desgarrado
correr, cuando parece que un alado
viento le lleva. Cuando él sigue y cede
a ese goce brutal, y suelta adrede
blanda la rienda al potro desbocado.
Furor que se prolonga y se resbala
sobre el otro furor. Él es la vida
toda, toda la suerte, buena o mala,
de la gran soledad. Sueño infinito
que dispara ante sí, como perdida
boleadora, su afán, su amor, su grito.
LA LAGUNA
Como temblor de sangre, cuando llega la hora
de la fiebre, ya es todo, la orilla, el junco, el viento,
la callada laguna, rojo estremecimiento,
penumbroso latir de luz que se evapora.
Ya vuelven y se apagan en fila voladora
los pájaros de fuego. Ya se acerca el momento
del confuso rumor. Hidráulico instrumento,
tañe por fin el sapo su tecla precursora.
Arrullos, parloteos. Estertores, graznidos.
Repique de las ranas en tirante salterio.
Crótalos de la muerte sobre los mismos nidos.
¡Oh música rasgada, tú me abres, tú me enseñas
el abismo de Dios y su doble misterio!
Voces negras y blancas. Alas de las cigüeñas.
Y, entre todas, aquélla, la del buque anegado.
Submarino fantasma. Yo veía un terrible
pulpo que caminaba con lentitud horrible
sobre los esqueletos y el tesoro volcado.
Visiones tan extrañas y otras que habré olvidado,
más allá de lo que es imposible o posible,
formaban ante mí, dentro de su irrisible
gota, las esferillas de vidrio iluminado.
Linterna de otro mundo que nos sigue un momento.
La infancia es todavía prevalecer divino.
¡Ah! Poder perpetuar sin fin su azoramiento,
sus alucinaciones. ¡Oh fresco torbellino
de las hadas silvestres! ¡Oh lumbre de Aladino!
¡Oh nave de Simbad! ¡Oh mi tapiz de viento!
EL GAUCHO
Es un misterio inmenso, ilimitado
que le sigue, se aleja, le precede,
como el mismo horizonte. Nada puede
refrenar su veloz, su desgarrado
correr, cuando parece que un alado
viento le lleva. Cuando él sigue y cede
a ese goce brutal, y suelta adrede
blanda la rienda al potro desbocado.
Furor que se prolonga y se resbala
sobre el otro furor. Él es la vida
toda, toda la suerte, buena o mala,
de la gran soledad. Sueño infinito
que dispara ante sí, como perdida
boleadora, su afán, su amor, su grito.
LA LAGUNA
Como temblor de sangre, cuando llega la hora
de la fiebre, ya es todo, la orilla, el junco, el viento,
la callada laguna, rojo estremecimiento,
penumbroso latir de luz que se evapora.
Ya vuelven y se apagan en fila voladora
los pájaros de fuego. Ya se acerca el momento
del confuso rumor. Hidráulico instrumento,
tañe por fin el sapo su tecla precursora.
Arrullos, parloteos. Estertores, graznidos.
Repique de las ranas en tirante salterio.
Crótalos de la muerte sobre los mismos nidos.
¡Oh música rasgada, tú me abres, tú me enseñas
el abismo de Dios y su doble misterio!
Voces negras y blancas. Alas de las cigüeñas.
jueves, 5 de abril de 2012
Enrique Larreta (2), sonetos
LA ALMOHADA
En ceniza de amores enfundada
y en ausencias de vida numerosa;
con esa misma suavidad sinuosa
de otro doble frescor, mi buena almohada,
tú me quedas al menos. Eres nada
y eres todo por último. La cosa
consubstancial del sueño. Sigilosa
barca del alma, en alma transformada.
Odio y traición azotan el asilo
de mis muros y silban en el filo
de aire. Acaso, todo lo desdeño,
porque te tengo a ti, porque soy dueño
del solo bien que hace esperar tranquilo
el otro cabezal y el otro sueño.
PRELUDIOS
III
Agua del mar que ondulas, yo te llevo en mí mismo.
Libre corcel, corceles del vértigo alternado.
Alta espuma de orgullo y un caer desmayado
que disuelve esmeraldas y azabaches de abismo.
Anhelar. Desdeñar. Oigo en tu mecanismo,
reloj, el sí y el no de un ritmo contrariado;
y en el sol y en la luna, con grito imaginado,
todo el propio furor y el propio paroxismo.
Para mi sombra el tiempo será sólo un instante
que duerme. Flecha inmóvil corriendo todavía.
