El dominó
«Oyente, si tú me ayudas
Con tu malicia y tu risa,
Verdades diré en camisa,
Poco menos que desnudas».
QUEVEDO.
Sería en vano que yo pretendiera ocupar en los presentes días la atención de mis lectores con otro objeto que no sea el Carnaval y sus amables disipaciones. Ninguno querría escucharme, y mi discurso, por muy moral y filosófico que fuera, aparecería desabrido y miraríase desdeñado por aquella máxima del non erat his locus. Por el contrario si vestido y engalanado a la moda del día, acierto a ofrecerle como el figurín moral de la semana, no me será difícil cautivar la atención de mis leyentes, en gracia de la oportunidad; y he aquí la razón que me decide a presentarle en dominó.
No se crea por ello que al tratar de máscaras sea mi intención hablar de aquellas con que suelen cubrirse habitualmente los vicios y debilidades humanas para imitar el aspecto de la virtud, del patriotismo, de la amistad, del amor, de la modestia y del desinterés. Semejantes máscaras, por comunes y continuas, no llaman nuestra atención, y entran en la línea de aquellas conveniencias sociales contra las cuales sería ocioso declamar. Yo por lo menos, huyendo de tan espinoso argumento, limito hoy mi narrativa a tratar de aquella diversión festiva, y en cierto modo filosófica, que igualando todas las edades, todas las clases y condiciones por medio de un pedazo de tela sobre el rostro, presta al Carnaval su verdadero carácter de originalidad y de alegría.
Si, deseoso de ostentar erudición (lo cual es harto fácil... con una buena memoria y una regular voluntad), anduviese aquí a caza de autores para repetir lo que ellos han dicho relativo a esta diversión, haciéndola derivar unos de los romanos, y otros de la muscara (bufonada) de los árabes cordobeses y granadinos, sería componer mi razonamiento de retazos, lo cual equivaldría a vestirle de arlequín, siendo así que ya he dicho el traje en que hoy le quiero. -Con que, no hay sino abandonar aquellos tiempos remotos; y dejarme caer en medio en medio de mi auditorio; quiero decir, en el Carnaval de 1833.
¡Oh, quién fuera ahora Vélez de Guevara o Lesage, para tener a mis órdenes un diablillo, Asmodeo, aunque fuese cojo, que me ayudase a levantar los techos de las casas de Madrid, para presentar su interior a los que aún se empeñan en caracterizarnos a su antojo! Verían si es, como ellos dicen, sombrío y taciturno un pueblo que a la hora en que escribo olvida alegremente sus cuidados, moviéndose a compás; dijéranme si es miserable este mismo pueblo, que tan crecidas sumas gasta en magníficas funciones, ostentando en todas ellas la riqueza y el buen gusto; verían, en fin, si son tan celosos nuestros maridos, tan altivas nuestras mujeres, tan intratables nuestros padres, tan rendidos nuestros amantes, tan espesas nuestras celosías, tan temibles nuestros puñales.
Semejantes reflexiones se agolpaban a mi imaginación; vivamente afectada por el interesante espectáculo que acababa de dejar en cierto café de esta capital. -Era la hora en que suelen concurrir a este Lloyd danzomano todos los demandantes y cambiantes de billetes de las diversas sociedades de suscripción que se reparten en tales noches la concurrencia; y aunque al principio hube de estudiar aquel lenguaje mercantil, viendo ofrecer dos Sartenes por una Corona, un Solís por dos Fontanas, un San Bernardino por una Santa Catalina, una Paz por una Alameda, un León por dos Jardines, y otras a este tenor, no tardé en ponerme al corriente de aquel vocabulario, y aun pude graduar la importancia respectiva de tales documentos por el boletín de cotización que uno de los mozos me dijo al oído. Por último, animado con el ejemplo y favorecido por la buena suerte, acepté un billete (no diré para cuál baile, por solo dar a mi narración este aire de misterio), y marché a recorrer prenderlas y almacenes en que alquilar un traje a propósito para envolver mi persona. -Mas como no era mi intención figurar, sino desfigurarme, parecíame conveniente abandonar mantos y bordados, y eclipsarme en un sencillo dominó, cuyo agradable color y no afectada modestia llamó mi atención, entre un Genghiskan, y un Saladino, que alquilaron delante de mí un ropero de la calle Mayor y un barberillo de Puerta Cerrada.
De vuelta a mi casa, queriendo aprovechar el calor de mi fantasía, me puse a escribir el principio de este discurso; mas, disgustado de la pobreza de mi pensamiento, concluí por envidiar a D. Cleolas su Asmodeo, y tirando la pluma, cogí mi dominó con ánimo de pasarle y ceñirle en derredor de mi cuerpo; cuando ¡oh sorpresa! al ir a poner el capuchón, hállome en el fondo de él un papel; cójole, le desdoblo, y veo escrito en él ...¿qué creerán mis lectores que vería?... Pues era nada menos que la Historia de este dominó, contada por él mismo.
Figúrense las almas piadosas cuál sería mi contento con este hallazgo, no hay cómo explicarlo: solo sí que, enajenado por él, suspendí mi vestido, calé mis anteojos, despabilé la luz, y leí de esta manera:
-«Amigo lector: Cualquiera que tú seas, en cuyas manos me haya deparado la suerte para encubrir por horas contadas tu triste o alegre figura, suspende, te ruego, la operación de tu disfraz, y tómate el trabajo de leer mi historia, si es que a trabajo tienes el saber aventuras de suyo peregrinas, que podrán servirte de gran provecho. Y pues cuento desde luego con tu benevolencia, escucha por ahora y préstame atención.
»Yo nací en el Carnaval de 1822 en manos de una corista de la ópera, la cual, con poco cariño maternal, me arrojó entre otros trajes expósitos, entregando las primicias de mi inocencia al primero que llegase a alquilarme.
«Era la noche del 3 de febrero de aquel año, y había baile de máscaras en ambos teatros, con lo cual no tardó en cargar conmigo un criado que, conduciéndome a una elegante casa, me puso en las manos de un señor de edad y grave aspecto, cuya clase y circunstancias me dieron mucho que pensar.
»Al observar su seriedad y su entonamiento, no pudo menos de asaltarme el temor de que iba a pasar una noche muy triste; pero me engañé completamente, pues envolviendo en mí su añeja persona, salió silenciosamente y se dirigió al teatro del Príncipe, donde ya a la sazón se había empezado el baile; y asegurado por la libertad que yo y la careta le dábamos, verificó tan repentino descenso desde la más alta prosopopeya a la más cordial alegría, que no fue posible dejar de felicitarme por este mágico talismán que al parecer se encerraba en mí, capaz de causar la felicidad momentánea de una persona a quien su clase o sus deberes imponían tal vez una perpetua contracción de espíritu.
»Mas entre tanto que yo hacía estas y otras reflexiones, mi buen señor se agitaba corriendo tras una rapaza que acababa de arrojar una careta de ochentona, quedándose con la más fresca y bien cortada de diez y nueve que imaginarse pueda; y si bien mi conductor y yo hubimos de notar que aquella estrella parecía ya completamente observada y reconocida por los jóvenes astrólogos, según la seguridad y confianza con que la miraban, sin embargo, animado aquel con las benévolas respuestas de tan linda boca, endulzaba la suya lo mejor posible, procurando ocultar en sus conceptos el estilo escolar y argumentante, aunque más de un audi precor vino a confirmarme en la idea que desde luego había formado del tal señor. La niña, sin embargo, poniendo en limpio aquel borrador, leía corrientemente en el pecho de mi escondido; y deseosa de complacerle prestándole atento oído, habíase retirado con él a uno de los extremos del teatro, donde, sentados mano a mano, entregábanse mutuamente al sabor de tan peregrina plática... cuando... ¡oh suerte fatal!... estando ambos en esta agradable situación, huyendo los vaivenes de la multitud, los maderos que sostenían parte del tablado teatral, sobrecargados enormemente, crujen con estrépito, y abriendo un ancho boquerón, húndese en él una buena parte de la concurrencia.
