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miércoles, 4 de junio de 2014

"Reflexión" y "Abstracción", Rocío Peñalta Catalán en Andar "por casa" (5 y fin)



Reflexión



Por un momento, la había confundido conmigo. Pero no era yo. Era otra, y bien distinta. La prueba de ello es que si yo guiñaba mi ojo derecho, ella me guiñaba el izquierdo; si yo levantaba la mano izquierda, ella saludaba con mi derecha. Era zurda y siniestra para todo lo que yo soy recta y diestra.

Intenté un diálogo. En vano. No era una cuestión de primera y segunda personas, como yo había pensado al principio. Era una tercera persona, una extraña. Y no me entendía.

Totalmente ajena a mi presencia, se miraba en mi reflejo y ensayaba muecas y ademanes. ¿Se estaba burlando de mí?

Entonces, se puso seria. ¿Me habría oído? ¿Había escuchado mis pensamientos?

Poco a poco, las que me habían parecido diferencias evidentes se iban desdibujando, y los rasgos comunes me resultaban cada vez más desconocidos.

Nadie me había obligado, pero ahí estaba yo, repitiendo cada uno de sus movimientos, como si no tuviese voluntad propia. Que ella sacaba la lengua, yo la imitaba. Si arqueaba las cejas, yo hacía lo mismo. Si se encogía de hombros, yo repetía su gesto con igual indiferencia.

Así hemos estado un buen rato. Hasta que se ha cansado y se ha marchado del cuarto de baño. Y yo he hecho lo mismo.



Abstracción

Mi móvil es una caracola.
    Hay días en que recibo llamadas cargadas de buenas noticias. Otras veces descuelgo, y escucho el mar.

miércoles, 28 de mayo de 2014

"Lucy", cuento de Rocío Peñalta Catalán en "Andar por casa" (4)



Lucy




John estaba leyendo en The Guardian los detalles del lanzamiento del satélite artificial Lunar Orbiter 3, cuando su hijo irrumpió en el salón corriendo y gritando:

–¡Papá, papá! ¡Mira lo que he hecho en el cole!

El pequeño Julian le tendió una hoja de papel bastante manoseada con un dibujo. Una niña con un collar de cuentas de colores y los brazos extendidos volaba entre nubes y estrellas en un cielo nocturno.

–Vaya… esto está muy bien –dijo John, mientras veía cómo Julian pugnaba por quitarse el abrigo y la mochila al mismo tiempo–. Ven, que te ayudo.

–No, no. Puedo yo solo. ¿Te gusta? –preguntó a su padre mientras se sacaba un guante tirando de él con los dientes y arrojaba la mochila y el abrigo sobre el sillón.

–Sí, claro. ¿Es una princesa voladora?

–¡No…! –exclamó Julian sonriendo.

–¿Entonces?

–Es Lucy. Lucy O’Donell.

–¡Ah! Así que Lucy O’Donell. ¿Es de tu clase? ¿Una amiga?

–Sí, bueno –dijo el niño enrojeciendo y bajando la mirada.

–¡Así que es tu novia! –John rió y le revolvió el pelo a su hijo cariñosamente.

–No, no. No es mi novia –protestó el pequeño–. Sólo es Lucy volando.

–Yo creía que era una princesa voladora. Como lleva ese collar de perlas…

–No sé. Es Lucy, en el cielo… con diamantes.



Esa tarde, cuando llegó Paul, John le enseñó la canción en la que había estado trabajando, una melodía pegadiza, entre rock y canción infantil. Aún quedaba mucho por hacer, pero podrían incluirla en su próximo disco.

–Por cierto, ¿quién es Lucy? –preguntó Paul interrumpiendo la demostración de su amigo.

–Una compañera de Julian –contestó John, señalando un dibujo infantil que había colgado en la pared del estudio.

Paul arqueó las cejas: –Tu hijo es de lo más psicodélico.



*           *           *



Donald trabajaba con la picola en el área de prospección mientras tarareaba la canción de los Beatles que habían escuchado la noche anterior durante la cena. No lograba quitársela de la cabeza.

–«Cellophane flowers mmm… and green… look for the girl mmmm…». ¡Ey, chicos, creo que he encontrado algo! –exclamó sorprendido al notar cómo su pico tropezaba con un estrato más sólido, y enseguida se arrodilló y comenzó a quitar el polvo con una brocha.

Otros miembros del equipo se acercaron rápidamente y observaron el hallazgo de Donald. Kate y Michael entraron en el agujero y ayudaron al responsable de la excavación a desenterrar lo que parecía ser el esqueleto de un homínido. Después de numerar y fotografiar cada uno de los huesos, los transportaron a la carpa que hacía las veces de laboratorio. En el campamento, situado a unos 150 kilómetros de Adís Abeba, no contaban con los medios técnicos necesarios para datar los restos, pero reconstruyeron el esqueleto sobre la mesa metálica y lo analizaron detenidamente.

–Donald, tío, esto es muy gordo –dijo Michael rascándose la cabeza e inclinándose sobre el hueso de la rótula, todavía manchado de barro.

–Hasta que no regresemos a Cleveland no podremos hacer las pruebas, pero yo diría que esto tiene más de dos millones de años de antigüedad. Debe de ser alguna especie de Australopithecus. Intuyo que es un hallazgo importante –comentó Henry, el encargado del laboratorio, ajustándose las gafas–. Habrá que extraer muestras del terreno, para hacer un estudio bioestratigráfico.

–¡Vamos a salir en los libros, Donald, ya verás! ¡Enhorabuena! –Michael estaba entusiasmado, dando vueltas de allá para acá, mirando de cerca el esqueleto.

–La pelvis es de una hembra –dijo Kate.

–Sí –añadió Henry–. Mide un metro y, en vida, pesaría unos 27 kilos.

–Mirad esto –dijo Donald sosteniendo el cráneo del homínido cuidadosamente y poniéndolo ante la vista de los demás–. Hemos estado analizando la dentadura: las muelas del juicio estaban recién salidas. Era una hembra joven.

–De unos veinte años –precisó Henry.

–¡Pero si era una cría! ¡Una niña! –dijo Michael.

–Una niña antigua –dijo Kate sonriente–. Habrá que bautizarla, ¿no?

–Podríamos llamarla Lucy –dijo Donald recordando el single del grupo británico.



*           *           *



El señor O’Donell estaba impaciente. Su mujer estaba embarazada de seis meses y aquella tarde tenía cita con el ginecólogo.

Desde que había llegado a casa, O’Donell no paraba de dar vueltas. Se había sentado en el sofá a hojear la prensa, se había preparado un té, había visto en la BBC las imágenes de la tierra captadas desde la luna por el laboratorio fotográfico Lunar Orbiter 1, había empezado a escuchar Fidelio y había desconectado el tocadiscos antes de que terminara la obertura, había mirado por la ventana una docena de veces, había encendido un cigarro y lo había apagado después de darle un par de caladas.

«No tengo de qué preocuparme, Helen estará bien –se dijo–. Seguro».

Finalmente, decidió calmarse. Se sentó en su sillón preferido, abrió el libro de antropología que había sobre la mesita y leyó el capítulo dedicado al descubrimiento de Lucy, el esqueleto de un homínido perteneciente a la especie Australopithecus afarensis, de más de tres millones de años de antigüedad. Los restos fueron hallados en el triángulo de Afar, en Etiopía, durante una misión antropológica de la que era responsable el paleoantropólogo estadounidense Donald Johanson.

