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sábado, 24 de enero de 2015

Entrevista de Pilar Cámara a Jesús Malia en Murray Magazine, con motivo de la presentación de "Deriva"

http://murraymag.com/cultura/entrevista-jesus-malia/

Lectura de "Deriva" (Jesús Malia, Tigres de Papel) de José Cereijo

http://www.tigresdepapel.es/

PRESENTACION “DERIVA” (JESÚS MALIA), CASA DEL LECTOR, MADRID, 23-1-2015


Hay en este libro no sólo una constante presencia de la naturaleza y de lo que ella puede sugerirnos o enseñarnos, sino una decidida voluntad de identificación con lo natural, de sentirlo y hasta de vivirlo, en cierto modo, desde dentro; de que eso que obtengamos de la naturaleza, de su contemplación entregada y minuciosa, no sea sólo la posesión o el recuerdo de un momento, o de un paisaje, sino una vivencia; y, en realidad, un modo de vivir. Leemos, por ejemplo: En ti me aprendo. / Despréndete, cascada, / para enseñarme. No es extraño, desde un planteamiento así, que el haiku, y en general el tipo de sensibilidad de la él que es ejemplo, tengan en este libro una presencia que no se limita a las muestras, notabilísimas, que el autor aporta de su cosecha en la primera parte (titulada además Camino junto a Bashô, con alusión al gran clásico del haiku japonés), sino que domine una parte final que puede parecer puramente teórica, pero que yo igualmente llamaría, mejor, vivencial: una búsqueda, una persecución de lo que es esencial en esa forma, tan difícil de definir o explicar: de su secreto. Yo creo que esa sensibilidad y ese secreto, o su intento de comprensión, o hasta su nostalgia, están presentes en la totalidad de este libro, y son en cierto modo lo que le da origen. Las reescrituras, o nuevas lecturas, o traiciones, al propio Bashô y otros haijines (escritores de haiku) clásicos, tienen a mi parecer ese mismo significado: son también una pesquisa, una búsqueda en ellos de uno mismo, y un secreto homenaje.

Esa voluntad de búsqueda, de averiguación del lugar que nos es propio en el conjunto de lo que existe, me parece clara ya desde el principio mismo del libro. El haiku con que empieza dice así: También el águila / se observa y reconoce / sobre las aguas. Parece difícil no pensar que ese “también”, conscientemente o no, nos incluye, nos está invitando a reconocernos en su ejemplo. Que esa invitación sea lo primero que encontramos al abrirlo, ¿no sugiere poderosamente que el libro entero se presenta como una trayectoria de “observación y reconocimiento” (como aquí a través del fluido espejo de las aguas) de la naturaleza viva, y, en fin, de lo real? En la página siguiente leemos este otro: Miro la nieve. / Invierto mi energía / en aclararme. No sería nada difícil multiplicar los ejemplos.

No se piense, de todas formas, que este planteamiento (digamos) naturalista o realista excluye la consideración de lo que no es obvio, que la contemplación y la búsqueda han de limitarse por definición al ejemplo y la enseñanza de lo inmediato. No sólo peces, / también cobija el río / a las estrellas, nos dirá poco más adelante. No se nos propone únicamente aquí pues lo que podemos percibir con los sentidos (parece obvio que las estrellas, en estos versos, no son únicamente las que podemos ver en el cielo nocturno, sino un símbolo de otras muchas cosas: de lo que no perciben únicamente los ojos), sino lo que la reflexión, la emoción y –repito– la vivencia, pueden descubrirnos, o revelarnos; y no solamente en la realidad externa, sino también, y quizá sobre todo, en nosotros mismos.