»¿Cómo pintar (continuaba el dominó) aquella escena viva e inesperada? Hágalo el filósofo espectador, que más feliz que los demás se encontró del otro lado del teatro, sin dignarse interrumpir su contradanza al mirar nuestro mal paso; en cuanto a mí, comprendido en la fatal desgracia, solo tuve serenidad para agarrarme de un clavo, donde permanecí un instante, debilitando el ímpetu de la caída de mi dueño, la cual, sin embargo, se verificó, sacando él por resultado una fuerte contusión, y yo un jirón de vara y media. Pero la vergüenza de aquel, y el temor de ser reconocido, pudo más que su dolor, y rebujándose en mí más fuertemente que nunca, salió conducido por los mozos, sin osar destaparse hasta su casa, donde quedé prisionero en premio de mi servicio, como sucede de ordinario a los que tercian en las debilidades de los grandes señores.
»Doce meses justos yací escondido en un armario, en compañía de otros trajes y ropas, al cabo de los cuales cierta sobrina del señor, mi compañero de desgracia, me hubo de hallar, y compadecido de mi triste situación, me compuso y arregló a su lindo cuerpo, tal que di por bien empleado mi anterior desmán.
»Era por entonces el Carnaval de 1823, y todo Madrid estaba ocupado de las máscaras; el amo de la casa, aun con un resto de cojera, oía con horror las conversaciones, y hablaba a su sobrina de aquella función con una acrimonia que ella atribuía a la elevación de su alma, y yo a la caída de su cuerpo. La muchacha, que rayaba en los diez y seis, y era resueltilla y despierta como la que más, oía con cuidado todas las asechanzas que, según el tío, se tienden a la virtud en tales funciones, y rabiaba en deseos de experimentarlas; tanto más, cuanto que no faltaba cierto alférez, primo suyo, que siempre la estaba convidando. Por último, ¿para qué cansar? las prohibiciones del tío, las invitaciones del sobrino, y mi vista más que todo, fueron causas suficientes a despertar la curiosidad de esta niña, la cual, cediendo a las instancias de su amante, cogiome silenciosamente cierta noche, y se fue al teatro fiada en mi defensa; mas ¡ay! que (Aquí el manuscrito estaba borrado, sin duda por las lágrimas del dominó, y luego proseguía) : ¡Muchachas, las que tenéis primos amantes, o amantes aunque no sean primos, no os dejéis conducir por ellos a las máscaras, y creed a un dominó experimentado!
»Eran pasados cuatro años desde que, saliendo de la casa de mis dueños, por medio de una criada que se escapó conmigo, me hallaba arrinconado entre otros compañeros de desgracia en el desván de un prendero de la calle del Prado, y ocupábame con ellos en la narración de nuestras aventuras respectivas, cuando un nuevo Carnaval (1827) vino a procurarnos salida, si bien con más precauciones que si fuéramos tabaco de la Vuelta de abajo o moneda española acuñada en Gibraltar. -Y era la razón, cierta ley no sé cuántas de la Novísima, que hace trescientos años prohibió, según parece, las máscaras y disfraces. Mas, como los hombres, siguiendo el ejemplo de nuestra primera madre, somos por desgracia tan inclinados a dar más valor a las cosas prohibidas, de aquí nació la manía de enmascararse, en términos que, a despecho de escribanos y corchetes, inundábamos calles y salones.
»Entre las infinitas aventuras que me proporcionó la circunstancia de servir, por mi cómoda hechura, para damas y galanes, llamaré tu atención sobre una que me aconteció cierta noche de aquel año, en la cual salí alquilado por un joven que formaba parte de una comparsa mascaril. Figuraba en la misma cierta deidad a cuya mano aspiraba el mancebo, y lleno de amor y rendimiento al salir de la tertulia, incorporado con los demás, para dirigirse a las casas del baile, íbase a precipitar a ofrecer su brazo a la niña, cuando la mamá (que ya empezaba a ejercer los rigores de suegra) le llamó para sostenerla, entre tanto que otro galán más dichoso ocupó el lado de su amada.
»Rabiando iba mi pobre mozo con tan desdichada ocurrencia, lo cual conocía yo por sus contorsiones y movimientos mal reprimidos, y agobiado además por el medio siglo que pesaba sobre su diestro brazo, dejábase arrastrar lentamente, haciendo más y más sensible la distancia que la ligera pareja delantera les llevaba. Y ya iban a enfilar la calle Angosta de Peligros, cuando el linternón de una ronda, haciendo reflejar las lentejuelas del turbante de sultana que cubría las canas de la mamá, vino a destruir nuestros planes. Fuimos, pues, descubiertos y detenidos con todas las parejas que venían detrás, en tanto que los dichosos delanteros llegaban sin novedad a la sazón a la casa del baile.
»¡Oh lector, si no eres duro pedernal, contempla y compadece la situación de mi galán interior, viéndose conducir a la presencia judicial en compañía de una sultana vieja, un Enrique IV y una Raquel, Julio César y la Vallière, Marco Antonio y Cleopatra, Elisa y Claudio, y otras parejas más o menos dichosas! Pero, sobre todo, lo que le sacaba de juicio era el sospechar que su abandonada Ariadna podría consolarse de la pérdida de su Teseo con el Baco que delante tenía, y este pensamiento no le abandonó en el menguado recinto adonde tuvo que pasar la noche. En cuanto a mí y los demás trajes, como cuerpos del delito, corrimos unidos bajo una cuerda al proceso que se formó, y sacados en consecuencia a pública subasta, quedamos entregados al mejor postor, que lo fue, por cierto, otro prendero de la calle de Atocha.
»Varias y muy graves aventuras podría seguirte refiriendo de aquel tiempo en que fui contrabando; pero como todo debe tener sus límites, mi narración también, y así solo me permitirás que te hable del lance que me ocurrió en la última salida, verificada una de estas noches.
»Fue, pues, el caso que cierto marido joven, previa la venia conyugal para ir a las máscaras, vino a alquilarme, a poco de haberse llevado una dama a otro compañero mío que estaba a mi lado. Llegamos al baile, divisé entre muchos a este compañero, y obligando ambos a nuestros dueños a llegar a hablarse (sin duda por la simpatía del traje), tuvimos ocasión de entablar también nuestra conversación escuderil; y al comunicarnos las señas de la casa de donde habíamos salido, no pudimos menos de reírnos a dúo. Entre tanto, nuestros dueños habían comenzado una plática amorosa que nos tenía edificados, y ya la niña iba manifestando su corazón de algodón cardado, que no de agudo pedernal, cuando por un efecto de mi previsión, y deseoso de servirla de despertador, dejé caer mi capuchón y descubrí la cabeza del marido (que tal era el que me llevaba), con lo cual la discretísima criatura pudo conducir su conversación en términos, no tan solo de evitar un compromiso, sino también de quedar bien puesta para regañar después al esposo, que se convenció más que nunca del amor de su consorte...».-
Aquí acababa el manuscrito del dominó, sin que yo tenga necesidad de decir que durante su lectura la interrumpí varias veces con mi risa; y lleno de contento por poder figurar en adelante en tan curiosa crónica, me apresuré a cubrirme con él y a trasladarme al baile; pero aquí quiero hacer un punto y coma a mi narración, para tomar un ligero descanso antes de ofrecer a mis lectores un cuadro fantástico de tal baile.
Figúrense, pues, allá en el interior de su mente, un gran salón, capaz de quinientas personas, ocupado por mil, que con sus anchos disfraces y exagerado movimiento habían menester el espacio correspondiente a mil quinientas; fórmense una temperatura a treinta y seis sobre cero, ocasionada por el inmenso número de luces y de concurrentes; añadan a esto para el sentido del olfato, la mucha confusión de buenas y malas exhalaciones naturales y artificiales; diviertan la vista con el deslumbrante reflejo de aderezos y bordados, gorras y turbantes, mantos y capacetes; amenicen el tímpano con el temple continuo de las voces disfrazadas y con los rotundos compases de una galope infernal ejecutada por dos docenas de músicos, y obligada de pandereta y látigo; encomienden al tacto la violenta ondulación que, por un principio físico, obliga a la mitad de la concurrencia a marchar impelida por la otra mitad, y satisfagan, por último, el gusto con una perdiz petrificada y solicitada en pie por espacio de tres horas en la sala de descanso. Con todos estos antecedentes podrán formarse una idea en miniatura de los goces que un baile semejante proporciona a los sentidos. ¡Felices los que pillando una silla podrían entregar a ella sus fatigados miembros! Mas ¿cómo lograrla? Las desdichadas mamás y las parejas dichosas las habían tomado por asalto al principio de la noche, para no desocuparlas hasta el amanecer.