O’Donell comenzó a tomar algunos apuntes para explicar a sus alumnos del instituto de Weybridge el tema de la evolución del ser humano, que debía exponer el lunes en la clase de ciencias naturales.

En cuanto escuchó las llaves en la cerradura, se levantó dejando caer los papeles y el libro que tenía sobre el regazo.

–¿Qué te ha dicho el doctor? ¿Va todo bien? –preguntó angustiado en cuanto su mujer cruzó la puerta.

–Sí, todo va estupendamente. No te preocupes –dijo Helen mientras colgaba su bolso en el respaldo de una silla–. Y, ¿sabes una cosa? –sonrió enigmáticamente– dice el doctor que será una niña.

–¡Una niña! ¡Una niña! –exclamó O’Donell emocionado–. Entonces…

–Entonces –continuó Helen–, ya podemos decorar la habitación del bebé. E ir pensando un nombre. Qué te parece si la llamamos Margaret, como tu hermana.

–Sí, está bien. Aunque también se podría llamar Helen, como tú, o Lucy…

miércoles, 21 de mayo de 2014

"Metamorfosis", "Curiosidad" y "Electricidad", relatos de Rocío Peñalta Catalán en "Andar por casa" (3)



Metamorfosis

Mordí una manzana podrida. Ahora tengo mariposas en el estómago.



Curiosidad

Un pasillo blanco, iluminado, con puertas a ambos lados. Las puertas, también blancas, con picaportes metálicos, se dibujan sobre la pared lisa a intervalos regulares. Los fluorescentes del techo emiten una luz lechosa y deslumbrante que parece vibrar. Se percibe un leve zumbido. Procede de los tubos incandescentes. O del propio oído, que se esfuerza por captar algún eco, el mínimo crujido.
Silencio. Ni un rumor, ni un paso. Sólo el ronroneo constante del espacio vacío. La respiración del pasillo.
El corredor acaba en un recodo. Un ángulo recto. Al girar la esquina, el pasillo continúa. O se detiene, contra un muro blanco. Al final no hay nada. O hay algo. Como detrás de cada puerta.
Las puertas están cerradas y no van a abrirse. No importa si se podría o no. Simplemente, no se abrirán.
Detrás de cada una de ellas hay una realidad latente, una posibilidad que no va a realizarse. Al otro lado de cada panel podría haber una tapia de ladrillo. O un abismo. Cada abertura podría ser una entrada o una salida. Tampoco importa.
Como no interesa lo que quedó atrás. El comienzo del pasillo. Podría ser igual, blanco, con puertas cerradas en las dos paredes. O totalmente distinto.
Lo que no se ve no existe. Puede intuirse, sospecharse. Abrir una puerta supondría descifrar un secreto. Ceder a un deseo velado. Extinguir el enigma.



 Electricidad


Tengo un cable. Mejor dicho, el cabo cortado de un cable cuyo extremo contrario –cercano o remoto– está conectado a algún enchufe, instalación o aparato eléctrico.

Cuando uno hace un taladro en la pared, se imagina que puede encontrar una tubería, el dormitorio del vecino, o una cucaracha que pasaba por allí en aquel momento. Pero no un cable. Bueno… tal vez un cable sí. Pero no un cable como el que ha decidido engancharse en mi broca.

Tiro suavemente del extremo que sobresale por el agujerito de mi pared –aun a riesgo de sufrir una electrocución– para asegurarme de que no es simplemente un resto olvidado; un cachito abandonado por accidente entre dos tabiques de escayola. Después, compruebo que funcionan todas las bombillas, focos, fluorescentes, diodos de mi casa. Los enchufes, interruptores, ladrones, regletas, conexiones, terminales, empalmes, prolongadores, clavijas. Que siguen encendidos la lavadora, el frigorífico, el horno, la radio, la vitrocerámica, el aire acondicionado, el lavavajillas, el ordenador, la cafetera, el despertador, la impresora. El teléfono, el módem, la calefacción. El telefonillo del portero automático, el timbre.

Si el cable cortado no ha afectado al funcionamiento de ninguna de las instalaciones eléctricas de mi casa… ¿habré dejado sin luz al vecino?

Después de pasarme por el piso de al lado para asegurarme de que todo sigue en orden, subo a cerciorarme de que el vecino de arriba tampoco ha sufrido las consecuencias de la intrusión de mi osada broca exploradora en los emparedados misterios del edificio. Nada. La corriente alterna continúa circulando por todos los circuitos del inmueble… excepto por el cable que ahora asoma por el hoyito de mi pared.

En vista de que –aparentemente– no he causado ningún desaguisado, vuelvo a introducir el cable por el agujero, lo ocluyo con un taco, una alcayata, un cáncamo del que cuelga un cuadro. Aquí no ha pasado nada.

Sin embargo, estoy segura de que ese cable cortado impide que llegue la corriente eléctrica necesaria para el funcionamiento de algún aparato. Algo ha dejado –ha tenido que dejar– de funcionar. El ascensor, el interruptor que abre el portal, la puerta del garaje, el extractor del bar que hay en los bajos del edificio. Quizás la farola de la esquina, la luz verde del semáforo de mi calle, el reloj de la iglesia. El foco que ilumina la fachada del Ayuntamiento, el alumbrado de la próxima Navidad en la calle Mayor. La megafonía de la estación de ferrocarril, la línea dos de metro entre las estaciones de Ópera y Banco de España. Tal vez el radar del kilómetro 33 de la carretera de La Coruña, el faro de Torredambarra, la apertura automática de las puertas de El Corte Inglés de Sevilla, la alarma de incendios del colegio público Victoria Kent. El ascensor de la Tour Eiffel, el marcador del visiting team del estadio del Manchester United. El marcapasos de Lech Wałęsa. La draga de succión del Canal de Suez, el micrófono ante el que dará su próximo mitin Barack Obama, el circuito cerrado de televisión de la 中国中央电视台 (Zhōngguó Zhōngyāng Diànshìtái). La antena parabólica del observatorio de Arecibo en Puerto Rico, la línea telefónica interna del Kremlin, el satélite artificial ECHOSTAR 10.

El movimiento de rotación de la tierra.

