Mostrando entradas con la etiqueta Sala para fumadores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sala para fumadores. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de abril de 2011

Palabras de Andrés Mencía que cierran 'Sala para fumadores'

No hay motivo para llorar
"Aunque la razón es común a todos,
la mayoría vive como si tuviera la suya"
Heráclito

Aquí tenía que hablar del autor de Sala para fumadores,pero la mejor biografía de Nicolás Valencia es su poemario. El destino ha querido que(de su pasión destructiva de los últimos años) sólo hayamos podido rescatar estos poemas. Nicolás era un vecino de este mundo, de este país y de estas calles de Leganés, que descubrió muy pronto, apenas adolescente, con ansia y con asombro la propia identidad en discusión con todas las estatuas de la necrópolis que es nuestra civilización. Desde los Museos Capitolinos hasta Río Bravo, todo son estatuas para confundir, cada una voceando su razón. Las antenas de Nicolás, sin embargo, conectaban mejor con la vida alrededor, captando los mensajes más inadvertidos, receptoras de todos los asombros. Cuando la Humanidad abandonó su destino común —un paraíso construido y habitado por las primeras sociedades humanas "para no dejar sin comienzo a cada cosa que habría de existir", como escribe Nicolás en Canción, que abre este poemario— allá por los lejanos días del Neolítico comenzaba para el hombre otro camino que nos ha traído hasta aquí, a través del destino individual como ley y de todas las villanías, a este erial del despilfarro y del hambre, a esta locura de un sistema de pedestales que no ha hecho sino sembrar de estatuas y cadáveres los caminos y rotondas por las que transitó el tráfico de la Historia. Nicolás lo aprendía todo con rapidez y tenía la rara cualidad de dejarse penetrar por todo, por todos los entusiasmos, por todas las tristezas. Su precocidad fue la causa de que abandonase paulatinamente las estatuas, al tiempo que diluía su identidad abrazado a hombres y mujeres de verdad, abrazado a los rumores de la naturaleza y abrazado sobre todo a las calles o al insomnio.

Decía yo que su mejor biografía es el presente poemario. Sala para fumadores fue ordenado por el autor tal como se publica. Conviene recordar, sin embargo, que Nicolás Valencia escribió mucho durante sus años de indagación de la propia identidad. Escribía en libretas, a mano, el ordenador lo usaba de almacén, hasta que lo borró todo. Era el más exacto pintor de las esquinas, de la vida que fluye centelleante. Con las palabras y sus ojos convertía cualquier arista en un hallazgo, era el mejor escritor de historias imaginable. Pero al cabo de unos seis años de escritura, lo dejó, quemando todos sus papeles. Yo supe de este segundo desastre, el del fuego, porque él me lo confesó una tarde en la parada de la 481, en la Avda. Portugal. Aquella noche me habló de sus textos más queridos, de estos poemas, como de una obra terminada y que aún conservaba. No cejé hasta tener en mi poder los originales. Me pasó copia escrita y copia informática. Fue mucho más tarde, por fin, cuando Nicolás me autorizó a publicarlos y me rogó que lo hiciera, si alguna vez tenía medios para ello. Hoy ha sido su familia quien ha hecho posible la presente edición. En la copia informática, Nicolás había introducido correcciones a los textos escritos, no muchas pero muy acertadas. Son las versiones que he elegido para su publicación.

El orden del poemario es significativo. Lo dividió en tres partes, aunque la tercera, Escritos sueltos, es fragmentaria y testimonial, flashes de sus más recurrentes preocupaciones y angustias. La primera parte, De lo que ocurrió al principio, la escribió casi en su totalidad con 19 años. El poema Frío, que incluyó en Escritos sueltos, es el primer poema que escribiera de entre todos los que aquí se incluyen, un poema ferozmente exhaustivo de las miserias de la vida en nuestra sociedad. Es en la segunda parte, Y lo que vino después, donde el autor hace recuento de encuentros, descubrimientos y despedidas.

¿Existirá la objetividad? Yo no puedo leer a Nicolás sin escuchar su respiración, sin sentir su mirada azul clavada en mis ojos. Los ojos de Nicolás se clavan en todo. Escribía con los ojos, de ahí la plasticidad de su poesía, la viveza de cada una de sus miniaturas -no digo iluminaciones por no meterlo en el Parnaso, no se nos vuelva a morir. Para salvar su poesía, y la poesía, hay que huir por siempre del Parnaso como hizo él.