Entendido así, no parecerá extraño que esta “Deriva” no incluya únicamente los haikus que la abren, sino otros poemas que, aunque formalmente sean muy distintos de ellos, me parecen identificables en un mismo propósito de guiarse por la lección de hondura y de verdad desinteresada (palabra que aquí no significa “falta de interés”, sino algo que es ajeno, que ha dejado atrás lo puramente personal, lo egoísta, o al menos egocéntrico) que nos ofrece la contemplación de la realidad. Cuando, en un poema de la segunda parte, se nos dice Gota / entre / las / gotas / del / mar, o bien, en el siguiente, Agua / que / en / agua / se / ahoga, ¿no tenemos aquí esa misma ausencia de yo, ese desinterés y ese aprendizaje? Incluso en un poema, éste de la tercera parte, cuando leemos que Yo soy la maleza que crece junto al trigo, / y sé de mi futuro, envuelto por las llamas, cuando el trigo madure, para cerrar con el verso Porque tú eres trigo que crece en la maleza, parece inevitable leer aquí algo más que la trasposición a lo amoroso de un conocido pasaje del Evangelio según San Mateo, algo en lo que ese “trigo” y esa “maleza” no son únicamente símbolos, intercambiables con otros que cumplieran la misma función, de una determinada condición moral, y debemos entenderlos también desde su humilde y tangible realidad puramente natural.

He empleado aquí la palabra “humilde”. Es ésa una actitud que me parece presente por todas partes en este libro, al punto de constituir, tal como yo lo veo, una de las claves de su sentido último. Pero me importa aclarar que entiendo por ella algo un tanto diferente a lo que suele entenderse. El Diccionario de la Academia nos dice, por ejemplo, que se trata del conocimiento de las propias limitaciones y debilidades, o también de sumisión, rendimiento. Ambas posibilidades parecen apuntar a una actitud de rebajamiento personal más o menos consciente. Pero no se trata, aquí, de eso. La hierba no es humilde porque se rebaje; lo es porque su ser mismo resulta ajeno a cualquier posibilidad de sobrevaloración. Simplemente, existe, y lo hace siendo una cosa entre muchas, gota entre las gotas, plena de pura realidad suficiente, que no necesita, en su callado existir, de nada ajeno a lo que simplemente es.

Desde esa consideración es como puede adquirir todo su sentido la frase de Eliot que cito en la contraportada del libro: la humildad es interminable. Porque, así considerada, no resulta en absoluto una pérdida, sino todo lo contrario, una adquisición. Ganancia infinita, realmente, porque aquí no se procura llenar el vacío, la insaciabilidad interior en que (como lo vio el Romanticismo, como lo vio el Budismo) consistimos, y que es por definición imposible de calmar, sino de prescindir de esa inquietud constante; de ser, en fin, otra cosa, algo donde (como ocurre en la naturaleza, en la fluida naturaleza) cuanto existe no está ahí para ser detenido, retenido, secuestrado, sino porque todo ello transcurre en nosotros, que no le somos obstáculo ni depredación, y en nosotros adquiere un sentido que nos regala, con el que nos enriquece simplemente siendo. Ése me parece a mí el significado más profundo del libro que hoy presentamos; y los préstamos, recreaciones o robos de Bashô y de otros, y las consideraciones teóricas o vivenciales acerca del haiku mismo, intentos de apoderarse, como decía al comienzo, de esa actitud desprendida que, repito para terminar, no es pérdida sino infinita riqueza, y que me parece identificable con el secreto que aquí se persigue; un secreto cuya posesión no sólo puede regalarnos –o más bien devolvernos–, en un profundo sentido, la totalidad de lo real, sino también (purificados, escuetos, más vivos por más atentos y sensibles) a nosotros mismos.

José Cereijo

Enlace a la página de la editorial. Lo puedes conseguir en papel o en edición digital.

martes, 16 de diciembre de 2014

"Pájaro muerto", de José Cereijo



Pájaro muerto

Velado por la muerte,
tu pequeño ojo oscuro me mira todavía,
con algo que no sé si es pregunta o respuesta
o está ya más allá de todo eso.

Has sido entre nosotros
un fugaz visitante:
tan leve que no hacías temblar una rama ligera,
tan leve que es difícil decir, una vez muerto, si has llegado a vivir.

Pero también tus ojos recogieron, no obstante, toda la luz del cielo;
también tu cuerpo breve se estremeció al placer, luchó con el dolor;
en tu pequeña mente floreció, océano de hondura ilimitada,
la gloria incomparable de estar vivo.

