Mostrando entradas con la etiqueta Mesonero Romanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mesonero Romanos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de abril de 2014

"Costumbres literarias", por Mesonero Romanos




Costumbres literarias

- I -

La literatura

«Virtud y filosofía
Peregrinan como ciegos:
El uno conduce al otro,
Llorando van y pidiendo.
LOPE DE VEGA.

Desde que en España hay literatura, se ha venido repitiendo constantemente que en ella no puede haber literatos; y siéndolo los mismos que dicen esto, preciso será creerlos bajo su palabra, y convenir con ellos en que el cultivo de las letras no es entre nosotros el mejor género de cultivo.

Y a la verdad ¿qué es un literato, meramente literato, en nuestra España? Una planta exótica a quien ningún árbol presta su sombra; ave que pasa sin anidar; espíritu sin forma ni color; llama que se consume por alumbrar a los demás; astro, en fin, desprendido del cielo en una tierra ingrata, que no conoce su valor.

Si, confiado en la superioridad de su genio, no supo unir la adulación a las dotes de su talento; si, mirando desdeñosamente los intereses materiales, no acertó a mendigar un favor del poderoso; favor menguado que apartándole de sus nobles ocupaciones, le convierte en lisonjeador de oficio o en mecánico oficinista; todo su saber, por grande que sea, bastará tal vez a conquistarle un lugar distinguido en las crónicas literarias del país; acaso la posteridad encomiará su genio; acaso levantará estatuas a su memoria; pero en tanto su vida se consumirá angustiosa en medio de las tristes privaciones; y aquel hondo despecho que produce en el alma un desdén injusto, abreviará sus días, y le conducirá muy luego al ignorado sepulcro, que en vano buscarán sus futuros admiradores.

Hubo un tiempo, es verdad, en nuestro país, que parecía presagiar a las letras más alta fortuna, más estimada consideración. Los siglos XVI y XVII, imprimiendo en este punto a las costumbres una tendencia bienhechora, vieron muy luego aparecer eminentes ingenios, que, consignando eternamente la gloria de aquella edad, recompensaron con usura los favores que de ella pudieron recibir.

Sin embargo, no bastó tampoco entonces el talento literario; preciso fue también unir a él la intriga cortesana, y saber prescindir en ocasiones del hombre de letras, para aparecer bajo el aspecto del hombre político o del discreto palaciego. -Los que, como Quevedo, Mendoza y Saavedra, supieron reunir estas cualidades a las de escritores, vieron recompensado su mérito con altos empleos, con regios favores, y figuraron airosamente entre los primeros hombres públicos de su tiempo; los que, como Cervantes, Lope y Moreto, limitaron su ambición a la gloria literaria, fueron, es verdad, el objeto de entusiasmo de su siglo, y pudieron presagiar en vida el tributo de admiración que había de rendirles la posteridad; mas sus trabajos, tan aplaudidos y admirados, no bastaron a asegurarles una cómoda subsistencia, ni a legar a sus hijos otra cosa que la gloria de sus nombres esclarecidos. -Lope de Vega
quedó empeñado al morir después de haber escrito dos mil comedias (que los cómicos solían pagarle a 500 rs.), y otras muchísimas obras sueltas; Calderón vendió todos sus autos sacramentales a la villa de Madrid por 16000 rs., y Miguel de Cervantes tuvo que mendigar el socorro de un magnate para dar a luz la obra inmortal que había de ser el primer título de la gloria literaria del país.

Cuando en el último tercio del siglo anterior volvieron a aparecer las letras, después de un largo periodo de completa ausencia, una feliz casualidad hizo que hombres colocados en alta posición social fueran los primeros a cultivarlas; y de este modo se ofrecieron a los ojos del público con más brillo y consideración. Montiano, Luzán, Jovellanos, Campomanes, Saavedra, Llaguno, y los padres Isla y González, el duque de Híjar, los condes de Haro y de Noroña, Viegas, Forner, Cadahalso y Meléndez, ocupaban los primeros puestos del Estado, las sillas ministeriales, las dignidades eclesiásticas, las embajadas, la alta magistratura y los grados superiores de la milicia; bajo este aspecto pudieron servir y sirvieron efectivamente, a las letras, tanto para adquirirlas en el concepto público aquel respeto que por desgracia solo se prodiga a los falsos oropeles, cuanto para estimular a la juventud a emprender una carrera que no aparecía ya como incompatible con los halagos de la fortuna.

Empero de un extremo vinimos a caer en el opuesto; los jóvenes se hicieron literatos para ser políticos: unos cultivaron las musas para explicar las Pandectas; otros se hicieron críticos para pretender un empleo; cuáles consiguieron un beneficio eclesiástico en premio de una comedia; cuáles vieron recompensado un tomo de anacreónticas con una toga o una embajada. -Y siguiendo este orden lógico se ha continuado hasta el día, en términos que un mero literato no sirve para nada, a menos que guste de cambiar su título de autor por un título de autoridad.

De aquí las singulares anomalías que vemos diariamente; de aquí la prostitución de las letras bajo el falso oropel de los honores cortesanos. -¿Fulano escribió una letrilla satírica? Excelente sujeto para intendente de rentas. -¿Zutano compuso un drama romántico, o un clásico epitalamio? Preciso es recompensarle con una plaza en la Amortización. -Aquel que hace muy buenas novelas, a formar la estadística de una provincia. -Este, que ha traducido a Byron; a poner notas oficiales en una secretaría. -El otro, que escribió un folletín de teatros; a representar al Gobierno español en un país extranjero.

Entre tanto, aquellos escritores concienzudos, que ven en el cultivo de las letras su sagrada y única misión, y que no sabiendo o no queriendo abandonarlas, esperan recibir de ellas la única corona a que aspiran, yacen arrinconados, y como se dijo al principio, peregrinos en su propia patria; y el pueblo que los mira, y los magnates que no comprenden la causa noble de su desdén, le arrojan al pasar una mirada compasiva, o llegan a dudar hasta de sus intenciones o su talento... -«¡Literato!... ¿Qué quiere decir literato?...», le preguntará la autoridad al empadronarle. -«¡Poeta!...», repetirá el pueblo... «¡Valiente poeta será él, cuando no ha llegado a ser ni siquiera intendente o covachuelo!».

De esta manera, la multitud, que solo juzga por resultados, se acostumbra a ver la literatura como un medio, no como un fin; como un título de elevación, no como un patrimonio de gloria; y entre tanto que ensalza y eleva al talento, y engalana la persona del autor con relumbrantes uniformes, deja olvidadas sus obras en la librería; y por una singular contradicción, aquellos mismos escritos bajo los cuales se escondía una elevada posición social, sirven al mismo tiempo para que el inhumano tendero envuelva en ellos las pasas de Málaga, o los quesos de roquefort.


- II -

El manuscrito

«Así se animarán nuevos autores a imprimir obras que vender al peso».
IRIARTE.

Y para hacer más sensible el argumento por medio de un ejemplo, figurémonos un autor que después de haber dedicado largos años a trabajar concienzudamente una obra literaria, ve por fin concluido el trabajo en que vincula la gloria de su nombre y las esperanzas lisonjeras de su porvenir...

¡Pobre autor! ¡Tú creías cuando dabas fin a la última página de tu libro, que nada te quedaba ya que trabajar, nada que padecer! -Pues entonces es cuando empieza tu verdadero sufrimiento, tu más ingrata tarea. -Por fortuna, en el día no tienes que temer las trabas de una censura arbitraria, ni necesitas mendigar un permiso, que las leyes actuales te conceden gratuitamente... Si hubiera sido hace algunos años, tu primera diligencia sería la de poner un pedimento en papel sellado, y cargado con él y con tu manuscrito, acudir a la escribanía de cámara del Consejo de Castilla, dejándolos allí confiados en manos de curiales entre despojos y moratorias ... ¡Qué agudo puñal para un escritor al dar el tierno adiós (que podía muy bien ser el último) a su amada obra, y arrojarla entre profanos, que midiéndola por su escasa inteligencia, no hacían escrúpulo en despreciar un manuscrito que acaso la posteridad miraría como un tesoro!

El secretario formulaba su relación, y cargando con el manuscrito entre los demás papeles del despacho, entraba al Consejo a dar cuenta de él entre un permiso de feria y un alegato de bien probado; -el tribunal mandaba censurar aquel, y el escribano era regularmente el que designaba el censor; y si la obra era de bella literatura, la remitía al guardián de San Francisco o al cocinero de los Mínimos; y si hablaba de Historia, no faltaba algún capellán de monjas; o un abogado del Colegio, si se trataba de una colección de poesías. -En vano el pobre autor trataba de adivinar por todos los medios posibles en qué manos se hallaba; este secreto era secreto de Estado, y los hombres de ley sabían guardarlo, y dar así a los censores todo el desahogo posible para que pudieran meditarla a su sabor dos o tres años.

¿Quién pintará las angustias de aquel mísero autor en este tiempo? ¿Quién sus exquisitas diligencias para descubrir el paradero de su futura gloria? Por fin, al cabo de muchos meses y de varios pedimentos de recuerdo, decretados por el tribunal, el tiránico censor devolvía la obra, o con una negativa terminante, o toda mutilada con inmundos borrones, que hacían desaparecer su mérito principal; y gracias, cuando no se metía a enmendarla de su propia autoridad y hacer decir al autor cosas que ni en sueños imaginara. -Satisfecho de este modo el tribunal de que el libro no contenía nada contra nuestra santa religión ni las regalías de la corona, solía conceder el permiso, y el autor se daba por muy satisfecho cuando a vuelta de algunos ducados, y aparapetado con su Real cédula, lograba recoger aquella oveja descarriada, su libro querido, todo desvencijado por manos impuras, y con sendas rúbricas en cada una de sus hojas.


Ahora, es verdad, los tiempos han cambiado; para ser autor no se necesita más que un buen ánimo; y en gracia de esta libertad, han llegado las letras a la altura que las vemos. Asombroso, a decir verdad, debe ser el número de obras importantes que han debido ver la luz desde que se abolió toda censura; nuestros escritores, que antes se escudaban con ella para justificar su silencio, han podido dar a conocer sus prodigiosos adelantos y su genio superior. Ciencias, artes, literatura, todo han podido tratarlo con extensión; nadie les ha ido a la mano... Desde entonces las imaginaciones han tomado un vuelo gigantesco, las luces se propagan, las prensas gimen, y... ¡desgraciada la madre que en estos tiempos no tiene un hijo escritor!... Por resultado de este movimiento admirable, benéfico, sublime, ¿dónde están las enciclopedias profundas, las filosóficas historias, los científicos viajes, las críticas novelas, los admirables poemas? -Sin duda que han debido abundar en estos tiempos de franquía político-literaria. -Sin duda que nuestros escritores se habrán dado prisa a vengar el honor nacional, y a responder victoriosamente a los terribles cargos que de dos siglos a esta parte les dirige la Europa entera... -Sí, señor, han respondido, han escrito multitud de volúmenes... de periódicos, llenos de partes militares o de alocuciones civiles. El público no quiere más historias que la historia contemporánea, ni busca otro progreso sino el progreso de la guerra.


- III -

La librería

«En literatura, el producto del trabajo esté en razón inversa de su importancia».
ADISSON.

Mas, volviendo a nuestro anónimo escritor, a quien hemos dejado con su manuscrito bajo el brazo, salvándole, cual otro Camoens, de los embates de las olas, sigámosle paso a paso en sus diligencias ulteriores hasta ver realizado el objeto de sus esperanzas.

Por de pronto, le encontraremos corriendo una a una todas las imprentas de Madrid, y cotejando formas, y demandando precios, y escogiendo papel, y reduciendo, en fin, a números todas las circunstancias del contrato, hasta arreglar convenientemente sus bases.

Pocas cosas hay tan entretenidas como ver a un literato ajustar una cuenta o formar un cálculo con aquella pluma con que suele volar por las vagas regiones de la fantasía. La falta de práctica y su escaso conocimiento de los guarismos le hacen equivocar a cada paso la cuenta; y suma y multiplica, y vuelve a sumar y multiplicar, y unas veces saca mil y otras un millón; y quien de 24 quita 6 deja 40, y llevo 7; dos mil ejemplares vendidos a duro hacen 200000 duros; rebajados 500 por el coste de su impresión, quedan 150000 duros limpios de polvo y paja... ¿A dónde vamos a parar?