Los poemas de la primera parte son poemas de aproximación a la vida y de exaltación, no hay solución de continuidad, poemas juveniles. Pero eso sí, es un raro joven quien escribe, con conciencia de todos los enigmas : "Es tiempo de morir un poco más para vivificarnos" dice en un verso, o "Sólo recuerdo que olvido", o "¿Cuándo han de morir los cuervos?" Hay formulada en estos poemas una diáfana conciencia de identidad, de individualidad. Identidad por el deseo, en Deseo, por ejemplo, —Nicolás también tenía veinte años y sabía que no era la edad más bella de la vida— cuando concluye este poema: "Voy a estallar. Vivo aquí. Es mi estación." Pero también se define por una identidad como de niebla y desorientación, en Consuelo, sin tapujos: "Oscuro se oye el coro,/ estéril, mi cordura,/ ya jamás negaré lo que es mío/ pues locos sois vosotros, nuevos muertos de oro." El poema marca, de alguna manera, el final de la adolescencia y de su proceso de búsqueda de identidad. Yo soy así, estoy perdido y los locos sois vosotros, viene a decir.

En la segunda parte del poemario es como si hubiese estallado la cólera del sabio. Al hablar de poesía hoy, ya no se suele hablar de la mentira del discurso poético, la gran mentira desenmascarada una y mil veces por los dadaístas y una y mil veces vuelta a venerar, después de las vanguardias y de Auschwitz: Mallarmé se volvió loco un año, hace ya siglo y medio, escribió a un amigo que la destrucción era su Beatriz, y he aquí que la destrucción ya no es otra cosa que un esotérico buchipluma jugando con las palabras, siempre entre la casualidad y el azar. Ni se recuerda ya a suspolicías, por ejemplo, fusilando durante la siesta del fauno con balas de plomo a los comuneros ante la fosa abierta del cementerio del Père-Lachaise. Frágil, muy frágil la memoria del discurso poético al uso. Pero sin memoria no hay poesía.

Pues hablemos de poesía. Desde Auschwitz, la poesía huye de la música formal e investiga la belleza del habla, en el habla, en la calle. Pocas sensibilidades como la de Nicolás Valencia para la naturalidad y la coloquialidad. Lo demás que se escribe es silencio de iglesia, o sea, poemas o papeles que iluminan si arden. Si algo conquistaron las vanguardias y el sufrimiento de los hombres en este último siglo pasado fue el discurso poético de la belleza del deseo, de la belleza de la crítica, de la belleza del proyecto utópico que ha de latir en cada verso. En Guantánamo se continúa torturando con música, como en Auschwitz.

Cuando Nicolás proclama la destrucción del lenguaje es muy consciente del alcance de su propuesta. El lenguaje fue la parte del hombre que más ha construido en este disparate que es el mundo del hombre y la sociedad de hoy. El lenguaje no es inocente. "Si somos palabra, a mí que/ me arranquen la lengua." Más allá es el poema central (para mí) de esta parte segunda, quizá de todo el poemario. Comienza así: "Si somos palabra, a mí que/ me arranquen la lengua". Su propuesta y la imagen que la construye no pueden ser más claras. El poeta desea la vuelta al silencio y al paraíso igualitario de la comunicación gestual, al territorio que habitara la humanidad antes de la división sexista del trabajo y antes del pensamiento simbólico. Propone una vuelta al paraíso sin tiempo, al paraíso del presente, este lugar, este dentro: "entonces será cierto que no hay palabras,/ se hará el silencio olvidado en horas, en días de ruido,/ y al fin nombramos sin ellas. Dentro".

Existió la humanidad que se conocía sin nombrarse, sin palabras, "dentro". Este poema, Mas allá, repito que es un poema manifiesto. Y "dentro", como en otros poemas lo es "fuera", la palabra clave en su propuesta. Lo mismo da que el autor sueñe el amor, "tentando mis límites", para engañar la soledad, en Sólo, que ronde la desesperación, "Fuera, los ruidos de siempre. Fuera", y encienda un cigarro, en Martes, o en la calma, después de la terapia: "es tan ancho como el mundo el hombre y, sin embargo, todo es cercanía, o sea,/ lo que conocemos en el principio", así lo escribió en Así dicho.