Y ahora ya no eres nada:
una pequeña flor de podredumbre,
una idea olvidada en la mente del mundo,
un mínimo despojo que pronto tirarán.

Dime, ¿qué puedo hacer para que no te mueras?
¿Imaginar que guardo cada pequeño rasgo de tu forma graciosa?
¿Suponerte dormido en las manos de un dios que velará tu sueño?
¿Pensar que mi emoción de ahora te rescata?

Una ligera brisa, pasando entre tus plumas, te acaricia en silencio:
no tendrás otro réquiem, pobre pájaro.
La vida ya no tiene nada más para darte: sólo sueño y olvido.
Duerme, tú que no sabes; tú, que ya no preguntas.

martes, 9 de diciembre de 2014

Poemas de José Cereijo en “Las trampas del tiempo” (5, y fin)



Materiales

Aprende a conocer y amar esta existencia
silenciosa, brutal, compleja, insuficiente:
con ese material -no hay otro para nadie-
Virgilio, Dante, Shakespeare, hicieron su trabajo.


No es inútil

Créeme: di a la vida
-cuyo significado real es tal vez otro,
y puede ser ninguno-
que tenga lucidez, piedad, sentido.
Aunque sólo tú puedas oír tu propia voz,
y no haya nadie ahí fuera,
díselo: no es inútil.


Si te vas

Si te vas, sé feliz. Y no pienses que es sólo
un generoso impulso quien dicta estas palabras,
o el viejo afecto, vivo todavía:
también es el orgullo.
Que la dicha nos sea preferida
es triste, nada más. Pero que el tedio,
la grisura, el cansancio,
aparezcan también mejores que nosotros
a los ojos de aquel a quien amamos,
que prefiera su carga a nuestro alivio...
También por egoísmo, ya lo ves; si es que puede,
por favor, sé feliz.


Maldición

Que alguna enfermedad implacable y secreta te devore por dentro, lentamente.
Que no haya en ningún sitio agua para tu sed, sueño para tus ojos extraviados, tiempo para tu corazón.
Que la vida, continuamente hostil, te ofrezca sólo espinas, peligros, negaciones.
Que todo lo que lleves a los labios se llene de un sabor amargo y póstumo.
Que seas, en fin, lo mismo que yo soy, lo mismo que seré mientras que no consiga
librarme de tu ausencia.

martes, 2 de diciembre de 2014

Poemas de José Cereijo en “Las trampas del tiempo” (4)



La casa

Quisiera yo tener un lugar apartado
en el que vivir, dueño de mi propio destino,
escuchando la voz honda que sólo toma
su forma en el silencio:

una pequeña casa entre campos y bosques,
la amistad de las horas, la amistad de los libros,
algún afecto leve y dulce, que no agarvase
con su peso la vida.

A veces, en mitad de las horas estériles,
de los días inciertos, de las noches vacías,
como un brusco jirón de recuerdo imposible,
yo siento que me llama.

Y es consuelo saber que se yergue fielmente;
que dolor y esperanza, maestros de la vida,
poco a poco levantan esos frágiles muros
-¿dónde, sino es mi corazón?


Las palabras

Nada importa la fama, ni tampoco el olvido:
la seducción del premio, como la del fracaso,
son igualmente torpes, y ninguna merece
ni siquiera el desdén; con el silencio basta.

Pero importa la vida, la asombrosa aventura
de ser y de saberlo, y que el Tiempo nos mira;
y el corazón, espejo de materia de abismo;
y la desoladora belleza de las cosas.

Ni censura ni aplauso, cuando quedas a solas,
te sirven para nada, ni pueden aliviarte
el dolor, la vejez, la verdadera vida,
este ser que es huir, cesar, desvanecerse.

Y no hay otro asidero que unas pocas palabras
que acaso nunca encuentres, o que una voz diría
que no fuera la tuya. Y que puedes tan sólo
escribir sobre arena. Y tal vez no te salven.


Regreso

Recuerdo que te dije, al separarnos,
que aquellas pocas hora
que consintió la dicha
no sabrían perderse en la memoria,
y durarían siempre.
No pensaba, al decirlo,
en la fragilidad de su tesoro,
en que, como una red, deja escapar el agua,
que sólo la humedece.

