Eso del calcular la fuerza de los motores de aeroplano hablando de caballos, es quizás lo que aún no les ha hecho estables, tranquilamente estables en el aire. Había que llamarles águilas o avestruces, y a los de los hidroplanos tritones. “Tantas águilas de fuerza” o “Tantos tritones”, se debería decir.
Tenía orejas ideales para sostener el lápiz, y por eso hubo que dedicarle al comercio.
Aquellas patillas morenas entrecomillaban la calle.
La lluvia pespuntea el traje de invierno de la ciudad.
Donde rompen los amantes para siempre queda el monumento de su despedida. Lo volverán a ver intacto y marmóreo cuantas veces pasen por ese sitio.
El viento mueve las hojuelas de nuestro sistema nervioso.
Lo que más le duele al aire son esos latigazos de los cocheros, que le hacen restallar como si le hubieran pegado un tiro.
El reloj del usurero marca las horas, los cuartos y los tantos por ciento.
Los sillones sin forro de las tapicerías son sillones en paños menores.
Las palabras con puntos suspensivos resultan aderezadas con guisantes.
El tubo de desahogo del automóvil del obispo debía lanzar humo de incienso, en vez de humo de gasolina.
Estando bañándome -las grandes teorías nacieron en el baño- y viendo el oleaje y desnivel que yo causaba en la tina, pensé que quizás las mareas y las olas se deben a que Dios se baña en medio de los océanos.
En las iglesias debía haber unas chimeneas para que saliesen las oraciones.
Todos los tíos que se desperezan son como salvajes que disparan su flecha al aire.
Esas grandes gotas pesadas, terribles, que a veces caen sobre nuestros sombreros son otra cosa que nos ha lanzado la Providencia, como esos niños que se asoman a los balcones, escupen al transeúnte y se meten corriendo.
La Providencia sabe cosas absurdas, como cuántas sardinas han existido desde la creación... La estadística de todo se lleva en sus oficinas.
Hay unos papeles que se pegan a los zapatos y que, aunque uno es prudente y espera a que ellos se suelten, hay que enfadarse con ellos para que no nos sigan.
No solo es lo malo que se caiga el botón, sino la verruga de pelo que queda encima, en su sitio.
Esa cosita respingona que llevan en la coronilla de la boina los que usan ese capacete, es el rabito por donde la muerte les agarra cuando están maduros, como peras que coge del frutero para comérselas.
El otro lado del río siempre estará triste de no estar de este lado... Esa pena es de lo más insubsanable del mundo y no se arregla ni con un puente.
Hay una beatas que rezan como los conejos comen hierba.
Un hombre que conserva mucho el palillo en la boca es un verdadero rumiante.
Debía proscribirse el uso de la pizarra en los colegios, porque el niño con pizarra parece que estudia para carbonero.
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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miércoles, 27 de noviembre de 2013
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Greguerías (5) de Ramón Gómez de la Serna, alguna con matemáticas, en “Greguerías escogidas”, Agencia Mundial de Librería
Las veletas son el carrusel de los pájaros... Ellos lo comprenden, y tienen especial predilección en montarse en ellas.
El pez más difícil de pescar es el jabón dentro del agua.
Las golondrinas juegan sobre la calle de cielo que corresponde a nuestra calle de tierra como párvulos en vacaciones o al salir de las escuelas.
Tocólogo debía ser el músico y no el partero... Pero nadie se atreve a cambiar los nombres que falsamente llevan las cosas.
Las agujas saltan como pulgas y desaparecen.
El chófer, dormido en el pescante del regio automóvil, apagado y parado las horas muertas junto a la verja del palacio, muy remoto y muy fantástico en el fondo del jardín, sueña que, vestido de frac y lleno de seducción, baila en la fiesta magnífica y deslumbradora, mientras a la puerta le espera un automóvil dirigido por un chófer hipócrita, inaguantable y ladrón, al que cuando salga zarandeará sin consideración y con un señorío riguroso para que se despierte.
Se apagan las sonrisas como las luces.
Los aeroplanos han sido inventados para cazar los globos que se les escapan a los niños en los jardines... Se han desviado de ese objeto con que les creó Dios, pero originariamente para eso fueron creados.
Los vasos de agua que se vierten son verdaderas trombas de agua, verdaderas inundaciones que sugieren una ley física nueva que se podría redactar así: “El agua que desaloja un vaso que se vierte, es infinitamente mayor que la que aparentaba contener”.