El último verso citado, la cercanía de "lo que conocemos en el principio" nos devuelve al origen, al mundo de la paz, al paraíso habitado por la comunicación gestual y la mirada, al mundo sin lenguaje. Todo esto lo escribe con más exactitud en Eso, “Entonces, eso será puro lenguaje”, y se está refiriendo a las miradas desnudas. La belleza que gusta a su poesía es este deseo de paraíso de la comunicación por el gesto, aunque el camino se intuye oscuro. Ya no hay poetas, proclama, el hartazgo y los eructos de nuestra civilización han hecho de ellos unos sumisos animales de autobús que se casan y mueren, como dijera otro iluminado por él tan admirado. Sólo fuera del Parnaso y fuera del discurso del Parnaso se producen los destellos que sobreviven en el discurso poético, nuevas propuestas de paraísos. En Nicolás, añoranza de un paraíso que existió.

En fin, en el poemario están todas las claves de su poesía y de su imaginario. Lo que he comentado es lo que hace a estos poemas inolvidables (para mí). "¿Quién sabe cómo será mi sueño?": bien podía haber sido este el último verso del libro.

No faltarán, sin embargo, quienes resuman la propuesta poética de Nicolás Valencia como los poemas de un esquizo. Dirán una gran verdad. Es más, difícilmente se puede escribir ya poesía lejos de la esquizofrenia que nos atormenta a la mayoría. Pero es una verdad inútil. De su Sala para fumadores, lo que merece la pena destacar es que en cada uno de sus poemas aletea el asombro, y que entre ellos se abre paso una propuesta de otro mundo, una propuesta que el lector escucha a pesar de todas las interpretaciones. "Un poema corre el riesgo siempre de no tener sentido, y no sería nada sin ese riesgo", afirma Jacques Derrida. La poesía de la utopía corre este riesgo especialmente. Pero no creáis a los psiquiatras, ello dicen que sabían cosas de Nicolás, pero no creáis a esos malditos policías de la normalidad. Los psiquiatras no supieron acompañar al autor de estos poemas en sus exploraciones del miedo ni supieron acompañarle en el tránsito. Nicolás les había dedicado a ellos más tiempo que a todos nosotros, pero no consiguió que ninguno lo eche de menos hoy, cuanto más que lo llore. Ellos, empeñados en administrar individuo por individuo una razón que sólo es útil cuando es de todos, los apóstoles del discurso racional y de las pirulas, hace tiempo que habían borrado a Nicolás de la lista de los vivos. Desengañémonos, es para lo que fueron titulados estos doctores, para hacer corralitos con los cándidos y los limpios de corazón, con los perdedores, con nosotros.

Es por todo esto que yo sabía que la vida de Nicolás no era la vida de un desdichado, sino la de un sabio. No hay lugar para las lágrimas, él también lo sabía: "no hay motivo para llorar,/ las historias tristes también me gustan./ Estamos juntos, ¿qué otra cosa se os ocurre?".

Andrés Mencía

Andrés Mencía es
Ganador del 14º Premio de Novela Breve Juan March Cencillo en 2006
Ganador del Premio de Poesía José Hierro en 2009

miércoles, 6 de abril de 2011

Últimos textos de Nicolás Valencia Redondo en 'Sala para fumadores'

Sin título

Cuando sientes lo que dices, verdaderamente no necesitas
decirlo.
Cuando no es así, cuando tus palabras son más otra
cosa que realidad, tu expresión muestra tu necesidad.

Dr. Fau

Nos tratamos de tú,
siempre nos tratamos de tú.
Que así sea.
¿Es bondad tu profesión
ya que en ello estás,
O es tu corazón generoso,
tu pelo cano, tus ojos cansados
y tu carácter agrio?
Ya que buceas en lo más
profundo de nuestras alcantarillas,
las de tus pacientes, dime:
¿Cuál es la peor zozobra, la
más temible tormenta?, si
es que ahora sabes algo.

Planta Psiquiátrica y mujer

Tu modo de estar
Tan diferente de tu coco
Como tu temor dulce
Como tu pendiente izquierdo
A la desconcertante Rakel

miércoles, 30 de marzo de 2011

Dos nuevos texto de la obra póstuma de Nicolás Valencia Redondo 'Sala para fumadores'

Porque...

si los locos se muestran agresivos es porque se sienten impotentes ante la hostilidad que les rodea, y no hay nada más frustrante y violento que la imposibilidad de enfrentarse a la violencia.

Paso

Lo terrible no es sólo que vamos a morir, sino el proceso en que nos damos cuenta. Es común que para no afrontar esto, ni lo uno ni lo otro, nos sepultemos ahogando nuestras energías en asuntos o empleos que nos provocan infelicidad en vez de al menos intentar comprender.