Que se ajustan, en fin, literato e impresor, y que empieza la tarea de la composición y la corrección de pruebas, y el ajuste, y el pliego de prensa, y la tiración y retiración, y las capillas , y el alce y el plegado; y mi autor en algunos meses no sabe qué cosa es dormir, ni sosiega un solo instante; y unas veces riñe con el regente de la imprenta por la tardanza, y otras con los cajistas por la precipitación; y se desespera por una errata, porque en vez de tu mano esquiva, le han puesto tu mano de escriba, o en lugar de memoria póstuma han estampado memoria postema, u otros quid pro quos tan inocentes como estos, en que suelen incurrir los inocentes cajistas.

Llega, por fin, el suspirado momento en que, ya corrientes y encuadernados los ejemplares de impresión, va a proceder a la venta, y una mañanita muy temprano sale mi diligente autor a revistar uno por uno todos los esquinazos de Madrid, donde ha hecho fijar grandes cartelones con letras tan grandes como todo el libro; y se aflige y desespera porque unos los encuentran demasiado altos, y otros demasiado torcidos; cuáles empezados a rasgar; cuáles rasgados del todo; estos cubiertos por un anuncio de novillos; aquellos ofuscados por una función de cofradía. -Pero se consuela con que en aquel mismo día la Gaceta y el Diario han anunciado su obra en términos precisos, y que ya de antemano ha regalado un ejemplar a todos los periodistas de Madrid, los cuales, en conciencia no podrán menos de decir que la obra es excelente, y el autor un buen sujeto, con la demás música celestial de costumbre, no olvidando al final la librería donde se vende o se quiere vender.

Y aquí llamo la atención de mis lectores no madrileños, para hacerles un pasajero bosquejo de lo que es una librería en nuestra heroica capital.

Siempre que a su paso se encuentren una portada gótico-arabesca y hermoso cierre de cristalería; siempre que vean relucir en el interior brillantes dorados y transparentes, y coronada la pintada muestra por un cuerno de Amaltea o por una fama trompetera; aquello, por supuesto, no es una librería, sino un almacén de objetos más útiles, tales como guantes o confitura.

Siempre que miren un prolongado mostrador, asediado por multitud de bellezas mercantes, por infinidad de galanes paganos; allí, por supuesto, no se venden libros, sino sedas y cachemiras, ni se conocen otras letras que las de «Precio fijo», estampadas en góticos caracteres en el fondo del almacén.

Empero cuando vean un menguado recinto de cuarenta pies de superficie, abierto y ventilado por todas sus coyunturas, cubiertas las paredes de unos andamios bajo la forma de estantería, y en ellos fabricada una segunda pared de volúmenes de todos gustos y dimensiones, pared tan sólida e inamovible como la que forma el cuadrilátero recinto; -siempre que vean este, cortado a su término medio por un menguado mostrador de pino sin disfraz, tan angosto como banco de herrador, y tan plana su superficie como las montañas de la Suiza; -siempre que encima de este laboratorio vean varias hojas impresas a medio plegar, varias horteras de engrudo, y el todo amenizado con las cortaduras del papel y los restos del pergamino; -siempre que detrás acierten a columbrar la fementida estampa de un hombre chico y panzudo, como una olla de miel de la Alcarria, y vean sobre la abertura que forma la trastienda un pequeño nicho en forma de altar con una estampa de San Casiano, patrón de los hombres de letras; -siempre que encuentren, en fin, todas estas circunstancias, detengan el paso, alcen la cabeza, y verán en los dos esquinazos de entrada unos misteriosos emblemas de líneas blancas y coloradas, y sobre el cancel un mal formado rótulo, que en anticuadas letras dirá forzosamente: «LIBRERÍA».

A decir verdad, que nada es más a propósito para dar una idea del estado de la literatura en nuestro país, como el aspecto de las tiendas de libros, que sin celos ni estímulos de ninguna especie han visto progresar y modificarse, según los preceptos de la moda, a las quincallerías, floristas, confiteros, todos los almacenes de comercio, hasta las zapaterías y tabernas; y ellas, impasibles en aquel estado normal que las imprimió el siglo XVIII, han permanecido estacionarias, sobreviviendo indiferentes a las revoluciones de la moda y a las convulsiones heroicas del país.

Si, prescindiendo de la librería, consideramos aisladamente la persona del librero, hallaremos en él la misma inamovilidad, igual estoicismo que en aquella. -Desdeñando con altivez todos los esfuerzos del resto del comercio, vive tranquilamente encuadernado en su mostrador de pino y sus anaqueles de becerro, repartiendo el producto del humano saber con sus compañeros los ratones (que hoy los hay con un hambre del año 12). Si escucha hablar del colosal movimiento de los libreros de Londres y de París, del lujo de sus almacenes, de la pompa de sus catálogos, y de sus grandes empresas mercantiles, el librero madrileño sonríe desdeñoso, y sigue sin responder plegando calendarios o dando a los cartones una mano de engrudo. -Si se le pregunta por el mérito de una obra, responde con indiferencia: -«No es cosa; no se han vendido más que cien ejemplares». Para él la pauta de todos los libros está en su libro de caja, y por este estilo aprecia más que las obras de Homero, el Sarrabal de Milán; y mucho más el Arte de cocina, que los Varones ilustres de Plutarco.

Ocupado sin cesar en sus mecánicas tareas, escucha con indiferencia las interesantes polémicas de los abonados concurrentes (todos por supuesto literatos), que ocupan constantemente los mal seguros bancos extramuros del mostrador; los cuales literatos, cuando alguno entra a pedir algún libro, le glosan y le comentan; y dicen que no vale cosa; y después de juzgarle a su sabor, le piden prestado al librero un ejemplar para leerle. Y mientras tanto ojean un periódico, y mascan y muerden a su sabor el artículo de fondo, y luego la pegan con la comedia nueva y hacen una disección anatómica de ella y de su autor. Todo hasta que dan las dos, hora en que el librero, recogiendo sus chismes, les invita a comer la puchera, que es lo mismo que decirles que se vayan a la calle. Y luego cierra la tienda, y come y duerme su siesta, y vuelve a abrir, y vuelve a reproducirse la escena anterior.

Pero si mal no me acuerdo, dejamos a mi autor caminando hacia la librería; pues bien, figurémonos que entra en ella a la sazón que acaba el librero de despachar un ejemplar, el tercer ejemplar de su obra, y que los literatos del banquillo han abierto la discusión sobre ella.

-¿Ha leído V., señor don Hermógenes, ese libro nuevo?

-¡Cómo si lo he leído! Página por página me lo ha consultado su autor.

-¡Calle! ¿conoce V. al autor?

-Pues ¡no le he de conocer, si ha sido discípulo mío! y dé gracias a mis advertencias y correcciones, que si no... pero callemos, que no es cosa de decirlo todo; dejémosle gozar tranquilamente de los honores del triunfo.

-Me han dicho (replica D. Pedancio), que es un muchacho de mérito, y que...

-Sí, señor, tiene chispa, y si estuviera bien dirigido...

-¿Cómo bien dirigido? ¿pues no he dicho que le dirijo yo?

-Tiene V. razón, y a decir la verdad, ya me parecía a mí que era imposible que ese mozo hiciera por sí nada de provecho; figúrense ustedes que le he conocido hace veinte años jugando a la rayuela todas las tardes con los chicos de mi vecino don Abundio... y luego, señor, lo que yo digo, ¿qué han de saber estos muchachos, ni qué universidades han cursado, ni qué oposiciones han sostenido, ni...?

(Mientras este ligero diálogo, el joven autor ha entablado un aparte con el librero para informarse de la venta; y luego que este le asegura que en todo el día ha realizado tres ejemplares, hace un gesto expresivo, da un suspiro, y lanzando una mirada fulminante a los interlocutores, se sale precipitadamente de la tienda.)

-Oiga V., señor amo de casa, ¿no querrá V. decirnos quién es ese caballerete que acaba de salir?

-Ese caballerete (responde el librero), es un amigo de todos ustedes y protegido de mi señor don Hermógenes.

-¿De verdad?

-Sí, señores, es el autor de quienes ustedes hablaban, y no sé cómo no lo han conocido.

-A la verdad, replican todos, que está bastante desfigurado... y luego esta vista tan cansada... ¿no es verdad, V., señor don Pedancio?

Los quince primeros días repite diariamente el joven la visita a la librería, y ajustando mentalmente la cuenta, saca la consecuencia de que en ellos ha despachado veinte y cinco ejemplares; y sin embargo, todo el mundo le habla de la obra, y todos sus amigos se la elogian y le colocan a par de Cervantes; es verdad que él ha tomado la precaución de regalársela a todos; y al cabo del mes pide cuentas al librero, el cual se la da de treinta ejemplares; al segundo mes de diez, y al tercero de ninguno; y entre tanto el impresor le ha cobrado la suya, y el encuadernador igualmente; y advierte, en fin, que su futura gloria le ha costado un purgatorio presente; y que en vez de los ciento cincuenta mil duros de ganancia, se halla con cien doblones de menos en el bolsillo.


- IV -

El autor

«Oui, j'aime mieux, n'en deplaise à la gloire, vivre au monde deux jours que mil ans dans l'histoire» .
MOLIÈRE.

Y con perdón de la gloria,
mucho más estimaría
vivir en el mundo un día
que mil años en la historia.

Entonces reconoce la ingratitud del siglo, y medita filosóficamente sobre la ignorancia de la multitud; pero templa su dolor con la consideración de los inconvenientes de la riqueza, y la gloria que le brinda la fama en las futuras edades, con lo cual se determina a pasar el resto de sus días dedicado a la filosofía y al estudio. -Mas desgraciadamente llega el día 30 del mes, y el casero le recuerda el alquiler del cuarto; la patrona le reclama el gasto de la casa; el sastre tiene la inhumanidad de presentarle la cuenta, y hasta el grosero asturiano que le sirve se atreve a interpelarle sobre el pago de su salario.

El desdichado autor cae entonces bruscamente desde su cielo ideal en este mundo mecánico y positivo; mira con dolor que el ingenio es un capital pasivo, que no empieza a producir hasta después de la muerte; que la sabiduría no tiene cosecha, o que si siembra ideas es para recoger únicamente desengaños; que hacer libros donde nadie lee, es ponerse a fabricar rosarios en Pekín; que aquella individualidad, aquella sublime excepción a que ha aspirado por resultado de sus tareas, le han constituido en una situación exótica en medio de una sociedad material y positiva; y que, en fin, todo su talento, toda su nombradía, no pueden hacerle prescindir de aquellas necesidades que esta misma sociedad le impone.

Entonces es cuando, dando un nuevo giro a sus ideas, las materializa y dirige a un resultado positivo; entonces cuando hace el sacrificio de su futura gloria en gracia de su vivir presente, y trata de hacer valer sus circunstancias para llegar a clasificarse en esta misma sociedad que antes miraba con enfático desdén. Entonces es cuando cambia las bibliotecas por las antesalas; los profundos volúmenes por los periódicos fugitivos; las relaciones literarias por las encumbradas y políticas. Entonces cuando hace la oposición o la defensa de los ministros; entonces cuando brilla en su mayor esplendor, y todos alaban su talento, y pasa de mano en mano altamente recomendado, hasta que da en las de un poderoso mecenas, que, en justo galardón de sus conocimientos literarios, o de su numen poético, le encaja una contaduría de estancadas o una administración de correos, con lo cual el ex-autor hace almoneda de sus libros, vende al peso todas sus impresiones a un almacenista de chocolate, y marcha satisfecho a desempeñar su destino y a firmar oficios y cargaremes.

Y aquí concluyó el literato, y empezó su positiva carrera el funcionario público.

(Marzo de 1837)

lunes, 20 de enero de 2014

Mesonero Romanos en "El salón de oriente"

El salón de Oriente

Abriose, en fin, el Salón de Oriente, este hermoso paréntesis entre la guerra civil y los empréstitos forzosos; entre la falta de pagas y los debates parlamentarios; entre el Palacio y el Espíritu Santo; entre la aristocracia y la democracia; entre la edad pasada y las futuras edades; entre la miseria y la opulencia; entre los antiguos amores y los amores nuevos; entre las harturas de Navidad y las abstinencias de Cuaresma; entre los desengaños de 1836 y las esperanzas de 1837.