Envuelto en mi amigo dominó, y apoyado en el quicio de una puerta de paso, hallábame contemplando aquel animado espectáculo con la comodidad que dejo pensar; mas si mis sentidos se daban por quejosos, menos satisfecho aún quedé del lado del espíritu, pues apuntando cuidadosamente en mi memoria todos los dichos, preguntas, respuestas, réplicas y argumentos que escuché, me convencían de una de dos cosas: o que era falso el dicho de que «es menester tener muy poco talento para no tenerlo con la careta», o que yo tenía orejas de Midas.
Luego me ocupé en seguir las intrigas juveniles, sorprender combinaciones y armar peripecias, con lo cual mi dominó azul llegó a infundir tal pavura en aquel género volátil, que a mi llegada huían en grupos, cual bandada de palomas a la vista del milano. Quién me tomaba por un marido celoso; quién por un amante desdeñado; cuál me daba satisfacciones; cuál me pedía cuenta de agravios; y como la circunstancia de conocer las intrigas anteriores de mi dominó me ponía desde luego en el medio de las cuestiones, pasé alternativamente por amante, por padre y por marido de todas, y por último convinieron en que era brujo, hasta que, arrancándome por fuerza la careta, se encontraron más admiradas viendo que no me conocían, y yo sí a ellas.
¡Que no pueda yo presentar aquí de lleno el fruto de aquella noche de observación y movimiento!; mas no me es lícito, por tres causas: la primera, porque ofrecí a mis amables descubridoras que no las descubriría; la segunda, porque de hacerlo corría peligro de estar hablando de máscaras hasta el Miércoles de Ceniza, y la tercera y principal, por no tener permiso de mi dominó para continuar la narración de sus aventuras, por aquella sabia regla, de que «la historia no se ha de escribir al tiempo que se verifica».
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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lunes, 7 de enero de 2013
martes, 30 de octubre de 2012
Dos sonetos de Quevedo y uno de Jesús Malia. Quevedo y yo
Al señor de un convite, que le porfiaba comiese mucho (Quevedo)
Comer hasta matar la hambre, es bueno;
mas comer por cumplir con el regalo,
hasta matar al comedor, es malo,
y la templanza es el mejor Galeno.
Lo demasiado siempre fue veneno:
a las ponzoñas el ahíto igualo;
si a costumbres de bestia me resbalo,
a pesebre por plato me condeno.
Si engullo las cocinas y despensas,
seré don Tal Despensas y Cocinas.
¿En qué piensas, amigo, que me piensas?
Pues me atiestas de pavos y gallinas,
dame, ya que la gula me dispensas,
el postre en calas, purga y melecinas.
Valimiento de la mentira (Quevedo)
Mal oficio es mentir, pero abrigado:
eso tiene de sastre la mentira,
que viste al que la dice; y aun si aspira
a puesto el mentiroso, es bien premiado.
Pues la verdad amarga, tal bocado
mi boca espuma con enojo e ira;
y ayuno, el verdadero, que suspira,
envidie mi pellejo bien curado.
Yo trocaré mentiras a dineros,
que las mentiras ya quebrantan peñas;
y pidiendo andaré en los mentideros,
prestadas las mentiras a las dueñas:
que me las den a censo caballeros,
que me las vendan Lamias halagüeñas.
Hasta aquí el repaso a los sonetos de Quevedo por ahora, que algunos quedan, pero ya le estamos dando mucho más protagonismo del que merecen y deseo que entre Sor Juana Inés de la Cruz. Y ha querido el azar que, al igual que Gutierre de Cetina me inspiró para hacer mi soneto 'Contra el soneto (de amor)', en estos momentos terminales Quevedo me haya inspirado para hacer el soneto amoroso que sigue: 'Y miento'.
Y miento (Jesús Malia)
Y miento cuando oculto mi querencia
y miento cuando callo mi dolor
y miento cuando juro no es amor
aquello que conmueve tu presencia.
Si miento es por celo y por prudencia,
si miento es por falta de valor,
si miento es que declaro mi pavor
a darte a conocer mi dependencia.
Y miento cuanto más doy en verdad
y miento cuanta más verdad anhelo
y miento como un tonto y un cobarde
(lo digo con perfecta puridad)
si vienes con tu mano hasta mi pelo
y finjo que no quema lo que arde.
Comer hasta matar la hambre, es bueno;
mas comer por cumplir con el regalo,
hasta matar al comedor, es malo,
y la templanza es el mejor Galeno.
Lo demasiado siempre fue veneno:
a las ponzoñas el ahíto igualo;
si a costumbres de bestia me resbalo,
a pesebre por plato me condeno.
Si engullo las cocinas y despensas,
seré don Tal Despensas y Cocinas.
¿En qué piensas, amigo, que me piensas?
Pues me atiestas de pavos y gallinas,
dame, ya que la gula me dispensas,
el postre en calas, purga y melecinas.
Valimiento de la mentira (Quevedo)
Mal oficio es mentir, pero abrigado:
eso tiene de sastre la mentira,
que viste al que la dice; y aun si aspira
a puesto el mentiroso, es bien premiado.
Pues la verdad amarga, tal bocado
mi boca espuma con enojo e ira;
y ayuno, el verdadero, que suspira,
envidie mi pellejo bien curado.
Yo trocaré mentiras a dineros,
que las mentiras ya quebrantan peñas;
y pidiendo andaré en los mentideros,
prestadas las mentiras a las dueñas:
que me las den a censo caballeros,
que me las vendan Lamias halagüeñas.
Hasta aquí el repaso a los sonetos de Quevedo por ahora, que algunos quedan, pero ya le estamos dando mucho más protagonismo del que merecen y deseo que entre Sor Juana Inés de la Cruz. Y ha querido el azar que, al igual que Gutierre de Cetina me inspiró para hacer mi soneto 'Contra el soneto (de amor)', en estos momentos terminales Quevedo me haya inspirado para hacer el soneto amoroso que sigue: 'Y miento'.
Y miento (Jesús Malia)
Y miento cuando oculto mi querencia
y miento cuando callo mi dolor
y miento cuando juro no es amor
aquello que conmueve tu presencia.
Si miento es por celo y por prudencia,
si miento es por falta de valor,
si miento es que declaro mi pavor
a darte a conocer mi dependencia.
Y miento cuanto más doy en verdad
y miento cuanta más verdad anhelo
y miento como un tonto y un cobarde
(lo digo con perfecta puridad)
si vienes con tu mano hasta mi pelo
y finjo que no quema lo que arde.
martes, 23 de octubre de 2012
Quevedo se 'Burla de las amenazas cuando se toca la campana de velilla' y de una 'Vieja vuelta a la edad de las niñas'
Burla de las amenazas cuando se toca la campana de velilla
Conozcan los monarcas a Velilla,
por la superstición de la campana;
que a mí, por una pícara aldeana,
me la dio a conocer la seguidilla.
Crédulo, ¿por qué pasas a Castilla
agüeros de Aragón? ¡Oh plebe insana!
Siempre ceñuda con la alteza humana,
nunca propicia a la primera silla.
Yo temo que se toquen las mujeres,
que denota los moños y arracadas,
apretador y cintas y alfileres.
Mas tocarse campanas apartadas
de mi sueño y mi casa y mis placeres,
aquí, y en Aragón, son badajadas.
Vieja vuelta a la edad de las niñas
¿Para qué nos persuades eres niña?
¿Importa que te mueras de viruelas?
Pues la falta de dientes y de muelas
boca de taita en la vejez te aliña.
Tú te cierras de edad y de campiña,
y a que están por nacer, chicota, apelas;
gorgeas con quijadas bisagüelas
y llamas metedor a la basquiña.
La boca, que fue chirlo, agora embudo,
disimula lo rancio en los antaños,
y nos vende por barbas el engrudo.