La locura es reeducación (¡cuidado con tu psiquiatra!),es un proceso lento y doloroso para aprender a vivir en plenitud, eso seguro, desde otro lugar: ¡Ponle tú tu propio nombre! Tan sólo hay que creer en ello, en uno mismo y en el modo en que acaricias a tu chica o la manera en que comienzas a ver los matices en tus padres, en fin, eso que ocurre cuando miras a través de la ventana exhausto ante la belleza de este amanecer cualquiera. Pero es necesario el milagro, un poco de suerte y otro tanto de valor. Vamos a morir, sí, ahora lo sabemos, pero mientras nos amamos, nos gozamos y así exorcizamos el miedo.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Dos nuevos textos de Nicolás Valencia Redondo en 'Sala para fumadores'

Recién nacido

vivo, vivo!
¿De cuántas lunas estamos hechos?
¡No es tópico, no!
Poco a poco y por siempre
caminas sobre una sola pierna,
mueres a cada paso.
Deja que la mentira te ayude o
llámalo dios si así te parece:
desnúdate abriendo tu pecho
como en la primera respiración.

Frío

Frío son mis manos moradas hasta quedar muertas —cuando se es hielo el frío deja de existir, no es. Frío es la despedida, la cal, la distancia, la frustración, un loco que se ahoga, algunos poetas, el no gozar de tus besos, la venganza, la desilusión, la desconfianza, el saber íntimo de que amo más que esos que siempre hablan de amor. Frío es saber que en la vida no hay normas sino miedos, que sólo tenemos dos verdaderos enemigos: la muerte y uno mismo, saber que a ti no te quedan más que contados momentos de plenitud, frío es crecer, la incomunicación, las primeras reacciones de esa persona de la que intentas recuperar su cariño, frío es el fracaso aunque hay fracasos que brillan muchísimo más que el éxito, perder el autocontrol,un latigazo, una de esas miradas que significan adiós, las miradas de asco de los que están "in", el silencio, el caminar sin camino, la piel de la serpiente, el futuro, trazos del pasado, abril, la piedra, el metal, la espera —de lo que sea, frío son los significados encerrados en palabras, los intelectuales, la inacción, en cierta forma la serenidad, lo absurdo, la estupidez, frío es la recogida de basuras, la pulcritud, la perfección, la locura hasta que se convierte en cotidianidad, el barro, las grandes frases, los lemas, el trabajo cuando no te gusta, el misterio cuando deja de serlo, el cuero, la rabia, el odio, estar seco, en blanco, la superposición de valores hasta que te haces con el banco, una pareja que ya no se ama, la melancolía, la guerra, la culata de una pistola, las realidades que no conoces hasta que te involucras en ellas, los prejuicios, lo limitado de nuestras vidas, un folio en blanco, la tristeza, la angustia, el reloj, las prisas, lo neurótico, saber que tienes que dejar que te utilicen hasta que tengas la excusa para que dejen de hacerlo, el castigo, la vejez, el sonido de un lápiz consumiéndose en un dibujo, un álbum de fotos sin fotos, el mar Cantábrico, los jóvenes enlatados en bares de plástico creyendo ser felices y plenos, la huida, el engaño, lo zafio, lo brusco, la indiscreción,un bollo de ayer, una ciudad sin duende, un cuerpo muerto, el agua de la sierra, la imposibilidad —de lo que sea, la luna, la superficialidad, Nietzsche —aparentemente, el no dejar crecer, pisar, el no saber cómo ayudar a un amigo ahogado en conflictos que no es capaz de superar, de elaborar, los estereotipos, los finales, el que se acabe la música.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Dos nuevos poemas de 'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo

Eso

La locura es uno y
vuela.
Ojos muertos llaman al loco,
que se pierde aún más.
¡Por favor, mírame con tu retina desnuda!
Lo que veas, lo importante es lo que veas,
para dejar de aullar así,
para cerrar mis ojos y que sean los tuyos los que amen,
ahora no puedo.
Entonces, eso será puro lenguaje.


Aburrimiento

Una vez perdido, pese estar anclado al fondo, busco techo.
Me veo como una hoja que grita a su cielo
insegura de raíz en el árbol, temerosa del otoño.
Muchos son los motivos, pero
¿acaso no son dos, amor y muerte, la bóveda que los une?
Pronto amanecerá y mi sueño,
¿quién sabe cómo será mi sueño?

miércoles, 9 de marzo de 2011

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (11)

Así dicho
Carmen Otegui frente a mí,
atenta y comprometida.
Así dicho, sin palabras o con tus ojos charlatanes,
lo que parecía cae en mi tierra y germina.
Así dicho, cuando aún no sabía pese a querer comprender,
me nutres al alejarme ya de tu sala
para gozar tu silencio, como de oráculo en recuerdo, cuando
salgo a la calle. Ya lo que era, es.
Ahora sé que lo otro no era nada, nada de nada, y
que es tan ancho como el mundo el hombre y
sin embargo todo es cercanía, o sea,
lo que conocemos en el principio.
Entonces me vuelve tu sonrisa, así
limpia, y no necesito más nada,
aunque espero, respiro, espero.
Aún es de día, ya todo luce para mí.

