de círculos a elipsis
de elipsis a la línea recta
y para la célula
¿rige el giro la tierra
o el sol?
¿o es todo
el incesante fluctuar
de la micropartícula
o la formación provocada
de una estructura
o es la creación
que deja al azar
y al tiempo en su enigma
al otro lado de las fórmulas
y de los ojos que ven lo que no ven
y aquel amor
que se disipó
en evanescencia...
hay que continuar
a otras esferas
viviendo allí esta vida
ya que no hay otra vida
las vespertinas nubes
las estrellas
los mundos habitados
los invisibles muertos
los remotos
espejos
el negro de la noche
es lejanía
estrellas apagadas
un pasado sin fin
hasta el origen
solo el presente es luz
que no mayor certeza
ni libertad
y en la negrura
capto
las redes quebradizas
de cuanto fue
mutante
o dejó de ser
tras ser creado
de la nada
negro
cero
infinito en potencia
desgarradura
asaltándose
a sí misma
ida y regreso
por caminos invisibles
regreso y alejamiento
vaso de vida
anterior al latido
fluye huye
nada anida
voz sin voz
esbozo
ondulación
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
jueves, 27 de febrero de 2014
Recorrido por "Sombra del Paraíso" de Vicente Aleixandre. Hoy "Los dormidos" y "Muerte en el paraíso"
LOS DORMIDOS
¿Qué voz entre los pájaros de esta noche de ensueño
dulcemente modula los nombres en el aire?
¡Despertad! Una luna redonda gime o canta
entre velos, sin sombra, sin destino, invocándoos.
Un cielo herido a luces, a hachazos, llueve el oro
sin estrellas, con sangre, que en un torso resbala:
revelador envío de un destino llamando
a los dormidos siempre bajo los cielos vividos.
¡Despertad! Es el mundo, es su música. ¡Oídla!
La tierra vuela alerta, embriagada de visos,
de deseos, desnuda, sin túnica, radiante,
bacante en los espacios que un seno muestra hermoso,
azulado de venas, de brillos, de turgencia.
¡Mirad! ¿No veis un muslo deslumbrador que avanza?
¿Un bulto victorioso, un ropaje estrellado
que retrasadamente revuela, cruje, azota
los siderales vientos azules, empapados?
¿No sentís en la noche un clamor? ¡Ah dormidos,
sordos sois a los cánticos! Dulces copas se alzan:
¡Oh estrellas mías, vino celeste, dadme toda
vuestra locura, dadme vuestros bordes lucientes!
Mis labios saben siempre sorberos, mi garganta
se enciende de sapiencia, mis ojos brillan dulces.
Toda la noche en mí destellando, ilumina
vuestro sueño, oh dormidos, oh muertos, oh acabados.
Pero no; muertamente callados, como lunas
de piedra, en tierra, sordos permanecéis, sin tumba.
Una noche de velos, de plumas, de miradas,
vuela por los espacios llevándoos, insepultos.
MUERTE EN EL PARAÍSO
¿Era acaso a mis ojos el clamor de la selva,
selva de amor resonando en los fuegos
del crepúsculo,
lo que a mí se dolía con su voz casi humana?
¡Ah, no! ¿Qué pecho desnudo, qué tibia carne casi celeste,
qué luz herida por la sangre emitía
su cristalino arrullo de una boca entreabierta,
trémula todavia de un gran beso intocado?
Un suave resplandor entre las ramas latía
como perdiendo luz, y sus dulces quejidos
tenuemente surtían de un pecho transparente.
¿Qué leve forma agotada, qué ardido calor humano
me dio su turbia confusión de colores
para mis ojos, en un póstumo resplandor intangible,
gema de luz perdiendo sus palabras de dicha?
Inclinado sobre aquel cuerpo desnudo,
sin osar adorar con mi boca su esencia,
cerré mis ojos deslumbrado por un ocaso de sangre,
de luz, de amor, de soledad, de fuego.
Rendidamente tenté su frente de mármol
coloreado, como un cielo extinguiéndose.
Apliqué mis dedos sobre sus ojos abatidos
y aún acerqué a su rostro mi boca, porque acaso
de unos labios brillantes aún otra luz bebiese.
Solo un sueño de vida sentí contra los labios
ya ponientes, un sueño de luz crepitante,
un amor que, aún caliente,
en mi boca abrasaba mi sed, sin darme vida.
