PERFECCIÓN FUGAZ
Pinté el tallo,
luego el cáliz,
después la corola
pétalo por pétalo,
y,
al terminar mi rosa,
la induje
a soÑar su aroma.
¡Hice la rosa perfecta!
Tan perfecta
que al día siguiente,
cuando fui a mirarla,
ya estaba muerta.
ETERNIDAD CARNAL
Vámonos quedando así
como los perros, pegados,
hasta que venga la muerte
a separarnos.
O que nos sepulten juntos
ensartados como estamos.
¡Qué más da que difuntos
sigamos cohabitando
bajo tierra, mortalmente enamorados!
POEMA PREFACIO
No me importa
cómo juzguen mi vida,
yo traté de vivirla
haciendo estrictamente
lo que ella apetecía.
No hubo deseo
tentación o capricho
que no le realizara
con eficaz esmero.
Y fuera lo que fuera
al tiempo de cumplirlo
lo transformé en ensueño.
Por ella fui lascivo
y no he dejado puro
ni un poro de mi cuerpo.
Fue tal mi apego
a los desmanes
de su carnal orgía,
que a mis ochenta y dos años
de su infierno en ruinas
aún estoy creando mi poesía.
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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miércoles, 19 de marzo de 2014
miércoles, 12 de marzo de 2014
Poemas de Elías Nandino (10), "Nocturna palabra"
NOCTURNA PALABRA
Todo grito que hiere la delgadez del aire,
toda queja que alarga su dolorosa espina,
lo que se dice junto al cuerpo amado,
las plegarias volcadas
al pie de los altares de la duda,
la confusión babélica
en bullicio de lenguas espectrales,
el primer balbuceo
que al virgen labio despertó el azoro,
el canto eternizado
en la madurez que anhela repetirlo,
el alba de alegrías
o el son de las exequias:
subsisten en la atmósfera, insepultos,
desollados de sílabas,
en mimetismo con el vaho del mundo,
y libres en su ritmo giratorio
de concéntricas fugas sin naufragio.
Todo vive latente en el silencio
como en la sombra habita la luz muerta.
Por eso, algunas veces, en la noche,
cuando nada ni nada se denuncia
porque tierra, horizonte, luto y nubes
son una sola densidad sin labios:
del muro o la ventana,
del árbol o del viento,
asalta el bulto exacto de una frase,
la bruma corporal de algún pronombre,
o el súbito venero
de lumbre negra que agitada escribe
el hirsuto mensaje de sus llamas.
Yo miro, escucho, siento
ese desliz vacío, ese caer sin golpe,
esa atracción flotante
que al estrechar el humo de sus tactos
pronuncia la mudez desesperada
del sumergido aliento del idioma.
Inaudible latir de excavaciones
son las palabras idas
que siguen existiendo, sin semblante,
en el libre escondite del espacio.
Son ánimas en pena
que imploran el instante que articule
el vértigo sonoro de su verbo,
o la mirada ardiente de unos ojos
que, al leerlas en su fosa de letras,
exhumen su vivencia
y de nuevo les hundan
el albor remozado de la imagen.
Una selva de voces sin sonido
oscila en la negrura
— perfumes sin corola, alas sin ángel
o pasiones cortadas de su fiebre —
anhelando encontrar
la boca que dé vida a las luciérnagas
de cada letra y amorosa entone
el virginal secreto que atesoran.
Cuando pongo el oído en el silencio
que la oscura quietud exalta y ciñe.
descubro en su mutismo
un habitar de roces,
un desdecir de acentos,
un tañido profundo del vacío
que, al penetrar la red de mis sentidos,
levanta por debajo de mi frente
la enardecida torre del monólogo.
Todo grito que hiere la delgadez del aire,
toda queja que alarga su dolorosa espina,
lo que se dice junto al cuerpo amado,
las plegarias volcadas
al pie de los altares de la duda,
la confusión babélica
en bullicio de lenguas espectrales,
el primer balbuceo
que al virgen labio despertó el azoro,
el canto eternizado
en la madurez que anhela repetirlo,
el alba de alegrías
o el son de las exequias:
subsisten en la atmósfera, insepultos,
desollados de sílabas,
en mimetismo con el vaho del mundo,
y libres en su ritmo giratorio
de concéntricas fugas sin naufragio.
Todo vive latente en el silencio
como en la sombra habita la luz muerta.
Por eso, algunas veces, en la noche,
cuando nada ni nada se denuncia
porque tierra, horizonte, luto y nubes
son una sola densidad sin labios:
del muro o la ventana,
del árbol o del viento,
asalta el bulto exacto de una frase,
la bruma corporal de algún pronombre,
o el súbito venero
de lumbre negra que agitada escribe
el hirsuto mensaje de sus llamas.
Yo miro, escucho, siento
ese desliz vacío, ese caer sin golpe,
esa atracción flotante
que al estrechar el humo de sus tactos
pronuncia la mudez desesperada
del sumergido aliento del idioma.
Inaudible latir de excavaciones
son las palabras idas
que siguen existiendo, sin semblante,
en el libre escondite del espacio.