Esto que me ocurre y se escapa
Ahora lo sé, pero no quiero nombrarlo para ti,
sería el fin.
Lo que ya sé, para mí.
Aún no puedo mostrártelo, no del todo.
Instante en que te quiero y se escapa.

El nombre del vértigo
(o lo contrario)
El vértigo siempre aparece,
es un viaje mortal: cuando caes, ya lo que era, es.
Entonces, vuelta a empezar.
Lo cierto es que a pesar de todo amanece y
los nombres brillan como estrellas limpias,
enigmáticos en su cercana lejanía:
¿Tienen carne y hueso los nombres?
Deja que te mire, si me caes bien
puede que pronuncie el tuyo y durmamos al fin,
yo, que ni nombre ni carne ni hueso ahora,
ahora que vuelo extrañado.

miércoles, 2 de marzo de 2011

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (10)

Sólo
He venido hasta aquí
tentando mis límites, ahora,
a pesar del insomnio y la ceniza,
cuando amanece.
Tú me has mirado, más que eso,
has tocado mi mano y
un miedo que me atenaza desde siempre
se ha hecho caricia, y ¡te he deseado tanto!
cuando desapareces en la cocina.
Entonces he comenzado a prepararme
para intentar vivir una mañana más
soñando que voy a tu casa y me acaricias...
Todo esto que invento para no desesperarme,
que es sólo eso: soledad. Tú.

Martes
A veces me pasa,
trato de agarrar una rama, pero
aquí no hay árboles, me caigo.
Puede que esté mintiéndome,
poco importa cuando grito, así,
sin abrir la boca.
Poco me importas y a la vez
eres tú a quién me dirijo.
Me enciendo un cigarrillo y
caigo, ¿eres tú al fin?
Por supuesto que soy un tipo corriente,
nada se acaba aquí.
Fuera, los ruidos de siempre. Fuera.
No es esta la ocasión, ni siquiera sé
qué es lo que me desgarra y hunde.
Bien quisiera reír, otros días lo hago, pero
no es esta la ocasión, I’m sorry!

jueves, 24 de junio de 2010

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (9)

Donde te dejo
He venido hasta aquí,
he llamado a tu puerta vieja,
he abierto sin más como vine sin nada.
Nada es lo que necesito cuando estoy contigo,
todo son tus manos recias empuñando la sierra,
desmembrando el leño ahora
que estás aún más cerca de nada.
Todo, tu lloro seco por la hija muerta,
tu esfuerzo húmedo por acercarte ya,
inmediatamente, a todo,
que es sólo eso, el fin.
Tú, sentada a oscuras junto a fotos de muertos,
tú cocinando, tú paseando hasta la fuente...
Ahora es nada porque ya no quieres esto,
ni siquiera esto,
un coro de ruidos que antes te decían algo.
Treinta años esperándonos tras la puerta vieja
no es nada importante.
Restos, ruinas de un chamizo muerto
habitado tan sólo por un nombre
que se cuela en mi memoria:
¡Ni sé ya a qué saben tus ojos sobre mí
desde que huí!
Ahora, abuela, puedo nombrarte,
abrir la puerta vieja en sueños,
que es lo único que nos mantiene unidos.

Más allá
Si somos palabra, a mí que me arranquen la lengua.
No quiero ser más que esto que escucho,
tan sólo esto.
Aquella otra voz que confundo o mezclo
con la sonrisa de quien no conozco aún
pero me abraza dulcemente,
sé que algún día ocurrirá,
entonces será cierto que no hay palabra,
se hará el silencio, olvidado en horas, en días de ruido,
para al fin nombrarnos sin ellas: dentro.
Entonces, como digo,
ya no seremos nunca más los de antes,
¿quién lo querría?
Si somos palabra, a mí que me arranquen
de la boca de los necios,
¡ni siquiera mi nombre en sus bocas!
No deseo nada
del uso de poder, que pisa y
rompe el cristal de la copa,
ese instante que huye para que
lo recordemos aún más allá de lo que somos: nada.

jueves, 17 de junio de 2010

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (8)