Abriose, en fin, absorbiendo en su bullicioso seno la política, los triunfos militares, los reveses parlamentarios, los discursos periodísticos, las felicitaciones, las oposiciones, los planes de campaña, los presupuestos, las pretensiones, las relaciones, las enemistades y desvaríos de un pueblo grande, en cuya marcha tienen fija la vista los demás pueblos, y que en este momento se entrega apaciblemente a las gratas combinaciones de la mazurca.

Justo es que, dando al tiempo lo que es suyo, sigamos el impulso general y abandonemos también por un momento los modestos objetos a que ordinariamente nos dedicamos, para tratar del ídolo del día; que olvidemos las ciencias y la literatura por la máscara y el dominó; las narraciones históricas por el ruido de las músicas y la danza, y los monumentos de la antigüedad por el moderno salón oriental.

Las fuerzas, sin embargo, me abandonan cuando quiero penetrar en aquel complicado laberinto y pretendo traducir las páginas de un libro que a medida que la edad va clareando mis cabellos se me hace menos inteligible y expresivo.

Colocado enmedio del salón, veía indiferente y con aire de estupidez el rápido movimiento, los encontrados giros de moros y valencianas, de beatas y dominós, de arlequines y capuchones. -Para mí todos aquellos encuentros eran casuales, todas aquellas separaciones imprevistas. -Semejante al que mira jugar sin entender el juego, parecíame a veces que tal jugador debía triunfar cuando renunciaba, que tal otro debía pasar cuando tenía un estuche. -Aplaudía sin oportunidad, reía fuera de tiempo, y daba la vuelta por el salón para abrogarme el aspecto, de antiguo conocido, y el salón me respondía con la más profunda indiferencia. De aquí vine a sacar una gran verdad, y es que el año de 1837 no era el de 1832; que nuestra época había pasado, que otra generación nos había sucedido, y que tranquilamente y sin apercibirlo nos hallábamos ya colocados entre los desperdicios de la clásica antigüedad.

Resignado con la suerte, íbame a retirar sin osar penetrar en los arcanos de aquel interesante cuadro, cuando, quiso la fortuna depararme el más oportuno instrumento, para dibujar hasta una forma microscópica todos los colores y matices de aquella escena; un completo diccionario de aquellas simbólicas páginas; una brújula, en fin, segura para navegar con acierto en aquel agitado mar.

Consistía, pues, mi feliz encuentro en una de esas muchachas chiquitas, estereotípicas y de faltriquera, que se reproducen en todas partes y a todas horas, como una edición completa a mil ejemplares; que en invierno solemos hallar en el Prado tomando el sol, y en verano tomando la luna; que en febrero engañan con máscara de alegría, y en marzo con máscara de devoción; que en abril asisten a las tinieblas, y en mayo a la pradera de San Isidro a ver salir el sol; que en junio pasean la carrera del Corpus, y en julio la de la plaza de toros; que en agosto se bañan en todos los establecimientos posibles, y en setiembre ya están puestas en feria en la calle de Alcalá; que en octubre miran los cuadros de la Academia, y en noviembre los epitafios del campo santo; que en diciembre frecuentan los dulces de la Plaza, y en enero los patines del Retiro; y que en todos los meses, en todos los días, en todas las noches, llenan todas las calles, todas las tiendas, todas las iglesias, todas las tertulias, todas las procesiones, todos los circos, todas las romerías, todos los teatros, todas las misas de tropa, todos los entierros, todas las revistas, todas las entradas triunfales y todas las asonadas; desde la puerta de Toledo hasta el jardín de Apolo; desde la Plaza de Toros a la Casa de Campo; muchachas, en fin, pólipos, azogadas, imánicas, verdaderos caleidescopios multiformes, reproducciones fantásticas, y resolución práctica del problema del movimiento continuo.

Esta muchacha, viva, corretona y sulfúrica, era, como si dijéramos, una segunda edición, corregida y aumentada de cierta mamá verde, en plena posesión de sus treinta y ocho carnavales y de sus veinticuatro reales de Monte Pío, y viuda con quien yo había simpatizado bastante en mis años juveniles.

El lector me perdonará si me veo precisado a hacer aquí esta ligera revelación, pues no puedo de otro modo explicarle la franqueza con que la niña, atravesando el salón, vino flechada a encontrarme a uno de sus ángulos, donde a guisa de estatua de rinconera me hallaba entretenido con mis pensamientos, falto de mejor ocupación.

-¿Qué hace V. ahí? (me dijo mi amable interlocutora con una voz que penetró en mis oídos como un recuerdo de mis alegres años, cual un viento de primavera en una tarde canicular).

-¿Qué tengo de hacer? -respondí procurando poetizar un si es o no es mi discurso -estaba contando las luces del salón; pero en este momento echo de ver que había errado la cuenta, pues no había visto las dos que ahora me iluminan.

-¡Bah, bah! ¡Lindo retruécano! ¡Gusto clásico! Por esas señas, si V. trata de darnos la estadística del salón, escribirá que tiene cuatro mil pies, si es que son dos mil los concurrentes.

Un si es no es me desconcertó la respuesta, por la parte que ridiculizaba mi concepto; pero no pude menos de confesar que tenía razón, y se la dí, y el brazo para conducirla hasta el otro extremo del salón, donde a la sazón se hallaba la viuda madre, verificando, por lo que pude sospechar, la conversión de un sarraceno a su creencia.

En peor ocasión no podríamos llegar a la presencia maternal. -Esta voz mamá, dirigida por una muchacha de quince años a una vestal, delante de un moro adorador de su cándida inocencia, era una verdadera interpelación exótica, grosera y como lo son las más de las interpelaciones; por otro lado, mi presencia al lado de la hija venía a ser un discurso entero de oposición; era un drama completo, unas memorias autógrafas en cuatro tomos.

La sacerdotisa de Vesta se encontró, pues, tan desconcertada como un ministro tribunizado, o como un jugador de maños a quien hayan acertado la trampa; pero acordándose luego de sus treinta y ocho, nos dijo con entera seguridad: -«Tu mamá ha cambiado de traje conmigo, yo la he dado mi pasiega, y ella me ha dado, su vestal».

Y hétenos aquí, lector carísimo, buscando un zagalejo amarillo por aquellos, salones, corredores y escaleras, y preguntando a todos por una pasiega que primero había sido vestal.

Pero en vano; todas las vestales se ofendían de que las tomásemos por pasiegas, y ninguna pasiega estaba tampoco conforme en parecernos vestal.

Durante esta larga travesía, que para mi volátil pareja no fue sino un breve episodio, vino a revelarse en mí la acción principal de aquella noche. Y si no temiera abusar de la paciencia de mis lectores, daríales cuenta de las observaciones crítico-filosóficas que la inteligencia de aquella me proporcionaba; expondríales d'après nature todas las escenas, antes mudas a mis ojos, y ahora tan expresivas y significantes, auxiliado por el natural instinto de mi compañera. Ella reía, burlaba, preguntaba, respondía, observaba, y hacía, en fin, lo mismo que en ocasiones semejantes solía yo hacer algunos años antes; mi imaginación iba colgada de mi brazo; mi cabeza descansaba en la más profunda inacción; el Príncipe, Solís, Trastamara, San Bernardino, Abrantes, Santa Catalina, todos los sitios fecundos en sucesos, que para mí venían ya a ser otros tantos acusadores de mis años, otras tantas guías atrasadas, otros tantos laureles marchitos, reproducíanse a mi vista con todos sus encantos y frescura. Placíame en recorrer con aquel precioso talismán el magnífico salón, y vivificado con su fuego, veía renovado en mí aquel sentimiento bullicioso, maligno y juvenil, que algunas horas antes creía extinguido para siempre. Ya no me parecía el baile monótono, confuso y desacordado; ya no hallaba a la concurrencia fatigada, displicente y distraída; todo en mi imaginación había recibido un nuevo sentimiento; la agitación y el movimiento eran entonces condiciones de mi existencia; el ruido y el continuo roce, el resplandor de las luces, los vapores de la atmósfera, obraban fuertemente en mis sentidos. Necesitaba ya, como antiguamente, correr del salón a la fonda, de los tocadores a las piezas de descanso, de la tribuna a la sala de juego; y aquel continuo vagar por tránsitos y escaleras, y preguntar a todos y no responder ninguno, y respetar los misteriosos coloquios de los ángulos de las salas, y evitar las banquetas donde tienen su asiento las mamás inamovibles y sólidas, y embrollar al paso alguna pareja dichosa, y servir de punto de conciliación a las nuevas intrigas en agraz.

No sé cómo explicarlo; pero aquella muchacha había cambiado mi existencia, había hecho retroceder mi edad. Ya no había para mí Oriente, ni observaciones, ni 1837 -había únicamente amor, máscaras y 1832.

A imitación de mi cabeza, mis piernas se hallaban también aligeradas; y luego ¿quién no vuela en alas de un serafín? No hubo más, sino que al ruido de la música, vínome a la memoria el olvidado compás, y creyéndome el genio de aquella sílfide, improvisé una galope instintiva, espontánea, aérea, que... Mas ¡oh dolor! mis pies, entumecidos de algunos años, se rehúsan al movimiento... mi pareja sigue la figura en los móviles brazos de un barbudo galán, y... ¡ay de mí!... ¿qué es esto?... las luces... se apagan las luces... la gente desaparece... el ruido se convierte en silencioy se abre una puerta... alguien me toca. -¿Eres tú, divina criatura?... ¿qué es esto?... ¿quién me mueve?...

- Señur, las ochu en puntu ...

-¡Ah, maldito gallego!

¡Desapareció la ilusión! Todo se explica. El salón era mi alcoba; el que entraba a llamarme, mi gallego; el baile, un sueño; y mi amable pareja, aérea, incorpórea, impalpable era, en fin, mi imaginación, que no quiere aún renunciar a la juventud.

lunes, 13 de enero de 2014

Mesonero Romanos en "Mi calle"

Mi calle

«Si hacen de mi humor desdén,
No tienen más que gustallo,
Mientras por tonto echo el fallo
A quien no le sepa bien».
IGLESIAS.

Cierto que es preciso haber nacido con una inclinación bien pronunciada hacia la observación de las costumbres, para pretender seguir describiendo las nuestras en los tiempos de rápida transición y de movilidad prodigiosa que alcanzamos. -Si la primer circunstancia recomendada por el artista para obtener la semejanza de un retrato es la inmovilidad completa del original, ¿cómo pretender alcanzar aquella cuando el modelo se cambia y agita en todas direcciones y a cada momento, y ora ríe y charla y se envanece, haciendo pomposo alarde de su arrogancia, ora se lamenta y esconde como para ocultar su abyección y miseria? ¿Cómo y en qué momento sorprender a un ave que vuela, a un niño que crece, a una rueda que gira, a un pueblo antiguo, en fin, que desaparece y se confunde en otro nuevo, que renuncia lo pasado y sacrifica lo presente por entregarse a las ilusiones y esperanzas del porvenir?

Y cuenta, señores lectores, que aquí no voy a tratar de los grandes acontecimientos políticos que diariamente vemos sucederse entre nosotros; mi particular condición me mantiene a una distancia respetuosa para querer ocuparme en ellos, y nunca mi modesta pluma lo ha pretendido, ni a mí intentado. En este punto digo con Mercier: -«Pasajero en el navío, no pretendo gobernar al piloto». -Empero aquellos acontecimientos, aquella vitalidad asombrosa de este siglo del vapor, que atravesamos, imprimen a las costumbres su reflejo, prestan al nuestro su carácter rápido e indeciso; y bajo este aspecto entra en la jurisdicción del Curioso el considerarle, no ya en los profundos y enmarañados bosques de la ciencia política, no, en el animado cuadro de la historia contemporánea, sino, en el no menos armónico y consecuente de los usos y costumbres populares. -Quédese para espíritus más elevados, para plumas mejor cortadas, el indagar y desenvolver las causas; mi natural cortedad me limita a los efectos más prosaicos y palpables.