Son ánimas en pena
que imploran el instante que articule
el vértigo sonoro de su verbo,
o la mirada ardiente de unos ojos
que, al leerlas en su fosa de letras,
exhumen su vivencia
y de nuevo les hundan
el albor remozado de la imagen.
Una selva de voces sin sonido
oscila en la negrura
— perfumes sin corola, alas sin ángel
o pasiones cortadas de su fiebre —
anhelando encontrar
la boca que dé vida a las luciérnagas
de cada letra y amorosa entone
el virginal secreto que atesoran.
Cuando pongo el oído en el silencio
que la oscura quietud exalta y ciñe.
descubro en su mutismo
un habitar de roces,
un desdecir de acentos,
un tañido profundo del vacío
que, al penetrar la red de mis sentidos,
levanta por debajo de mi frente
la enardecida torre del monólogo.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Poemas de Elías Nandino (9), "Autodefensa" y "Poema en las sombras"
AUTODEFENSA
Un día
la voz de la conciencia
me laceraba tanto
que, desperado,
me coloqué
frente al espejo
y discutí...
(Salí absuelto
y los dos terminamos
llorando...)
POEMA EN LAS SOMBRAS
Los dos como sonámbulos buscando en las sombras
el pulso de una estrella nacida de nosotros,
que juntos, con el goce, gozando asesinamos.
A oscuras, tropezando, tocamos lo invisible
que las tinieblas forman con sus muros de asedio,
y tan sOlo encontramos la soledad desnuda
exhalando en silencio sus latidos vacíos.
Ya nada existe ahora y los dos ambulamos
por caminos distintos y dolores iguales,
buscando sin sosiego la vida luminosa
de la frágil estrella que los dos apagamos.
Un día, sin esfuerzo, los dos nos cansaremos
de andar solos a solas por esta noche eterna,
y solos rodaremos a nuestras muertes solas;
pero entonces las muertes, con una nueva vida,
salvarán de las sombras la estrella que perdimos,
y en su luz ya seremos amor indivisible.
Un día
la voz de la conciencia
me laceraba tanto
que, desperado,
me coloqué
frente al espejo
y discutí...
(Salí absuelto
y los dos terminamos
llorando...)
POEMA EN LAS SOMBRAS
Los dos como sonámbulos buscando en las sombras
el pulso de una estrella nacida de nosotros,
que juntos, con el goce, gozando asesinamos.
A oscuras, tropezando, tocamos lo invisible
que las tinieblas forman con sus muros de asedio,
y tan sOlo encontramos la soledad desnuda
exhalando en silencio sus latidos vacíos.
Ya nada existe ahora y los dos ambulamos
por caminos distintos y dolores iguales,
buscando sin sosiego la vida luminosa
de la frágil estrella que los dos apagamos.
Un día, sin esfuerzo, los dos nos cansaremos
de andar solos a solas por esta noche eterna,
y solos rodaremos a nuestras muertes solas;
pero entonces las muertes, con una nueva vida,
salvarán de las sombras la estrella que perdimos,
y en su luz ya seremos amor indivisible.
miércoles, 26 de febrero de 2014
Poemas de Elías Nandino (8), "Nocturno llanto"
NOCTURNO LLANTO
Ese llanto invencible que brota a media noche,
cuando nadie nos ve ni nuestros propios ojos
pueden atestiguarlo,
porque es llanto reseco, privado de su sal,
desvestido de linfa,
con aridez de fiebre
y amargo como el humo de los remordimientos.
Ese llanto que irrumpe sin causa y sin sollozo,
sin roce y sin historia,
deprovisto de gota, de tibieza y caída,
pero dando la sensación exacta
de nacer y rodar
en un cauce frío lento que invade hasta los huesos.
Ese llanto del hombre asomado al misterio
que le duele en la voz, en la piel, en las venas
y en el arropo oscuro
de la noche que ciega su pensamiento en llamas.
Ese llanto sin lágrimas
huracán en vacío, surtidor sin derrame
que al borde de los párpados
detiene sus impulsos
y retoRna al dolor donde nace.
Ese llanto tan mío, tan de todos y ajeno,
expansión comprimida de atávicas nostalgias
que no alcanzan la lluvia que las hunda en la tierra
para seguir por ella, en humedades hondas,
persiguiendo el declive
que las retorne a su raíz marina.
Ese llanto de todos acedrado en el mío,
ese llanto tan mío en que fluye el de todos
agua y sal trasvasadas en angustia ambulante,
que circula enclaustrado
como altura caída que anhela levantarse,
y al no poder hacerlo,
se retuerce en el centro de su lumbre vacía
para seguir luchando contra el blindaje sordo
que no puede llorarlo.
Llanto ciego que brota de la oculta resaca
de una sangre viajera en su cárcel de agobio.
El calor dilatado de musculares zonas
que sube hasta la orilla
de la flor sin corola del insomnio sediento.
Ese llanto sin llanto, percepción absoluta
del íntimo goteo
que al nacer se derrama nuevamente hacia dentro,
porque le dieron vida lacrimales sin parto,
o porque lo producen las vertientes secretas
de siglos de memoria
que quisieran rodarse
por el salto mortal de nuestras lágrimas.