Hoy, sin embargo, has vuelto,
y por unos instantes
(no sé lo que duraron:
el reloj era inútil. Pertenecen
a otro sentido, a otro saber del tiempo),
mi corazón fue fiesta. Y la sospecha
de que acaso no fueses
tú, de que te inventaba,
palideció, discreta, frente al gozo.

Ahora tengo más años, y he aprendido
-y aun debo agradecerte la enseñanza-
que lleva el corazón su propio diario,
que la memoria sabe
ceder ante la dicha,
o, más sencillamente, que no importa;
y aquellos viejos días
que hoy me han hecho pensar que merece la pena
seguir vivo, y saberlo,
no eran, a su manera, menos imaginarios
-no los creamos menos, al vivirlos-,
que ese extraño regalo, tan hermoso y tan frágil,
de su vuelta a la vida.


La losa

La tumba que me aguarda, y que yo no conozco,
tal vez exista ya. Pienso en la losa
que puede que la cubra, e imagino
estas líneas que trazo
como si fueran sólo tentativas
de arañar es helada superficie,
no sé bien para qué,
y acaso únicamente -Dios lo sabe-,
por la parte de adentro.

martes, 25 de noviembre de 2014

Poemas de José Cereijo en “Las trampas del tiempo” (3)



Shakespeare

Prueba a pensar un poco
que esa curiosa historia
-que parece, ¿verdad?, bastante absurda-
de que no fuera Shakespeare
quien escribió, de hecho,
las obras que circulan con su nombre,
sino algún otro (Mr. W. H.,
o bien Marlowe, o Bacon,
o algún desconocido: da lo mismo),
resultara verdad, a fin de cuentas,
y di: ¿preferirías
ser, en tal caso, Shakespeare,
para siempre casado con la gloria,
o el verdadero autor de su trabajo,
sólo de ti -y de Dios,
si existe- conocido?

(¿Te atreves a decir, sinceramente,
tú mismo tu juez,
que escogerías eso?)


El gusano

Esperaba un gusano
al fondo de una tumba
que llegara su cebo acostumbrado,
y oyó cómo elogiaban altamente
al que iban a enterrar. Se sucedieron
inspirados discursos
exaltando sus hechos y virtudes,
y él se dijo, al oírlos:
De rara calidad era este hombre;
buen bocado me espera”.
Pero luego, probando
los despojos aquellos
de que tan encendidas palabras se dijeran
(por más que se esforzase en hallar el secreto
de la tan pregonada virtud que atesoraban),
hubo de resignarse al fin a la evidencia
de no serle posible dar con ello.
Llegó un día, pasado cierto tiempo,
más breve comitiva,
que con pocas palabras, llenas de sentimiento,
despedía al difunto,
y les oyó decir: “Venida ya tu hora,
duerme por fin en paz, alma excelente,
cuyo valor el mundo,
atento sólo al brillo de lo externo,
no supo conocer”,
y hubo de confesarse, al escucharlos:
Pobre, inexperta y ciega criatura,
me he dejado llevar por apariencias;
pero el valor auténtico
no gusta de esas galas exteriores,
y vive de su luz”. Y recobrando,
con renovado ardor, su natural oficio,
se dio a buscar con gusto cuidadoso
tan oculto valor:
pero de nuevo fue la decepción más fuerte
que su buen proceder,
y se dijo por fin: “Vana fatiga.
Es posible que éstos
con buena voluntad se engañen a sí mismos,
pero yerran al fin, y yo con ellos:
no es más el hombre que una cena fría
y mucha vanidad”.
Y se escondió de nuevo bajo tierra.