Reducido a este estrecho recinto, apenas llegan a mi noticia los acontecimientos públicos; ni frecuento los salones políticos; ni los señores periodistas de todos los colores del iris ven mi nombre en las listas de sus abonados; ni el cartero sabe las señas de mi habitación; ni en los cafés hago otra cosa que beber; ni pueden quejarse de mí las tiendas de la calle de la Montera ni las losas de la Puerta del Sol. -Pero, en medio de este aislamiento, y cuando las ideas vienen, por decirlo así, a materializarse, no puedo menos de observar en ellas la marcha de este siglo corretón y que parece que va huyendo de su sombra. -Como de paso, y desde el ventanillo de una diligencia, veo sucederse los hombres y las cosas, cual se suceden en un camino los troncos y los brutos, y multiplicada la rapidez con que ellos marchan por la rapidez con que yo vuelo, viene a reproducirse en mi imaginación un resultado tal de movimiento, que apenas acierto a bosquejar en ella ni aún los objetos más notables.

Así que, procediendo por impresiones del momento y sin ningún conocimiento de causa, no es extraño que lleguen a sorprenderme las cosas que me saltan al paso, y que, a falta de conocer su objeto, venga a deducir consecuencias que, por lo naturalmente simples y materiales, pudieran figurar airosamente en el diccionario de Pero Grullo. Por ejemplo:

Cuando recorriendo de esta manera las calles de nuestra capital veo darse tanta prisa a derribar edificios monumentales, supongo de buena fe que habría sobra de ellos; cuando veo construirse anchas aceras y cuidarse de la mayor comodidad de los pedestres, entiendo que acaso vayan a suprimirse los coches; cuando advierto la riqueza excitante de las tiendas, calculo la ingrata esquivez de los compradores; cuando reparo en la elegancia y profusión de nuestras boticas, saco la consecuencia del profundo saber de nuestros médicos; la variedad y confusión de los trajes me hace sospechar la que reina en las opiniones; la enciclopédica ostentación de los esquinazos de la Puerta del Sol me pone al corriente del estado brillante de nuestra literatura; y la grata diafanidad de los nuevos faroles me convence plenamente de que estamos en el Siglo de las Luces.

Mas ¡oh contraste! ¡contraste verdaderamente romántico y teatral! Cuando miro el empedrado de algunas calles, las casas a la malicia, los calesines desvencijados, las escaleras de la Plaza, los tocadores al sol de la calle de Lavapiés, la fuente de la Puerta del Sol, las droguerías de la calle de Postas, el teatro de la Cruz, la fachada del Hospicio; entonces, como que prescindo de todo lo demás que vi, y recuerdo entre sueños el Madrid pasado; aquel Madrid de la clásica antigüedad, que cada día me veo precisado a arrancar hoja a hoja del "Manual".

Vuelvo a repetirlo: el espectáculo de nuestras costumbres actuales, de estas costumbres indecisas, ni originales del todo ni del todo traducidas, ni viejas ni nuevas, ni buenas ni malas, ni serias ni burlescas; esta mezcla de nuestros propios gustos con los gustos aprendidos en el extranjero; este refinamiento de lujo al lado de la más espantosa miseria; esta inconstancia de ideas, que nos hace abandonar hoy el proyecto de ayer, y deshacer lo hecho solo porque existe; y ensayarlo todo, y todo exagerarlo; y llevar el género clásico-retrógrado hasta dormir, y el romántico-progresivo hasta accidentarse; y silbar a los unos y a los otros; y matarse porque se escriba, y luego no comprar un libro; y correr desde los toros a la ópera italiana, desde la tribuna al sermón, desde las sociedades políticas al Prado, desde lo alto a lo bajo, desde lo pasado al porvenir, y desde lo presente a lo pasado; desde el año 8 al 14 y del 14 al 8, del 23 al 14 y del 33 al 20, del 36 al 12 y del 37 al... ¡sábelo Dios!... Todos estos vaivenes todas estas inconsecuencias, toman forma material, por decirlo así, en nuestras casas, en nuestros trajes, en nuestras diversiones, en nuestros placeres, en los usos, en fin, más indiferentes de nuestra vida privada.

Un filósofo práctico no puede dejar de ver todo esto con solo recorrer las calles de Madrid; y sin ser Víctor Hugo, ni estar acostumbrado a trasladar el lenguaje de las piedras al idioma vulgar, no podrá menos de reconocer estos vaivenes, esta incertidumbre en todos los objetos que hieran sus sentidos. -Ellos le ofrecerán una población rica y pobre, indiferente y agitada, atrasada y progresiva, con recuerdos y con esperanzas, con fanatismo y con filosofía; mezcla, en fin, de lo delicado y lo grosero, de las épocas que pasaron y de las que van a suceder.

Puede que haya alguna exageración poética en este aserto; pero yo veo todo esto y ala más en las calles de Alcalá y de Lavapiés, de la Montera y del Barquillo, de San Antón y de Carretas. -Pero ¿qué digo? sin salir de la mía pudiera presentar a mis lectores un compendio que bastára a probar ex ungue leonem; -y por cierto, ya que he nombrado mi calle, no quiero renunciar a trazar este ligero verbigracia, este prospecto sustancial, siquiera parezca impertinente y como traído a mi intento por la cabellera.

Figúrese, pues, el que guste acompañarme, una calle que, sin ser elegante ni bulliciosa de suyo, participa de la influencia de dos de las principales de Madrid, a quienes sirve de paso y comunicación. Con solo salir de una de estas y dar un paso en la mía, ya se ha retrogradado dos siglos, ya se ha constituido el viajero, no diremos en el Madrid de los moros, pero al menos en el de Cervantes y Calderón. -Las anchas y cómodas aceras, camino real de Pontejos, no han penetrado aún en este modesto recinto, ni lo permite su estrechez ni torcida dirección, semejante en lo indecisa a la que llevamos en lo que va de siglo; un empedrado menudo, vacilante y desigual, forma la base de su sistema; algunas de sus casas, aparentando marchar con el siglo, elevan su cándida frente sobre los edificios estacionarios que las rodean; y el lujo y la juventud de aquellas contrastan singularmente con la decrepitud y desaseo de estas; unas y otras, empero, por sus formas respectivas, revelan, ya el esplendor, ya la miseria de sus habitantes, y de aquí el que los efectos del ya citado contraste se extiendan, no tan solo al aspecto físico de las casas, sino también a las inclinaciones, usos y condición moral de sus pobladores.

Para proceder con el orden debido, o lógicamente, como dicen los escolásticos, podemos tomarnos la molestia de penetrar por una de las entradas de dicha calle, deteniéndonos, según conviniere, en aquellos objetos más marcados. -Por de pronto, se nos presenta interrumpida la línea general de las casas por dos o tres de ellas, que intestan algunos pies más retiradas que las demás, lo cual, sin duda, debió originarse de algún plan de desahogo y de mejora de esta calle, que existiría en los tiempos antiguos, y que, como todos los planes de mejora que se forman en España, fue abandonado después. -Este ligero recodo forma lo que en Madrid se llama una plazuela, bien que (sea dicho en verdad) tan incógnita, que aunque con su rótulo y todo, se escapó a la solícita averiguación del último corregidor de la villa. -Ustedes, señores lectores, querrían que yo compulsase el dicho rótulo, aunque no fuese más que para sacar el ovillo por el hilo, y averiguar de esta manera la calle que hoy me toca sacar a la escena; pero ¿no conocen VV. que esto sería demasiada candidez, candidez semejante a la del pintor de Orbaneja, o a la de aquel otro que, habiendo trasladado en su lienzo a San Antón y su inseparable compañero, puso debajo, para evitar dudas indiscretas: «Este es San Antón, y este otro es el cochino»? -Yo, en fin, no he de revelar el nombre de mi calle, sino dar tales señas de sus facciones, que aquel que la conozca no pueda menos de exclamar: «Esta es».

Volviendo a la plazoleta de su entrada, no hay que alegar de su inutilidad, pues que sirve de común patrimonio a un herrador, a un carbonero y a una cabrería, los cuales alternan armónicamente en su tranquila posesión, según las horas del día, a saber: el carbonero, durante las primeras de la mañana, procediendo al descargo y encierro de las seras de carbón, operación atlética, en que los robustos asturianos ofrecen gratis un espectáculo no menos prodigioso que el de los señores Darrás y Manche; el herrador, en lo restante del día usa de la plazuela acondicionando bestias de toda especie; y el cabrero, al anochecer (como es uso y costumbre en toda égloga), echando a pacer las mansas cabrillas, no ya la hierba aljofarada, sino los pedazos de tachuela y los desperdicios del cisco.

Una taberna (con perdón) sale al paso, y detendría al menos aficionado, si no fuera por otras tres o cuatro que se disputan con ella el surtido de la calle; pero cuenta que la que hablamos es taberna filosófica, con dos puertas como el templo de Jano, una de paz y otra de guerra; una pública y ostensible, otra disfrazada en un portal ¡y qué portal!... portal-pasaje, que comunica con una calle principal y con una oficina, y luego por la parte de arriba huéspedes, y qué sé yo cuántas cosas... ¡Feliz situación de establecimiento!

«¡Si es o no invención moderna,
Vive Dios que no lo sé!
Pero delicada fue
La invención de esta taberna».

Las casas nuevas y renovadas se ostentan por lo regular en la acera izquierda; la derecha la ocupan las accesorias de dos establecimientos públicos; el uno, financiero ; el otro, artístico ; aquel, concurrido; este, solitario; este, demostrando en su lúgubre manto el miserable estado de las artes en España; aquel, dando a conocer en su animación la tendencia y objeto de este Siglo del Oro. Uno y otro, a decir verdad, podrían haberse ido a situar a otra parte, y no venir a oponerse a la propagación de nuestras luces. Afortunadamente para el último tercio de la calle, ciertas tapias de un convento de monjas favorecen a la claridad del frente, máxime después que la revolución ha venido a batir las cataratas o pantallas de los balcones. -Esto en cuanto a la vista; en cuanto al olfato, no nos falta ocupación a los vecinos de la tal calle, teniendo a mano la sección central del diabólico invento de Sabatini; -más allá brinda mil placeres al gusto un establecimiento gastronómico de seis reales abajo; -tres o cuatro barberos, oportunamente colocados, se encargan por su parte de asegurar al oído sus más punzantes sensaciones; -y por último, algunas cortinillas vergonzantes dejan adivinar otros estímulos al más perseguido y envidioso de los sentidos.

De todo hay, pues, en esta enciclopédica calle: lujo e indigencia, clásico y romántico, virtudes y yerro, oro y estiércol; y todo en cuatro pasos, como quien dice; y en estos cuatro pasos, que dan VV. todos los días, señores lectores, distraídos e indiferentes, no habrán hecho alto en el bullicio de las tabernas, ni en el silencio del convento; ni en la desentonada vihuela y la seguidilla del entresuelo, ni en el armónico piano a la preghiera del príncipal; ni en la carretela parada a una puerta, ni en la sabatina que sale por otra; ni en los cabritillos que triscan ni en los muchachos que retozan; ni en las casas al estilo de Londres, ni en las otras al estilo de Leganés; ni en los empleados que entran, ni en los que salen; ni en los huéspedes forasteros, ni en los habitantes indígenas; ni en la elegante romántica de la Edad Media, ni en la compaseada manola de la mantilla de terciopelo; ni en los dichosos del día, ni en los desdichados de la noche; ni en nada, en nada, en fin y de todo lo que constituye este variado espectáculo, este cuadro de fantasía que llamamos... -¿Su calle de V.? -Sí, señores lectores, la de ustedes, la mía, cualquiera de las calles de Madrid: se entiende, del Madrid de 1837.

*Mesonero Romanos vivió en la calle Angosta de San Bernardo, actualmente Calle Aduana, entre Gran vía y Alcalá, y que corta a Montera.

lunes, 20 de mayo de 2013

"El día de toros" de Mesonero Romanos

El día de toros

- I -

Casa de vecindad

En una parte más intrincada y costanera del antiguo y famoso cuartel de siguiendo por la calle de la Fe, como quien se dirige a la parroquia de San Lorenzo, y revolviendo después por la diestra mano para ganar una altura que se eleva sobre la izquierda, hay una calle, de cuyo nombre no quiero acordarme, que tiene por apéndice oriental un angosto y desusado callejón, de cuyo nombre no me acordaría aunque quisiera.