Grandilla (porque logres tus engaños),
que tienes pocos años no lo dudo,
si son los por vivir los pocos años.
Conozcan los monarcas a Velilla,
por la superstición de la campana;
que a mí, por una pícara aldeana,
me la dio a conocer la seguidilla.
Crédulo, ¿por qué pasas a Castilla
agüeros de Aragón? ¡Oh plebe insana!
Siempre ceñuda con la alteza humana,
nunca propicia a la primera silla.
Yo temo que se toquen las mujeres,
que denota los moños y arracadas,
apretador y cintas y alfileres.
Mas tocarse campanas apartadas
de mi sueño y mi casa y mis placeres,
aquí, y en Aragón, son badajadas.
Vieja vuelta a la edad de las niñas
¿Para qué nos persuades eres niña?
¿Importa que te mueras de viruelas?
Pues la falta de dientes y de muelas
boca de taita en la vejez te aliña.
Tú te cierras de edad y de campiña,
y a que están por nacer, chicota, apelas;
gorgeas con quijadas bisagüelas
y llamas metedor a la basquiña.
La boca, que fue chirlo, agora embudo,
disimula lo rancio en los antaños,
y nos vende por barbas el engrudo.
Grandilla (porque logres tus engaños),
que tienes pocos años no lo dudo,
si son los por vivir los pocos años.
martes, 16 de octubre de 2012
Quevedo 'Significa la interesable correspondencia de la vida humana' y 'Diferencia de dos viciosos en el apetito de las mujeres'
Significa la interesable correspondencia de la vida humana
El ciego lleva a cuestas al tullido:
dígola maña, y caridad la niego;
pues en ojos los pies le paga al ciego
el cojo, solo para sí impedido.
El mundo en estos dos está entendido,
si a discurrir en sus astucias llego:
pues yo te asisto a ti por tu talego;
tú, en lo que sé, cobrar de mí has querido.
Si tú me das los pies, te doy los ojos:
todo este mundo es trueco interesado,
y despojos se cambian por despojos.
Ciegos, con todos hablo escarmentado:
pues unos somos ciegos y otros cojos,
ande el pie con el ojo remendado.
Diferencia de dos viciosos en el apetito de las mujeres
Por más graciosa que mi tronga sea,
otra en ser otra tronga es más graciosa;
el mayor apetito es otra cosa,
aunque la más hermosa se posea.
La que no se ha gozado, nunca es fea;
lo diferente me la vuelve hermosa;
mi voluntad de todas es golosa:
cuantas mujeres hay, son mi tarea.
Tú, que con una está amancebado,
yo, que lo estoy con muchas cada hora,
somos dos archidiablos, bien mirado.
Mas diferente mal nos enamora:
pues amo yo, glotón, todo el pecado;
tú, hambrón de vicios, una pecadora.
El ciego lleva a cuestas al tullido:
dígola maña, y caridad la niego;
pues en ojos los pies le paga al ciego
el cojo, solo para sí impedido.
El mundo en estos dos está entendido,
si a discurrir en sus astucias llego:
pues yo te asisto a ti por tu talego;
tú, en lo que sé, cobrar de mí has querido.
Si tú me das los pies, te doy los ojos:
todo este mundo es trueco interesado,
y despojos se cambian por despojos.
Ciegos, con todos hablo escarmentado:
pues unos somos ciegos y otros cojos,
ande el pie con el ojo remendado.
Diferencia de dos viciosos en el apetito de las mujeres
Por más graciosa que mi tronga sea,
otra en ser otra tronga es más graciosa;
el mayor apetito es otra cosa,
aunque la más hermosa se posea.
La que no se ha gozado, nunca es fea;
lo diferente me la vuelve hermosa;
mi voluntad de todas es golosa:
cuantas mujeres hay, son mi tarea.
Tú, que con una está amancebado,
yo, que lo estoy con muchas cada hora,
somos dos archidiablos, bien mirado.
Mas diferente mal nos enamora:
pues amo yo, glotón, todo el pecado;
tú, hambrón de vicios, una pecadora.
martes, 9 de octubre de 2012
'Un caso se ríe de un adúltero' y 'Riesgo de celebrar la hermosura de las tontas', sonetos de... Quevedo
Un casado se ríe del adúltero que le paga el gozar con susto lo que a él le sobra
Díceme, don Jerónimo, que dices
que me pones los cuernos con Ginesa;
yo digo que me pones casa y mesa;
y en la mesa, capones y perdices.
Yo hallo que me pones los tapices
cuando el calor por el octubre cesa;
por ti mi bolsa, no mi testa, pesa,
aunque con molde de oro me la rices.
Este argumento es fuerte y es agudo:
tú imaginas ponerme cuernos; de obra
yo, porque lo imaginas, te desnudo.
Más cuerno es el que paga que el que cobra;
ergo, aquel que me paga, es el cornudo,
lo que de mi mujer a mí me sobra.
Riesgo de celebrar la hermosura de las tontas
Sol os llamó mi lengua pecadora,
y desmintiome a boca llena el cielo;
luz os dije que dábades al suelo,
y opúsose un candil, que alumbra y llora.
Tan creído tuviste ser aurora,
que amanecer quisiste con desvelo;
en vos llamé rubí lo que mi abuelo
llamara labio y jeta comedora.
Codicia os puse de vender los dientes,
diciendo que eran perlas; por ser bellos,
llamé los rizos minas de oro ardientes.
Pero si fueran oro los cabellos,
calvo su casco fuera, y, diligentes,
mis dedos los pelaran por vendellos.
Díceme, don Jerónimo, que dices
que me pones los cuernos con Ginesa;
yo digo que me pones casa y mesa;
y en la mesa, capones y perdices.
Yo hallo que me pones los tapices
cuando el calor por el octubre cesa;
por ti mi bolsa, no mi testa, pesa,
aunque con molde de oro me la rices.
Este argumento es fuerte y es agudo:
tú imaginas ponerme cuernos; de obra
yo, porque lo imaginas, te desnudo.
Más cuerno es el que paga que el que cobra;
ergo, aquel que me paga, es el cornudo,
lo que de mi mujer a mí me sobra.
Riesgo de celebrar la hermosura de las tontas
Sol os llamó mi lengua pecadora,
y desmintiome a boca llena el cielo;
luz os dije que dábades al suelo,
y opúsose un candil, que alumbra y llora.
Tan creído tuviste ser aurora,
que amanecer quisiste con desvelo;
en vos llamé rubí lo que mi abuelo
llamara labio y jeta comedora.
Codicia os puse de vender los dientes,
diciendo que eran perlas; por ser bellos,
llamé los rizos minas de oro ardientes.
Pero si fueran oro los cabellos,
calvo su casco fuera, y, diligentes,
mis dedos los pelaran por vendellos.
martes, 2 de octubre de 2012
Pobreza y derroche en sonetos de Quevedo
Felicidad barata y artificiosa del pobre
Con testa gacha toda charla escucho;
dejo la chanza y sigo mi provecho;
para vivir, escóndome y acecho,
y visto de paloma lo avechucho.
Para tener, doy poco y pido mucho;
si tengo pleito, arrímome al cohecho;
ni sorbo angosto ni me calzo estrecho:
y cátame que soy hombre machucho.
Niego el antaño, píntome el mostacho;
pago a Silvia el pecado, no el capricho;
prometo y niego: y cátame muchacho.
Vivo pajizo, no visito nicho;
en lo que ahorro está mi buen despacho:
y cátame dichoso, hecho y dicho.
Procura advertir la loca opinión de las piedras preciosas
Si el mundo amaneciera cuerdo un día,
pobres anochecieran los plateros,
que las guijas nos venden por luceros
y, en migajas de luz, jigote al día.
La vidriosa y breve hipocresía
del Oriente nos truecan a dineros;
conócelos, Licino, por pedreros,
pues el caudal los siente artillería.
Si la verdad los cuenta, son muy pocos
los cuerdos que en la Corte no se estragan,
si ardiente el diamantón los hace cocos.
Advierte cuerdo, si a tu bolsa amagan,
que hay locos que echan cantos, y otros locos
que recogen los cantos y los pagan.
Con testa gacha toda charla escucho;
dejo la chanza y sigo mi provecho;
para vivir, escóndome y acecho,
y visto de paloma lo avechucho.