La tierra morirá, también, como su errante
satélite. Perversa, malsana astronomía,
quiero olvidarte ahora. Y a ti, desesperante
calavera de astro, vagabunda ironía.
LAS CRIADAS Y EL NIÑO
Que otros digan de escuelas y de universidades.
Yo canto el cuarto aquel de plancha y de costura
y sus buenas mujeres. ¡Galicia! ¡Extremadura!
Y las que me enseñaban a palmear soledades.
España de las tierras y no de las ciudades.
También las castellanas de grave catadura.
La blanca, la trigueña; la moza, la madura.
De todas las pellejas, de todas las edades.
¡Ay, qué cuentos aquellos! Fablas de romería
Consejas de la lumbre. ¡Y qué linda manera
de nombrar cada cosa! ¡Cuánta sabiduría!
entre aquellos refajos! Erase que se era
un juglar que les debe toda su nombradía.
Gaita sentimental y sonaja parlera.
En ceniza de amores enfundada
y en ausencias de vida numerosa;
con esa misma suavidad sinuosa
de otro doble frescor, mi buena almohada,
tú me quedas al menos. Eres nada
y eres todo por último. La cosa
consubstancial del sueño. Sigilosa
barca del alma, en alma transformada.
Odio y traición azotan el asilo
de mis muros y silban en el filo
de aire. Acaso, todo lo desdeño,
porque te tengo a ti, porque soy dueño
del solo bien que hace esperar tranquilo
el otro cabezal y el otro sueño.
PRELUDIOS
III
Agua del mar que ondulas, yo te llevo en mí mismo.
Libre corcel, corceles del vértigo alternado.
Alta espuma de orgullo y un caer desmayado
que disuelve esmeraldas y azabaches de abismo.
Anhelar. Desdeñar. Oigo en tu mecanismo,
reloj, el sí y el no de un ritmo contrariado;
y en el sol y en la luna, con grito imaginado,
todo el propio furor y el propio paroxismo.
Para mi sombra el tiempo será sólo un instante
que duerme. Flecha inmóvil corriendo todavía.
La tierra morirá, también, como su errante
satélite. Perversa, malsana astronomía,
quiero olvidarte ahora. Y a ti, desesperante
calavera de astro, vagabunda ironía.
LAS CRIADAS Y EL NIÑO
Que otros digan de escuelas y de universidades.
Yo canto el cuarto aquel de plancha y de costura
y sus buenas mujeres. ¡Galicia! ¡Extremadura!
Y las que me enseñaban a palmear soledades.
España de las tierras y no de las ciudades.
También las castellanas de grave catadura.
La blanca, la trigueña; la moza, la madura.
De todas las pellejas, de todas las edades.
¡Ay, qué cuentos aquellos! Fablas de romería
Consejas de la lumbre. ¡Y qué linda manera
de nombrar cada cosa! ¡Cuánta sabiduría!
entre aquellos refajos! Erase que se era
un juglar que les debe toda su nombradía.
Gaita sentimental y sonaja parlera.
jueves, 29 de marzo de 2012
Otro modernista argentino, Enrique Larreta en sonetos y más(1)
Enrique Larreta (1875-1961) por Ignacio Zuloaga; al fondo, la ciudad de Ávila.
Los secretos de nuestra historia, o que uno es muy ignorante.
Partiendo del libro del que ya te he hablado y del que he sacado poesía modernista argentina para Poesía Abierta (La poesía modernista, Biblioteca Argentina Fundamental, 1968, Buenos Aires), encuentro un buen manojo de maravillosos sonetos de Enrique Larreta. Así pues, a buscar en Google esos mismos sonetos para ahorarrme su escritura, y algo más. ¡Y mucho más!
En la Biblioteca Virtual Cervantes, Biblioteca del soneto. Autores: letra L, de Ramón García González, hallo una colección extensísima de sonetos de Larreta. No los he contado, pero según creo recoge los 88 que constituyen La calle de la vida y de la muerte, la totalidad de su obra poética, que compila en 1941.
Su gusto por el Siglo de Oro y por una España que conoce y ama, se nota en esos versos, y no solo en ellos. Al parecer, Larreta (que fue miembro de la RAE), amigo de otro ingenio sin igual, Miguel de Unamuno, es más celebrado (¡aún más!) por su prosa, concretamente La gloria de don Ramiro (una vida en tiempos de Felipe II), 1908 (léela aquí). También le inspira España Zogoibi (1926), cuyo título significa "el desventurado", que fue como se llamó al rey Boabdil tras la pérdida de Granada.