Bebí, chupé, clamé. Un pecho exhausto,
quieto cofre de sol, desvariaba
interiormente solo de resplandores dulces.
Y puesto mi pecho sobre el suyo, grité, llamé, deliré,
agité mi cuerpo, estrechando en mi seno solo un cielo estrellado.
¡Oh dura noche fria! El cuerpo de mi amante,
tendido, parpadeaba, titilaba en mis brazos.
Avaramente contra mí ceñido todo,
sentí la gran bóveda oscura de su forma luciente,
y si besé su muerto azul, su esquivo amor,
sentí su cabeza estrellada sobre mi hombro aún fulgir
y darme su reciente, encendida soledad de la noche.
¿Qué voz entre los pájaros de esta noche de ensueño
dulcemente modula los nombres en el aire?
¡Despertad! Una luna redonda gime o canta
entre velos, sin sombra, sin destino, invocándoos.
Un cielo herido a luces, a hachazos, llueve el oro
sin estrellas, con sangre, que en un torso resbala:
revelador envío de un destino llamando
a los dormidos siempre bajo los cielos vividos.
¡Despertad! Es el mundo, es su música. ¡Oídla!
La tierra vuela alerta, embriagada de visos,
de deseos, desnuda, sin túnica, radiante,
bacante en los espacios que un seno muestra hermoso,
azulado de venas, de brillos, de turgencia.
¡Mirad! ¿No veis un muslo deslumbrador que avanza?
¿Un bulto victorioso, un ropaje estrellado
que retrasadamente revuela, cruje, azota
los siderales vientos azules, empapados?
¿No sentís en la noche un clamor? ¡Ah dormidos,
sordos sois a los cánticos! Dulces copas se alzan:
¡Oh estrellas mías, vino celeste, dadme toda
vuestra locura, dadme vuestros bordes lucientes!
Mis labios saben siempre sorberos, mi garganta
se enciende de sapiencia, mis ojos brillan dulces.
Toda la noche en mí destellando, ilumina
vuestro sueño, oh dormidos, oh muertos, oh acabados.
Pero no; muertamente callados, como lunas
de piedra, en tierra, sordos permanecéis, sin tumba.
Una noche de velos, de plumas, de miradas,
vuela por los espacios llevándoos, insepultos.
MUERTE EN EL PARAÍSO
¿Era acaso a mis ojos el clamor de la selva,
selva de amor resonando en los fuegos
del crepúsculo,
lo que a mí se dolía con su voz casi humana?
¡Ah, no! ¿Qué pecho desnudo, qué tibia carne casi celeste,
qué luz herida por la sangre emitía
su cristalino arrullo de una boca entreabierta,
trémula todavia de un gran beso intocado?
Un suave resplandor entre las ramas latía
como perdiendo luz, y sus dulces quejidos
tenuemente surtían de un pecho transparente.
¿Qué leve forma agotada, qué ardido calor humano
me dio su turbia confusión de colores
para mis ojos, en un póstumo resplandor intangible,
gema de luz perdiendo sus palabras de dicha?
Inclinado sobre aquel cuerpo desnudo,
sin osar adorar con mi boca su esencia,
cerré mis ojos deslumbrado por un ocaso de sangre,
de luz, de amor, de soledad, de fuego.
Rendidamente tenté su frente de mármol
coloreado, como un cielo extinguiéndose.
Apliqué mis dedos sobre sus ojos abatidos
y aún acerqué a su rostro mi boca, porque acaso
de unos labios brillantes aún otra luz bebiese.
Solo un sueño de vida sentí contra los labios
ya ponientes, un sueño de luz crepitante,
un amor que, aún caliente,
en mi boca abrasaba mi sed, sin darme vida.
Bebí, chupé, clamé. Un pecho exhausto,
quieto cofre de sol, desvariaba
interiormente solo de resplandores dulces.
Y puesto mi pecho sobre el suyo, grité, llamé, deliré,
agité mi cuerpo, estrechando en mi seno solo un cielo estrellado.
¡Oh dura noche fria! El cuerpo de mi amante,
tendido, parpadeaba, titilaba en mis brazos.
Avaramente contra mí ceñido todo,
sentí la gran bóveda oscura de su forma luciente,
y si besé su muerto azul, su esquivo amor,
sentí su cabeza estrellada sobre mi hombro aún fulgir
y darme su reciente, encendida soledad de la noche.
miércoles, 26 de febrero de 2014
"Cantos de Amor" de Ausias March, en traducción de Jorge de Montemayor, "Canto XIII"
CANTO XIII
Dona si us am nom graixcau, etc.