Hay que dejar que las imágenes se acerquen a nosotros. Nosotros nos podemos acercar a las cosas, pero no a las imágenes... Hacia las imágenes ni un paso voluntario.
Cuidado al volver las esquinas, porque todos los que son chatos se lo deben a un descuido al volver una esquina.
Después de tomar un chocolate con ensaimada se es burgués, profunda, panzuda e irremediablemente burgués.
Durante la noche, el gobierno está en crisis total.
Las mujeres rompen y abandonan medias y medias, como las serpientes sus camisas...
La pluma bebe como un pájaro en el pequeño bebedero redondo...
En otoño debían caer todas las hojas de los libros.
El pavo debía llevar un pañolito bajo el ala para limpiarse el moco.
El pez más difícil de pescar es el jabón dentro del agua.
Las golondrinas juegan sobre la calle de cielo que corresponde a nuestra calle de tierra como párvulos en vacaciones o al salir de las escuelas.
Tocólogo debía ser el músico y no el partero... Pero nadie se atreve a cambiar los nombres que falsamente llevan las cosas.
Las agujas saltan como pulgas y desaparecen.
El chófer, dormido en el pescante del regio automóvil, apagado y parado las horas muertas junto a la verja del palacio, muy remoto y muy fantástico en el fondo del jardín, sueña que, vestido de frac y lleno de seducción, baila en la fiesta magnífica y deslumbradora, mientras a la puerta le espera un automóvil dirigido por un chófer hipócrita, inaguantable y ladrón, al que cuando salga zarandeará sin consideración y con un señorío riguroso para que se despierte.
Se apagan las sonrisas como las luces.
Los aeroplanos han sido inventados para cazar los globos que se les escapan a los niños en los jardines... Se han desviado de ese objeto con que les creó Dios, pero originariamente para eso fueron creados.
Los vasos de agua que se vierten son verdaderas trombas de agua, verdaderas inundaciones que sugieren una ley física nueva que se podría redactar así: “El agua que desaloja un vaso que se vierte, es infinitamente mayor que la que aparentaba contener”.
Hay que dejar que las imágenes se acerquen a nosotros. Nosotros nos podemos acercar a las cosas, pero no a las imágenes... Hacia las imágenes ni un paso voluntario.
Cuidado al volver las esquinas, porque todos los que son chatos se lo deben a un descuido al volver una esquina.
Después de tomar un chocolate con ensaimada se es burgués, profunda, panzuda e irremediablemente burgués.
Durante la noche, el gobierno está en crisis total.
Las mujeres rompen y abandonan medias y medias, como las serpientes sus camisas...
La pluma bebe como un pájaro en el pequeño bebedero redondo...
En otoño debían caer todas las hojas de los libros.
El pavo debía llevar un pañolito bajo el ala para limpiarse el moco.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Greguerías (4), alguna con matemáticas, de Ramón Gómez de la Serna en “Greguerías escogidas”, Agencia Mundial de Librería
La niña con el arco en la mano va al jardín como al colegio jugando con la circunferencia y la secante.
Los buques saludan a los puentes quitándose el sombrero de copa.
Cuando se levanta del suelo una caja de cerillas que parecía nueva y resulta vacía, no es lo malo el engaño, sino que, al abrir la tapa, la caja se ha reído de nosotros.
Hay barcos que arranca el mar a los puertos hasta con el ancla, como el ladrón que se lleva el reloj con cadena y todo.
Dio a la pera de la luz como si hiciese la fotografía de la alcoba.
El más pequeño ferrocarril del mundo es la oruga.
El mono procede del coco, que es el huevo del que salió.
Cuando la bicicleta pasa por lo alto del camino parece que el paisaje se ha puesto lentes.
Son más largas las calles de noche que de día.
El Inri de los que no pagan a los sastres de las tiendas que dan a la calle es que el traje que no pagaron se lo ponga el maniquí que les representa y lo luzca en medio de la acera con las etiquetas cosidas, las etiquetas en que está el nombre y las medidas del tramposo, su “ficha”.
Al ver esos carros llenos que van dejando parte de su carga en el camino, pensamos que cuando lleguen a su destino llegarán vacíos. Solo nos parece que compensa esa desdicha el que eso hará que sepan volver sin perderse, siguiendo la estela del reguero que les desangró.
Las lagartijas meten un ruido de grandes serpientes entre los matorrales, sobre todo en el otoño, cuando las hojas suenan como papeles secos. Entonces hasta parece que rebulle entre las hojas una serpiente boa o un caimán.