Anoto, por último, para poner de relieve la importancia de su figura, este comentario de Rubén Darío: "Intelectualmente el autor de La Gloria de D. Ramiro está entre las pocas dominantes figuras de Hispanoamérica. Su libro es en su género, lo mejor que en asunto de novelas ha producido nuestra literatura neo mundial. Hágase algo superior y Larreta pasará a segundo término".
(Cabezas. Ed, Aguilar - México - madrid- Buenos Aires)
Nosotros, ahora, nos daremos a compartirte sus sonetos. A leer su novela... ay, por ahora no, pero aquí queda colgado el enlace.
Por cierto, que comienzo por ponerte algunos de sus sonetos más dramáticos. Hace unos días os hablaba de cómo me sorprende ver, de repente, ni que hubiera empezado a leer ayer, en cierta poesía una réplica del gusto de Federico García Lorca por el teatro y por la poesía dramática del Siglo de Oro, que a mi entender se trasluce en su Romancero gitano, cuyos poemas son auténticos cuadros teatrales. Pues Larreta, que no sé si conoció a Federico y que es mayor que él, ya anduvo ese camino. Aquí la prueba.
AZELAÍN EN GUIPÚZCOA
Sale él mismo, en pantuflos, el seco mayorazgo.
En vascuence “Azelaingo”, le dicen, “Naguzía”.
Tiene espejuelos verdes y bufanda tenía.
Negro bastón bruñido. Vara de infanzonazgo.
Soñando con antiguos derechos de obispazgo,
me enseña como suyas iglesia y sacristía.
“Brindemos como deudos. Celebremos –decía-,
con mi vino manchego, luego, luego, el hallazgo”.
Culpa fue de tu llama, valdepeñas bravío.
Al indagar por qué no se ha casado nunca,
“Algo falta –le digo-, señor, en su espelunca.”
El destapa un arcón perfumado y vacío.
¡Fantasma en un fantasma de ropas conservado!
Y lo cierra de nuevo. Sus ojos se han mojado.
GATO LUNERO
Gato, gato lunero, gato de los tejados
nupciales. Brasas verdes. Degollados violines
de las siete lujurias. Ese de espadachines
mostachos y bufidos y saltos endiablados.
Ese de los atroces amores despeñados.
Lo recuerdo en Toledo y en hora de maitines,
antes de amanecer, cuando los fervorines
soñolientos despegan los párpados sagrados.
Nocturna comprensión, por fin, de las hurañas
rejas y las paredes altas como montañas
para atajar al Diablo y encerrarlo en el mundo.
Seguramente, aquel giboso garabato
felino, era una traza del espíritu inmundo
que cuela por los techos el fósforo del gato.
EL POZO
Son dos sombras inmóviles junto al brocal. Un trozo
de barro queda apenas de aquel nido de hornero.
¡Cuántas y cuántas veces, besándose primero
con la emoción del agua, bebieron de este pozo!
Ella baja los párpados y, sin mirarla, el mozo
le dice con tristeza: “¡Malhaya el forastero
que me robó mi bien y malhaya el dinero!”
Es su voz más que voz un varonil sollozo.
Se han juntado sus manos. Llora la sangre, llora
bajo la piel morena; mientras ella, al instante,
“Fue la vida –responde-, no fui yo la traidora.”
Luego los dos se inclinan sobre el profundo espejo.
Él la mira allá abajo celestial y distante.
Pureza del no ser en el ser de un reflejo.
LA GITANA
Vete, vete, gitana, la de los peines rojos.
Gitana, la gitana, la del olor impuro.
Florero de claveles. Zacatín de los piojos.
Pero no, no te vayas. Aquí tienes el duro.
Aquí tienes mi mano. Clava, clava tus ojos,
clávalos en los míos, si quieres. Yo te juro
sobre tus amuletos y quebrantacerrojos
y chusquines robados, que no temo el conjuro
de tus pestañas, aunque todos saben que pones
en ellas cierto dengue de hollín, cierto agorero
tiznajo de candiles, con sus invocaciones.
¡Ah! gitana de almíbar, pegajosa y lejana
como tu voz, ¡ah!, vete, vete cuanto antes. Pero
no te vayas aún, no te vayas, gitana.
Más pruebas habrá; para esta primera selección he tirado del recuerdo, buscando diálogos y cuadros antiguos, pero más tenemos. En sucesivas ocasiones iremos publicando los sonetos que he tomado en el orden en que están en el pdf (qué te lo puedes descargar) de Ramón García González.
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