Entre esta calle y este callejón, y formando escuadra los límites ordinarios de ambos, descuella sobre las inmediatas un caserón de forma ambigua, tan caprichoso y heterogéneo en el orden de sus fachadas, como en el de su distribución y mecánica interior. El aspecto de la primera de ellas, que sirve a la calle principal, no ofrece, ni en la forma de su entrada, ni en la triple fila de balcones, ninguna discordancia con la de los demás edificios que pueblan el casco de esta noble capital; antes bien, sujeta en un todo a las formas autorizadas por el uso, encubre con el velo de cándida Vestal (inocente disfraz harto común en las casas de Madrid), deformidades y faltas de más de un género. -Por el opuesto lado es otra cosa; el color primitivo de la pared, en que la azarosa mano del tiempo ha impreso todos sus rigores; la combinación casual de ventanas y agujeros; el alero prolongado; el estrecho portal, y más que todo, la extravagante adición de un corredor descubierto y económicamente repartido, en sendas habitaciones o celdillas, prestan al todo del edificio un aspecto romántico, que revela su fecha y el gusto de la época de su construcción.

El interior de esta mansión no es menos fecundo en halagüeños y significativos contrastes. Cualquiera que entre por la escalera principal no advertirá en la respectiva colocación de las puertas de cada piso notable disparidad con lo que está acostumbrado a ver en las demás casas de Madrid, y costarale trabajo persuadirse de que en ésta puedan encontrar habitación independiente sesenta y dos familias, que, puesto que habitantes de un mismo pueblo, de un mismo barrio, de una misma casa, representan ocupaciones, gustos y necesidades tan distintos, como son discordantes entre sí los guarismos que forman el precio de su alquiler. Empero esta duda cesará de todo, punto, si, guiado por la natural curiosidad, acierta a traspasar el límite que separa la aristocracia de la tal casa de la parte que constituye su tripulación popular.

Preséntasele, pues, para este paso al nuevo Magallanes un nuevo estrecho o pasillo, que lo conduce desde el piso segundo al cuadrado patio, en torno del cual se ostenta el abierto corredor de que arriba dejamos hecha mención. La multiplicidad de las puertas de las viviendas que interrumpen los lienzos causarale por el pronto alguna confusión; pero muy luego adoptará por brújula para navegar en tan procelosos mares los sendos números que mirará estampados sobre cada una de aquéllas. Por último, si, limitado al objeto de mero descubridor, buscara, la salida de aquel archipiélago, y su comunicación con la calle, no será para él objeto menor de admiración el encontrarla directamente a aquella altura (el piso segundo) por la parte del callejón excusado; notable desnivel de algunos sitios de Madrid, que permite a varias de sus casas tan estrambótica construcción.

- II -

Antes de la corrida

En el intrincado laberinto que queda bosquejado, todo era animación y movimiento uno de los pasados lunes, en que según la piadosa y antigua costumbre, celebraba la Junta de hospitales una de las funciones de la temporada en el ancho circo de la puerta de Alcalá. Era día de toros, y los que conocen la influencia de estas palabras mágicas para la población madrileña, pueden calcular el efecto producido por semejante causa en las trescientas setenta y dos personas que por término medio pueden calcularse cobijadas bajo aquel techo.

El movimiento, pues, estaba a la orden del día, y por emblema de él ostentábase a la puerta principal un almagrado coche de camino, abierto y ventilado por todas sus coyunturas, y arrastrado por seis vigorosas mulas, cubiertas las colleras de campanillas y cascabeles; al paso que por la puerta del costado dejábanse contar hasta cuatro calesines de forma análoga, dirigidos por mitad entre los menguados caballejos de sus varas, y los despiertos mancebos de sombrero de cucurucho, cinto y marsellés.

Del ya referido coche acababa de desembarcar un apuesto caballero, ni tan viejo que ostentase blanca cabellera sobre su frente, ni tan joven que se hallara comprendido en el último alistamiento militar. Y mientras atusándose el pelo dictaba desde el portal las órdenes convenientes al cochero, era, sin advertirlo, el objeto de curiosidad general de entrambas calles, en cuyos balcones y ventanas el ruido del coche había hecho aparecer multitud de espectadores de todos sexos y condiciones.

-Oyes, Paca, la del número 12, ¿conoces a ese señor de tantas campanillas que se ha apeado en el portal?
-Toma si lo conozgo: ¡si es mi casero el percurador! ¡todos los domingos me hace una vesita por el monís!
-¡Fuego, hija, y qué casero tan aquel, que viene a visitar en coche a sus enquilinos!
-Yo lo diré a V., señá Blasa, me explicaré; lo que es por la presente no viene a por cuartos, y en tal caso no son de cobre por cierto.
-¿Trampilla tenemos? ¡Ay!, cuenta, cuenta, hija, que no hay como escuchar para aprender; apostaré a que lo dices por cierto sombrerillo de raso que veo asomar por entre las cortinas del principal.
-Pues... ya me entiende V... ¡Ay, Jesús, y qué encapotado está el tiempo!
-No temas, muchacha; que pronto cambiará.
-Diga V., madre Blasa: V., que endiña desde ahí la muestra, ¿a cuántos apunta el reloj?
-Dos en punto, si no veo mal.
-Pues punto y coma, que hay moros en la costa y salvajes en portillo.
-¡Qué lengua, qué lengua, señá Paca!
-Calle, tío Mondongo, ¿usté está ahí? ¿y quién lo mete a V. en la conversación de las personas? Más lo valiera cuidar de su tía Mondonga y de su hija, que no entrarse en donde no le llaman.
-Me llaman y me importa, señá Paca, que al cabo soy hombre de ley, y no puedo ver esos tiruleques.
-¡Ay Jesús! Llamar al abogado de probes para que se lo cuento a su señoría.
-Pues tengo mil razones, y mi conciencia es conciencia; y digo, ahí que no es nada; estar sacando al aire, como quien no dice nada, los trapos de nuestro casero D. Simón Papirolario, honrado percurador, administrador judicial por la justicia de esta casa de mostrencos.
-El mostrenco será él y V. que le abona; vaya V. a decírselo de mi parte, y que le baje el cuarto, que harto subido está sobre el tejao.
-Dice bien el tío Mondongo, Pacorra: ¿qué tienes tú que meterte en cuidiaos ajenos, y si D. Simón vesita a la señá Catalina y si viene por ella para llevarla a los toros, y si la viste y la calza y la da de comer y el cuarto de balde; y si es casao y con tres hijos, que deja en casa, y si doña Catalina tiene otro cortejo por otro lao, y si... en fin, cada uno se gobierna como puede, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.
-Que se la bendiga en buen hora, marío, y a ti te dé magín para echar sermones, y a mí paciencia para oírlos; pero ahora que me acuerdo, ¿no ha venido todavía tu compadre?
-Mi compadre estará legítimamente ocupao, que es el que pone el hierro a las banderillas.
-No digo eso, sino el Chato, que tiene que venir por mí para llevarme a los toros.
-Ése no es mi compadre, canalla, que es el tuyo; y si no fuera por armar un escándalo, no te dejaría ir con él.
-Calla, mal genio, que no te quedarás en casa, y puedes irnos a esperar a la vuelta, a la taberna de la Alfonsa.
-Bien sabe Dios que sólo la necesiá...
-Tiene cara de hereje, Juancho, y tú no la tienes mejor por cierto.
-¡Eh! hombre, ¡cuidao! ¿Dónde diablos vas a pasar?
-Adonde quiero y puedo; y háganse toos a un lao de la calle, y dejen a mi carroza la puerta franca.
-Pues nosotros hemos llegado antes.
-Pues yo llego siempre a tiempo, y... hola... muchacho, aguija la bestia, y que salte sobre esas otras.
-Huii... sóo... ráa... iak... eh..., atrás...
-Vaya, señores, ahora que estamos acomodaos, la paz; y caa uno se espere mientras me apeo, que ya saben que soy hombre de malas pulgas.

Y aquí un sordo murmullo de reniegos y juramentos, reconcentrados por aquella prudencia que dicta el miedo, acompañó respetuosamente al descenso del Chato, que era el que en tal momento se apeaba de la carroza de dos ruedas.

- III -

Mientras la corrida

Ya nos han dejado solos, tío Mondongo; a mí con los puntos de mi calceta, y a V. con su banquillo y su piedra; a mí echando al aire mis arrugas, y a V. asomando los cuernos al sol.
-¿Qué, quiere V., señá Blasa! la juventú es juventú, y nosotros...
-Usted será el viejo, que yo a Dios gracias todavía tengo mi alma en mi armario, y mi cuerpo donde
Dios me lo puso, y si no fuera por el hambre del año 12 que me hizo caer los dientes y el pelo, todavía
era negocio de salir a la plaza a echar una suerte; pero dejando esta plática y viniendo a lo del día,
¿Sabe V. que se me hacían los dientes, digo las encías, un agua pura al ver la alegría de nuestra gente?
-Ello dirá, tía Blasa, ello dirá; y tras del día viene la noche, y al fin se canta la gloria.
-Vaya, hombre, que no parece sino que viene de casta de disciplinantes: ¿pues qué mal hay en que la gente se divierta y se ponga maja? Pero a propósito, ¿sabe usted que la Paca iba que ni una reina de Gito, con aquel guardapiés encarnado, y delantal de flores, y medias negras caladas hasta la liga, y pañuelo amarillo, y roete de cesto, y mantilla al hombro? Cierto que el Chato es hombre que lo entiende, y que no hace mal el tío Juancho en tener paciencia.
-Chito, tía Blasa, que las paredes oyen.
-¡Qué! Tío Mondongo, si aquí no nos oyen más que las golondrinas.
-Pues una vez que es así, sepa V. (y dejemos un rato el mandil, que de menos nos hizo Dios; y la noche diz que se ha hecho para dormir y el día para descansar); sepa usted, pues, como iba diciendo, que luego que se marcharon todas las calesas y en ellas los ya dichos, y el Bereque y la Curra, con Malgesto y el banderillero, Lamparilla con la mujer del herrador, y éste con la hija del alguacil, y después que nos quedamos solos yo y mi chica, (que es una muchacha que ni pintada, y que no quiere ir a los toros por más que la pedrico), vino el dengue, el filé, el lechugino de los bigotillos y la pera, y miró al balcón del principal: se acercó callandito a la rejilla de la escalera, dio dos golpecitos, y le abrió la vieja y allá se coló: con que si vuelve el percurador, ¿sabe usted que es lance?
-¡Ah, ah, ah!
-Ello dirá, señora Blasa, ello dirá.
-Pero dígame V., ¿qué ruido infernal es ese que salió hace un rato por ese bujero del diablo?
-¿Qué quiere V. que sea?, los siete chicos de la tuerta que se han quedado solos y están jugando al toro con un gato de la guardilla del rincón.
-¡Pobres criaturas! pero en fin, ellos podrán dejar las divisas cuando quieran, mientras que su pobre padre...
-Pues no para ahí lo mejor, sino que la puerta del ebanista está abierta, y hay quien sospecha en el barbero de enfrente, que ha sido aprendiz de herrador, y así parece hecho para afeitar barbas, como para rapar la bolsa al prójimo.
Yo no quería decirlo a V., pero me parece que cuando estaba comiendo vi salir una caña por cierto agujero, que encaminándose a la guardilla de la Paca, enganchó por su propia virtud en los pañales que estaban colgados; pero no lo quisiera afirmar, porque como mi vista es débil, y luego los antojos se me quebraron la otra noche leyendo el Bertoldo...
-Ahora que dice V. Bertoldo, ¿no sabe V. que el Cacasenillo del aguacil del número 13 ha dado en requebrar a la Paca, y en querérsela disputar a su marido y al banderillero, y lo que aún es más, al matachín del Chato, que es capaz de enristrar alguaciles como el toro a los dominguillos?
-¡Ah, ah, ah!... me ha hecho V. reír con la comparación, y a fe que es menester haber vivido años para entenderla.
-El año 89 si mal no me recuerdo.
-Y es la verdad; yo estaba en la plaza, y acababa de casarme con mi marido Rodríguez (que Dios allá tenga) cuando echaron al toro dominguillos; pero a propósito de dominguillo, ¿dice V. que el lechuguino que daba en el principal con la criada?
-Pues; para mientras venga el ama con don Simón.
-¿Y está V. seguro de ello?
-Toma si lo estoy.
-¿Seguro?
-Seguro.
-¿Un muchacho como de veinte y dos, alto, bien plantado, bigote rubio, barbas capuchinas, pantalón colorado, levita corta y sombrerillo ladeado, bastoncillo y espolines?
-Ese mismo, ese mismo es.
-Pues es el caso que, si no veo mal, paréceme que lo miraba ahora mismo salir por el portal de la otra calle con una muchacha de vestido corto color de pasa, delantal y mangas huecas, mantilla de tira, y...
-¡Que! No, no lo crea V., tía Blasa, si no ha quedado en casa más moza de esas señas que mi hija.
-Es que pudiera ser que acaso fuera su hija de usted.
-¿Mi hija? Sí, bonita es ella; ahora quedaba allá dentro espulgando al dogo; Juanilla... Juanilla... ¡Diantres! no responde; voy a ver...
-No se moleste V., tío Mondongo, que hace ya rato que doblaron la esquina.