Ese llanto... ese llanto en deseo
de volcarse en el llanto;
esas olas de miedo, de ansiedad, de tormento
que se agolpan y piden
el nacer repentino de su líquida fuga.
Ese llanto sin llanto empotrado en la frente,
que se muere sin agua y se bebe a sí mismo
para seguir formando
el manaNtial sin cauce
que detrás de la carne presiona con su asfixia,
y transforma la vida en un volcán sin cráter
o alud que sin espacio se rebulle en su sitio.
Ese llanto sin llanto, ese impulso encerrado
de un brotar que no puede encontrar desahogo
y que vive en nosotros, comprimido, creciente,
porque es llanto de hombre que no cabe en el hombre
y que tiene, por fuerza, que vivir sumergido
hasta el instante trágico
en que la muerte hiera,
y se llore fundido al corporal derrumbe.
Ese llanto invencible que brota a media noche,
cuando nadie nos ve ni nuestros propios ojos
pueden atestiguarlo,
porque es llanto reseco, privado de su sal,
desvestido de linfa,
con aridez de fiebre
y amargo como el humo de los remordimientos.
Ese llanto que irrumpe sin causa y sin sollozo,
sin roce y sin historia,
deprovisto de gota, de tibieza y caída,
pero dando la sensación exacta
de nacer y rodar
en un cauce frío lento que invade hasta los huesos.
Ese llanto del hombre asomado al misterio
que le duele en la voz, en la piel, en las venas
y en el arropo oscuro
de la noche que ciega su pensamiento en llamas.
Ese llanto sin lágrimas
huracán en vacío, surtidor sin derrame
que al borde de los párpados
detiene sus impulsos
y retoRna al dolor donde nace.
Ese llanto tan mío, tan de todos y ajeno,
expansión comprimida de atávicas nostalgias
que no alcanzan la lluvia que las hunda en la tierra
para seguir por ella, en humedades hondas,
persiguiendo el declive
que las retorne a su raíz marina.
Ese llanto de todos acedrado en el mío,
ese llanto tan mío en que fluye el de todos
agua y sal trasvasadas en angustia ambulante,
que circula enclaustrado
como altura caída que anhela levantarse,
y al no poder hacerlo,
se retuerce en el centro de su lumbre vacía
para seguir luchando contra el blindaje sordo
que no puede llorarlo.
Llanto ciego que brota de la oculta resaca
de una sangre viajera en su cárcel de agobio.
El calor dilatado de musculares zonas
que sube hasta la orilla
de la flor sin corola del insomnio sediento.
Ese llanto sin llanto, percepción absoluta
del íntimo goteo
que al nacer se derrama nuevamente hacia dentro,
porque le dieron vida lacrimales sin parto,
o porque lo producen las vertientes secretas
de siglos de memoria
que quisieran rodarse
por el salto mortal de nuestras lágrimas.
Ese llanto... ese llanto en deseo
de volcarse en el llanto;
esas olas de miedo, de ansiedad, de tormento
que se agolpan y piden
el nacer repentino de su líquida fuga.
Ese llanto sin llanto empotrado en la frente,
que se muere sin agua y se bebe a sí mismo
para seguir formando
el manaNtial sin cauce
que detrás de la carne presiona con su asfixia,
y transforma la vida en un volcán sin cráter
o alud que sin espacio se rebulle en su sitio.
Ese llanto sin llanto, ese impulso encerrado
de un brotar que no puede encontrar desahogo
y que vive en nosotros, comprimido, creciente,
porque es llanto de hombre que no cabe en el hombre
y que tiene, por fuerza, que vivir sumergido
hasta el instante trágico
en que la muerte hiera,
y se llore fundido al corporal derrumbe.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Poemas de Elías Nandino (7), "Nocturno difunto", recogido en "Poesía en movimiento"
NOCTURNO DIFUNTO
Desde que despojado de tu cuerpo
te escondiste en el aire,
yo siento mi existencia más honda en el misterio,
como si mis manos, alargadas por las tuyas
inmensas en el cielo,
en levantado avance
ya tocaron la astronomía sin fin...
Estoy como en los ríos
que a pesar de correr sumisos a su cauce,
por su mortal marino abocamiento
también están ligados
a las aguas del mar donde se acendran.
Por la ventana que al morir dejaste
abierta en la penumbra,
he podido mirar
mi aventajada muerte
persiguiendo tus huellas espaciales,
y tengo la certeza de que me estoy rodando
indeteniblemente
en el hambre del vaso universal,
igual que el humo libre que la atmósfera atrae
y no puede, aunque quiera, regresarse a su lumbre.
Estoy seguro de que cada día
mi sangre que te busca, se evapora
ganando altura transformada en nubes,
y parte de mí
ya vuela en el espacio, emparentada.
Desde tu muerte, siento que te guardo
como un lucero íntimo
que medita en la noche de mi entraña,
disuelto como el azúcar en el orbe líquido
y que, muchas veces, te denuncias asomando
tu espiritual dulzor en mi saliva amarga.
Desde que tu voz, por el silencio amortajada,
dejó de hablar para encender palomas
sobre el árbol del viento, en que cantan
con insepultos ecos
la profunda madurez
del idioma flotante de tu ausencia,
yo palpo -al escuchar-
el molde vivo que en el aire horada
tu falta de materia, que es ternura
siempre en acecho que acaricia y roba.