Tu corazón.
 

miércoles, 14 de mayo de 2014

"Mentiras", Rocío Peñalta Catalán en "Andar por casa (2)




Mentiras

Lo admito, me gusta mentir. Pero no engaño a nadie. Sólo a mí mismo. A veces me digo cosas que no son del todo ciertas como «Querer es poder», «Ánimo, tú puedes conseguirlo», me digo. «No eres ni más ni menos que los demás», «Has estado a punto de lograrlo», «No tienes que compararte con nadie». «Todos somos únicos», me digo.
Me engaño sobre mi estado de ánimo: «Hoy te has levantado con el pie izquierdo, mañana estarás más animado». O miento acerca de mis sentimientos: «Esa chica empieza a gustarte», cuando en realidad estoy locamente enamorado. «No tenéis una relación seria, cada uno es libre de hacer lo que quiera», me digo. «Tú no eres celoso» o «Serías capaz de cualquier cosa por ella», «Matarías a quien intentase interponerse entre vosotros», «Pero si apenas la conoces...».
También me digo cosas como «Tienes clase, estilo, carisma»; «Eres especial». O algo así como «Esa mujer te ha mirado, seguro que le interesas», «A tu vecino le gusta tu traje», «Tus amigos te envidian».
O «Ese hombre lleva la misma corbata que tú», aunque no lleve corbata...
También invento rumores sobre mí mismo y me los susurro al oído: «En el trabajo creen que eres gay». Y me contesto: «No tengo que dar explicaciones», «Que crean lo que quieran», «No me importa lo que los demás piensen de mí», «Estoy por encima de todo eso»... pero puede que no siempre sea cierto.
También suelo engañarme con mis aficiones, pretendo hacerme el interesante: «Me gusta la numismática» o «En mi tiempo libre, colecciono sellos» o «Diseco mariposas; mira, ésta es una bómbice del alianto», cuando en realidad me paso las horas conectado a internet... pero, ¡si soy un analfabeto digital! «No sabes ni coger un ratón», me digo, a pesar de mi licenciatura en ingeniería informática, ¿o era aeronáutica? «Pero si eres de letras...».
«¿Por qué no vas a un restaurante chino?, te encanta la comida asiática», me digo. «Pero si eres alérgico a la soja», exclamo. «Siempre has preferido la comida italiana», «Te vuelve loco el cous-cous», me digo.
A veces miento sobre mi edad: «Ya estás mayor», me digo. «Aún estás en edad de hacer locuras, si apenas tienes 20 años» o «Nunca superarás la crisis de los cuarenta», me convenzo.
Algunos días me ilusiono con noticias como: «Antonio, tu jefe está pensando en darte un ascenso». Y planeo un viaje con el aumento de sueldo: «Si ahorro, podré ir a La India, siempre lo he deseado», aunque lo que en realidad quiero es tomar el sol en alguna playa del Caribe... o tal vez preferiría hacer una excursión por los Alpes suizos.
Otros días estoy negativo y pienso: «Se me acaba el paro, tendré que empezar a buscar empleo» o «Este trabajo es demasiado aburrido para ti, tantas horas encerrado en la oficina...». Pero en realidad tengo un trabajo emocionante, soy astronauta o detective privado. Otras veces invierto en la bolsa: «Compra acciones ahora, antes de que suba el IBEX 35», me digo apremiante.
A veces me engaño sobre mi aspecto físico. «Los años no pasan en vano, te estás quedando calvo», me digo. Al día siguiente, me miro en el espejo y exclamo: «¡Daniel, deberías cortarte esas greñas, las rastas ya no se llevan!». «Es duro ser mujer, odio que se me hagan carreras en las medias», confieso.
Empapelo el pasillo con carteles: «He perdido a mi perro», me digo y miro a mi gato que ronronea en el sofá.
«El vecino del tercero te ha rallado el coche», me digo y me enfado con él. Luego saco mi scooter del aparcamiento. «A estas alturas ya deberías tener carnet de conducir», me digo.
«Es reconfortante recibir tantas cartas de tus fans, aunque a veces agobia un poco», pero reconozco que es divertido. O lo sería... Saco del buzón una factura de la luz y publicidad de Telepizza. Alguna vez me escribo un anónimo y lo paso por debajo de la puerta. «Han secuestrado a tu hija», me digo. O a tu hermano... no sé bien si lo tengo.
A veces me miento sobre mi número de DNI o sobre los fondos de mi cuenta corriente. Algunos días cambio de domicilio: «Tu casa está en 63th Ewhurst Street», me digo o en la Quinta Avenida. A veces no recuerdo bien dónde vivo: «¿Ves, Jorge? Ya te has perdido», me digo mientras meto la llave en la cerradura del portal.
En ocasiones, mi trabajo me obliga a viajar. «Ya lo sabías cuando decidiste ser diplomático», me digo. A veces soy agente de la CIA o tengo que huir de la mafia. «Te persiguen por tus deudas de juego», me reprendo. O la policía me busca por mis crímenes de guerra, «Serás juzgado por un tribunal internacional».
A veces hago cosas emocionantes: he formulado la teoría de la relatividad, «Fue genial cuando te dieron el Premio Nobel de la Paz», me recuerdo. A veces descubrí América o un satélite de Neptuno.
También miento sobre mi nombre: «Sabes que el nombre que aparece en el carnet no es el verdadero», me digo, «en realidad te llamas Víctor o Guillermo». Un día soy James y otro Vincent o Carla. También me he llamado Marie Curie, Adolf Hitler, Gustav Klimt, Johan Sebastian Bach, Clint Eastwood... «Todos conocen tu nombre, Miguel de Cervantes», me digo. «Eres famoso en el mundo entero, Sidharta».
Pero cuando lo pienso detenidamente, ni siquiera sé bien cómo me llamo, ni quién soy... Algunas veces soy yo y otras veces, tú.

miércoles, 7 de mayo de 2014

"Síndrome" y "Rebajas", Rocío Peñalta Catalán en "Andar por casa"



Síndrome

Ya había experimentado aquella sensación antes de abandonar la avenida principal. Ahora, en este callejón desierto, la impresión de que alguien me perseguía adquiría aún más consistencia. Las farolas dibujaban pequeños halos de luz amarillenta sobre la acera. El resto de la calle permanecía en una oscuridad casi absoluta. Un gato se deslizó bajo las ruedas de un coche abandonado. Avancé unos metros. Sólo se escuchaba el eco de mis pasos repetido por las fachadas ennegrecidas de los edificios, por los contenedores cubiertos de graffiti. Aparentemente, estaba solo. Sin embargo, podía imaginar la presencia de mi perseguidor oculto tras alguna esquina, en el umbral sombrío de alguno de aquellos portales. Continué caminando, echando miradas por encima del hombro, escudriñando en la noche con los ojos entornados. Entonces me pareció ver a un hombre de mi estatura iluminado por un rayo de luna. Inmediatamente, retrocedió para volver a desaparecer en la negrura de la noche. Definitivamente, lo había visto. Un hombre de complexión mediana, con un sombrero oscuro y una gabardina desgastada, similar a la mía. Aceleré el paso, con el anhelo de cruzarme con algún paseante nocturno o de que mis pasos me condujesen hasta alguna plaza concurrida. Cada vez lo sentía más cerca, casi me pisaba los talones. Había empezado a trotar, intentando aumentar la distancia que me separaba de mi persecutor. En un momento dado, me paré bruscamente y me di la vuelta. Allí estaba, a sólo unos metros de mí. Con unos zapatos iguales a los míos, también salpicados de barro, avanzó unos pasos, hasta que pude distinguir perfectamente sus facciones en la penumbra del callejón. Una barba de dos días erizaba un mentón prominente como el mío; los labios finos, similares a los míos, se contraían en un rictus severo, de impaciencia y hostilidad; mi propia nariz; mis cejas arqueadas, interrogantes; los ojos marrones, del mismo tono castaño que los míos, reflejaban los sentimientos contradictorios de miedo y curiosidad que ahora me asaltaban. Permanecimos unos instantes mirándonos en silencio y, entonces, después de un ligero carraspeo, con mi propia voz, me preguntó: «¿por qué me sigues?».