Para tener, doy poco y pido mucho;
si tengo pleito, arrímome al cohecho;
ni sorbo angosto ni me calzo estrecho:
y cátame que soy hombre machucho.
Niego el antaño, píntome el mostacho;
pago a Silvia el pecado, no el capricho;
prometo y niego: y cátame muchacho.
Vivo pajizo, no visito nicho;
en lo que ahorro está mi buen despacho:
y cátame dichoso, hecho y dicho.
Procura advertir la loca opinión de las piedras preciosas
Si el mundo amaneciera cuerdo un día,
pobres anochecieran los plateros,
que las guijas nos venden por luceros
y, en migajas de luz, jigote al día.
La vidriosa y breve hipocresía
del Oriente nos truecan a dineros;
conócelos, Licino, por pedreros,
pues el caudal los siente artillería.
Si la verdad los cuenta, son muy pocos
los cuerdos que en la Corte no se estragan,
si ardiente el diamantón los hace cocos.
Advierte cuerdo, si a tu bolsa amagan,
que hay locos que echan cantos, y otros locos
que recogen los cantos y los pagan.
martes, 25 de septiembre de 2012
Quevedo, sonetos y palabras caídas
Oh, no me agrada nada este soneto, pero no puedo dejar de publicarlo porque aparece aquí una de las voces a punto de desaparecer en la 23ª edición del DRAE, "jigote". ¡Al rescate!, que es uno de los nuestros.
Mañoso artificio de vieja desdentada
Quéjaste, Sara, de dolor de muelas,
porque juzguemos que las tienes, cuando
te duelen por ausentes, y, mamando,
bocados sorbes y los sorbos cuelas.
De las encías quiero que te duelas,
con que estás el jigote aporreando;
no lames sacamuelas: ve buscando,
si les puedes hallar, un sacaabuelas.
Tu risa es, más que alegre, delincuente;
tienes sin huesos pulpas las razones,
y el raigón del mascar, lugarteniente.
No es malo, en amorosas ocasiones,
el no poder jamás estar a diente,
aunque siempre te falten los varones.
Calvo que se disimula con no ser cortés
Catalina, una vez que mi mollera
se arremangó, la sucedió... ¿Direlo?
Sí, que no se la pudo cubrir pelo,
si no se da a casquete o cabellera.
Desenvainado el casco, reverbera;
casco parece ya de morteruelo;
y, por cubrirle, a descortés apelo,
porque en sombrero perdurable muera.
Porque la calva oculta quede en salvo,
aventuro la vida, que yo quiero
antes mil veces ser muerto que calvo.
Yo no he de cabellar por mi dinero;
y pues de la mollera soy cuatralbo,
sírvame de cabeza mi sombrero.
Siendo como ha sido el trabajo que he hecho de (a mi parecer) tanto valor, y siendo como ha sido que con el verano ha pasado casi completamente desapercibido, es buena ocasión para anunciaros que he repasado la lista completa de las modificaciones que el DRAE incluirá en la 23ª edición. ¿Con qué fin? Establecer un registro permanente y fácilmente consultable y manipulable de las entradas que desaparecen del DRAE y de la edición en que lo hacen.
Así, la edición actual es la 22ª. Las entradas que ahora desaparecen del DRAE las incluyo bajo la etiqueta '22ª edición'. Como tengo el ánimo de seguir esta tarea mientras me quede vida, recojo el registro total bajo la etiqueta 'palabras caídas', donde alguna otra tendrá cabida de ediciones pasadas, las pocas que yo pueda topar. ¿Os hablé ya de 'letificar'? Para ponerlo fácil, estas etiquetas serán siempre accesibles desde el menú lateral.
Mañoso artificio de vieja desdentada
Quéjaste, Sara, de dolor de muelas,
porque juzguemos que las tienes, cuando
te duelen por ausentes, y, mamando,
bocados sorbes y los sorbos cuelas.
De las encías quiero que te duelas,
con que estás el jigote aporreando;
no lames sacamuelas: ve buscando,
si les puedes hallar, un sacaabuelas.
Tu risa es, más que alegre, delincuente;
tienes sin huesos pulpas las razones,
y el raigón del mascar, lugarteniente.
No es malo, en amorosas ocasiones,
el no poder jamás estar a diente,
aunque siempre te falten los varones.
Calvo que se disimula con no ser cortés
Catalina, una vez que mi mollera
se arremangó, la sucedió... ¿Direlo?
Sí, que no se la pudo cubrir pelo,
si no se da a casquete o cabellera.
Desenvainado el casco, reverbera;
casco parece ya de morteruelo;
y, por cubrirle, a descortés apelo,
porque en sombrero perdurable muera.
Porque la calva oculta quede en salvo,
aventuro la vida, que yo quiero
antes mil veces ser muerto que calvo.
Yo no he de cabellar por mi dinero;
y pues de la mollera soy cuatralbo,
sírvame de cabeza mi sombrero.
Siendo como ha sido el trabajo que he hecho de (a mi parecer) tanto valor, y siendo como ha sido que con el verano ha pasado casi completamente desapercibido, es buena ocasión para anunciaros que he repasado la lista completa de las modificaciones que el DRAE incluirá en la 23ª edición. ¿Con qué fin? Establecer un registro permanente y fácilmente consultable y manipulable de las entradas que desaparecen del DRAE y de la edición en que lo hacen.
Así, la edición actual es la 22ª. Las entradas que ahora desaparecen del DRAE las incluyo bajo la etiqueta '22ª edición'. Como tengo el ánimo de seguir esta tarea mientras me quede vida, recojo el registro total bajo la etiqueta 'palabras caídas', donde alguna otra tendrá cabida de ediciones pasadas, las pocas que yo pueda topar. ¿Os hablé ya de 'letificar'? Para ponerlo fácil, estas etiquetas serán siempre accesibles desde el menú lateral.
martes, 18 de septiembre de 2012
Un terceto y un soneto de Quevedo, que insiste en mofarse de las mujeres
Si cuentas por mujer lo que compone
a la mujer, no acuestes a tu lado
la mujer, sino el fardo que se pone.
A una fea, y espantadiza de ratones
¿Lo que al ratón tocaba, si te viera,
haces con el ratón, cuando, espantada,
huyes y gritas, siendo, bien mirada,
en limpiezas y en trampas ratonera?
Juzgara, quien huyendo de él te viera,
eras de queso añejo fabricada;
y con razón, que estás tan arrugada,
que pareces al queso por de fuera.
¿Quién pensó (por si ansí tu espanto abones)
que coman solimán, que, atenta, guardas
el que en tu cara juntas a montones?
¿Saltan huyendo quieres aun las bardas,
cuando en roer no piensan los ratones
tu tez de lana sucia de las cardas?
a la mujer, no acuestes a tu lado
la mujer, sino el fardo que se pone.
A una fea, y espantadiza de ratones
¿Lo que al ratón tocaba, si te viera,
haces con el ratón, cuando, espantada,
huyes y gritas, siendo, bien mirada,
en limpiezas y en trampas ratonera?
Juzgara, quien huyendo de él te viera,
eras de queso añejo fabricada;
y con razón, que estás tan arrugada,
que pareces al queso por de fuera.
¿Quién pensó (por si ansí tu espanto abones)
que coman solimán, que, atenta, guardas
el que en tu cara juntas a montones?
¿Saltan huyendo quieres aun las bardas,
cuando en roer no piensan los ratones
tu tez de lana sucia de las cardas?
martes, 11 de septiembre de 2012
Se empeña Quevedo en la mujer con su poesía burlesca
Túmulo de la mujer de un avaro que vivió libremente, donde hizo esculpir un perro de mármol llamado «Leal»
Yacen en esta rica sepultura
Lidio con su mujer Helvidia Pada,
y por tenerla solo, aunque enterrada,
al cielo agradeció su desventura.
Mandó guardar en esta piedra dura
la que, de blanda, fue tan mal guardada;
y que en memoria suya, dibujada
fuese de aquel perrillo la figura.
Leal el perro que miráis se llama,
pulla de piedra al tálamo inconstante,
ironía de mármol a su fama.