Yo creo que tu cósmico deleite
es atraerme a tu pasión de vuelo,
a tu girar errante,
porque ya tu misión es recoger
esta fracción de ti que aún perdura
en el fluvial ramaje de mis venas.
No puedo definir dónde te encuentras,
pero sí te adivino circundante
en un arribo de alentada fuga,
que exacerba mis ansias en un filial apego
al resplandor sin luz de tus imanes.
¡Qué plenitud vacía
te dibuja en el fondo de mis ojos
que no te ven, pero que sí me permiten
que hasta la fuente de mis sueños bajes
y quedes a su impulso vinculado!
¡Cuánto tiempo de estar solo y contigo
habitándome a solas,
como la llama al fósforo en el letargo,
o a la uva, el espíritu del vino!
Yo soy una ambulante sepultura
en que reposa tu fugitiva permanencia
que me va madurando, lentamente,
hasta que mi energía entumecida
se adiestre en vuelo que recobre estrella.
Inmerso en mi conciencia desarrollas
un pensante silencio que se atreve
a conversar sin mí. Yo lo descubro
reviviendo recuerdos en mi oído:
es como el nacimiento de sollozos
que se produce cuando el agua cae
sobre la carne viva de las brasas.
Al derribarse tu estatura en polvo
formaste la marea
del vislumbre mortal que me obsesiona,
y no hay sitio, temor, espera o duda
en donde tú, como trasfondo en alba,
no finques la silueta de tu amparo.
En mi vigilia, a oscuras,
como los ciegos sigo con el tacto
los relieves que escribes en el papel nocturno,
y los capto agitados en asedio amoroso:
amor de un muerto que jamás olvida
la sangre que ha dejado trasvasada.
Yo quisiera que la imagen que de ti conservo
se azogara la espalda,
para mirar, siquiera unos instantes,
cómo el deslinde al incolor, desnuda
tu claridad auténtica de ángel.
Desde que despojado de tu cuerpo
te escondiste en el aire,
yo siento mi existencia más honda en el misterio,
como si mis manos, alargadas por las tuyas
inmensas en el cielo,
en levantado avance
ya tocaron la astronomía sin fin...
Estoy como en los ríos
que a pesar de correr sumisos a su cauce,
por su mortal marino abocamiento
también están ligados
a las aguas del mar donde se acendran.
Por la ventana que al morir dejaste
abierta en la penumbra,
he podido mirar
mi aventajada muerte
persiguiendo tus huellas espaciales,
y tengo la certeza de que me estoy rodando
indeteniblemente
en el hambre del vaso universal,
igual que el humo libre que la atmósfera atrae
y no puede, aunque quiera, regresarse a su lumbre.
Estoy seguro de que cada día
mi sangre que te busca, se evapora
ganando altura transformada en nubes,
y parte de mí
ya vuela en el espacio, emparentada.
Desde tu muerte, siento que te guardo
como un lucero íntimo
que medita en la noche de mi entraña,
disuelto como el azúcar en el orbe líquido
y que, muchas veces, te denuncias asomando
tu espiritual dulzor en mi saliva amarga.
Desde que tu voz, por el silencio amortajada,
dejó de hablar para encender palomas
sobre el árbol del viento, en que cantan
con insepultos ecos
la profunda madurez
del idioma flotante de tu ausencia,
yo palpo -al escuchar-
el molde vivo que en el aire horada
tu falta de materia, que es ternura
siempre en acecho que acaricia y roba.
Yo creo que tu cósmico deleite
es atraerme a tu pasión de vuelo,
a tu girar errante,
porque ya tu misión es recoger
esta fracción de ti que aún perdura
en el fluvial ramaje de mis venas.
No puedo definir dónde te encuentras,
pero sí te adivino circundante
en un arribo de alentada fuga,
que exacerba mis ansias en un filial apego
al resplandor sin luz de tus imanes.
¡Qué plenitud vacía
te dibuja en el fondo de mis ojos
que no te ven, pero que sí me permiten
que hasta la fuente de mis sueños bajes
y quedes a su impulso vinculado!
¡Cuánto tiempo de estar solo y contigo
habitándome a solas,
como la llama al fósforo en el letargo,
o a la uva, el espíritu del vino!
Yo soy una ambulante sepultura
en que reposa tu fugitiva permanencia
que me va madurando, lentamente,
hasta que mi energía entumecida
se adiestre en vuelo que recobre estrella.
Inmerso en mi conciencia desarrollas
un pensante silencio que se atreve
a conversar sin mí. Yo lo descubro
reviviendo recuerdos en mi oído:
es como el nacimiento de sollozos
que se produce cuando el agua cae
sobre la carne viva de las brasas.
Al derribarse tu estatura en polvo
formaste la marea
del vislumbre mortal que me obsesiona,
y no hay sitio, temor, espera o duda
en donde tú, como trasfondo en alba,
no finques la silueta de tu amparo.