No agradezcáis a amor aver yo amado,
señora, aunque su fuerça no se niega;
agradeceldo aquel que os ha formado
tan alta, que en valor ninguna os llega:
a un bello rostro una alma bella ha dado,
no como prisionera se la entrega,
sino como a señora preeminente,
que al appetito dome blandamente.
Aunque trabajo siempre noche y día,
y por que me queráis jamás reposo,
compraros el querer por esta vía
no puedo, que su precio es muy costoso.
Bien es verdad que allá merescería,
teniendo mi morir por muy sabroso;
no es bien que me queráys sin vuestro grado,
ni quiero ser por fuerça bien tratado.
Siquiera agradescedrae, ¡o, alma mía!,
que yo que del Amor tan fuera estava
y un solo effecto suyo no escrivía
(mas antes de lo escrito me pesava),
por vos, y en vos la pluma cada día
el tiempo gasta, y quiere ser esclava
sin paga alguna; y si esto es, ¿quién me daña?
Harálo Amor, que es su costumbre estraña.
Pues quiere Amor que amor en mi s'estienda
por gran parte de vos que en mí he hallado,
y fue tan grande en mí, qu'en tal contienda
los dos mi cuerpo y alma han sojuzgado;
razón es no apartarme, aunque m'offenda,
pues el amor en mí por vos ha entrado,
y el ser perfecto y alto que en vos vido
me hizo a mí querer sin ser querido.
Por escusar la pena y descontento,
huý de amor un tiempo con cuydado,
y en ver tan gran beldad y entendimiento
rebuelvo en alegría el mal pensado;
al qual perdono, y todo aquel tormento
que sé que ha de venir, y no es llegado,
el qual propongo, yjuro de çufrillo,
aunque jamás de mí queráys sentillo.
Tenía yo, señora, castigados
a mis sentidos, por que ya no amassen.
Por vos les di licencia que penassen;
si ingratos fueren, ellos son culpados.
Dona si us am nom graixcau, etc.
No agradezcáis a amor aver yo amado,
señora, aunque su fuerça no se niega;
agradeceldo aquel que os ha formado
tan alta, que en valor ninguna os llega:
a un bello rostro una alma bella ha dado,
no como prisionera se la entrega,
sino como a señora preeminente,
que al appetito dome blandamente.
Aunque trabajo siempre noche y día,
y por que me queráis jamás reposo,
compraros el querer por esta vía
no puedo, que su precio es muy costoso.
Bien es verdad que allá merescería,
teniendo mi morir por muy sabroso;
no es bien que me queráys sin vuestro grado,
ni quiero ser por fuerça bien tratado.
Siquiera agradescedrae, ¡o, alma mía!,
que yo que del Amor tan fuera estava
y un solo effecto suyo no escrivía
(mas antes de lo escrito me pesava),
por vos, y en vos la pluma cada día
el tiempo gasta, y quiere ser esclava
sin paga alguna; y si esto es, ¿quién me daña?
Harálo Amor, que es su costumbre estraña.
Pues quiere Amor que amor en mi s'estienda
por gran parte de vos que en mí he hallado,
y fue tan grande en mí, qu'en tal contienda
los dos mi cuerpo y alma han sojuzgado;
razón es no apartarme, aunque m'offenda,
pues el amor en mí por vos ha entrado,
y el ser perfecto y alto que en vos vido
me hizo a mí querer sin ser querido.
Por escusar la pena y descontento,
huý de amor un tiempo con cuydado,
y en ver tan gran beldad y entendimiento
rebuelvo en alegría el mal pensado;
al qual perdono, y todo aquel tormento
que sé que ha de venir, y no es llegado,
el qual propongo, yjuro de çufrillo,
aunque jamás de mí queráys sentillo.
Tenía yo, señora, castigados
a mis sentidos, por que ya no amassen.
Por vos les di licencia que penassen;
si ingratos fueren, ellos son culpados.
Poemas de Elías Nandino (8), "Nocturno llanto"
NOCTURNO LLANTO
Ese llanto invencible que brota a media noche,
cuando nadie nos ve ni nuestros propios ojos
pueden atestiguarlo,
porque es llanto reseco, privado de su sal,
desvestido de linfa,
con aridez de fiebre
y amargo como el humo de los remordimientos.