- IV -

Después de la corrida

Perdone V. señor alcalde, que no fue así como lo ha contado mi marío, porque él se quedó en cá e la Alifonsa durmiendo la mona y no supo náa del sucedido.
-Pues diga V. como fue.
-Yo, señor, ya ve V., soy una probe mujer y no sé espricarme de corrido; pero el señor es mi marío, y su conduta es la que V. ve, siempre borracho y sin trabajar, con que de algún modo ha de comer una, y tener cuatro trapos.
-Vamos al caso.
-Pues al caso voy; ello es que el que tiene la culpa de todo es un amigo de la casa y muy compadre, como tóo el mundo sabe, que llaman Malgesto, y capaz de plantar una banderilla al lucero del alba, cuanto ni más al toro: pues como iba diciendo, éste tal me tenía dicho: «Paca, no quiero que mires al Chato, porque si tal haces lo voy a cortar las pocas narices que le quedan».
-¡Qué sí! decía yo, y como ya ve su señoría o su merced; el gusto es gusto, y en dengún catecismo he visto el pecado no mirarás; yo, ya se ve, no lo hacía caso, y...
-Adelante: fue V. con el otro a los toros.
-Pues allí está, porque tomó su calesa y me llevó, que yo no me fui sola; y esto cualquiera lo hubiera hecho, y señoronas conozgo yo...
-Al grano, al grano.
-El grano es un grano de anís, como quien dice, porque el otro desde la plaza mira que te mirarás, no nos quitaba ojo en toa la corrida, y ponla las banderillas en cruz, y nos las juraba con unos gestos que Dios nos libre...
-Pero al cabo...
-Al cabo se acabó con el último toro como es costumbre, y todos nos íbamos en paz y en gracia de Dios, cuando al salir de la plaza, el Chato se desapareció no sé cómo, y yo, que me esperaba encontrarle al pie de la calesa, ¿a quien dirán VV. que encontré? pues fue náa menos que el banderillero, que diciéndome -«¡Ingrata! no, endina (me dijo), ¿es éste el modo de obedecer mis precetos?».
-Yo le dije... pero no, entonces no lo dije nada, como que estaba encogida; pero sólo le hice un gesto, y aún no sé si algo más. Él no me respondió más que dos o tres juramentos y algunos reniegos, y luego agarrando a la Curra que venía, conmigo, la subió por fuerza a la calesa: en seguida puso una rodilla en tierra y me la presentó como estribo, diciéndome por lo bajo: -«Paca, si no subes mato al Chato»;
-y yo, ya ve su señoría, soy mujer de bien, y no quiero la muerte de naide.
-¿Con que, en fin, qué hizo usted?
-¿Qué había de hacer? Subí.
-¿Y después?
-Después fue la jarana, porque la Curra que para servir a su señoría, es, según dicen malas lenguas, mujer de Malgesto, empezó a gruñir, y yo también, y él nos quiso tranquilizar y nos dio dos o tres bofetones a cada una; pero nosotras empezamos a menudearle y menudearnos, y ya ve usía, la defensa es natural; por último que se espantó el caballo y por poco nos vuelca; pero, en fin, nos apeamos en la calle del Barquillo, y él ya había echado a correr, y luego la Curra, y no he vuelto a saber más de ellos.
-¿Con que nada más tiene V. que alegar?
-Nada más.
-¿Y se ratifica V. en ello?
-Me ratifico en que soy mujer de bien, incapaz de dar escándalos, sino que a veces no puede una...; pero ahora voy a quejarme yo a su señoría, que también tengo mi porqué.
-Veamos.
-En primer lugar, me quejo de toda la vecindad, porque me han robado todo lo que tenía en casa y dejado por puertas.
-¿Y cómo puede V. probar?...
-Puedo probar que me han robado, que es lo principal; en segundo lugar, me quejo de mi marido porque no me defiende en mis peligros; en tercer lugar, me quejo de la Curra por catorce arañones y diez pellizcos, amén de algunos zapatazos donde no se puede nombrar; además me quejo del alguacil porque se empeña en llevarme a la cárcel, y todo porque le hice una mueca el día de San Antón, que quiso requebrarme; por último, me quejo de usía, porque desde que es Alcalde de este barrio...
-Calle V., demonio, que ya no la puedo sufrir más, o por el alma de mi padre que la ponga una mordaza que no se le caiga tan pronto.
-Veamos otro. ¿Usted, buen hombre, que quejas tiene V. que proponer a la autoridad? Sea breve y yo le prometo justicia.
-Yo, señor, me llamo Cenón Lanteja, alias Mondongo: tengo una hija que se llama Juanita, alias la Perla.
-Adelante sin más ribetes, seor Mondongo, que si volviera a echar otro alias, por este bastón que empuño que no le bajo la multa de cuarenta ducados.
-Pues señor, claro, esta muchacha tan recatada se me ha ido con un lechuguino a los toros, y...
-Aquí entro yo, señor Alcalde; yo me quejo de ese pícaro, que después de hacerme salir de casa de mi padre no me llevó a los toros, y sabe Dios...
-Señor Alcalde, palabra.
-Señor don Simón y muy señor mío, ¡qué gentecita tiene V. en casa!
-Calle V. por Dios, señor, que todas son cuitas; pues ya V. sabe que en el principal tengo una parienta joven, a quien su tío, oidor de Filipinas me dejó recomendada al morir.
-Sí, sí, ya lo sé todo, y sé también que la convida usted a los toros, y...
-Pues ahí voy; después de hacer con ella los oficios de padre, ¿sabe V. con lo que me encuentro?
-¿Qué?
-¡Ahí es nada! Que al volver con ella a su casa, me he hallado en la escalera a un galancete joven, que cuando le he descubierto, me insulta, me desafía, y...
-Pues no es eso lo mejor, señor don Simón, sino que su esposa de V., según me ha dicho el escribano, ha estado esta mañana en mi casa a quejarse de su infidelidad, y a ponerle, como quien no quiere la cosa, demanda de divorcio.
-¿De divorcio?
-Yo la he procurado calmar y desengañar, aconsejándola que para esto se dirija al tribunal de mostrencos; porque como V. tiene ese carácter...
-Señor Alcalde, señor Alcalde.
-¿Alguacil?
-Que vienen a avisar que a la puerta de la taberna de la tía Alfonsa se han dado dos hombres de navajadas y han quedado los dos muy mal heridos.
-¡Ay, Dios mío! ¡Ellos son!
-¡El Chato!
-¡Malgesto!
-¡Ay, ay, ay!
-Orden (dijo el Alcalde pegando un bastonazo en el suelo). ¿Hay aquí algún hombre bueno?... Nadie responde; pues bien; sirva V., escribano, por esta vez, y apúnteme un prospecto de providencia... a ver, lea usted.

«En la villa de Madrid a tantos de tal mes, etc., vistos, juzgamos, que debíamos mandar y mandábamos, que al muerto, si le hubiere, se le dé cómoda sepultura, y el herido sea conducido al santo hospital: que a la llamada Paca la Zandunga, mujer del Juancho, se la encierre en galeras por dos años, y lo mismo a la otra moza, alias la Curra, de estado indirecto: condenamos al zapatero Mondongo a un encierro de tres meses por no haber sabido encerrar a su hija, y a ésta a las Arrepentidas para que tenga tiempo de llorar sus extravíos: que a la señora del principal y al amante incógnito se les remita al cura de la parroquia para que los case, bajo partida de registro, y que cada uno de los vecinos de la casa pague diez ducados de multa; últimamente, al representante de los mostrencos, D. Simón Papirolario, se condena en las costas del proceso y cien ducados más; sin que esta nuestra sentencia pueda perjudicar en lo más mínimo a la buena opinión y fama de los causantes, y hágase saber a las partes para su ejecución y debido cumplimiento. -El Sr. D. Crisanto de Tirafloja, maestro guarnicionero y alcalde de este barrio, lo mandó entre dos luces por ante mí el infrascripto escribano de Su Majestad, hoy lunes 17 del corriente del año del Señor de 1836. -Gestas de Uñate».

Ninguno de los presentes se conformó con la sentencia, porque el juez era lego y no la podía dar a pesar de que la dio; pero luego fueron ante otros jueces profesos, y la cosa en sustancia vino a ser la misma, con el apéndice de otros seis meses de encerrona mientras se sustanciaba el proceso con todos los requisitos legales.

Tal fue el resultado de aquel día de toros; la riqueza pública perdió en él, es verdad, aquel tiempo y aquellos brazos; la agricultura algunos animales destinados a su fomento; los establecimientos públicos el fruto de la caridad y de las contribuciones; las costumbres sintieron la falta del pudor y la decencia; y la religión el olvido de los sentimientos más nobles y generosos; pero en cambio dos personas tuvieron ocasión de felicitarse y salir gananciosas, a saber: la tabernera Alfonsa y el escribano D. Gestas... ¡Feliz compensación!

lunes, 13 de mayo de 2013

"El observatorio de la puerta del sol" de Mesonero Romanos

El observatorio de la puerta del sol
(Introducción a la segunda serie)


1836

Lo mejor del mundo es la Europa (¡cosa clara!); la mejor de las naciones de Europa es la España (¡quién lo duda!); el pueblo mejor de España es Madrid (¿de veras?); el sitio más principal de Madrid es la Puerta del Sol... ergo la Puerta del Sol es el sitio privilegiado del globo.

Este terrífico argumento, tan convincente y sin réplica, no es mío: es de un doctor de Alcalá, hombre fuerte en esto del razonar, que con las armas de su lógica y el auxilio de sus buenos pulmones, metía mucho ruido, años atrás, en las aulas celebradas de la Universidad Complutense, y a cuyas ingeniosas decisiones y engalanados absurdos inclinábanse hasta el suelo las borlas y mucetas, y se encogía de hombros la estatua de la Verdad.

Tenía, pues, mi doctor una gran secuela de apasionados admiradores, que así que él ponía en circulación una de estas sentencias garrafales, dábanse luego maña a engalanarla y pulirla, y así dispuesta, ostentábanla con énfasis a los ojos del vulgo, hasta que quedaba sancionada por el uso y por el abuso como axioma práctico y verdad especulativa.

Yo, que por entonces a los pocos años juntaba una dosis regular de presunción, no era de los más flojos en esto del sed sic est, y para mí tanto mayor era el argumentante cuanto más temerario el argumento; y el de mi dómine, que arriba queda estampado, le quedó tan hondamente por entonces en mi blando caletre, que vino a ser como la clave de mi conducta futura.

Y procediendo por el orden lógico de mi maestro, hice abstracción de los demás hombres para dedicarme a estudiar los hombres que me rodeaban; prescindí de las demás partes del mundo, y me contenté con asomarme a Europa; regresé a nuestra España, como el suelo más privilegiado de aquélla, y torné a Madrid como Corte y lugar principal de España; con lo cual, y con asentar mis reales en la famosa Puerta del Sol, y establecer mi atalaya dominando la cubierta del Buen-Suceso, hallé que lógicamente, y al decir de mi maestro, me hallaba instalado en el punto más culminante de este mundo sub-lunar.

Dispuse, pues, mi observatorio moral en la región de las nubes, aislado, independiente y libre de toda atmósfera viciada: preparé el telescopio de la experiencia; pedí una pluma a la Verdad; abrí los ojos; cerré los libros; dejé los estudios y me metí a predicador.