En mi vigilia, a oscuras,
como los ciegos sigo con el tacto
los relieves que escribes en el papel nocturno,
y los capto agitados en asedio amoroso:
amor de un muerto que jamás olvida
la sangre que ha dejado trasvasada.
Yo quisiera que la imagen que de ti conservo
se azogara la espalda,
para mirar, siquiera unos instantes,
cómo el deslinde al incolor, desnuda
tu claridad auténtica de ángel.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Poemas de Elías Nandino (6), "Nocturno cuerpo", poema recogido en "Poesía en movimiento"
NOCTURNO CUERPO
Cuando de noche, a solas, en tinieblas,
fatigado de no sé qué fatiga
se derrumba mi cuerpo y se acomoda
en la impasible superficie oscura
que le sirve de apoyo y de mortaja,
yo me tiendo también y me limito
al inerme contorno que me entrega,
a la isla de olvido en que se olvida.
Separado de él y en él hundido
recuerdo que lo llevo todo el día
como cárcel de fiebre que me oprime,
como labios que dicen otras frases,
como instinto que burla mis deseos
o acciones desligadas de mi fuerza;
pero al mirarlo así, rendido fardo
indiferente en su actitud de piedra,
tigre de bronce, charco de silencio,
columna de cinismo derribada,
ciega figura en su lección de muerte:
yo lo percibo como carne intrusa
como dolencia de una llaga ajena,
cómplice de un destino que no entiendo,
mudez que no lesiona mi palabra,
verdugo en anestesia secuestrado.
Y por eso al sentirme dividido
y a la vez por su molde aprisionado,
analizo, sospecho, reflexiono
que sus muros endebles que me cercan
son fuego en orfandad, tierra robada,
agua sujeta en venas sumergidas
y aire sin aire arrebatado al aire;
que soy un prisionero de elementos
en honda combustión, que están buscando
fundir los eslabones que los unen
para volver a la pureza intacta
del sitio universal donde eran libres:
la tierra pide su reposo en tierra,
el aire, su acrobacia transparente;
el fuego, la delicia de su llama;
y el agua: la blancura de su hielo,
su cauce, o el prodigio de ser nube.
Al lado de él, alado y enraizado,
lo toco, lo examino desde adentro:
interior de una iglesia ensangrentada,
góticos arcos, junglas musculares,
entretejida pulsación de yedras,
laberinto de lumbre de amapolas
y entraña de una cripta en que se esconde
el numérico albor del esqueleto.
Y yo en medio de juez y de culpable,
de rebelde invasor y de invadido,
de mirar que descubre y se descubre,
de unidad que contempla sus facciones,
de pregunta privada de respuesta,
de espectador que sufre en propia carne
el corporal desgaste de que brotan
sus crecientes acopios de agonía.
Si soy su dueño ¿por qué lo palpo extraño,
despegado de mí -sombra de un árbol-,
corteza sofocante de mi angustia,
vendaje que me oculta, ademe frágil,
imán que me atesora y me difunde,
materia que yo arrastro y que me arrastra?
Y estoy en él, presente, inevitable,
unido en el monólogo y la espera,
crecido en su reverso, y denunciado
por sus manos, sus ojos, sus pasiones,
la quemante ansiedad de sus delirios,
las brumas de sus tiempos de zozobra
y los relámpagos de su alegría.
De dentro a afuera, de raíz a ramas,
presiono, me sublevo, abro mis fuerzas
para cavar, para acabar los muros
que viven de tenerme prisionero;
pero un amor me nace y me detiene,
un fanatismo de vital amparo,
el apego del ánima y las células,
la intimidad de forma y contenido
acoplando sus ciegas superficies;
y me quedo conforme, sosegado
a la ajustada cárcel que me cubre
para seguir formando el mundo en fiebre
por el que siento que en verdad existo.
Agua, tierra, fuego y aire, en continua
aspersión de sus químicos halagos,
inmersos en la furia de sus hambres,
en escondida trabazón de empujes,
mandando y succionado sus mareas,
haciendo y deshaciendo lo que se inician,
comiéndose a sí mismos, recreando
el desnudo valor de su estructura
en pugnas, atracciones y repechos,
porque quieren, anhelan, buscan, labran
la persistente acción que les devuelva
el vuelo original que poseían.
Esta unión de elementos, este nido
de físicas batallas, de incesantes
reacciones, es mi solo respaldo,
el trágico venero de la fuerza
que me sostiene aún hablando a solas.
Cuando de noche, a solas, en tinieblas,
fatigado de no sé qué fatiga
se derrumba mi cuerpo y se acomoda
en la impasible superficie oscura
que le sirve de apoyo y de mortaja,
yo me tiendo también y me limito
al inerme contorno que me entrega,
a la isla de olvido en que se olvida.
Separado de él y en él hundido
recuerdo que lo llevo todo el día
como cárcel de fiebre que me oprime,
como labios que dicen otras frases,
como instinto que burla mis deseos
o acciones desligadas de mi fuerza;
pero al mirarlo así, rendido fardo
indiferente en su actitud de piedra,
tigre de bronce, charco de silencio,
columna de cinismo derribada,
ciega figura en su lección de muerte:
yo lo percibo como carne intrusa
como dolencia de una llaga ajena,
cómplice de un destino que no entiendo,
mudez que no lesiona mi palabra,
verdugo en anestesia secuestrado.