Rebajas

Acababa de recibir mi primer sueldo y decidí que me merecía un regalo. Así que, blandiendo mi tarjeta de crédito, entré en una de mis tiendas preferidas con la idea de darme un capricho. El escaparate se presentaba prometedor. Después de un buen rato rebuscando en los estantes y percheros, entré al probador con las manos llenas.
Había encontrado muchos más de los que me esperaba. Eran tantos y tan bonitos que me resultaba imposible elegir.
Los había largos y también cortos. Oscuros y claros, casi transparentes. Los encontré de formas diversas y distintas texturas. Para invierno y para verano. Algunos disimulaban mis defectos o resaltaban mis virtudes. Unos me sentaban peor y otros mejor, evidentemente.
Algunos me quedaban escasos. En otros podría perderme: tan grandes me quedaban. Algunos hacían juego con mis zapatos o con el color de mis ojos.
Descarté otros desde el principio. Ni siquiera intenté probármelos. Sabía que no me quedarían bien, que no iban con mi estilo, que no encajaban con mi personalidad. Incluso aunque me pareciesen maravillosos, sabía que no me sentiría a gusto con ellos.
Otros apenas los miré. Tal vez fuesen de mi talla, pero, simplemente, no me gustaban.
Quería algo original, único. Que no lo pudiese lucir cualquiera. No quería ser igual que la mayoría. Pretendía huir de la mediocridad y encontrar algo casi irrepetible. Un modelo exclusivo, por llamarlo de alguna manera.
Al final, después de muchas pruebas, de mirarme y remirarme, del derecho y del revés, no fui capaz de hallar uno perfecto y definitivo. Y sin poder decidirme por un único modelo, salí de la tienda cargada de adjetivos.
Aún no he encontrado el que me defina.

miércoles, 30 de abril de 2014

"Costumbres literarias", por Mesonero Romanos




Costumbres literarias

- I -

La literatura

«Virtud y filosofía
Peregrinan como ciegos:
El uno conduce al otro,
Llorando van y pidiendo.
LOPE DE VEGA.

Desde que en España hay literatura, se ha venido repitiendo constantemente que en ella no puede haber literatos; y siéndolo los mismos que dicen esto, preciso será creerlos bajo su palabra, y convenir con ellos en que el cultivo de las letras no es entre nosotros el mejor género de cultivo.

Y a la verdad ¿qué es un literato, meramente literato, en nuestra España? Una planta exótica a quien ningún árbol presta su sombra; ave que pasa sin anidar; espíritu sin forma ni color; llama que se consume por alumbrar a los demás; astro, en fin, desprendido del cielo en una tierra ingrata, que no conoce su valor.

Si, confiado en la superioridad de su genio, no supo unir la adulación a las dotes de su talento; si, mirando desdeñosamente los intereses materiales, no acertó a mendigar un favor del poderoso; favor menguado que apartándole de sus nobles ocupaciones, le convierte en lisonjeador de oficio o en mecánico oficinista; todo su saber, por grande que sea, bastará tal vez a conquistarle un lugar distinguido en las crónicas literarias del país; acaso la posteridad encomiará su genio; acaso levantará estatuas a su memoria; pero en tanto su vida se consumirá angustiosa en medio de las tristes privaciones; y aquel hondo despecho que produce en el alma un desdén injusto, abreviará sus días, y le conducirá muy luego al ignorado sepulcro, que en vano buscarán sus futuros admiradores.

Hubo un tiempo, es verdad, en nuestro país, que parecía presagiar a las letras más alta fortuna, más estimada consideración. Los siglos XVI y XVII, imprimiendo en este punto a las costumbres una tendencia bienhechora, vieron muy luego aparecer eminentes ingenios, que, consignando eternamente la gloria de aquella edad, recompensaron con usura los favores que de ella pudieron recibir.

Sin embargo, no bastó tampoco entonces el talento literario; preciso fue también unir a él la intriga cortesana, y saber prescindir en ocasiones del hombre de letras, para aparecer bajo el aspecto del hombre político o del discreto palaciego. -Los que, como Quevedo, Mendoza y Saavedra, supieron reunir estas cualidades a las de escritores, vieron recompensado su mérito con altos empleos, con regios favores, y figuraron airosamente entre los primeros hombres públicos de su tiempo; los que, como Cervantes, Lope y Moreto, limitaron su ambición a la gloria literaria, fueron, es verdad, el objeto de entusiasmo de su siglo, y pudieron presagiar en vida el tributo de admiración que había de rendirles la posteridad; mas sus trabajos, tan aplaudidos y admirados, no bastaron a asegurarles una cómoda subsistencia, ni a legar a sus hijos otra cosa que la gloria de sus nombres esclarecidos. -Lope de Vega
quedó empeñado al morir después de haber escrito dos mil comedias (que los cómicos solían pagarle a 500 rs.), y otras muchísimas obras sueltas; Calderón vendió todos sus autos sacramentales a la villa de Madrid por 16000 rs., y Miguel de Cervantes tuvo que mendigar el socorro de un magnate para dar a luz la obra inmortal que había de ser el primer título de la gloria literaria del país.

Cuando en el último tercio del siglo anterior volvieron a aparecer las letras, después de un largo periodo de completa ausencia, una feliz casualidad hizo que hombres colocados en alta posición social fueran los primeros a cultivarlas; y de este modo se ofrecieron a los ojos del público con más brillo y consideración. Montiano, Luzán, Jovellanos, Campomanes, Saavedra, Llaguno, y los padres Isla y González, el duque de Híjar, los condes de Haro y de Noroña, Viegas, Forner, Cadahalso y Meléndez, ocupaban los primeros puestos del Estado, las sillas ministeriales, las dignidades eclesiásticas, las embajadas, la alta magistratura y los grados superiores de la milicia; bajo este aspecto pudieron servir y sirvieron efectivamente, a las letras, tanto para adquirirlas en el concepto público aquel respeto que por desgracia solo se prodiga a los falsos oropeles, cuanto para estimular a la juventud a emprender una carrera que no aparecía ya como incompatible con los halagos de la fortuna.

Empero de un extremo vinimos a caer en el opuesto; los jóvenes se hicieron literatos para ser políticos: unos cultivaron las musas para explicar las Pandectas; otros se hicieron críticos para pretender un empleo; cuáles consiguieron un beneficio eclesiástico en premio de una comedia; cuáles vieron recompensado un tomo de anacreónticas con una toga o una embajada. -Y siguiendo este orden lógico se ha continuado hasta el día, en términos que un mero literato no sirve para nada, a menos que guste de cambiar su título de autor por un título de autoridad.

De aquí las singulares anomalías que vemos diariamente; de aquí la prostitución de las letras bajo el falso oropel de los honores cortesanos. -¿Fulano escribió una letrilla satírica? Excelente sujeto para intendente de rentas. -¿Zutano compuso un drama romántico, o un clásico epitalamio? Preciso es recompensarle con una plaza en la Amortización. -Aquel que hace muy buenas novelas, a formar la estadística de una provincia. -Este, que ha traducido a Byron; a poner notas oficiales en una secretaría. -El otro, que escribió un folletín de teatros; a representar al Gobierno español en un país extranjero.