Hasta aquí, sus palabras. Yo no acepto
-por demasiado escéptica, y al fin interesada-,
opinión tan atroz,
en solidaridad, al menos, con mi especie:
no se dirá por mí que todo cabe
en el triste criterio del gusano.

martes, 18 de noviembre de 2014

Poemas de José Cereijo en “Las trampas del tiempo” (2)




Viejo amor

Aunque hayan ya pasado tantos años
desde que está contigo,
sigues sintiendo que apenas la conoces,
que un pobre repertorio de gestos, de costumbres
-cada vez más gastadas-, es todo lo que tienes,
y lo que es importante, se te escapa.
(Un poco más, de hecho, cada día:
para seguir con ella, notas que te hace falta
una dosis de fe, o engaño voluntario,
que, poco a poco, crece).
Cuando por fin la pierdas -ya lo intuyes-,
inevitablemente tendrás la sensación
de que nunca fue tuya, realmente.
Si así ocurre, y lo sabes, con todos los amores,
¿por qué iba a suceder de otro modo con éste
(no más lúcido que otros), que sigues, pese a todo,
sintiendo por la vida?


Ese día

Hoy pienso en ese día, que será como tantos
-voraz, suplementario, azul, indiferente-,
y en el que una vez más, pero ya no habrá otra,
mis ojos, mis oídos, recobrarán el mundo.

Y quizá me despierte sin sorpresa, ignorando
que es por última vez, que ya no quedan sueños,
que el Tiempo, del que son formas todas las cosas,
ha decidido descartar la mía.

En mis ojos abiertos se ahogarán los pájaros,
los hombres, las estrellas, la luz que los inventa;
colérico, el futuro desgarrará su engaño

como un telón pintado, revelando el vacío.
Y mi ser, vaso inútil en manos de un enfermo,
rodará silencioso a estrellarse en la nada.


La fiesta

Y cómo nos parece, pese a todo,
que es la vida una fiesta,
aunque siempre suceda en otra parte.

Uno se engaña, piensa
que acabará por dar, cuando menos lo espere,
con el lugar secreto en donde se celebra;
o juega, por lo menos, a creerlo.

Y así se van los años.

Y, realmente, alguna vez se escucha
una ráfaga leve
de música, venida no se sabe
de dónde. No se averigua nunca,
pero nos prometemos: algún día...

Por lo menos,
alguien estuvo allí...”
Melancólicamente, acaba siendo
un pequeño sueño imaginarlo.

Y que llegue la muerte
y uno siga creyendo que era cierto,
y que sólo el azar
nos impidió llegar a donde estaba
-donde seguirá estando, aunque ya sin nosotros-,
bien puede ser un modo,
y no el más descartable, de la dicha.

martes, 11 de noviembre de 2014

Poemas de José Cereijo en “Las trampas del tiempo” (1)



El lector

Sólo existe un lector, se llama el tiempo.
Somos lo que revela esa lectura,
tan minuciosa y honda que destruye
las páginas que lee.


Voz antigua

No ser más que una voz, que ni siquiera
puede llamarse propia; solamente
capaz de responder a las palabras
que a veces te dirige lo real,
inasible, por serlo,
para tus leves brazos, hechos sólo
de recuerdo doliente,
de tiempo irremediable, de vacío.
Triste destino el memorable tuyo,
extraña tejedora de fantasmas,
vieja Eco -cabeza de la estirpe.


El espejo

No acierto a ser feliz. Todas las cosas
que busco, que poseo, que me aguardan,
íntimamente están en otra parte
a que no sé llegar. Y aunque las mire
en ese espejo que es también un sueño,
callan, y no sé el modo
de pasar, como Alicia, al otro lado.
Yo quisiera aprender que también es bastante
vivir en este cuarto
de costumbre, poblado de cosas conocidas
-pero también, aunque en secreto, mágicas-,
y alzar, de vez en cuando,
los ojos a su vaga superficie,
a su extraña certeza imaginaria,
e inventar algún cuento
de imágenes hermosas (también eso es la vida:
lúcido entretenerse),
en tanto se demora, cortésmente,
la prevista llegada de la noche.

martes, 14 de octubre de 2014

Algunos poemas de José Cereijo en “Límites”, Colección Melibea, 1994 (6, y fin)




El regalo

Algo obtuve de ti que no sabría decir, o agradecer, con las palabras:

Sé ahora que hay momentos que conservan, incluso en la memoria,

El poder increíble de hacernos más liviana

O aceptable la muerte.