Y por eso al sentirme dividido
y a la vez por su molde aprisionado,
analizo, sospecho, reflexiono
que sus muros endebles que me cercan
son fuego en orfandad, tierra robada,
agua sujeta en venas sumergidas
y aire sin aire arrebatado al aire;
que soy un prisionero de elementos
en honda combustión, que están buscando
fundir los eslabones que los unen
para volver a la pureza intacta
del sitio universal donde eran libres:
la tierra pide su reposo en tierra,
el aire, su acrobacia transparente;
el fuego, la delicia de su llama;
y el agua: la blancura de su hielo,
su cauce, o el prodigio de ser nube.
Al lado de él, alado y enraizado,
lo toco, lo examino desde adentro:
interior de una iglesia ensangrentada,
góticos arcos, junglas musculares,
entretejida pulsación de yedras,
laberinto de lumbre de amapolas
y entraña de una cripta en que se esconde
el numérico albor del esqueleto.
Y yo en medio de juez y de culpable,
de rebelde invasor y de invadido,
de mirar que descubre y se descubre,
de unidad que contempla sus facciones,
de pregunta privada de respuesta,
de espectador que sufre en propia carne
el corporal desgaste de que brotan
sus crecientes acopios de agonía.
Si soy su dueño ¿por qué lo palpo extraño,
despegado de mí -sombra de un árbol-,
corteza sofocante de mi angustia,
vendaje que me oculta, ademe frágil,
imán que me atesora y me difunde,
materia que yo arrastro y que me arrastra?
Y estoy en él, presente, inevitable,
unido en el monólogo y la espera,
crecido en su reverso, y denunciado
por sus manos, sus ojos, sus pasiones,
la quemante ansiedad de sus delirios,
las brumas de sus tiempos de zozobra
y los relámpagos de su alegría.
De dentro a afuera, de raíz a ramas,
presiono, me sublevo, abro mis fuerzas
para cavar, para acabar los muros
que viven de tenerme prisionero;
pero un amor me nace y me detiene,
un fanatismo de vital amparo,
el apego del ánima y las células,
la intimidad de forma y contenido
acoplando sus ciegas superficies;
y me quedo conforme, sosegado
a la ajustada cárcel que me cubre
para seguir formando el mundo en fiebre
por el que siento que en verdad existo.
Agua, tierra, fuego y aire, en continua
aspersión de sus químicos halagos,
inmersos en la furia de sus hambres,
en escondida trabazón de empujes,
mandando y succionado sus mareas,
haciendo y deshaciendo lo que se inician,
comiéndose a sí mismos, recreando
el desnudo valor de su estructura
en pugnas, atracciones y repechos,
porque quieren, anhelan, buscan, labran
la persistente acción que les devuelva
el vuelo original que poseían.
Esta unión de elementos, este nido
de físicas batallas, de incesantes
reacciones, es mi solo respaldo,
el trágico venero de la fuerza
que me sostiene aún hablando a solas.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Poemas de Elías Nandino (5), "Nocturno en llamas" (con matemáticas)
NOCTURNO EN LLAMAS (I y III recogidos también como I y II, respectivamente, en BÚSQUEDA ESPACIAL)
I
Antes de haber nacido, cuando apenas
en las galaxias era calofrío,
o sed en rotación por el vacío,
o sangre sin la cárcel de las venas;
antes de ser en túnica de arenas
un angustiado palpitar sombrío,
antes, mucho antes que este cuerpo mío
supiera de esperanzas y de penas:
ya buscaba tu nombre, tu semblante,
el disperso latir de tu vivencia,
tu mirada en las nubes esparcida;
porque, desde el asomo delirante
de mis instintos ciegos, tu existencia
era ya por mis ansias presentida.
III
¿Cuántas transmutaciones has pasado?
¿Cuántos siglos de luz, cuántos colores,
nebulosas, crepúsculos y flores
para llegar a ser, has transitado?
¿En qué constelaciones has brillado?
¿Después de cuántas muertes y dolores,
de huracanes, relámpagos y albores
la forma corporal has conquistado?
No puede concebir mi pensamiento
esa edad atmosférica que hicimos
en giratoria espera; mas yo siento
que milenios de lumbres anduvimos
esperanzados en el firmamento,
hasta unir este amor con que existimos.
V
En esta soledad de sombra pura,
de quietud en constante movimiento,
de mudez que enardece el pensamiento
en lucha negra con la noche oscura:
cabe todo el raudal de la amargura,
el río del mortal presentimiento,
la cóncava atracción del firmamento,
y el amor, el amor que me tortura.
En este pulso de tiniebla viva
en que el insomnio su vigor levanta
buscando conectar mis ansiedades,
puedo yo, con la ráfaga instintiva
del anhelo de amar que se agiganta,
vivir en un instante, eternidades.
I
Antes de haber nacido, cuando apenas
en las galaxias era calofrío,
o sed en rotación por el vacío,
o sangre sin la cárcel de las venas;
antes de ser en túnica de arenas
un angustiado palpitar sombrío,
antes, mucho antes que este cuerpo mío
supiera de esperanzas y de penas:
ya buscaba tu nombre, tu semblante,
el disperso latir de tu vivencia,
tu mirada en las nubes esparcida;
porque, desde el asomo delirante
de mis instintos ciegos, tu existencia
era ya por mis ansias presentida.