Entre tanto, aquellos escritores concienzudos, que ven en el cultivo de las letras su sagrada y única misión, y que no sabiendo o no queriendo abandonarlas, esperan recibir de ellas la única corona a que aspiran, yacen arrinconados, y como se dijo al principio, peregrinos en su propia patria; y el pueblo que los mira, y los magnates que no comprenden la causa noble de su desdén, le arrojan al pasar una mirada compasiva, o llegan a dudar hasta de sus intenciones o su talento... -«¡Literato!... ¿Qué quiere decir literato?...», le preguntará la autoridad al empadronarle. -«¡Poeta!...», repetirá el pueblo... «¡Valiente poeta será él, cuando no ha llegado a ser ni siquiera intendente o covachuelo!».

De esta manera, la multitud, que solo juzga por resultados, se acostumbra a ver la literatura como un medio, no como un fin; como un título de elevación, no como un patrimonio de gloria; y entre tanto que ensalza y eleva al talento, y engalana la persona del autor con relumbrantes uniformes, deja olvidadas sus obras en la librería; y por una singular contradicción, aquellos mismos escritos bajo los cuales se escondía una elevada posición social, sirven al mismo tiempo para que el inhumano tendero envuelva en ellos las pasas de Málaga, o los quesos de roquefort.


- II -

El manuscrito

«Así se animarán nuevos autores a imprimir obras que vender al peso».
IRIARTE.

Y para hacer más sensible el argumento por medio de un ejemplo, figurémonos un autor que después de haber dedicado largos años a trabajar concienzudamente una obra literaria, ve por fin concluido el trabajo en que vincula la gloria de su nombre y las esperanzas lisonjeras de su porvenir...

¡Pobre autor! ¡Tú creías cuando dabas fin a la última página de tu libro, que nada te quedaba ya que trabajar, nada que padecer! -Pues entonces es cuando empieza tu verdadero sufrimiento, tu más ingrata tarea. -Por fortuna, en el día no tienes que temer las trabas de una censura arbitraria, ni necesitas mendigar un permiso, que las leyes actuales te conceden gratuitamente... Si hubiera sido hace algunos años, tu primera diligencia sería la de poner un pedimento en papel sellado, y cargado con él y con tu manuscrito, acudir a la escribanía de cámara del Consejo de Castilla, dejándolos allí confiados en manos de curiales entre despojos y moratorias ... ¡Qué agudo puñal para un escritor al dar el tierno adiós (que podía muy bien ser el último) a su amada obra, y arrojarla entre profanos, que midiéndola por su escasa inteligencia, no hacían escrúpulo en despreciar un manuscrito que acaso la posteridad miraría como un tesoro!

El secretario formulaba su relación, y cargando con el manuscrito entre los demás papeles del despacho, entraba al Consejo a dar cuenta de él entre un permiso de feria y un alegato de bien probado; -el tribunal mandaba censurar aquel, y el escribano era regularmente el que designaba el censor; y si la obra era de bella literatura, la remitía al guardián de San Francisco o al cocinero de los Mínimos; y si hablaba de Historia, no faltaba algún capellán de monjas; o un abogado del Colegio, si se trataba de una colección de poesías. -En vano el pobre autor trataba de adivinar por todos los medios posibles en qué manos se hallaba; este secreto era secreto de Estado, y los hombres de ley sabían guardarlo, y dar así a los censores todo el desahogo posible para que pudieran meditarla a su sabor dos o tres años.

¿Quién pintará las angustias de aquel mísero autor en este tiempo? ¿Quién sus exquisitas diligencias para descubrir el paradero de su futura gloria? Por fin, al cabo de muchos meses y de varios pedimentos de recuerdo, decretados por el tribunal, el tiránico censor devolvía la obra, o con una negativa terminante, o toda mutilada con inmundos borrones, que hacían desaparecer su mérito principal; y gracias, cuando no se metía a enmendarla de su propia autoridad y hacer decir al autor cosas que ni en sueños imaginara. -Satisfecho de este modo el tribunal de que el libro no contenía nada contra nuestra santa religión ni las regalías de la corona, solía conceder el permiso, y el autor se daba por muy satisfecho cuando a vuelta de algunos ducados, y aparapetado con su Real cédula, lograba recoger aquella oveja descarriada, su libro querido, todo desvencijado por manos impuras, y con sendas rúbricas en cada una de sus hojas.


Ahora, es verdad, los tiempos han cambiado; para ser autor no se necesita más que un buen ánimo; y en gracia de esta libertad, han llegado las letras a la altura que las vemos. Asombroso, a decir verdad, debe ser el número de obras importantes que han debido ver la luz desde que se abolió toda censura; nuestros escritores, que antes se escudaban con ella para justificar su silencio, han podido dar a conocer sus prodigiosos adelantos y su genio superior. Ciencias, artes, literatura, todo han podido tratarlo con extensión; nadie les ha ido a la mano... Desde entonces las imaginaciones han tomado un vuelo gigantesco, las luces se propagan, las prensas gimen, y... ¡desgraciada la madre que en estos tiempos no tiene un hijo escritor!... Por resultado de este movimiento admirable, benéfico, sublime, ¿dónde están las enciclopedias profundas, las filosóficas historias, los científicos viajes, las críticas novelas, los admirables poemas? -Sin duda que han debido abundar en estos tiempos de franquía político-literaria. -Sin duda que nuestros escritores se habrán dado prisa a vengar el honor nacional, y a responder victoriosamente a los terribles cargos que de dos siglos a esta parte les dirige la Europa entera... -Sí, señor, han respondido, han escrito multitud de volúmenes... de periódicos, llenos de partes militares o de alocuciones civiles. El público no quiere más historias que la historia contemporánea, ni busca otro progreso sino el progreso de la guerra.


- III -

La librería

«En literatura, el producto del trabajo esté en razón inversa de su importancia».
ADISSON.

Mas, volviendo a nuestro anónimo escritor, a quien hemos dejado con su manuscrito bajo el brazo, salvándole, cual otro Camoens, de los embates de las olas, sigámosle paso a paso en sus diligencias ulteriores hasta ver realizado el objeto de sus esperanzas.

Por de pronto, le encontraremos corriendo una a una todas las imprentas de Madrid, y cotejando formas, y demandando precios, y escogiendo papel, y reduciendo, en fin, a números todas las circunstancias del contrato, hasta arreglar convenientemente sus bases.

Pocas cosas hay tan entretenidas como ver a un literato ajustar una cuenta o formar un cálculo con aquella pluma con que suele volar por las vagas regiones de la fantasía. La falta de práctica y su escaso conocimiento de los guarismos le hacen equivocar a cada paso la cuenta; y suma y multiplica, y vuelve a sumar y multiplicar, y unas veces saca mil y otras un millón; y quien de 24 quita 6 deja 40, y llevo 7; dos mil ejemplares vendidos a duro hacen 200000 duros; rebajados 500 por el coste de su impresión, quedan 150000 duros limpios de polvo y paja... ¿A dónde vamos a parar?

Que se ajustan, en fin, literato e impresor, y que empieza la tarea de la composición y la corrección de pruebas, y el ajuste, y el pliego de prensa, y la tiración y retiración, y las capillas , y el alce y el plegado; y mi autor en algunos meses no sabe qué cosa es dormir, ni sosiega un solo instante; y unas veces riñe con el regente de la imprenta por la tardanza, y otras con los cajistas por la precipitación; y se desespera por una errata, porque en vez de tu mano esquiva, le han puesto tu mano de escriba, o en lugar de memoria póstuma han estampado memoria postema, u otros quid pro quos tan inocentes como estos, en que suelen incurrir los inocentes cajistas.