El que compre esas alcobas expuestas en los grandes escaparates de las casas de muebles, sentirá en su alcoba, la noche de su boda, un fisgoneo de miradas de duendes, las miradas de los transeúntes que miraron la alcoba en el escaparate, que pervirtieron su castidad, que se acostaron y se gozaron en la cama expuesta, y se sentirán así como en la alcoba del escaparate iluminado. Será inútil echar los estores y cerrar las maderas.
¿Qué terribles culones o qué terribles culonas hunden los bancos de piedra de los paseos públicos, siempre medio hundidos en la tierra?
Cuando se escucha el ruido de los cierres metálicos al cerrarse en la noche, parece que la noche se hace más oscura y más definitiva en los cielos y en la tierra, como si se corriese sobre ella el telón que la corresponde... Y también, cuando en la mañana escuchamos el metálico descorrerse de la primer cortina metálica, nos parece como si se abriese la mañana de par en par, como si esa fuese la señal teatral de levantar el telón otra vez.
Los buques saludan a los puentes quitándose el sombrero de copa.
Cuando se levanta del suelo una caja de cerillas que parecía nueva y resulta vacía, no es lo malo el engaño, sino que, al abrir la tapa, la caja se ha reído de nosotros.
Hay barcos que arranca el mar a los puertos hasta con el ancla, como el ladrón que se lleva el reloj con cadena y todo.
Dio a la pera de la luz como si hiciese la fotografía de la alcoba.
El más pequeño ferrocarril del mundo es la oruga.
El mono procede del coco, que es el huevo del que salió.
Cuando la bicicleta pasa por lo alto del camino parece que el paisaje se ha puesto lentes.
Son más largas las calles de noche que de día.
El Inri de los que no pagan a los sastres de las tiendas que dan a la calle es que el traje que no pagaron se lo ponga el maniquí que les representa y lo luzca en medio de la acera con las etiquetas cosidas, las etiquetas en que está el nombre y las medidas del tramposo, su “ficha”.
Al ver esos carros llenos que van dejando parte de su carga en el camino, pensamos que cuando lleguen a su destino llegarán vacíos. Solo nos parece que compensa esa desdicha el que eso hará que sepan volver sin perderse, siguiendo la estela del reguero que les desangró.
Las lagartijas meten un ruido de grandes serpientes entre los matorrales, sobre todo en el otoño, cuando las hojas suenan como papeles secos. Entonces hasta parece que rebulle entre las hojas una serpiente boa o un caimán.
El que compre esas alcobas expuestas en los grandes escaparates de las casas de muebles, sentirá en su alcoba, la noche de su boda, un fisgoneo de miradas de duendes, las miradas de los transeúntes que miraron la alcoba en el escaparate, que pervirtieron su castidad, que se acostaron y se gozaron en la cama expuesta, y se sentirán así como en la alcoba del escaparate iluminado. Será inútil echar los estores y cerrar las maderas.
¿Qué terribles culones o qué terribles culonas hunden los bancos de piedra de los paseos públicos, siempre medio hundidos en la tierra?
Cuando se escucha el ruido de los cierres metálicos al cerrarse en la noche, parece que la noche se hace más oscura y más definitiva en los cielos y en la tierra, como si se corriese sobre ella el telón que la corresponde... Y también, cuando en la mañana escuchamos el metálico descorrerse de la primer cortina metálica, nos parece como si se abriese la mañana de par en par, como si esa fuese la señal teatral de levantar el telón otra vez.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Greguerías (3) de Ramón Gómez de la Serna en “Greguerías escogidas”, Agencia Mundial de Librería
La criada rompeplatos por excelencia es la que por romper más vajilla se rompe un omoplato.
Se queja el viento como si le hubiesen pisado un pie todos los carromatos.
Se sospecha que hay cosas que no quiere conseguir la civilización, no que no pueda. Así, entre esas negativas, generalmente industriales, de la vida está el crear las medias irrompibles, el puro incandescente, la pastilla de jabón que no se desgaste nunca.
Entre las satisfacciones de los médicos debe estar la de lavarse las manos con una toalla recién estrenada.
El bizco no se encuentra nunca a sí mismo. Siempre anda buscándose por todos lados.
El mar se pasa la vida duchando a la tierra para ver de hacerla entrar en razón.
Es conmovedor en las óperas ver que cuando lloriquea la que canta, todo el coro la consuela en seguida.