«¡Oh qué fortuna (decía, poco más o menos, un amable moralista contemporáneo) el ser libre, y libre de veras, y poseedor de la más noble libertad, que es la libertad del pensamiento! No arrastrar la cadena de partido alguno; vivir independiente del poder, y no haber hecho tampoco alianza con sus enemigos; no haber de defender las faltas del uno ni las demasías de los otros; no ser responsable de las acciones ajenas; obrar en nombre propio, dando sólo cuenta a Dios de nuestras operaciones; no recibir consejos sino de la conciencia, fiándonos sin temor de este noble instinto de la verdad que el cielo ha impreso en nuestras almas; admirar sin creerse adulador; ser justo sin pasar por enemigo; buscar con preferencia el aspecto bueno de todas las cosas, como la abeja, que liba la miel de todas las plantas; mirar con ojos serenos; escuchar con oído imparcial; viajar sin mandato y detenerse según place, allí donde el sitio es apacible, allí donde, el sol alumbra sereno; no haber de preguntar a qué reino pertenece un país para saber si hemos de alabarle; no querer saber el nombre de un autor antes de decidirnos a aplaudirle; repetir indistintamente todos los sonidos si en ellos hallamos armonía; aspirar todos los ambientes puros; disfrutar de todas las obras del ingenio, sea cualquiera su escuela y el país que las produjo; y aplaudir, en fin, todas las grandes, acciones, bajo cualquiera bandera, que fuesen hechas. -¡Oh qué fortuna! -no ser político, ni revolucionario ni retrógrado; no ser poeta, ni clásico ni romántico; no tener nombre entre los ambiciosos ni entre los pedantes; no contar padrinos poderosos ni haber de serlo de nadie; no reconocer deberes de convención; no hallarse obligado a ninguna defensa, a ninguna acusación: -¡ser libre, en fin! -pero no libre con esta libertad intolerante, que corre las calles desenfrenada y ebria como una bacante en las fiestas de su patrono; sino como aquella otra hija del cielo, que nos deja usar de nuestro albedrío, permitiéndonos seguir voluntariamente las inspiraciones de nuestra alma».

Vosotros, los que sabéis apreciar el valor de esta libertad, única positiva; los que buscáis la voz de la verdad desnuda de pasiones y partidos, de encarecimientos y de encono; los que no sois optimistas ni pesimistas, sino que alcanzáis a ver en el hombre y su sociedad una mezcla armoniosa de errores y de ridiculez, de grandeza y de bondad; vosotros, que gustáis de aplicarla la risa de Demócrito más bien que el genio plañidero de Heráclito o la penca de Juvenal; subid conmigo a mi Observatorio, desde donde, con el auxilio de sus lentes, podréis descubrir todo el ámbito de nuestra noble capital, y escuchar con confianza la voz de un hombre que por sistema y por carácter rinde sólo tributo a la verdad; mas cuenta, que esta confianza que os demando ha de ser voluntaria y espontánea, y no ha de ceder en mengua de la libertad de vuestro propio pensamiento. -Si éste simpatiza con el mío, si acertare yo a explicar las sensaciones de vuestras almas, entonces quiero que le sigáis, quiero que penséis como yo; si no fuera así, y para ello hubierais de sacrificar alguna parte de vuestro albedrío, entonces me quedaré yo a solas con el que Dios me dio, que para esto tenéis derecho a juzgar de su bondad.

Ahora bien; ya estamos en las nubes yo y mi auditorio; ya asestamos los catalejos a esta tierra noble, feraz y en otro tiempo afortunada del globo, que se denomina España; ya miramos agitarse a nuestros pies a ese pueblo generoso que se llama la Capital del pueblo español; las pasiones momentáneas que le agitan no llegan a la altura en que nos hemos colocado; apenas consiguen empañar uno de los infinitos lados del prisma por donde le contemplamos. -¿Qué es a la historia filosófica de un pueblo uno, dos, tres, diez años de existencia borrascosa? ¿Qué es al carácter general de sus habitantes, el de una centena, el de un millar de sus individuos ambiciosos y agitados? El cuadro que tenemos a la vista es más inmenso y magnífico que todo esto; él nos pone de manifiesto el carácter, las inclinaciones, las costumbres generales de toda una sociedad; él nos hace considerar también aisladamente las excepciones, y... ¡cielos! ¡qué pequeñas se presentan a nuestra vista estas excepciones que allá abajo meten tanto ruido y pretenden servir de pauta a la regla general! Ellas aparecen y desaparecen en un solo día, y brillan a nuestros ojos como los fuegos fatuos en un dilatado horizonte, o como una sombra vacilante en la inmensidad de los mares.

No esperen, pues, mis lectores que en la segunda serie de cuadros crítico-morales que les preparo, abandone mi primitivo propósito, ni roce con las circunstancias históricas de esta época agitada, sino aquello puramente indispensable para averiguar la influencia que puedan tener en las costumbres patrias. El bosquejo fiel, aunque incorrecto de éstas, y no su historia, es lo que me propongo delinear: los caracteres que necesariamente habré de describir no son retratos, sino tipos o figuras, así como yo no pretendo ser retratista, sino pintor.

Las pasiones, los errores y ridiculeces, así como las brillantes cualidades del hombre, desnudas de la forma material, y puestas al descubierto en una atmósfera más pura, suben a mi laboratorio ajenas de toda liga terrena, material y tangible, y aparecen tal cual son, grandes en su pequeñez, pequeñas en su afectada grandeza.

Por último, mi pluma, renunciando ya al estilo metafórico y campanudo que a su pesar ha tomado en este obligado introito, seguirá, como siempre, el impulso de mi carácter, la libertad de mi pensamiento, que consiste en escribir para todos, en estilo llano, sin afectación ni desaliño; pintar las más veces; razonar pocas; hacer llorar nunca; reír casi siempre; criticar sin encono; aplaudir sin envidia, y aspirar, en fin, no a la gloria de grande ingenio, sino a la reputación de verídico observador.

De esta manera, y hasta donde alcanzaren mis cortas fuerzas, recibirán mis benévolos lectores los sucesivos cuadros o Escenas Matritenses, trazados por mi mano y dictados por mi corazón. -Si ellos contienen la verdad, no importa que sea sencillo el traje en que salga engalanada; si, por el contrario, el dibujo fuere falso, sería mayor mal el ataviarlo con magnífico colorido.

lunes, 6 de mayo de 2013

Publicación de las "Escenas Matritenses" de Mesonero Romanos en 1862. Advertencia de Mesonero

Advertencia

Para esta segunda serie

«Nunca segundas partes fueron buenas», decía, algo ligeramente, el Príncipe de los ingenios españoles, al mismo tiempo que se contradecía en la segunda parte del Quijote , infinitamente superior a la primera.

El autor de las Escenas , que desde principios de 1832 venía ensayándose en un nuevo género literario con el corto candal de fuerzas intelectuales y escasa instrucción que le permitía su edad juvenil, y cohibido también por la censura suspicaz y meticulosa que por entonces cortaba las alas del ingenio, no pudo hacer más que iniciar, digámoslo así, su pensamiento en la primera serie de estos artículos, que tituló Panorama Matritense y que comprenden los publicados desde 1832 a 1835.

Animado por la inesperada benevolencia de un público indulgente, aleccionado por la edad, con mayor observación moral y estudio literario, y desembarazado por completo de los rigores de la previa censura, emprendió desde los principios de 1836 la segunda serie de las Escenas Matritenses, creando para ello una publicación propia, indígena y popular, el Semanario Pintoresco Español, primer periódico literario ilustrado (como ahora se dice), con grabados tipográficos y que sostuvo bajo su exclusiva dirección los siete años, desde 1836 a 1842. -En este semanario, pues, y alternando con las diversas materias que exigía su combinación, emprendió y siguió el autor constantemente en dicho período la segunda serie de las ESCENAS MATRITENSES, que es la comprendida en el presente tomo, desde el artículo El Día de toros hasta el de La Guía de Forasteros.

Siguiendo su propósito de describir festivamente, corrigiendo, nuestras costumbres sociales, aunque en muy diverso teatro y con más ventajosas condiciones que en la época anterior, comprendida en su Panorama, trató, en cuanto estuvo a su alcance, de hacerse digno de la benevolencia del público, que había conquistado sin merecerla en su primero y débil ensayo; procuró dar mayor importancia o intención a su pensamiento, diversa forma a su expresión, y más originalidad y corrección a su estilo. -Trabajó para ello en emanciparse de los modelos extraños, que no pudo menos de tener presentes en la primera parte; quiso penetrar más hondamente en el seno de la vida íntima de nuestra sociedad, sin limitarse, como en aquélla, a los usos populares, a la vida exterior, digámoslo así; renunció muchas veces en la exposición de sus cuadros al recurso monótono de colocarse en ellos en primer término, como lo acostumbraba en la época anterior, y procuró formar una narración independiente, dramática y que recordase (cuando no alcanzase a imitar) el giro, la intención y hasta el estilo de nuestros buenos escritores: Cervantes, Quevedo, Mendoza, Guevara, Alemán, Espinel y Moratín. -Si llegó o no a conseguirlo es lo que el público sólo tiene derecho a juzgar. Al autor le basta confesar su patriótico intento, si ya no lo revelara claramente en todas sus líneas, y más especialmente en los artículos o cuadros de El Día de toros, Madre Claudia, o De tejas arriba; El Recién venido, El Entierro de la sardina, La Posada, o España en Madrid; Los Románticos, La Junta de cofradía, Las Sillas del Prado, y otros varios.

En lo que no cambió un punto de su primer propósito fue en procurar conservar o guardar siempre la distancia conveniente de las ocurrencias políticas, de las circunstancias, entonces extraordinarias, del país. Proponiéndose pintar a éste bajo su aspecto tranquilo y normal, y aun sabiendo muy bien que al renunciar al interés palpitante del momento arriesgaba el inconveniente de no ser leído ni estimado por las personas competentes, no pudo dominar la invencible repugnancia con que, por carácter y por convicción, continuaba mirando el para otros tan fecundo campo de la política; y confió siempre en que, conservándose ajeno a aquellas ambiciones, vuelta la espalda a las discordias y agitaciones momentáneas del país, hallaría acaso entre la masa del pueblo una porción más o menos numerosa dispuesta a apreciar su tarea moral. Y que si ésta, por su corta influencia o escaso número, no le recompensaba con aplauso sonoro ni expresiva popularidad, acaso le brindaba para lo sucesivo con una simpatía más sólida y duradera, una vida más larga, tranquila y exenta de remordimiento y sinsabor.

Por fortuna, puede decir que acertó en su raciocinio. Las circunstancias febriles de aquella época pasaron ya: con ellas desaparecieron los escritos que les fueron consagrados y las palmas tempestuosas que produjeron a sus autores. Los hombres pasaron; pero el hombre queda siempre, y el pintor de la sociedad sustituye al retratista de la historia. La favorable acogida que el público español continúa dispensando, después de medio siglo, a esta obrilla, y las repetidas ediciones hechas de ella en este período, prueban, no un mérito que realmente no tiene, sino la solidez del raciocinio y la precisón del cálculo del que en circunstancias excepcionales tuvo la suficiente abnegación para prescindir del aplauso del momento, y se propuso pintar el estado normal, las condiciones esenciales de nuestra sociedad, procurando en su cuadro acercarse, en cuanto le fue posible, a las cualidades que aseguran la permanencia a las obras literarias. La moral y la verdad en el fondo, la amenidad en la forma, y la pureza y el decoro en el estilo.

lunes, 29 de abril de 2013

Publicación de las "Escenas Matritenses" de Mesonero Romanos en 1862

Prólogo

Por D. Juan Eugenio Hartzenbusch

A un amigo íntimo nuestro, hijo de una señora que falleció dejándole de muy corta edad, solemos oír a cada paso esta sentida exclamación, propia de su filial cariño: -«Yo no he conocido a mi madre; yo no tengo retrato suyo; dicen que no me parezco a ella: ¿cómo sería mi madre?».

Igual deseo de conocer a sus predecesores tienen todas las familias, pueblos y generaciones que han existido: el hombre de hoy quiere, necesita, ansía poseer el retrato del hombre de ayer; y si no lo encuentra hecho, se esfuerza a suplir la falta, pintándolo según lo concibe. -La posteridad que pretenda saber qué cosa era Madrid antes y después que muriera Fernando VII, lo hallará sencilla y exactamente representado en las ESCENAS MATRITENSES de EL CURIOSO PARLANTE.

Pero este libro no se ha escrito sólo para la posteridad. Por loable que sea componer una obra destinada a la diversión, y tal vez a la enseñanza, de nuestros nietos, harto mejor es que esa misma obra dé placer y provecho a los coetáneos del escritor, que le proporcionaron materia para formarla. Pintar, pues, las costumbres españolas de nuestra época, llevando el objeto de corregirlas, es el fin principal que se ha propuesto el autor de las Escenas Matritenses, DON RAMÓN DE MESONERO ROMANOS.