Llega, por fin, el suspirado momento en que, ya corrientes y encuadernados los ejemplares de impresión, va a proceder a la venta, y una mañanita muy temprano sale mi diligente autor a revistar uno por uno todos los esquinazos de Madrid, donde ha hecho fijar grandes cartelones con letras tan grandes como todo el libro; y se aflige y desespera porque unos los encuentran demasiado altos, y otros demasiado torcidos; cuáles empezados a rasgar; cuáles rasgados del todo; estos cubiertos por un anuncio de novillos; aquellos ofuscados por una función de cofradía. -Pero se consuela con que en aquel mismo día la Gaceta y el Diario han anunciado su obra en términos precisos, y que ya de antemano ha regalado un ejemplar a todos los periodistas de Madrid, los cuales, en conciencia no podrán menos de decir que la obra es excelente, y el autor un buen sujeto, con la demás música celestial de costumbre, no olvidando al final la librería donde se vende o se quiere vender.

Y aquí llamo la atención de mis lectores no madrileños, para hacerles un pasajero bosquejo de lo que es una librería en nuestra heroica capital.

Siempre que a su paso se encuentren una portada gótico-arabesca y hermoso cierre de cristalería; siempre que vean relucir en el interior brillantes dorados y transparentes, y coronada la pintada muestra por un cuerno de Amaltea o por una fama trompetera; aquello, por supuesto, no es una librería, sino un almacén de objetos más útiles, tales como guantes o confitura.

Siempre que miren un prolongado mostrador, asediado por multitud de bellezas mercantes, por infinidad de galanes paganos; allí, por supuesto, no se venden libros, sino sedas y cachemiras, ni se conocen otras letras que las de «Precio fijo», estampadas en góticos caracteres en el fondo del almacén.

Empero cuando vean un menguado recinto de cuarenta pies de superficie, abierto y ventilado por todas sus coyunturas, cubiertas las paredes de unos andamios bajo la forma de estantería, y en ellos fabricada una segunda pared de volúmenes de todos gustos y dimensiones, pared tan sólida e inamovible como la que forma el cuadrilátero recinto; -siempre que vean este, cortado a su término medio por un menguado mostrador de pino sin disfraz, tan angosto como banco de herrador, y tan plana su superficie como las montañas de la Suiza; -siempre que encima de este laboratorio vean varias hojas impresas a medio plegar, varias horteras de engrudo, y el todo amenizado con las cortaduras del papel y los restos del pergamino; -siempre que detrás acierten a columbrar la fementida estampa de un hombre chico y panzudo, como una olla de miel de la Alcarria, y vean sobre la abertura que forma la trastienda un pequeño nicho en forma de altar con una estampa de San Casiano, patrón de los hombres de letras; -siempre que encuentren, en fin, todas estas circunstancias, detengan el paso, alcen la cabeza, y verán en los dos esquinazos de entrada unos misteriosos emblemas de líneas blancas y coloradas, y sobre el cancel un mal formado rótulo, que en anticuadas letras dirá forzosamente: «LIBRERÍA».

A decir verdad, que nada es más a propósito para dar una idea del estado de la literatura en nuestro país, como el aspecto de las tiendas de libros, que sin celos ni estímulos de ninguna especie han visto progresar y modificarse, según los preceptos de la moda, a las quincallerías, floristas, confiteros, todos los almacenes de comercio, hasta las zapaterías y tabernas; y ellas, impasibles en aquel estado normal que las imprimió el siglo XVIII, han permanecido estacionarias, sobreviviendo indiferentes a las revoluciones de la moda y a las convulsiones heroicas del país.

Si, prescindiendo de la librería, consideramos aisladamente la persona del librero, hallaremos en él la misma inamovilidad, igual estoicismo que en aquella. -Desdeñando con altivez todos los esfuerzos del resto del comercio, vive tranquilamente encuadernado en su mostrador de pino y sus anaqueles de becerro, repartiendo el producto del humano saber con sus compañeros los ratones (que hoy los hay con un hambre del año 12). Si escucha hablar del colosal movimiento de los libreros de Londres y de París, del lujo de sus almacenes, de la pompa de sus catálogos, y de sus grandes empresas mercantiles, el librero madrileño sonríe desdeñoso, y sigue sin responder plegando calendarios o dando a los cartones una mano de engrudo. -Si se le pregunta por el mérito de una obra, responde con indiferencia: -«No es cosa; no se han vendido más que cien ejemplares». Para él la pauta de todos los libros está en su libro de caja, y por este estilo aprecia más que las obras de Homero, el Sarrabal de Milán; y mucho más el Arte de cocina, que los Varones ilustres de Plutarco.

Ocupado sin cesar en sus mecánicas tareas, escucha con indiferencia las interesantes polémicas de los abonados concurrentes (todos por supuesto literatos), que ocupan constantemente los mal seguros bancos extramuros del mostrador; los cuales literatos, cuando alguno entra a pedir algún libro, le glosan y le comentan; y dicen que no vale cosa; y después de juzgarle a su sabor, le piden prestado al librero un ejemplar para leerle. Y mientras tanto ojean un periódico, y mascan y muerden a su sabor el artículo de fondo, y luego la pegan con la comedia nueva y hacen una disección anatómica de ella y de su autor. Todo hasta que dan las dos, hora en que el librero, recogiendo sus chismes, les invita a comer la puchera, que es lo mismo que decirles que se vayan a la calle. Y luego cierra la tienda, y come y duerme su siesta, y vuelve a abrir, y vuelve a reproducirse la escena anterior.

Pero si mal no me acuerdo, dejamos a mi autor caminando hacia la librería; pues bien, figurémonos que entra en ella a la sazón que acaba el librero de despachar un ejemplar, el tercer ejemplar de su obra, y que los literatos del banquillo han abierto la discusión sobre ella.

-¿Ha leído V., señor don Hermógenes, ese libro nuevo?

-¡Cómo si lo he leído! Página por página me lo ha consultado su autor.

-¡Calle! ¿conoce V. al autor?

-Pues ¡no le he de conocer, si ha sido discípulo mío! y dé gracias a mis advertencias y correcciones, que si no... pero callemos, que no es cosa de decirlo todo; dejémosle gozar tranquilamente de los honores del triunfo.

-Me han dicho (replica D. Pedancio), que es un muchacho de mérito, y que...

-Sí, señor, tiene chispa, y si estuviera bien dirigido...

-¿Cómo bien dirigido? ¿pues no he dicho que le dirijo yo?

-Tiene V. razón, y a decir la verdad, ya me parecía a mí que era imposible que ese mozo hiciera por sí nada de provecho; figúrense ustedes que le he conocido hace veinte años jugando a la rayuela todas las tardes con los chicos de mi vecino don Abundio... y luego, señor, lo que yo digo, ¿qué han de saber estos muchachos, ni qué universidades han cursado, ni qué oposiciones han sostenido, ni...?

(Mientras este ligero diálogo, el joven autor ha entablado un aparte con el librero para informarse de la venta; y luego que este le asegura que en todo el día ha realizado tres ejemplares, hace un gesto expresivo, da un suspiro, y lanzando una mirada fulminante a los interlocutores, se sale precipitadamente de la tienda.)