De todo, esto
En la clínica psiquiátrica
Nuestra Señora de la Paz
¿Hay algo que decir?
Me falta el aire pero fumo con ganas.
Vuelvo a casa.
De todo lo que ocurre, he vivido vuestra locura hoy,
la que desgarra.
Fuera juegan los muchachos sanos, felices. Nada.
No hay motivo para que gritéis,
¿qué importa que otros lo hagan?
Ellos son los que desean morir,
¿quién dijo que somos un destino de muerte?
Presente es el amor quebrado, roto.
Observo y siento vuestro grito silenciado,
a duras penas audible tras estas paredes viejas.
No hay motivo para llorar,
las historias tristes también me gustan.
Estamos juntos, ¿qué otra cosa se os ocurre?

Cuando aún tu corazón late
Son tan frágiles los muros que nos separan
que resulta difícil quebrarlos.
Tú estás siempre ahí, al otro lado de mi espacio.
Te conozco por el murmullo que oigo a cada instante
e identifico como restos de ti.
Porque tú ya no eres tú, sino
lo que queda de ti en todos nosotros.
De eso saben en el CAMF, en el Pozo,
en todos los talegos, allí donde se indica el margen.
Eres libre, por eso andas arrastrándote,
llevas a tu espalda la carga de vidas ajenas,
de todas las vidas.
La tuya propia ya no es tuya en sí y
es tan ligera que cabe en uno de mis bolsillos.
De eso saben mis desvelos.

jueves, 10 de junio de 2010

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (7)

Y LO QUE VINO DESPUÉS

Los ojos del agua
¿Qué dolor es ese que busca ahora
el refugio en la teoría?
¡Qué ilusión en la palabra,
cuando jamás supe su significado!
De todas las noches de insomnio
me quedo con las horas tendido junto a vosotras,
de todas las orillas que llaman al náufrago desesperado
prefiero ese abismo de aguas revueltas
que son vuestros besos cálidos, sinceros
para no vivir sobre la arena seca,
para no ver ahogándose a mi compañero,
para irme con él a la ciudad subacuática y
encontrarme de nuevo en vuestro pecho herido.

Tu voz
¿Es necesario?
¿Es necesario que te alejes del bosque
para que las palabras rasguen tu vientre
y los caminos espolvoreen maliciosos su arena en ti?
¡Oh!, es necesario tu silencio ancho y tus pies ligeros,
pues de la fuente ya surgió la última gota y
se la bebió un gorrino salvaje.
Pero es necesario que vuelvas y nos lo cuentes,
para que las rocas que vigilan este bosque
/se resquebrajen
y permitan correr libre el agua que te atraviesa.

jueves, 20 de mayo de 2010

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (6)

A una posible vida
Para Leopoldo María Panero:
de lo que nadie te dijo.
Ni toda la furia ni toda la inquina,
el lloro del maldito sólo bosqueja
la huella del gato que camina,
un leve trazo en vuestra teja.

Por eso, como un joven cadáver violado,
harto de silencio y fiebres,
desea alzarse sobre el común dictado
para que al menos tú le nombres.

Del rumor errátil que le anima
surge clara la voz genuina,
¿qué más, sino gritarte, queda?

Cuervos
Mientras siete caballos golpean mi vientre
alguien me grita que es lo que debe ser.
Hoy tú te has maquillado los ojos, los labios y
desfallecería besándolos.
La tarde anterior me buscó el pánico,
me agarró de la mano, me susurró al oído:"preso".
Nunca barrotes tan frágiles ahogaron tanto,
¿cuándo el aire produjo asfixia?
¡Estás tan hermosa esta noche detrás de la barra!
¡es tan cruel mi ilusión de no ser! Y, sin embargo,
ser no tiene vuelta de hoja.
Sólo una oportunidad y veinte cigarrillos
mientras te desmaquillas los ojos, los labios,
ya cansada de esperarme tras el vaso.
¿Cuándo han de morir los cuervos?

jueves, 13 de mayo de 2010

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (5)

Del invierno en primavera
En ese tiempo en que el temblor propio se disipa
caen las hojas dulcemente,
así los días las recogen y los años me desgarran.
¿Cómo virar de nuevo rumbo al espléndido sueño,
girar la vista a ese hueco que otrora lo soportara
para vivir sin llorar lo que no fue y me alcanza?
¿Por qué dejar que todo acabe si
es el comienzo lo que me alimenta?
¡Te deseo a pesar de que me aceches
e imagino a solas lo que
tan sólo escucho en los días claros, soberbios,
cuya luz anochece los turbios pensamientos!