Ese llanto que irrumpe sin causa y sin sollozo,
sin roce y sin historia,
deprovisto de gota, de tibieza y caída,
pero dando la sensación exacta
de nacer y rodar
en un cauce frío lento que invade hasta los huesos.
Ese llanto del hombre asomado al misterio
que le duele en la voz, en la piel, en las venas
y en el arropo oscuro
de la noche que ciega su pensamiento en llamas.
Ese llanto sin lágrimas
huracán en vacío, surtidor sin derrame
que al borde de los párpados
detiene sus impulsos
y retoRna al dolor donde nace.
Ese llanto tan mío, tan de todos y ajeno,
expansión comprimida de atávicas nostalgias
que no alcanzan la lluvia que las hunda en la tierra
para seguir por ella, en humedades hondas,
persiguiendo el declive
que las retorne a su raíz marina.
Ese llanto de todos acedrado en el mío,
ese llanto tan mío en que fluye el de todos
agua y sal trasvasadas en angustia ambulante,
que circula enclaustrado
como altura caída que anhela levantarse,
y al no poder hacerlo,
se retuerce en el centro de su lumbre vacía
para seguir luchando contra el blindaje sordo
que no puede llorarlo.
Llanto ciego que brota de la oculta resaca
de una sangre viajera en su cárcel de agobio.
El calor dilatado de musculares zonas
que sube hasta la orilla
de la flor sin corola del insomnio sediento.
Ese llanto sin llanto, percepción absoluta
del íntimo goteo
que al nacer se derrama nuevamente hacia dentro,
porque le dieron vida lacrimales sin parto,
o porque lo producen las vertientes secretas
de siglos de memoria
que quisieran rodarse
por el salto mortal de nuestras lágrimas.
Ese llanto... ese llanto en deseo
de volcarse en el llanto;
esas olas de miedo, de ansiedad, de tormento
que se agolpan y piden
el nacer repentino de su líquida fuga.
Ese llanto sin llanto empotrado en la frente,
que se muere sin agua y se bebe a sí mismo
para seguir formando
el manaNtial sin cauce
que detrás de la carne presiona con su asfixia,
y transforma la vida en un volcán sin cráter
o alud que sin espacio se rebulle en su sitio.
Ese llanto sin llanto, ese impulso encerrado
de un brotar que no puede encontrar desahogo
y que vive en nosotros, comprimido, creciente,
porque es llanto de hombre que no cabe en el hombre
y que tiene, por fuerza, que vivir sumergido
hasta el instante trágico
en que la muerte hiera,
y se llore fundido al corporal derrumbe.
Ese llanto invencible que brota a media noche,
cuando nadie nos ve ni nuestros propios ojos
pueden atestiguarlo,
porque es llanto reseco, privado de su sal,
desvestido de linfa,
con aridez de fiebre
y amargo como el humo de los remordimientos.
Ese llanto que irrumpe sin causa y sin sollozo,
sin roce y sin historia,
deprovisto de gota, de tibieza y caída,
pero dando la sensación exacta
de nacer y rodar
en un cauce frío lento que invade hasta los huesos.
Ese llanto del hombre asomado al misterio
que le duele en la voz, en la piel, en las venas
y en el arropo oscuro
de la noche que ciega su pensamiento en llamas.
Ese llanto sin lágrimas
huracán en vacío, surtidor sin derrame
que al borde de los párpados
detiene sus impulsos
y retoRna al dolor donde nace.
Ese llanto tan mío, tan de todos y ajeno,
expansión comprimida de atávicas nostalgias
que no alcanzan la lluvia que las hunda en la tierra
para seguir por ella, en humedades hondas,
persiguiendo el declive
que las retorne a su raíz marina.
Ese llanto de todos acedrado en el mío,
ese llanto tan mío en que fluye el de todos
agua y sal trasvasadas en angustia ambulante,
que circula enclaustrado
como altura caída que anhela levantarse,
y al no poder hacerlo,
se retuerce en el centro de su lumbre vacía
para seguir luchando contra el blindaje sordo
que no puede llorarlo.
Llanto ciego que brota de la oculta resaca
de una sangre viajera en su cárcel de agobio.
El calor dilatado de musculares zonas
que sube hasta la orilla
de la flor sin corola del insomnio sediento.