Erudición debería tener hache. No se sabe cómo una cosa tan seria está desprovista de ese gorrete.
Hay que ver lo orgullosas de su espada que están las palabras que llevan una p al cinto.
En los menús debe escogerse todo lo que está manuscrito y no pedir nunca nada de lo que esté impreso, que pertenece al museo bacteriológico del restaurante.
Las interrogaciones de los ganchos de las perchas son muy oportunas preguntándose constantemente: “¿Quién vendrá? ¿Qué sombrero me tocará sostener?...”
La quesera es un aparato suplicante... El queso se asfixia y sufre atrozmente en la quesera. “¡Ya no puedo más! ¡Ya no puedo más!”, dice con voz ahogada.
Al pasar frente a las joyerías vacías de la noche se piensa que todas las joyas se han ido al teatro.
El ventilador, además de afeitar el aire, borra las ideas.
Me alegran las roturas de las bocas de riego o de las cañerías, porque crean arroyos serenos, los arroyuelos que mantienen frescas las raíces de la ciudad.
Las estrellas son los puntos suspensivos del cielo.
La escena de la chiquillería bebiendo en las fuentes de muchos caños, es la de numerosos cachorros amamantándose en una misma madre.
Se sentían las chillonas golondrinas como un adorno cursi del sombrero de la tarde.
Parece que el Señor, antes de lanzar una nueva alma al mundo, la prueba en un cuadro eléctrico, como hace el que nos vende una bombilla.
Se queja el viento como si le hubiesen pisado un pie todos los carromatos.
Se sospecha que hay cosas que no quiere conseguir la civilización, no que no pueda. Así, entre esas negativas, generalmente industriales, de la vida está el crear las medias irrompibles, el puro incandescente, la pastilla de jabón que no se desgaste nunca.
Entre las satisfacciones de los médicos debe estar la de lavarse las manos con una toalla recién estrenada.
El bizco no se encuentra nunca a sí mismo. Siempre anda buscándose por todos lados.
El mar se pasa la vida duchando a la tierra para ver de hacerla entrar en razón.
Es conmovedor en las óperas ver que cuando lloriquea la que canta, todo el coro la consuela en seguida.
Erudición debería tener hache. No se sabe cómo una cosa tan seria está desprovista de ese gorrete.
Hay que ver lo orgullosas de su espada que están las palabras que llevan una p al cinto.
En los menús debe escogerse todo lo que está manuscrito y no pedir nunca nada de lo que esté impreso, que pertenece al museo bacteriológico del restaurante.
Las interrogaciones de los ganchos de las perchas son muy oportunas preguntándose constantemente: “¿Quién vendrá? ¿Qué sombrero me tocará sostener?...”
La quesera es un aparato suplicante... El queso se asfixia y sufre atrozmente en la quesera. “¡Ya no puedo más! ¡Ya no puedo más!”, dice con voz ahogada.
Al pasar frente a las joyerías vacías de la noche se piensa que todas las joyas se han ido al teatro.
El ventilador, además de afeitar el aire, borra las ideas.
Me alegran las roturas de las bocas de riego o de las cañerías, porque crean arroyos serenos, los arroyuelos que mantienen frescas las raíces de la ciudad.
Las estrellas son los puntos suspensivos del cielo.
La escena de la chiquillería bebiendo en las fuentes de muchos caños, es la de numerosos cachorros amamantándose en una misma madre.
Se sentían las chillonas golondrinas como un adorno cursi del sombrero de la tarde.
Parece que el Señor, antes de lanzar una nueva alma al mundo, la prueba en un cuadro eléctrico, como hace el que nos vende una bombilla.
miércoles, 30 de octubre de 2013
Greguerías (2) de Ramón Gómez de la Serna en “Greguerías escogidas”, Agencia Mundial de Librería
Las carreras de caballos serían mucho más elegantes si los caballos pudieran correr con pantalón a rayas y botines blancos.
Sorbía con paja algo más que el helado acabado hacía mucho rato.
“¿Pero qué sorbe usted?”, le pregunté, y él me contestó: “Estoy sorbiéndome el encanto de vivir”.
El que está subido en los soportes de los hilos del telégrafo parece tocar el arpa o templar las clavijas de la lira del viento.
El trote del caballo se debe a su vanidad de publicista, por la que cree que debe ir imprimiendo su paso en el camino como los hombres sus sellos de caucho.
El sol vivo del verano viste con traje a rayas a las que pasan junto a las verjas de los jardines.