Las lindes de un incendio
Fue ayer mismo que caminé
por una vereda ardiendo
y hoy no soy capaz de mantenerme enhiesto.

Yo fui niña, yo lo negué,
rasgué la yesca de desconcierto
y vuestra justicia prendió sobre mi cuerpo.

Más no hagas de mí un héroe,
lejos queda de la intención ese invento.
Sólo quiero ser libre, mostrar del sistema el cieno.

Fue ayer mismo que caminé
por una vereda ardiendo.
Con la sentencia a mi favor ya no hay modo.

Consuelo
Mudos los árboles,
rogué un límite a todo aquello
que turbaba mis días,
te exigí un equilibrio en las imágenes.

El lugar del equilibrio lo ocupó una niebla
tan llena de silencio y llagas
difíciles de sanar
que, insinuado el bosque, me adentré sin más.

Temeroso de no encontrar la salida
giré la espalda, viré la vista y
fue como con un gajo de limón
que brotó la lágrima perdida.

Oscuro se oye el coro,
estéril, mi cordura,
ya jamás negaré lo que es mío
pues locos sois vosotros, nuevos muertos de oro.

jueves, 6 de mayo de 2010

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (4)

Sí o no
Si alguna vez me canso de los besos
creo que permaneceré quieto hasta que reaparezcan.
Mientras los días me condenen y la aurora
decida esconderse tras el telón,
creo que bailaré hasta que la sentencia ría mi torpeza
y las máscaras se hagan visibles...
Porque sí, pese a que no fue yo también lo he vivido.
Ahora dime que no, que la madurez es el último camino.
Entonces es que jamás abrazaste al sol
para mojarte después en la arena.
¡Quizá llore por ti!
Sí o no.

Adolescente a su madre
Puedo traicionarte a pesar de todo.
Quizá te bese el día de tu muerte,
será entonces que escriba tus historias
y acabe el sortilegio, porque
ora me arropas
ora me asesinas.
Todo gira a nuestro alrededor y no somos el centro.
Puedo traicionarte en vida,
eso sería lo justo, pero
a veces te quiero y todo está en calma.
¿Es que no ves caer la noche a nuestra espalda?
¿Por qué caminas siempre sin abrir los ojos?
No lo olvides, puedo traicionarte
porque a veces me hieres, y otras
me alivias.

La tormenta que me es propia
En pie frente a la tormenta
grito en sordo para siquiera afirmar que existo.
En el milagro de permanecer juntos
huyo por el albañal, que la asepsia, como
la democracia, siempre me suscitó dudas.
Más vida, menos podre, mucho vino y poca tele,
corro por el sembrado buscando el germen de lo que es:
más que suficiente para continuar mojado tras sus huellas.

jueves, 29 de abril de 2010

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (3)

Bajo los árboles
Has mojado tanto tus zapatos
en tan sólo catorce años
que caminas junto al árbol
erguido,
acrecentado bajo su cobijo, pero
no olvides que es tu acreedor de sí tanto como tu sol
¡Ni tan siquiera escuchas o imaginas
su susurro cómplice al alejarte!

Qué pudiera ser!
Mientras observo a ese sauce zarandeándose,
¡oye!, pienso en ti.
Son días oscuros. Desconozco el modo
de sacudirme esta opresión en el estómago.
Hierbas, libros, tallarines y una cita para hoy.
Niña, ¿escuchas estos extraños arpegios?
Es cuando todo se acelera y cejo en el empeño
que me inunda, clarificándolo en su totalidad.
La luz, mágica luz.
¡Música, música, música! Él llora, pero yo
pienso en ti.

Pasillo
Aún podemos destruir el día
para fabricarlo desde el comienzo.
Después, lo observaremos al anochecer.
Otro beso, abriéndonos paso, horadando muros,
pujando por el caballo perdedor.
Ahora es, también lo soñé.
Lo sé porque a cada segundo martillean mi ser y,
desnudo, les respondo que no todo lo que es
podemos verlo con nuestros ojos.
Tras esa puerta hay un largo pasillo,
quizá lo encuentres nevado al comienzo
o árido después, pero
¡rasga sus velos, esos que te ciegan y enmudecen!
¡Reúnete conmigo!
Somos hijos de la mayor puta,
pobladores del desierto.

jueves, 22 de abril de 2010

'Sala para fumadores', poemario póstumo de Nicolás Valencia Redondo (2)

Deseo
Al percibir el movimiento y olor
de tu pelo, lo espigado de tus dedos,
níveo de tus uñas y llano de tus manos,
el modo en que las curvas de tu pecho
estampan tu camisetita bordada con flores...
Al mirarte a través del espejo que no es
mientras sacas unos apuntes para ojear
noto mi cuerpo en traqueteo.
Te miro, nervios, y
mi desequilibrio se sitúa en un punto difuso
entre las pelotas y el corazón.
Eres María y no conozco tu nombre.
Ahora, ya sin pétreos alcahuetes, sé que te
/quiero,
puedo escucharte sin oirte.
Voy a estallar. Vivo aquí. Es mi estación.