III
¿Cuántas transmutaciones has pasado?
¿Cuántos siglos de luz, cuántos colores,
nebulosas, crepúsculos y flores
para llegar a ser, has transitado?
¿En qué constelaciones has brillado?
¿Después de cuántas muertes y dolores,
de huracanes, relámpagos y albores
la forma corporal has conquistado?
No puede concebir mi pensamiento
esa edad atmosférica que hicimos
en giratoria espera; mas yo siento
que milenios de lumbres anduvimos
esperanzados en el firmamento,
hasta unir este amor con que existimos.
V
En esta soledad de sombra pura,
de quietud en constante movimiento,
de mudez que enardece el pensamiento
en lucha negra con la noche oscura:
cabe todo el raudal de la amargura,
el río del mortal presentimiento,
la cóncava atracción del firmamento,
y el amor, el amor que me tortura.
En este pulso de tiniebla viva
en que el insomnio su vigor levanta
buscando conectar mis ansiedades,
puedo yo, con la ráfaga instintiva
del anhelo de amar que se agiganta,
vivir en un instante, eternidades.
jueves, 30 de enero de 2014
Poemas de Elías Nandino (4), "Tardío aprendizaje" y "El mismo amor"
TARDÍO APRENDIZAJE
Para soportar
estos años aciagos,
amargos,
de apretado silencio
en soledad sin muros,
he tenido que aprender
a platicar a solas,
a sufrir sin queja,
a llorar sin llanto
y a crearme,
en las quemantes noches
de los insomnios vagabundos,
la dócil compañía
de mi almohada,
haciéndola que duerma entre mis muslos.
EL MISMO AMOR
Amor, desnudo amor que haces regreso
en otro cuerpo de distinto aroma,
pero siempre el amor, amor eterno,
adolescente amor, inmadurable.
Reconozco en la luz de tus locuras
los mismos astros, la ternura misma,
el ave tierna de imbesados labios,
y vuelvo a comenzar lo inacabado...
Otro nombre y el alba de otra risa;
otras manos de tacto diferente,
otro bosque de frutos imprevistos;
pero dentro de mí fiera indomable;
el mismo amor que florecí hace siglos,
el mismo amor, enamorado siempre.
Mi ramaje de invierno se estremece
al sufrir tu presencia inesperada,
y sin saber por qué, se primavera
el cauce muerto de mi muerta sangre.
Soy de nuevo el de ayer, ascua creciente
en esta llaga esperanzado polvo,
que se aviva de nuevo con tu clima
y florece en tu tallo, su ternura.
Amor, desnudo amor que yo creía
muerto en la fiebre de mi vida trunca,
el mismo amor con que aprendí a morirme
en cada espera de insoladas ansias:
el amor de mi amor nunca extinguido,
el siempre adolescente amor ¡tan mío!
que vuelve a renacer en mis ocasos.
El amor de mi amor, naciendo siempre,
que se anida en el grito de tu sangre
para vivir su última caída.
Para soportar
estos años aciagos,
amargos,
de apretado silencio
en soledad sin muros,
he tenido que aprender
a platicar a solas,
a sufrir sin queja,
a llorar sin llanto
y a crearme,
en las quemantes noches
de los insomnios vagabundos,
la dócil compañía
de mi almohada,
haciéndola que duerma entre mis muslos.
EL MISMO AMOR
Amor, desnudo amor que haces regreso
en otro cuerpo de distinto aroma,
pero siempre el amor, amor eterno,
adolescente amor, inmadurable.
Reconozco en la luz de tus locuras
los mismos astros, la ternura misma,
el ave tierna de imbesados labios,
y vuelvo a comenzar lo inacabado...
Otro nombre y el alba de otra risa;
otras manos de tacto diferente,
otro bosque de frutos imprevistos;
pero dentro de mí fiera indomable;
el mismo amor que florecí hace siglos,
el mismo amor, enamorado siempre.
Mi ramaje de invierno se estremece
al sufrir tu presencia inesperada,
y sin saber por qué, se primavera
el cauce muerto de mi muerta sangre.
Soy de nuevo el de ayer, ascua creciente
en esta llaga esperanzado polvo,
que se aviva de nuevo con tu clima
y florece en tu tallo, su ternura.
Amor, desnudo amor que yo creía
muerto en la fiebre de mi vida trunca,
el mismo amor con que aprendí a morirme
en cada espera de insoladas ansias:
el amor de mi amor nunca extinguido,
el siempre adolescente amor ¡tan mío!
que vuelve a renacer en mis ocasos.
El amor de mi amor, naciendo siempre,
que se anida en el grito de tu sangre
para vivir su última caída.
jueves, 23 de enero de 2014
Poemas de Elías Nandino (3), una "Décima del recuerdo", "¿Qué es morir?" y "Nocturna suma" (con matemáticas)
DÉCIMAS DEL RECUERDO
10.