-Oiga V., señor amo de casa, ¿no querrá V. decirnos quién es ese caballerete que acaba de salir?

-Ese caballerete (responde el librero), es un amigo de todos ustedes y protegido de mi señor don Hermógenes.

-¿De verdad?

-Sí, señores, es el autor de quienes ustedes hablaban, y no sé cómo no lo han conocido.

-A la verdad, replican todos, que está bastante desfigurado... y luego esta vista tan cansada... ¿no es verdad, V., señor don Pedancio?

Los quince primeros días repite diariamente el joven la visita a la librería, y ajustando mentalmente la cuenta, saca la consecuencia de que en ellos ha despachado veinte y cinco ejemplares; y sin embargo, todo el mundo le habla de la obra, y todos sus amigos se la elogian y le colocan a par de Cervantes; es verdad que él ha tomado la precaución de regalársela a todos; y al cabo del mes pide cuentas al librero, el cual se la da de treinta ejemplares; al segundo mes de diez, y al tercero de ninguno; y entre tanto el impresor le ha cobrado la suya, y el encuadernador igualmente; y advierte, en fin, que su futura gloria le ha costado un purgatorio presente; y que en vez de los ciento cincuenta mil duros de ganancia, se halla con cien doblones de menos en el bolsillo.


- IV -

El autor

«Oui, j'aime mieux, n'en deplaise à la gloire, vivre au monde deux jours que mil ans dans l'histoire» .
MOLIÈRE.

Y con perdón de la gloria,
mucho más estimaría
vivir en el mundo un día
que mil años en la historia.

Entonces reconoce la ingratitud del siglo, y medita filosóficamente sobre la ignorancia de la multitud; pero templa su dolor con la consideración de los inconvenientes de la riqueza, y la gloria que le brinda la fama en las futuras edades, con lo cual se determina a pasar el resto de sus días dedicado a la filosofía y al estudio. -Mas desgraciadamente llega el día 30 del mes, y el casero le recuerda el alquiler del cuarto; la patrona le reclama el gasto de la casa; el sastre tiene la inhumanidad de presentarle la cuenta, y hasta el grosero asturiano que le sirve se atreve a interpelarle sobre el pago de su salario.

El desdichado autor cae entonces bruscamente desde su cielo ideal en este mundo mecánico y positivo; mira con dolor que el ingenio es un capital pasivo, que no empieza a producir hasta después de la muerte; que la sabiduría no tiene cosecha, o que si siembra ideas es para recoger únicamente desengaños; que hacer libros donde nadie lee, es ponerse a fabricar rosarios en Pekín; que aquella individualidad, aquella sublime excepción a que ha aspirado por resultado de sus tareas, le han constituido en una situación exótica en medio de una sociedad material y positiva; y que, en fin, todo su talento, toda su nombradía, no pueden hacerle prescindir de aquellas necesidades que esta misma sociedad le impone.

Entonces es cuando, dando un nuevo giro a sus ideas, las materializa y dirige a un resultado positivo; entonces cuando hace el sacrificio de su futura gloria en gracia de su vivir presente, y trata de hacer valer sus circunstancias para llegar a clasificarse en esta misma sociedad que antes miraba con enfático desdén. Entonces es cuando cambia las bibliotecas por las antesalas; los profundos volúmenes por los periódicos fugitivos; las relaciones literarias por las encumbradas y políticas. Entonces cuando hace la oposición o la defensa de los ministros; entonces cuando brilla en su mayor esplendor, y todos alaban su talento, y pasa de mano en mano altamente recomendado, hasta que da en las de un poderoso mecenas, que, en justo galardón de sus conocimientos literarios, o de su numen poético, le encaja una contaduría de estancadas o una administración de correos, con lo cual el ex-autor hace almoneda de sus libros, vende al peso todas sus impresiones a un almacenista de chocolate, y marcha satisfecho a desempeñar su destino y a firmar oficios y cargaremes.

Y aquí concluyó el literato, y empezó su positiva carrera el funcionario público.

(Marzo de 1837)

lunes, 20 de enero de 2014

Mesonero Romanos en "El salón de oriente"

El salón de Oriente

Abriose, en fin, el Salón de Oriente, este hermoso paréntesis entre la guerra civil y los empréstitos forzosos; entre la falta de pagas y los debates parlamentarios; entre el Palacio y el Espíritu Santo; entre la aristocracia y la democracia; entre la edad pasada y las futuras edades; entre la miseria y la opulencia; entre los antiguos amores y los amores nuevos; entre las harturas de Navidad y las abstinencias de Cuaresma; entre los desengaños de 1836 y las esperanzas de 1837.

Abriose, en fin, absorbiendo en su bullicioso seno la política, los triunfos militares, los reveses parlamentarios, los discursos periodísticos, las felicitaciones, las oposiciones, los planes de campaña, los presupuestos, las pretensiones, las relaciones, las enemistades y desvaríos de un pueblo grande, en cuya marcha tienen fija la vista los demás pueblos, y que en este momento se entrega apaciblemente a las gratas combinaciones de la mazurca.

Justo es que, dando al tiempo lo que es suyo, sigamos el impulso general y abandonemos también por un momento los modestos objetos a que ordinariamente nos dedicamos, para tratar del ídolo del día; que olvidemos las ciencias y la literatura por la máscara y el dominó; las narraciones históricas por el ruido de las músicas y la danza, y los monumentos de la antigüedad por el moderno salón oriental.

Las fuerzas, sin embargo, me abandonan cuando quiero penetrar en aquel complicado laberinto y pretendo traducir las páginas de un libro que a medida que la edad va clareando mis cabellos se me hace menos inteligible y expresivo.

Colocado enmedio del salón, veía indiferente y con aire de estupidez el rápido movimiento, los encontrados giros de moros y valencianas, de beatas y dominós, de arlequines y capuchones. -Para mí todos aquellos encuentros eran casuales, todas aquellas separaciones imprevistas. -Semejante al que mira jugar sin entender el juego, parecíame a veces que tal jugador debía triunfar cuando renunciaba, que tal otro debía pasar cuando tenía un estuche. -Aplaudía sin oportunidad, reía fuera de tiempo, y daba la vuelta por el salón para abrogarme el aspecto, de antiguo conocido, y el salón me respondía con la más profunda indiferencia. De aquí vine a sacar una gran verdad, y es que el año de 1837 no era el de 1832; que nuestra época había pasado, que otra generación nos había sucedido, y que tranquilamente y sin apercibirlo nos hallábamos ya colocados entre los desperdicios de la clásica antigüedad.

Resignado con la suerte, íbame a retirar sin osar penetrar en los arcanos de aquel interesante cuadro, cuando, quiso la fortuna depararme el más oportuno instrumento, para dibujar hasta una forma microscópica todos los colores y matices de aquella escena; un completo diccionario de aquellas simbólicas páginas; una brújula, en fin, segura para navegar con acierto en aquel agitado mar.