Ese llanto sin llanto, percepción absoluta
del íntimo goteo
que al nacer se derrama nuevamente hacia dentro,
porque le dieron vida lacrimales sin parto,
o porque lo producen las vertientes secretas
de siglos de memoria
que quisieran rodarse
por el salto mortal de nuestras lágrimas.
Ese llanto... ese llanto en deseo
de volcarse en el llanto;
esas olas de miedo, de ansiedad, de tormento
que se agolpan y piden
el nacer repentino de su líquida fuga.
Ese llanto sin llanto empotrado en la frente,
que se muere sin agua y se bebe a sí mismo
para seguir formando
el manaNtial sin cauce
que detrás de la carne presiona con su asfixia,
y transforma la vida en un volcán sin cráter
o alud que sin espacio se rebulle en su sitio.
Ese llanto sin llanto, ese impulso encerrado
de un brotar que no puede encontrar desahogo
y que vive en nosotros, comprimido, creciente,
porque es llanto de hombre que no cabe en el hombre
y que tiene, por fuerza, que vivir sumergido
hasta el instante trágico
en que la muerte hiera,
y se llore fundido al corporal derrumbe.
martes, 25 de febrero de 2014
Versos y prosas de "Oscuro dominio" (1), de Juan Larrea
“Oscuro dominio”, Juan
Larrea; Alcancia, México, 1934, con el auspicio de Gerardo Diego. Consulto el ejemplar número 5, de una tirada de
50. Me permito extraer algunos fragmentos a mi capricho.
Dulce vecino (fragmento)
El antes y el después son simples perspectivas parciales. En
prueba de ello me asomo a un espejo, que evidentemente existía con anterioridad
a mi impulso, y me encuentro en él y contemplo mi satisfacción al verme tenido
en cuenta y hasta comentado por la materia que hemos dado en llamar insensible.
Pero por mis personales sentidos, única verídica fuente de conocimiento, nunca
me atrevería a afirmar mi inexistencia dentro del espejo antes de entonces. La
simultaneidad que observo es meramente cerebral. A causa de la refracción aún
no bien estudiada de ciertas materias brillantes hacia la eternidad, mi cerebro
logra en aquel momento aislarse del tiempo, situándome en el preciso instante
en que el cristal piensa en mí. De otro modo me vería obligado a admitir que
siempre permanecía dentro del espejo, que ni a fumar salía jamás de él, que el
espejo era el infinito donde se encuentran las líneas paralelas de la lluvia.
Atienza (fragmentos sueltos)
Si el camino que uno sigue se bifurca y en la opción se toma
el conducente a Atienza, contraviniendo a toda norma no saldrá júbilo ni
terrenal ornato a recibiros. Ni un solo gesto que os invite a proseguir. Nada
que os compense o cuando menos cicatrice el posible futuro que quedó amputado
en la bifurcación. Más aún; seréis testigos de cómo lo mismo hacia adelante y
hacia atrás que hacia los costados, espacio y tiempo pueden huir de cada hombre
infinitamente.
Quise entonces empalmar en mis venas las azules del mundo y
vi que era posible.
Yo también, me dije, yo también, cuando me quede tiempo
hacia el ocaso he de sufrir un monte.
Selección de la "Décima poesía vertical" de Roberto Juarroz (1)
Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1986
1
Las últimas estructuras se han gastado
y es preciso cambiarlas,
sobre todo las más finas.
Desmantelar el aire, por ejemplo.
Desmantelar el pensamiento.
Pero ¿reemplazarlos con qué?
Hay que poner el aire en lugar del pensamiento.
Hay que poner el pensamiento en lugar del aire.
3
En todos los mundos
hay imágenes flotantes,
íconos vagabundos
cuyo destino es ir a la deriva,
figuras que inquietan a los seres fijos
y a las cosas atadas
Pero hay además mundos
hechos solamente de imágenes,
sin anclajes ni puertos,
íntegramente nómades,
destellos sin raíz,
fulguración en fuga.
Toda imagen tiende espontáneamente
a descartar su fuente
y valerse por sí misma.
Y esos mundos de imágenes flotantes
intentan también prescindir de los otros
en busca de un espacio mas libre.
Porque mas allá de la pesadez de los cuerpos,
solo las imágenes son libres.
Por lo tanto debe el hombre
convertirse en imagen.
O dejar que su imagen se vaya libremente
y aprender a quedarse sin imagen.
5
No prestar atención a las palabras,
salvo a aquellas que transportan
su propia carga de silencio.