Ladró al ladrón, pero calló al amante;
ansí agradó a su amo y a su ama:
no le pises, que muerde, caminante.
Epitafio de una dueña, que idea también puede ser de todas
Fue más larga que paga de tramposo;
más gorda que mentira de indiano;
más sucia que pastel en el verano;
más necia y presumida que un dichoso;
más amiga de pícaros que el coso;
más engañosa que el primer manzano;
más que un coche alcahueta; por lo anciano,
más pronosticadora que un potroso.
Más charló que una azuda y una aceña,
y tuvo más enredos que una araña;
más humos que seis mil hornos de leña.
De mula de alquiler sirvió en España,
que fue buen noviciado para dueña:
y muerta pide, y enterrada engaña.
Yacen en esta rica sepultura
Lidio con su mujer Helvidia Pada,
y por tenerla solo, aunque enterrada,
al cielo agradeció su desventura.
Mandó guardar en esta piedra dura
la que, de blanda, fue tan mal guardada;
y que en memoria suya, dibujada
fuese de aquel perrillo la figura.
Leal el perro que miráis se llama,
pulla de piedra al tálamo inconstante,
ironía de mármol a su fama.
Ladró al ladrón, pero calló al amante;
ansí agradó a su amo y a su ama:
no le pises, que muerde, caminante.
Epitafio de una dueña, que idea también puede ser de todas
Fue más larga que paga de tramposo;
más gorda que mentira de indiano;
más sucia que pastel en el verano;
más necia y presumida que un dichoso;
más amiga de pícaros que el coso;
más engañosa que el primer manzano;
más que un coche alcahueta; por lo anciano,
más pronosticadora que un potroso.
Más charló que una azuda y una aceña,
y tuvo más enredos que una araña;
más humos que seis mil hornos de leña.
De mula de alquiler sirvió en España,
que fue buen noviciado para dueña:
y muerta pide, y enterrada engaña.
martes, 4 de septiembre de 2012
'Casamiento ridículo' y 'Prefiere la hartura...', sonetos de Quevedo
Casamiento ridículo
Trataron de casar a Dorotea
los vecinos con Jorge el extranjero,
de mosca en masa gran sepulturero
y el que mejor pasteles aporrea.
Ella es verdad que es vieja, pero fea;
docta en endurecer pelo y sombrero;
faltó el ajuar, y no sobró dinero,
mas trújole tres dientes de librea.
Porque Jorge después no se alborote
y tabique ventanas y desvanes,
hecho tiesto de cuernos el cogote,
con un guante, dos moños, tres refranes
y seis libras de zarza, llevó en dote
tres hijas, una suegra y dos galanes.
Con el siguiente soneto, Quevedo demuestra ser más empecinado amante de escribir sonetos que de manifestar su pensamiento, pues escribe una de esas cosas que decimos porque nos gusta oírlas pero no creemos en ellas. Con su vida dio sobrado ejemplo de la falsedad de este poema.
Prefiere la hartura y sosiego mendigo a la inquietud magnífica de los poderosos
Mejor me sabe en un cantón la sopa,
y el tinto con la mosca y la zurrapa,
que al rico, que se engulle todo el mapa,
muchos años de vino en ancha copa.
Bendita fue de Dios la poca ropa,
que no carga los hombros y los tapa;
más quiero menos sastre que más capa:
que hay ladrones de seda, no de estopa.
Llenar, no enriquecer, quiero la tripa;
lo caro trueco a lo que bien me sepa:
somos Píramo y Tisbe yo y mi pipa.
Más descansa quien mira que quien trepa;
regüeldo yo cuando el dichoso hipa,
él asido a Fortuna, yo a la cepa.
Trataron de casar a Dorotea
los vecinos con Jorge el extranjero,
de mosca en masa gran sepulturero
y el que mejor pasteles aporrea.
Ella es verdad que es vieja, pero fea;
docta en endurecer pelo y sombrero;
faltó el ajuar, y no sobró dinero,
mas trújole tres dientes de librea.
Porque Jorge después no se alborote
y tabique ventanas y desvanes,
hecho tiesto de cuernos el cogote,
con un guante, dos moños, tres refranes
y seis libras de zarza, llevó en dote
tres hijas, una suegra y dos galanes.
Con el siguiente soneto, Quevedo demuestra ser más empecinado amante de escribir sonetos que de manifestar su pensamiento, pues escribe una de esas cosas que decimos porque nos gusta oírlas pero no creemos en ellas. Con su vida dio sobrado ejemplo de la falsedad de este poema.
Prefiere la hartura y sosiego mendigo a la inquietud magnífica de los poderosos
Mejor me sabe en un cantón la sopa,
y el tinto con la mosca y la zurrapa,
que al rico, que se engulle todo el mapa,
muchos años de vino en ancha copa.
Bendita fue de Dios la poca ropa,
que no carga los hombros y los tapa;
más quiero menos sastre que más capa:
que hay ladrones de seda, no de estopa.
Llenar, no enriquecer, quiero la tripa;
lo caro trueco a lo que bien me sepa:
somos Píramo y Tisbe yo y mi pipa.
Más descansa quien mira que quien trepa;
regüeldo yo cuando el dichoso hipa,
él asido a Fortuna, yo a la cepa.
martes, 28 de agosto de 2012
Dos sonetos satíricos de Quevedo, mejores que el anterior
Mujer puntiaguda con enaguas
Si eres campana, ¿dónde está el badajo?;
si pirámide andante, vete a Egipto;
si peonza al revés, trae sobrescrito;
si pan de azúcar, en Motril te encajo.
Si chapitel, ¿qué haces acá abajo?
Si de disciplínate mal contrito
eres el cucurucho y el delito,
llámente los cipreses arrendajo.
Si eres punzón, ¿por qué el estuche dejas?
Si cubilete, saca el testimonio;
si eres coraza, encájate en las viejas.
Si buida visión de San Antonio,
llámate doña Embudo con guedejas;
si mujer, da esas faldas al demonio.
Hastío de un casado al tercer día
Anteayer nos casamos; hoy querría,
doña Pérez, saber ciertas verdades:
decidme, ¿cuánto número de edades
enfunda el matrimonio en sólo un día?
Un anteayer, soltero ser solía,
y hoy, casado, un sin fin de Navidades
han puesto dos marchitas voluntades
y más de mil antaños en la mía.
Esto de ser marido un año arreo,
aun a los azacanes empalaga:
todo lo cotidiano es mucho y feo.
Mujer que dura un mes, se vuelve plaga;
aun con los diablos fue dichoso Orfeo,
pues perdió la mujer que tuvo en paga.
Si eres campana, ¿dónde está el badajo?;
si pirámide andante, vete a Egipto;
si peonza al revés, trae sobrescrito;
si pan de azúcar, en Motril te encajo.
Si chapitel, ¿qué haces acá abajo?
Si de disciplínate mal contrito
eres el cucurucho y el delito,
llámente los cipreses arrendajo.
Si eres punzón, ¿por qué el estuche dejas?
Si cubilete, saca el testimonio;
si eres coraza, encájate en las viejas.
Si buida visión de San Antonio,
llámate doña Embudo con guedejas;
si mujer, da esas faldas al demonio.
Hastío de un casado al tercer día
Anteayer nos casamos; hoy querría,
doña Pérez, saber ciertas verdades:
decidme, ¿cuánto número de edades
enfunda el matrimonio en sólo un día?
Un anteayer, soltero ser solía,
y hoy, casado, un sin fin de Navidades
han puesto dos marchitas voluntades
y más de mil antaños en la mía.
Esto de ser marido un año arreo,
aun a los azacanes empalaga:
todo lo cotidiano es mucho y feo.
Mujer que dura un mes, se vuelve plaga;
aun con los diablos fue dichoso Orfeo,
pues perdió la mujer que tuvo en paga.
martes, 21 de agosto de 2012
Soneto, y parte, de Quevedo
[Extracto de un larguísimo soneto]
Puedo estar apartado, mas no ausente;
y en soledad, no solo; pues delante
asiste el corazón, que arde constante
en la pasión, que siempre está presente.
El que sabe estar solo entre la gente,
se sabe solo acompañar...
A un hombre de gran nariz
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;
era un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era;
érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.