Consistía, pues, mi feliz encuentro en una de esas muchachas chiquitas, estereotípicas y de faltriquera, que se reproducen en todas partes y a todas horas, como una edición completa a mil ejemplares; que en invierno solemos hallar en el Prado tomando el sol, y en verano tomando la luna; que en febrero engañan con máscara de alegría, y en marzo con máscara de devoción; que en abril asisten a las tinieblas, y en mayo a la pradera de San Isidro a ver salir el sol; que en junio pasean la carrera del Corpus, y en julio la de la plaza de toros; que en agosto se bañan en todos los establecimientos posibles, y en setiembre ya están puestas en feria en la calle de Alcalá; que en octubre miran los cuadros de la Academia, y en noviembre los epitafios del campo santo; que en diciembre frecuentan los dulces de la Plaza, y en enero los patines del Retiro; y que en todos los meses, en todos los días, en todas las noches, llenan todas las calles, todas las tiendas, todas las iglesias, todas las tertulias, todas las procesiones, todos los circos, todas las romerías, todos los teatros, todas las misas de tropa, todos los entierros, todas las revistas, todas las entradas triunfales y todas las asonadas; desde la puerta de Toledo hasta el jardín de Apolo; desde la Plaza de Toros a la Casa de Campo; muchachas, en fin, pólipos, azogadas, imánicas, verdaderos caleidescopios multiformes, reproducciones fantásticas, y resolución práctica del problema del movimiento continuo.

Esta muchacha, viva, corretona y sulfúrica, era, como si dijéramos, una segunda edición, corregida y aumentada de cierta mamá verde, en plena posesión de sus treinta y ocho carnavales y de sus veinticuatro reales de Monte Pío, y viuda con quien yo había simpatizado bastante en mis años juveniles.

El lector me perdonará si me veo precisado a hacer aquí esta ligera revelación, pues no puedo de otro modo explicarle la franqueza con que la niña, atravesando el salón, vino flechada a encontrarme a uno de sus ángulos, donde a guisa de estatua de rinconera me hallaba entretenido con mis pensamientos, falto de mejor ocupación.

-¿Qué hace V. ahí? (me dijo mi amable interlocutora con una voz que penetró en mis oídos como un recuerdo de mis alegres años, cual un viento de primavera en una tarde canicular).

-¿Qué tengo de hacer? -respondí procurando poetizar un si es o no es mi discurso -estaba contando las luces del salón; pero en este momento echo de ver que había errado la cuenta, pues no había visto las dos que ahora me iluminan.

-¡Bah, bah! ¡Lindo retruécano! ¡Gusto clásico! Por esas señas, si V. trata de darnos la estadística del salón, escribirá que tiene cuatro mil pies, si es que son dos mil los concurrentes.

Un si es no es me desconcertó la respuesta, por la parte que ridiculizaba mi concepto; pero no pude menos de confesar que tenía razón, y se la dí, y el brazo para conducirla hasta el otro extremo del salón, donde a la sazón se hallaba la viuda madre, verificando, por lo que pude sospechar, la conversión de un sarraceno a su creencia.

En peor ocasión no podríamos llegar a la presencia maternal. -Esta voz mamá, dirigida por una muchacha de quince años a una vestal, delante de un moro adorador de su cándida inocencia, era una verdadera interpelación exótica, grosera y como lo son las más de las interpelaciones; por otro lado, mi presencia al lado de la hija venía a ser un discurso entero de oposición; era un drama completo, unas memorias autógrafas en cuatro tomos.

La sacerdotisa de Vesta se encontró, pues, tan desconcertada como un ministro tribunizado, o como un jugador de maños a quien hayan acertado la trampa; pero acordándose luego de sus treinta y ocho, nos dijo con entera seguridad: -«Tu mamá ha cambiado de traje conmigo, yo la he dado mi pasiega, y ella me ha dado, su vestal».

Y hétenos aquí, lector carísimo, buscando un zagalejo amarillo por aquellos, salones, corredores y escaleras, y preguntando a todos por una pasiega que primero había sido vestal.

Pero en vano; todas las vestales se ofendían de que las tomásemos por pasiegas, y ninguna pasiega estaba tampoco conforme en parecernos vestal.

Durante esta larga travesía, que para mi volátil pareja no fue sino un breve episodio, vino a revelarse en mí la acción principal de aquella noche. Y si no temiera abusar de la paciencia de mis lectores, daríales cuenta de las observaciones crítico-filosóficas que la inteligencia de aquella me proporcionaba; expondríales d'après nature todas las escenas, antes mudas a mis ojos, y ahora tan expresivas y significantes, auxiliado por el natural instinto de mi compañera. Ella reía, burlaba, preguntaba, respondía, observaba, y hacía, en fin, lo mismo que en ocasiones semejantes solía yo hacer algunos años antes; mi imaginación iba colgada de mi brazo; mi cabeza descansaba en la más profunda inacción; el Príncipe, Solís, Trastamara, San Bernardino, Abrantes, Santa Catalina, todos los sitios fecundos en sucesos, que para mí venían ya a ser otros tantos acusadores de mis años, otras tantas guías atrasadas, otros tantos laureles marchitos, reproducíanse a mi vista con todos sus encantos y frescura. Placíame en recorrer con aquel precioso talismán el magnífico salón, y vivificado con su fuego, veía renovado en mí aquel sentimiento bullicioso, maligno y juvenil, que algunas horas antes creía extinguido para siempre. Ya no me parecía el baile monótono, confuso y desacordado; ya no hallaba a la concurrencia fatigada, displicente y distraída; todo en mi imaginación había recibido un nuevo sentimiento; la agitación y el movimiento eran entonces condiciones de mi existencia; el ruido y el continuo roce, el resplandor de las luces, los vapores de la atmósfera, obraban fuertemente en mis sentidos. Necesitaba ya, como antiguamente, correr del salón a la fonda, de los tocadores a las piezas de descanso, de la tribuna a la sala de juego; y aquel continuo vagar por tránsitos y escaleras, y preguntar a todos y no responder ninguno, y respetar los misteriosos coloquios de los ángulos de las salas, y evitar las banquetas donde tienen su asiento las mamás inamovibles y sólidas, y embrollar al paso alguna pareja dichosa, y servir de punto de conciliación a las nuevas intrigas en agraz.

No sé cómo explicarlo; pero aquella muchacha había cambiado mi existencia, había hecho retroceder mi edad. Ya no había para mí Oriente, ni observaciones, ni 1837 -había únicamente amor, máscaras y 1832.

A imitación de mi cabeza, mis piernas se hallaban también aligeradas; y luego ¿quién no vuela en alas de un serafín? No hubo más, sino que al ruido de la música, vínome a la memoria el olvidado compás, y creyéndome el genio de aquella sílfide, improvisé una galope instintiva, espontánea, aérea, que... Mas ¡oh dolor! mis pies, entumecidos de algunos años, se rehúsan al movimiento... mi pareja sigue la figura en los móviles brazos de un barbudo galán, y... ¡ay de mí!... ¿qué es esto?... las luces... se apagan las luces... la gente desaparece... el ruido se convierte en silencioy se abre una puerta... alguien me toca. -¿Eres tú, divina criatura?... ¿qué es esto?... ¿quién me mueve?...

- Señur, las ochu en puntu ...

-¡Ah, maldito gallego!

¡Desapareció la ilusión! Todo se explica. El salón era mi alcoba; el que entraba a llamarme, mi gallego; el baile, un sueño; y mi amable pareja, aérea, incorpórea, impalpable era, en fin, mi imaginación, que no quiere aún renunciar a la juventud.