No hay pueblos cuyas costumbres sean de tal manera ejemplares, que no ofrezcan sobradas ocasiones de reprensión y agria censura: censor de nuestros defectos, que no son pocos, pretendió ser el señor Mesonero. Arriesgada era la tarea en verdad, porque la generación presente no se compone de niños respetuosos y dóciles a la voz del maestro. El siglo XIX es muy hombre: blasona de libre y de sabio; se niega a reconocer autoridad alguna; se irrita o se mofa cuando se le hace frente con arrogancia, y su cólera o su desprecio son, para el escritor, igualmente peligrosos y temibles. Hablando el señor Mesonero con la risa en los labios a sus quisquillosos compatriotas, disfrazándoles la lección con apariencia de la chanza, pudo atraerse un auditorio cada vez más crecido, cada vez más contento con el amable filósofo, que castigaba realmente, pero que fingía acariciar.

Aún no bastaba que sus lecciones fuesen festivas; era necesario, para no cansar, que fuesen muy breves, y que remedasen, por decirlo así, la frivolidad del auditorio. Pensó más de una vez el señor Mesonero pintar nuestras costumbres en una novela: gran falta nos hace este libro, y no podemos menos de rogar a nuestro ilustre compatriota que no abandone un proyecto que, después de las Escenas Matritenses, nos proporcionaría otra obra de igual o de superior mérito. Hoy, que tan popular es el nombre de El Curioso Parlante, puede el señor Mesonero emprenderlo todo; pero treinta años ha, en 1832, una novela original, por buena que fuese, no hubiera sido leída con el gusto, con el aprecio, con el entusiasmo que los artículos del Curioso. -Aquellos preciosos bosquejos eran una novedad agradable, una mercancía nueva, que no estorbaba ni se oponía al despacho de otra, y satisfacía una necesidad existente; la novela para la generalidad de los lectores no hubiera sido novedad como novela, porque bien llenos estábamos de novelas extranjeras entonces; y en cuanto a la novedad de ser española, esta circunstancia (triste es confesarlo) quizá le hubiera dañado para con el público, en vez de servirle de recomendación. La causa es patente. ¿Qué novelas españolas de algún crédito se habían escrito en España desde principios del siglo pasado hasta la aparición del Ivanhoe , disfrazado con el nombre de El Caballero del Cisne? El Fray Gerundio, El Eusebio, ambas prohibidas; la segunda parte del País de las Monas, y no nos acordamos de más: añádase, si se quiere, porque la leyeron mucho en su tiempo, la Serafina. Todas las demás novelas impresas durante este tiempo en España, que suman centenares, fueron traducciones del inglés o del francés, principalmente de este último idioma.

Ahora bien; si en España por espacio de un siglo o poco menos no se había leído ni podía leerse más novela que la traducida, por fuerza el gusto de los españoles, en punto a novela, tenía que ser extranjero; por fuerza una obra nacional, diferente de las extranjeras en miras, plan, caracteres, estilo y lenguaje, había de parecernos extraña. -Recordamos haber oído a un condiscípulo nuestro decir muy de veras que le cansaban las novelas de Cervantes, porque, además de lo añejo del habla, estaban rebutidas de nombres y apellidos ordinarios o extravagantes, como Don Juan de Cárcamo y Don Antonio de Isunza, al paso que en las novelas francesas todos los nombres eran tan bonitos como los de Dorval y Carolina. Para este amigo nuestro, que representaba el estado de la nación entera con pocas excepciones, lo extravagante, lo raro, lo peregrino, era lo de casa; lo bello, usual y admirable era lo de fuera: no podía menos; a lo uno estaban acostumbrados, y a lo otro no.

Con tales inconvenientes hubiera tenido que luchar la novela del señor Mesonero, y con ellos habrán de luchar nuestras novelistas hasta que el mérito y número de sus obras haga perder el pleito a las advenedizas. -Los artículos publicados en el periódico semanal titulado Cartas españolas no corrían peligro: ningún español ni extranjero nos tenía hechos a esas ligeras y graciosas obritas; el mismo Fígaro fue imitador de El Curioso Parlante. -Las Escenas Matritenses, escritas desde 1832 a 1842, y participando, como era forzoso, de las circunstancias en que la nación se hallaba, valen más y son más que una novela, porque son la historia viva del progreso social de España desde antes de la guerra última hasta después de la paz.

Quien examine los artículos del primer año o primera serie, publicados con el título de PANORAMA MATRITENSE desde enero de 1832 hasta abril del año siguiente, verá con qué reserva se presentaba el autor delante de la censura para no excitar su suspicacia, para no incurrir en su tremenda ojeriza. Guiado, impelido por su espíritu observador a descubrir el vicio donde quiera que se refugie, no puede menos de indicarlo donde lo encuentra; pero sus reticencias prudentes hacen al lector comprender cuánto más diría si el poder no le tuviera sujetos los labios. En los dos artículos titulados La Empleomanía y La Político-manía, en que se echa menos la viveza y chiste de los que le preceden y siguen, el lector al momento conoce por qué el Parlante habla tan sólo de los que pretenden, y no de los que reparten empleos; de los que deliran tratando de política, y no de los políticos delirantes: aquélla era la fruta vedada; tocar a ella era perder la gracia y exponerse a la muerte. Sin embargo, en el artículo de Grandeza y miseria, al bosquejar con cuatro toques las oficinas de la casa de un poderoso, nadie podía desconocer que el travieso crítico dibujaba las del Estado. Sencillos, amenos, breves, limados y cautelosos los artículos de este primer tiempo, van ganando gradualmente en intención y soltura: en el que lleva por título «1802 y 1832» ha dado ya el autor un paso grande: en Las Tres tertulias, La Capa vieja, El dominó, El Día de fiesta y La Casa de Cervantes, la pluma del Curioso corre todavía más fácil y ejercitado.

Aquella pluma necesitaba volar: los acontecimientos políticos de nuestro país le dieron licencia para remontarse a cualquier altura, para descender a cualesquiera profundidades. Con todo, el comedido censor moral no tomó sino los grados de libertad que necesitaba para continuar su obra y hacerla completa, rehusando entrar en el campo de la política, recinto muy estrecho para quien tenía por suyo el vasto dominio de las costumbres.

Emprendida nuevamente en 1836 por el señor Mesonero la tarea comenzada tres años antes, vimos en los nuevos partos de su ingenio mayor firmeza de pulso, más movimiento, mejor combinación ymás desenfado en el desempeño: en los primeros ensayos lucía una especie de belleza reposada y modesta, hija de una época de sosiego y de servidumbre: la continuación de estos ensayos (no ensayos ya, sino obras cabales) ostentaba la belleza varonil de un carácter enérgico, desarrollado en medio de la libertad y de los combates. Compárese, por ejemplo, el artículo de la primera serie titulado La Filarmonía con el de la segunda titulado Costumbres literarias; compárese La Comedia casera con El Romanticismo; Las Ferias con El Día de toros; San Isidro con El Entierro de la sardina; El Extranjero en su patria con El Recién venido; y La Calle de Toledo con La Posada. Es otro el autor y otra la España que descubrimos entonces: uno y otro habían adelantado mucho; la reputación del señor Mesonero Romanos estaba hecha: su obra por entonces estaba concluida.

Porque una obra es, lo repetimos, la del señor Mesonero, y no una colección de obrillas sueltas, escritas al acaso, hijas del capricho. Esta obra tiene su héroe, su protagonista, principal figura o personaje de interés principal, que es el español virtuoso, noble y sabio de ahora, igual casi al de todos tiempos; pero esta respetable figura, como en la Casina de Planto, no sale de entre bastidores, para que el vulgo no la profane; y como la estatua de Bruto, hice más porque se la echa menos. -El señor Mesonero quiere mejorar las costumbres; por consiguiente, saca sólo a las tablas aquellos personajes cuyas costumbres necesitan enmienda, las cuales forman los numerosos episodios de este poema: aun en los poemas clásicos valen más los episodios que la acción principal. -«Corrígete de ese vicio», -dice el autor a cada uno de los personajes que censura, «Y tú y el país ganaréis mucho en ello éstos son los defectos de que adolece la sociedad española lo que no está aquí es lo respetable y lo bueno».

Estos personajes episódicos, pues, que son a su vez los principales en las escenas que les corresponden, están descritos con una habilidad superior a cualquier elogio: son la verdad misma. ¿Quién no conoce en Madrid algún empleado antiguo o cesante, igual, punto por punto, al don Homobono Quiñones del señor Mesonero? ¿Quién no tropieza, una vez a lo menos al día, con don Policarpo Omnibus de los Santos? ¿En qué compañía de aficionados no ha ocurrido un desmán parecido al que se refiere en el artículo de La Comedia casera? La mano que traza estas líneas conserva una cicatriz, indeleble recuerdo de una catástrofe semejante. Aquella Jacinta, hija de don Melquíades Revesino; aquella Paquita, tan diestra en el manejo de la mantilla española; Paca la Zandunga, la tía Blasa, el tío Mondongo, el casero-procurador, y todos los demás personajes de El Día de toros, incluso el alcalde de barrio, ¿de cuál de nuestros lectores no son conocidos? Sobre todo, ¡ah! ¿quién no se conoce en el artículo eminentemente filosófico de Antes, ahora y después? Así fueron nuestros padres, así, somos nosotros, así serán nuestros sucesores, como el escarmiento no nos enseñe para enseñarlos.

Útiles, amenas, breves, llenas de verdad, estas preciosas páginas, corrían, sin embargo, el peligro de cansar por la monotonía que pudiera producir la semejanza de los asuntos; pero el señor Mesonero ha sabido introducir en su obra una gran variedad, empleando todos los tonos, desde el más humilde al más grave: hasta los acentos de la poesía han venido a dar efecto y realce a la fácil y discreta prosa de El Parlante Curioso; y por cierto que no merece perdón el que escribiendo romances como el del Coche simón y los Requiebros de Lavapiés, no cultiva más el género. -Sonríase maliciosamente el lector con El paseo de Juana o El Alquiler de un cuarto; ríase a carcajadas con La Junta de colradia o El Recién venido; el Curioso Parlante sabrá mesurarnos con el tono melancólico del artículo titulado La Empleo-manía, conmovernos con el de La Casa de Cervantes y La Noche de vela, estremecernos tal vez con la terrible perspectiva de El campo santo. Aquello es saber escribir, saber sentir, saber pensar.

¿Diremos algo del estilo del señor Mesonero? ¿Para qué, si nuestros lectores van a juzgar de él, o más bien, a dejarse seducir por él desde la primera plana? Únicamente manifestaremos que ese estilo es propio y peculiar del autor: bien que con toda su obra sucede lo mismo. Don Juan de Zavaleta en el siglo XVII, Addisson en el pasado, Jony, Paul de Kock y otros en el presente, escribieron en este género bien; pero escribieron otras cosas, o cosas parecidas, presentadas de otra manera. Los buenos ingenios coinciden mil veces en ideas, bien que varían infinito en la forma de expresarlas, así como todos los hombres blancos y rubios se parecen en el color del cutis y el pelo, sin tener por eso las facciones iguales.

La concisión y el gracejo urbano, ese gracejo que agrada más cuanto más al descuido se vierte, caracterizan principalmente el modo de decir del Curioso Parlante; pero aún quizá es más de elogiar en él su carácter inofensivo. Las Escenas Matritenses son una prueba irrecusable de que se puede escribir en el género festivo sin emplear groserías, dicterios ni suciedades; sin hacer agravio a las leyes ni a las personas, y sin pedir al idioma francés elegancias que en el nuestro no son de recibo. El señor Mesonero ha visto nuestra sociedad tal como es en el día, es decir, separándose mucho de lo que fue, conservando un poco de lo que ha sido, dudosa y vacilante acerca, de lo que será en lo sucesivo: así la ha trazado en sus cuadros, pintando tipos generales, en que ninguna persona determinada se encuentra; porque el fin del autor no es mortificar a ninguno, sino buscar el provecho común de todos. «Aucun fidel n'a jamais empoisonné ma plume», ha podido decir, como Crébillon, el señor Mesonero: no envidiemos la gloria de los que no pudieren decir otro tanto.