Puedo estar apartado, mas no ausente;
y en soledad, no solo; pues delante
asiste el corazón, que arde constante
en la pasión, que siempre está presente.
El que sabe estar solo entre la gente,
se sabe solo acompañar...
A un hombre de gran nariz
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;
era un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era;
érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.
martes, 14 de agosto de 2012
Dos sonetos, dos, de Quevedo
Amante desesperado del premio y obstinado en amar
¡Qué perezosos pies, que entretenidos
pasos lleva la muerte por mis daños!
el camino me alargan los engaños
y en mí se escandalizan los perdidos.
Mis ojos no se dan por entendidos,
y por descaminar mis desengaños,
me disimulan la verdad los años
y les guardan el sueño a los sentidos.
Del vientre a la prisión vine en naciendo,
de la prisión iré al sepulcro amando,
y siempre en el sepulcro estaré ardiendo.
Cuantos plazos la muerte me va dando
prolijidades son, que va creciendo,
porque no acabe de morir penando.
Exhorta a los que amaren, que no sigan los pasos por donde ha hecho su viaje
Cargado voy de mí: veo delante
muerte que me amenaza la jornada;
ir porfiando por la senda errada
más de necio será que de constante.
Si por su mal me sigue ciego amante
(que nunca es sola suerte desdichada),
¡ay!, vuelva en sí y atrás: no dé pisada
donde la dio tan ciego caminante.
Ved cuán errado mi camino ha sido;
cuán solo y triste, y cuán desordenado,
que nunca ansí le anduvo pie perdido;
pues, por no desandar lo caminado,
viendo delante y cerca fin temido,
con pasos que otros huyen le he buscado.
¡Qué perezosos pies, que entretenidos
pasos lleva la muerte por mis daños!
el camino me alargan los engaños
y en mí se escandalizan los perdidos.
Mis ojos no se dan por entendidos,
y por descaminar mis desengaños,
me disimulan la verdad los años
y les guardan el sueño a los sentidos.
Del vientre a la prisión vine en naciendo,
de la prisión iré al sepulcro amando,
y siempre en el sepulcro estaré ardiendo.
Cuantos plazos la muerte me va dando
prolijidades son, que va creciendo,
porque no acabe de morir penando.
Exhorta a los que amaren, que no sigan los pasos por donde ha hecho su viaje
Cargado voy de mí: veo delante
muerte que me amenaza la jornada;
ir porfiando por la senda errada
más de necio será que de constante.
Si por su mal me sigue ciego amante
(que nunca es sola suerte desdichada),
¡ay!, vuelva en sí y atrás: no dé pisada
donde la dio tan ciego caminante.
Ved cuán errado mi camino ha sido;
cuán solo y triste, y cuán desordenado,
que nunca ansí le anduvo pie perdido;
pues, por no desandar lo caminado,
viendo delante y cerca fin temido,
con pasos que otros huyen le he buscado.
martes, 7 de agosto de 2012
" Amor constante..." y "Solicitud de su pensamiento...", sonetos de Francisco de Quevedo
Amor constante más allá de la muerte
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esa otra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Solicitud de su pensamiento enamorado y ausente
¿Qué buscas, porfiado pensamiento,
ministro sin piedad de mi locura,
invisible martirio, sombra obscura,
fatal persecución del sufrimiento?
Si del largo camino estás sediento,
mi vista bebe, su corriente apura;
si te promete albricias la hermosura
de Lisi, por mi fin, vuelve contento.
Yo muero, Lisi, preso y desterrado;
pero si fue mi muerte la partida,
de puro muerto estoy de mí olvidado.
Aquí para morir me falta vida,
allá para vivir sobró cuidado:
fantasma soy en penas detenida.
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esa otra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Solicitud de su pensamiento enamorado y ausente
¿Qué buscas, porfiado pensamiento,
ministro sin piedad de mi locura,
invisible martirio, sombra obscura,
fatal persecución del sufrimiento?
Si del largo camino estás sediento,
mi vista bebe, su corriente apura;
si te promete albricias la hermosura
de Lisi, por mi fin, vuelve contento.
Yo muero, Lisi, preso y desterrado;
pero si fue mi muerte la partida,
de puro muerto estoy de mí olvidado.
Aquí para morir me falta vida,
allá para vivir sobró cuidado:
fantasma soy en penas detenida.
martes, 31 de julio de 2012
"Confusión de peligros..." y "Que como su amor...", sonetos de Quevedo
Confusión de peligros contemplando la hermosura de quien los causa, y consuelo en el riesgo mayor
No lo entendéis, mis ojos, que ese cebo
que os alimenta es muerte disfrazada
que, de la vista de Silena airada,
con sed enferma, porfiado, bebo.
Sólo de mí os quejad, que sólo os llevo
donde la alma dejáis aprisionada,
peregrinando, ciegos, la jornada,
con más peligro cada vez que os muevo.
Si premio pretendéis, sois atrevidos;
y si no lo esperáis, desesperados;
cautivos si miráis, si lloráis tristes.
Bien os podéis contar con los perdidos;
pero podéis perderos consolados,
si la causa advertís por que os perdistes.
Que como su amor no fue sólo de las partes exteriores, que son mortales, ansí también no lo será su amor
Que vos me permitáis sólo pretendo,
y saber ser cortés y ser amante;
esquivo los deseos, y constante,
sin pretensión, a sólo amar atiendo.
Ni con intento de gozar ofendo
las deidades del garbo y de semblante;
no fuera lo que vi causa bastante,
si no se le añadiera lo que entiendo.
Llamáronme los ojos las facciones;
prendiéronlos eternas jerarquías
de virtudes y heroicas perfecciones.
No verán de mi amor el fin los días:
la eternidad ofrece sus blasones
a la pureza de las ansías mías.
No lo entendéis, mis ojos, que ese cebo
que os alimenta es muerte disfrazada
que, de la vista de Silena airada,
con sed enferma, porfiado, bebo.
Sólo de mí os quejad, que sólo os llevo
donde la alma dejáis aprisionada,
peregrinando, ciegos, la jornada,
con más peligro cada vez que os muevo.
Si premio pretendéis, sois atrevidos;
y si no lo esperáis, desesperados;
cautivos si miráis, si lloráis tristes.
Bien os podéis contar con los perdidos;
pero podéis perderos consolados,
si la causa advertís por que os perdistes.
Que como su amor no fue sólo de las partes exteriores, que son mortales, ansí también no lo será su amor
Que vos me permitáis sólo pretendo,
y saber ser cortés y ser amante;
esquivo los deseos, y constante,
sin pretensión, a sólo amar atiendo.
Ni con intento de gozar ofendo
las deidades del garbo y de semblante;
no fuera lo que vi causa bastante,
si no se le añadiera lo que entiendo.
Llamáronme los ojos las facciones;
prendiéronlos eternas jerarquías
de virtudes y heroicas perfecciones.
No verán de mi amor el fin los días:
la eternidad ofrece sus blasones
a la pureza de las ansías mías.
martes, 24 de julio de 2012
"Amante agradecido..." y "Venganza de la edad...", sonetos de Quevedo
Amante agradecido a las lisonjas mentirosas de un sueño
¡Ay, Floralba! Soñé que te... ¿Direlo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.
Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo que jamás despierte.»
Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.
Venganza de la edad en hermosura presumida
Cuando tuvo, Floralba, tu hermosura,
cuantos ojos te vieron, en cadena,
con presunción, de honestidad ajena,
los despreció, soberbia, tu locura.
Persuadiote el espejo conjetura
de eternidades en la edad serena,
y que a su plata el oro en tu melena
nunca del tiempo trocaría la usura.
Ves que la que antes era, sepultada
yaces en la que vives; y, quejosa,
tarde te acusa vanidad burlada.
Mueres doncella, y no de virtuosa,
sino de presumida y despreciada:
esto eres vieja, esotro fuiste hermosa.
¡Ay, Floralba! Soñé que te... ¿Direlo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.
Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo que jamás despierte.»
Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.
Venganza de la edad en hermosura presumida
Cuando tuvo, Floralba, tu hermosura,
cuantos ojos te vieron, en cadena,
con presunción, de honestidad ajena,
los despreció, soberbia, tu locura.