El discurso del hombre es extrañamente opresivo,
pero algunas palabras quedan sueltas
como pájaros que caen de sus bandadas
y que una zona especialmente susceptible del aire
retiene y congrega.
No prestar atención tampoco a la escritura,
salvo a ciertas páginas desprendidas o rotas
que conservan fragmentos
de algunas historias que no parecen historia
o de un balbuceo con una extraña ilación,
papeles que el viento arremolina en los rincones.
Y ni siquiera prestar atención a lo callado,
porque el silencio del hombre es casi siempre
nada más que un terreno baldío,
cercado por unas tapias lastimosas
que impiden que lo arrastren las hormigas.
Además de la palabra y el silencio,
el verdadero lenguaje articula otras cosas,
por ejemplo,
el filo sin sosiego que lo hiere.
1
Las últimas estructuras se han gastado
y es preciso cambiarlas,
sobre todo las más finas.
Desmantelar el aire, por ejemplo.
Desmantelar el pensamiento.
Pero ¿reemplazarlos con qué?
Hay que poner el aire en lugar del pensamiento.
Hay que poner el pensamiento en lugar del aire.
3
En todos los mundos
hay imágenes flotantes,
íconos vagabundos
cuyo destino es ir a la deriva,
figuras que inquietan a los seres fijos
y a las cosas atadas
Pero hay además mundos
hechos solamente de imágenes,
sin anclajes ni puertos,
íntegramente nómades,
destellos sin raíz,
fulguración en fuga.
Toda imagen tiende espontáneamente
a descartar su fuente
y valerse por sí misma.
Y esos mundos de imágenes flotantes
intentan también prescindir de los otros
en busca de un espacio mas libre.
Porque mas allá de la pesadez de los cuerpos,
solo las imágenes son libres.
Por lo tanto debe el hombre
convertirse en imagen.
O dejar que su imagen se vaya libremente
y aprender a quedarse sin imagen.
5
No prestar atención a las palabras,
salvo a aquellas que transportan
su propia carga de silencio.
El discurso del hombre es extrañamente opresivo,
pero algunas palabras quedan sueltas
como pájaros que caen de sus bandadas
y que una zona especialmente susceptible del aire
retiene y congrega.
No prestar atención tampoco a la escritura,
salvo a ciertas páginas desprendidas o rotas
que conservan fragmentos
de algunas historias que no parecen historia
o de un balbuceo con una extraña ilación,
papeles que el viento arremolina en los rincones.
Y ni siquiera prestar atención a lo callado,
porque el silencio del hombre es casi siempre
nada más que un terreno baldío,
cercado por unas tapias lastimosas
que impiden que lo arrastren las hormigas.
Además de la palabra y el silencio,
el verdadero lenguaje articula otras cosas,
por ejemplo,
el filo sin sosiego que lo hiere.
lunes, 24 de febrero de 2014
jueves, 20 de febrero de 2014
Clara Janés, "Orbes del sueño" (3)
transparente
a espacio y tiempo
entran en mí
las constelaciones todas
el itinerario de los astros
los movimientos de la luna
y su mirada me conforma más allá
y soy también
un cuerpo errante
perdido
en la oscuridad
avanzan
por la negrura de la noche
y se deslizan
como un viento silbante
entre constelaciones
insomnes
inalcanzables números
de un álgebra autocreada
no hay llave
para su trayecto
que dice existencia
no te rozan
pero te mueves
con su movimiento
no hay desaparición
para los números hay
quebraduras y duplicaciones
pero en la delimitación
que nos limita
quietud de hielo
y de cruzar ese umbral
caer al cenit
bailar
entrando y saliendo de la nada
desgarradura
es el ser
ante la posibilidad
a espacio y tiempo
entran en mí
las constelaciones todas
el itinerario de los astros
los movimientos de la luna
y su mirada me conforma más allá
y soy también
un cuerpo errante
perdido
en la oscuridad
avanzan
por la negrura de la noche
y se deslizan
como un viento silbante
entre constelaciones
insomnes
inalcanzables números
de un álgebra autocreada
no hay llave
para su trayecto
que dice existencia
no te rozan
pero te mueves
con su movimiento
no hay desaparición
para los números hay
quebraduras y duplicaciones
pero en la delimitación
que nos limita
quietud de hielo
y de cruzar ese umbral
caer al cenit
bailar
entrando y saliendo de la nada
desgarradura
es el ser
ante la posibilidad
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