En el almanaque de las gallinas todos los días conmemoran los innumerables mártires y los pobrecitos inocentes.
Botella, féretro del vino.
Los timbres de las bicicletas son los timbres de los despertadores para despertar a los transeúntes que van dormidos.
El espejo de su rostro se empañó con el vaho de la ofuscación.
Hay clavos, fallebas, picaportes, puertas que por querernos retener como la mujer bíblica al varón casto, nos hacen los grandes sietes en los abrigos y nos desgarran los bolsillos de las americanas.
Dejó escapara de su pañuelo la mariposa de su perfume.
-¿Qué era aquel hombre?
-Dentista de las máquinas de escribir.
Los zapatos blancos siembran jugadores de tenis.
El acordeonista hace a veces el gesto súbito y arrebatado de aquel a quien se le cae una pila de libros.
Los pollos muertos, pelados y descabezados, que reposan boca arriba sobre las bandejas, hacen el gesto de rezar con sus sotamuslos la oración más contrita.
Si las locomotoras se estropean tanto es porque son fumadores empedernidos que se tragan el humo.
Las calvas iluminan el patio de butacas. Son la batería de candilejas de la sala.
Iba tan abrochado todo el mundo aquel día de frío, que los ladrones no pudieron robar nada.
Toda la arena del reloj de arena de los siglos cae en el desierto.
Sorbía con paja algo más que el helado acabado hacía mucho rato.
“¿Pero qué sorbe usted?”, le pregunté, y él me contestó: “Estoy sorbiéndome el encanto de vivir”.
El que está subido en los soportes de los hilos del telégrafo parece tocar el arpa o templar las clavijas de la lira del viento.
El trote del caballo se debe a su vanidad de publicista, por la que cree que debe ir imprimiendo su paso en el camino como los hombres sus sellos de caucho.
El sol vivo del verano viste con traje a rayas a las que pasan junto a las verjas de los jardines.
En el almanaque de las gallinas todos los días conmemoran los innumerables mártires y los pobrecitos inocentes.
Botella, féretro del vino.
Los timbres de las bicicletas son los timbres de los despertadores para despertar a los transeúntes que van dormidos.
El espejo de su rostro se empañó con el vaho de la ofuscación.
Hay clavos, fallebas, picaportes, puertas que por querernos retener como la mujer bíblica al varón casto, nos hacen los grandes sietes en los abrigos y nos desgarran los bolsillos de las americanas.
Dejó escapara de su pañuelo la mariposa de su perfume.
-¿Qué era aquel hombre?
-Dentista de las máquinas de escribir.
Los zapatos blancos siembran jugadores de tenis.
El acordeonista hace a veces el gesto súbito y arrebatado de aquel a quien se le cae una pila de libros.
Los pollos muertos, pelados y descabezados, que reposan boca arriba sobre las bandejas, hacen el gesto de rezar con sus sotamuslos la oración más contrita.
Si las locomotoras se estropean tanto es porque son fumadores empedernidos que se tragan el humo.
Las calvas iluminan el patio de butacas. Son la batería de candilejas de la sala.
Iba tan abrochado todo el mundo aquel día de frío, que los ladrones no pudieron robar nada.
Toda la arena del reloj de arena de los siglos cae en el desierto.
miércoles, 23 de octubre de 2013
Greguerías (1) de Ramón Gómez de la Serna en “Greguerías escogidas”, Agencia Mundial de Librería
Parece que se consuela a los pescados y a las carnes asados si se los come no escatimando el vino.
Hay niños que son rateros de nuestro tiempo, niños que sin necesidad ninguna nos preguntan: “¿Qué hora es?”
Hacía tal frío aquella mañana que los barrenderos se reunieron y quemaron sus escobas para calentarse.
El aparato más sabio del mundo es el de la cascada de agua para el retrete, con cuya cadena en la mano todos somos Moisés milagrosos.
Si el mar está limpio es porque se lava con todas las esponjas que quiere.
Las latas de conserva se quedaron con la lengua de hoja de lata fuera.
Todo sordo tiene un resquicio en su sordera por el que oye cuando se le llama bruto. ¡Cuidado, pues!
Hay en los paisajes una casa en que se fabrican las nubes de la tarde, que expide por su chimenea... Es su misteriosa misión en ese paisaje.
Los ladrones que lograron escapar se hicieron carboneros, porque es el oficio más disimulado y enmascarado que se conoce.
El reloj, como una máquina de coser, parpadea nuestras ideas.