Persuadiote el espejo conjetura
de eternidades en la edad serena,
y que a su plata el oro en tu melena
nunca del tiempo trocaría la usura.
Ves que la que antes era, sepultada
yaces en la que vives; y, quejosa,
tarde te acusa vanidad burlada.
Mueres doncella, y no de virtuosa,
sino de presumida y despreciada:
esto eres vieja, esotro fuiste hermosa.
martes, 17 de julio de 2012
"Amor que, sin detenerse..." y "A un caballero...", sonetos de Francisco de Quevedo
Amor que, sin detenerse en el efecto sensitivo, pasa al intelectual
Mandome, ¡ay Fabio!, que la amase Flora
y que no la quisiese; y mi cuidado,
obediente y confuso y mancillado,
sin desearla, su belleza adora.
Lo que el humano afecto siente y llora,
goza el entendimiento, amartelado
del espíritu eterno, encarcelado
en el claustro mortal que le atesora.
Amar es conocer virtud ardiente;
querer es voluntad interesada,
grosera y descortés caducamente.
El cuerpo es tierra, y lo será, y fue nada;
de Dios procede a eternidad la mente:
eterno amante soy de eterna amada.
A un caballero que se dolía del dilatarse la posesión de su amor
Quien no teme alcanzar lo que desea
da prisa a su tristeza y a su hartura:
la pretensión ilustra la hermosura,
cuanto la ingrata posesión la afea.
Por halagüeña dilación rodea
el que se dificulta su ventura,
pues es grosero el gozo y mal segura
la que en la posesión gloria se emplea.
Muéstrate siempre, Fabio, agradecido
a la buena intención de los desdenes,
y nunca te verás arrepentido.
Peor pierde los gustos y los bienes
el desprecio que sigue a lo adquirido,
que el imposible en adquirir, que tienes.
Mandome, ¡ay Fabio!, que la amase Flora
y que no la quisiese; y mi cuidado,
obediente y confuso y mancillado,
sin desearla, su belleza adora.
Lo que el humano afecto siente y llora,
goza el entendimiento, amartelado
del espíritu eterno, encarcelado
en el claustro mortal que le atesora.
Amar es conocer virtud ardiente;
querer es voluntad interesada,
grosera y descortés caducamente.
El cuerpo es tierra, y lo será, y fue nada;
de Dios procede a eternidad la mente:
eterno amante soy de eterna amada.
A un caballero que se dolía del dilatarse la posesión de su amor
Quien no teme alcanzar lo que desea
da prisa a su tristeza y a su hartura:
la pretensión ilustra la hermosura,
cuanto la ingrata posesión la afea.
Por halagüeña dilación rodea
el que se dificulta su ventura,
pues es grosero el gozo y mal segura
la que en la posesión gloria se emplea.
Muéstrate siempre, Fabio, agradecido
a la buena intención de los desdenes,
y nunca te verás arrepentido.
Peor pierde los gustos y los bienes
el desprecio que sigue a lo adquirido,
que el imposible en adquirir, que tienes.
sábado, 14 de julio de 2012
martes, 10 de julio de 2012
Un par de sonetos de Quevedo
Sepulcro del buen juez Don Berenguel de Aois
Si cuna y no sepulcro pareciere,
por no sobrescribirme el «Aquí yace»,
huésped, advierte que en la tumba nace
quien, como Berenguel, a vivir muere.
El que la toga que vistió vistiere
y no le imitan en lo que juzga y hace,
con este ejemplo santo se amenace:
el que le sigue su blasón espere.
Falleció sin quejosos y dinero;
enterrole el Consejo y, enterrado,
en él guardo el consejo más severo.
Edificó viviendo amortajado;
no edificó para vivir logrero;
por él nadie lloró, y hoy es llorado.
Filosofía con que intenta probar a un mismo tiempo puede un sujeto amar a dos
Si de cosas diversas la memoria
se acuerda, y lo presente y lo pasado
juntos la alivian y la dan cuidado,
y en ella son confines pena y gloria;
y si al entendimiento igual victoria
concede inteligible lo criado,
y a nuestra libre voluntad es dado
numerosa elección, y transitoria,
Amor, que no es potencia solamente,
sino la omnipotencia padecida
de cuanto sobre el suelo vive y siente,
¿por qué con dos incendios una vida
no podrá fulminar su luz ardiente
en dos diversos astros encendida?
Si cuna y no sepulcro pareciere,
por no sobrescribirme el «Aquí yace»,
huésped, advierte que en la tumba nace
quien, como Berenguel, a vivir muere.
El que la toga que vistió vistiere
y no le imitan en lo que juzga y hace,
con este ejemplo santo se amenace:
el que le sigue su blasón espere.
Falleció sin quejosos y dinero;
enterrole el Consejo y, enterrado,
en él guardo el consejo más severo.
Edificó viviendo amortajado;
no edificó para vivir logrero;
por él nadie lloró, y hoy es llorado.
Filosofía con que intenta probar a un mismo tiempo puede un sujeto amar a dos
Si de cosas diversas la memoria
se acuerda, y lo presente y lo pasado
juntos la alivian y la dan cuidado,
y en ella son confines pena y gloria;
y si al entendimiento igual victoria
concede inteligible lo criado,
y a nuestra libre voluntad es dado
numerosa elección, y transitoria,
Amor, que no es potencia solamente,
sino la omnipotencia padecida
de cuanto sobre el suelo vive y siente,
¿por qué con dos incendios una vida
no podrá fulminar su luz ardiente
en dos diversos astros encendida?
martes, 26 de junio de 2012
Dos sonetos, dos, de Quevedo
Comparación de las fábricas de la soberbia con las de la humildad
Es la soberbia artífice engañoso;
da su fábrica pompa, y no provecho:
ve, Nabuco, la estatua que te ha hecho;
advierte el edificio cauteloso.
Hizo la frente del metal precioso;
armó de plata y bronce cuello y pecho;
y por trocar con el cimiento el techo,
los pies labró de barro temeroso.
No alcanzó el oro a ver desde la altura
la guija, que rompió con ligereza
el polvo en quien fundó rica locura.
El que pusiere el barro en la cabeza
y a los pies del metal la lumbre pura,
tendrá, si no hermosura, fortaleza.
Al repentino y falso rumor de fuego que se movió en la Plaza de Madrid en una fiesta de toros
Verdugo fue el temor, en cuyas manos
depositó la muerte los despojos
de tanta infausta vida. Llorad, ojos,
si ya no lo dejáis por inhumanos.
¿Quién duda ser avisos soberanos,
aunque el vulgo los tenga por antojos,
con que el cielo el rigor de sus enojos
severo ostenta entre temores vanos?
Ninguno puede huir su fatal suerte;
nada pudo estorbar estos espantos;
ser de nada el rumor, ello se advierte.
Y esa nada ha causado muchos llantos,
y nada fue instrumento de la muerte,
y nada vino a ser muerte de tantos.
Es la soberbia artífice engañoso;
da su fábrica pompa, y no provecho:
ve, Nabuco, la estatua que te ha hecho;
advierte el edificio cauteloso.
Hizo la frente del metal precioso;
armó de plata y bronce cuello y pecho;
y por trocar con el cimiento el techo,
los pies labró de barro temeroso.
No alcanzó el oro a ver desde la altura
la guija, que rompió con ligereza
el polvo en quien fundó rica locura.
El que pusiere el barro en la cabeza
y a los pies del metal la lumbre pura,
tendrá, si no hermosura, fortaleza.
Al repentino y falso rumor de fuego que se movió en la Plaza de Madrid en una fiesta de toros
Verdugo fue el temor, en cuyas manos
depositó la muerte los despojos
de tanta infausta vida. Llorad, ojos,
si ya no lo dejáis por inhumanos.
¿Quién duda ser avisos soberanos,
aunque el vulgo los tenga por antojos,
con que el cielo el rigor de sus enojos
severo ostenta entre temores vanos?
Ninguno puede huir su fatal suerte;
nada pudo estorbar estos espantos;
ser de nada el rumor, ello se advierte.
Y esa nada ha causado muchos llantos,
y nada fue instrumento de la muerte,
y nada vino a ser muerte de tantos.
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