Dos vidas estoy viviendo
en cada instante que pasa:
la extinguida, que me abrasa
con los recuerdos que enciendo,
y lo que voy destruyendo
al vivirla, para hacer
más recuerdos con que ver
la primera enriquecida.
De una vida hago otra vida
y las dos forman mi ser.
¿QUÉ ES MORIR?
—Morir es
alzar el vuelo
sin alas
sin ojos
y sin cuerpo.
NOCTURNA SUMA
Deletreo el espacio y no comprendo
esas gotas de luz en plena noche,
que tiemblan, que se ensanchan, que se encogen,
y expresan desde el cielo
las frases de su pulso luminoso.
Yo no sé si es altura o es abismo
el sitio en donde asoman,
o si son o no son; pero las miro
como enjambre de islas en incendio
y sufro su atracción, su intenso brillo,
su tímido mirar...
Las cuento, muchas veces, muchas veces...
Me olvido de la cuenta y me detengo
para empezar la cuenta nuevamente,
y la vuelvo a perder, cayendo siempre
en la fuga de un número disperso.
Y si gozo al contar, es porque siento
que busco a Dios, contando sus estrellas.
10.
Dos vidas estoy viviendo
en cada instante que pasa:
la extinguida, que me abrasa
con los recuerdos que enciendo,
y lo que voy destruyendo
al vivirla, para hacer
más recuerdos con que ver
la primera enriquecida.
De una vida hago otra vida
y las dos forman mi ser.
¿QUÉ ES MORIR?
—Morir es
alzar el vuelo
sin alas
sin ojos
y sin cuerpo.
NOCTURNA SUMA
Deletreo el espacio y no comprendo
esas gotas de luz en plena noche,
que tiemblan, que se ensanchan, que se encogen,
y expresan desde el cielo
las frases de su pulso luminoso.
Yo no sé si es altura o es abismo
el sitio en donde asoman,
o si son o no son; pero las miro
como enjambre de islas en incendio
y sufro su atracción, su intenso brillo,
su tímido mirar...
Las cuento, muchas veces, muchas veces...
Me olvido de la cuenta y me detengo
para empezar la cuenta nuevamente,
y la vuelvo a perder, cayendo siempre
en la fuga de un número disperso.
Y si gozo al contar, es porque siento
que busco a Dios, contando sus estrellas.
jueves, 16 de enero de 2014
Poemas de Elías Nandino (2), "Algún día", "Verdad bronca" y "Meteoro" (con matemáticas) y "Dentro de mí"
ALGÚN DÍA
Como no llueve
la tierra está reseca
y el polvo vuela:
(Algún día volaremos
como esta tierra ciega.)
VERDAD BRONCA
Entre tus piernas
y las mías
hay un axioma
que no admite teorías.
METEORO
Sobre la mesa
un vaso
se desmaya,
rueda,
cae.
Al estrellarse
contra el piso,
una galaxia
nace.
DENTRO DE MÍ
Con los ojos
altamente asomados a la noche
contemplo las estrellas
y dentro de mí,
en el río incansable de mi sangre,
las siento y las descubro
reflejadas,
luminosas y hondas,
como si mi entraña fuera
el mismo cielo
en donde están ardiendo.
Como no llueve
la tierra está reseca
y el polvo vuela:
(Algún día volaremos
como esta tierra ciega.)
VERDAD BRONCA
Entre tus piernas
y las mías
hay un axioma
que no admite teorías.
METEORO
Sobre la mesa
un vaso
se desmaya,
rueda,
cae.
Al estrellarse
contra el piso,
una galaxia
nace.
DENTRO DE MÍ
Con los ojos
altamente asomados a la noche
contemplo las estrellas
y dentro de mí,
en el río incansable de mi sangre,
las siento y las descubro
reflejadas,
luminosas y hondas,
como si mi entraña fuera
el mismo cielo
en donde están ardiendo.
jueves, 9 de enero de 2014
Poemas de Elías Nandino (1), "Luciérnagas", "En una noche", "Crimen", "Álamo" y "Derecho de propiedad"
LUCIÉRNAGAS
La tarde expira
la oscuridad comienza:
sOlo se miran
los súbitos haikus
que escriben las luciérnagas.
EN UNA NOCHE
En plena noche
capturé una luciérnaga
— chispa furtiva —.
Al buscarla en mi mano
sOlo era poesía.
CRIMEN
¡Qué puñalada
le ha propinado el viento
a la granada!
ÁLAMO
¡Entre sus ramas
cuelga un millón
de monedas de plata!
DERECHO DE PROPIEDAD
¡Nada es tan mío
como lo es el mar
cuando lo miro!
La tarde expira
la oscuridad comienza:
sOlo se miran
los súbitos haikus
que escriben las luciérnagas.
EN UNA NOCHE
En plena noche
capturé una luciérnaga
— chispa furtiva —.
Al buscarla en mi mano
sOlo era poesía.
CRIMEN
¡Qué puñalada
le ha propinado el viento
a la granada!
ÁLAMO
¡Entre sus ramas
cuelga un millón
de monedas de plata!
DERECHO DE PROPIEDAD
¡Nada es tan mío
como lo es el mar
cuando lo miro!
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