Los bolsillos altos de los chalecos nos roban los sellos o lo que metemos en ellos.
Las cartas del correo que se recibe deben barajarse bien, dejando en medio la del desconocido... Solo así tendrá interés la brisca solitaria que juega uno con la correspondencia.
Yo no sé cuál será peor: si la mosca del sueño o la mosca que no tiene sueño.
El viento tiene sus libros predilectos, y se sabe cuándo los lee porque cuida de pasar las hojas poco a poco, una a una, con una parsimonia de lector.
Enfrentando los ojos cerrados con el sol, se ve la yema del huevo primero que hay aún en el globo del ojo.
¡Qué grandes lenguas, siempre ensalivadas e incontinentes, tienen que tener los dueños de fábricas de conservas para pegar tantas etiquetas a los botes desnudos!
Debía de haber pájaros para los traductores. Pájaros que supiesen el idioma de su país y a quienes preguntar la palabra difícil.
Cuando pasan los grandes barcos por entre los barcos de vela parece que estos les presentan armas con sus velas. La escena es una magnífica escena de vasallaje.
Hay niños que son rateros de nuestro tiempo, niños que sin necesidad ninguna nos preguntan: “¿Qué hora es?”
Hacía tal frío aquella mañana que los barrenderos se reunieron y quemaron sus escobas para calentarse.
El aparato más sabio del mundo es el de la cascada de agua para el retrete, con cuya cadena en la mano todos somos Moisés milagrosos.
Si el mar está limpio es porque se lava con todas las esponjas que quiere.
Las latas de conserva se quedaron con la lengua de hoja de lata fuera.
Todo sordo tiene un resquicio en su sordera por el que oye cuando se le llama bruto. ¡Cuidado, pues!
Hay en los paisajes una casa en que se fabrican las nubes de la tarde, que expide por su chimenea... Es su misteriosa misión en ese paisaje.
Los ladrones que lograron escapar se hicieron carboneros, porque es el oficio más disimulado y enmascarado que se conoce.
El reloj, como una máquina de coser, parpadea nuestras ideas.
Los bolsillos altos de los chalecos nos roban los sellos o lo que metemos en ellos.
Las cartas del correo que se recibe deben barajarse bien, dejando en medio la del desconocido... Solo así tendrá interés la brisca solitaria que juega uno con la correspondencia.
Yo no sé cuál será peor: si la mosca del sueño o la mosca que no tiene sueño.
El viento tiene sus libros predilectos, y se sabe cuándo los lee porque cuida de pasar las hojas poco a poco, una a una, con una parsimonia de lector.
Enfrentando los ojos cerrados con el sol, se ve la yema del huevo primero que hay aún en el globo del ojo.
¡Qué grandes lenguas, siempre ensalivadas e incontinentes, tienen que tener los dueños de fábricas de conservas para pegar tantas etiquetas a los botes desnudos!
Debía de haber pájaros para los traductores. Pájaros que supiesen el idioma de su país y a quienes preguntar la palabra difícil.
Cuando pasan los grandes barcos por entre los barcos de vela parece que estos les presentan armas con sus velas. La escena es una magnífica escena de vasallaje.
martes, 17 de septiembre de 2013
miércoles, 20 de julio de 2011
En la poesía, hay quien ha dado accidentalmente en las Matemáticas, por ejemplo Ramón Gómez de la Serna(6)
GREGUERÍAS
Los ceros son los huevos de los que salieron las demás cifras.
El 4 tiene nariz griega.
El cinco es el número que baila.
Los números romanos exigían inscripciones triunfales.
El racimo es un triángulo pletórico y juguetón.
Hay un momento en el que el reloj prepara el compás para hacer su circunferencia.
El 8 es el reloj de arena de los números.
El 6 es el número que va a tener familia.
El 6 es el número langostino.
4 4 4 4 4:
números haciendo flexiones gimnásticas
El nueve es la oreja de los números
Los ceros son los huevos de los que salieron las demás cifras.
El 4 tiene nariz griega.
El cinco es el número que baila.
Los números romanos exigían inscripciones triunfales.
El racimo es un triángulo pletórico y juguetón.
Hay un momento en el que el reloj prepara el compás para hacer su circunferencia.
El 8 es el reloj de arena de los números.
El 6 es el número que va a tener familia.
El 6 es el número langostino.
4 4 4 4 4:
números haciendo flexiones gimnásticas
El nueve es la oreja de los números
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