Sombras de miradas
Hay miradas que son como agua y
corazones hambrientos que duermen
en los soportales por siempre.
Hay miradas que acarician,
otras, te atraviesan.
¿Quién sino ella, sino ellas nos hacen temblar
como lluvia de estrellas o como un volcán?

Bailar solo... y con vosotros
Un amigo no ve la luna desde su ventana esta noche.
La noche se ha hecho sobre todo, sobre todos,
sobretodo porque ya se fue la luz.
¿Qué sabrán esos "destinos" de lo que nos une?
¿Qué, del temblor de sus dedos,
de las cuatro cajetillas que reposan
en lo alto de la papelera? De llena, rebosa.
¿Qué sabrán de las lágrimas que escurren por dentro?
¿Acaso se cose en un atril?
Tres son los vértices que soportan esta noche:
lágrimas, dudas y silencio.

jueves, 15 de abril de 2010

Nicolás Valencia, compañero, aquí comienza 'Sala para fumadores'

Nicolás dijo: "hasta aquí" el día 17 de diciembre de 2008. Tiempo ha, ¿verdad? No tanto.
Nicolas no fué mi amigo, pero fue compañero de Patrañas. Y recuerdo que en esa última etapa de su vida, y tras mi publicación de 'la cinta de moebius', Nico se interesó a través de mi poesía por contactar conmigo. Nunca pudo ser que viniera a Madrid a algún evento que compartiéramos, ni a mí se me ocurrió pasar por Leganés a verle: las conversaciones telefónicas con él me resultaban un poco inquietantes.
En fin, que Nicolás se fue sin que pudiéramos hablar gustosa y sosegadamente. ¿Sus motivos? Nada sé, pero además no viene al caso. Sólo os cuento esto para que veáis en la publicación de 'Sala para fumadores' (Patrañas, 2009) que aquí compartiré con vosotros al completo, el merecido, tardío y personal homenaje a Nicolás. Yo no acudí a la despedida que le rendieron sus familiares y amigos, ni era mi lugar ni Nicolás me esperaba. Tampoco acudí a la presentación de 'Sala para fumadores' en Leganés, ni era mi lugar ni Nocolás me esperaba. Mi lugar, Nicolás, es éste. Aquí sí soy contigo, en las letras, nuestra patria común, que tú y yo somos verso tan solo. Nicolás, alguien con quien hablo más de muerto que de vivo. Perdóname la tardanza. ¡Va!

La Canción
Caminaron un sin fin de millas, tanto como para rodearlo
todo, y serpentearon de norte a sur, de este a oeste,
tanto como para no dejar sin comienzo a cada cosa que
habría de existir.
Anduvieron y alzaron sus voces en cánticos tan sólo
audibles para ellos mismos, sus dioses y la propia tierra.
Esas voces reverberaron de aquello sin nombre en su
piel y en su mente, afirmando su ya existencia.
Así lo cuentan los ancianos a todo aquel que se presta.
El escuchador arde entonces por preguntarles acerca
de la luz, la emoción, el dolor y el amor, porque no
quiere dormir para siempre en la dicha, en la satisfacción
del que no vibra.
El "Tiempo de ensueño" se repite una y otra vez en instantes,
que algunos iluminan porque se da gracias a los
hombres, que son los que portan la antorcha y recogen
los frutos.
Habrá un cambio cuando cada uno de nosotros tema
todo aquello que no fue cantado, sino fabricado para
nuestro engorde.

DE LO QUE OCURRIÓ AL COMIENZO

Desmemoria
Sólo recuerdo que olvido,
siento que no dejo huellas en el camino.
Recuerdo que tengo un pasado
trufado de llanto y risa
luces y sombras, rechazos y besos
y sed y hartura.
Hoy repican las campanas,
es tiempo de pensar en el invierno.
En su frío y sus silencios.
Y en su frío.
Sólo recuerdo que olvido,
¿dejo huella en el camino?
¡Muéstrame el sendero a tus labios!