Generosidad

Siéntate, bajo las ramas calladas de un árbol:

Un poco de agua fresca te bastará a sentir tu sed como deleite.

Guarda tu corazón por único tesoro,

Y no aspires a más: te será revelada

La generosidad nativa de los dioses: basta no esperar nada

Para gozarlo todo.


Sin esperanza

Cuanto traigan las horas,

Con el obsceno exceso de carmín de sus labios

No manche la esperanza; sea, escueto y desnudo, para sí suficiente.

No envilezcas la vida despreciándola:

Es más grande que tú.

No hay azar más difícil que saber valorar las cosas con justeza: el ojo que las mire sin venderlas,

Ni venderse a sí mismo.

martes, 7 de octubre de 2014

Algunos poemas de José Cereijo en “Límites”, Colección Melibea, 1994 (5)



Regreso

No, no terminará: aunque hace mucho tiempo que se saldó la deuda, el corazón inventa su propio calendario,

Y los sueños recobran el poder que tuvieron, como si nunca hubiesen escuchado

El golpe de la puerta cerrada tras de ellos. Y hay que vivir entonces en forma de condena

Lo que fue gozo un día, y aun lo que no pasó de ser promesa

Y es quizá más cruel, porque no sólo acusa la torpeza del Tiempo, sino la de tu vida.

Y cada vez regresa más terrible, como si la amargura de otras evocaciones se le fuera sumando.

Y, en abominable crecimiento de su significado, es ya tu propio ser lo que así se cuestiona, por haber permitido que ocurriese,

Y por hacer posible que reviva.


Destierro

Porque te fuera amargo el sueño una vez más,

No digas que te sientes, por rencor a ti mismo, ciega el alma y estéril:

Has sido desterrado tal vez hacia más luz, hacia amor o cansancio y puede que hacia olvido,

Y, al fin, sólo hacia Tiempo; la vida es otra cosa.


Pasar

Qué esperar, si es inútil,

Y para qué esperarlo. Transcurre en paz si puedes, y deja solamente algunas pocas cosas

Rozadas por un uso inexplicable. Acepta como dicha ese destino:

Bien pocos lo merecen.


No por amor, ahora

Diste a mi vida luz; después, sabiduría; finalmente, amargura:

Pobres dones del tiempo, que al fin todos reciben.

Y no obstante fue grato adquirirlos así, en la hondura preciosa de tu cuerpo.

Esto no es un poema de amor; y, sin embargo...

martes, 30 de septiembre de 2014

Algunos poemas de José Cereijo en “Límites”, Colección Melibea, 1994 (4)



Daño

Quisiera no saber esto que sé: que el amor hace daño, que es un veneno lento,

Una bestia feroz que muerde y que desgarra, y tortura constante su aciaga compañía; y que sólo su ausencia

Es más insoportable.


Perduración

No sé qué puede perdurar al fin de las calladas dádivas, más de una vez amargas, que fueron tu presencia:

Unas pocas imágenes dispersas, una cierta costumbre de calor, una conformidad -o disconformidad- con la existencia; más dolor, menos sueño.

Tú no estarás en ellas: aunque la que dibujan es sin duda una imagen real, es de mí, no de ti, de quien se trata.

Es triste y humillante pensar que, incluso en esto, estamos siempre solos.


Falta de fe

No quieras engañarte a ti mismo diciendo que la fe te ha abandonado; no te está permitido ese error.

En el alba que espera, ya no será importante la razón de la lucha: es lo real quien dictará las leyes. Tu tarea es tan sólo obedecerlas.

No intentes, pues, seguir a la que huye: todos verían allí solamente un pretexto

Para tu propia huida, y tendrían razón. Mejor que se haya ido; no es escudo fiable.

Agradece a tus dioses el bien que así te otorgan, y reviste en silencio la sólida armadura

De tu falta de fe.


El contraste

También en la amargura aguarda, sin embargo, una sabiduría.

Descubre cada cosa que grite su vacío en su vivo contorno

Y su valor exacto: es en la realidad, incluso errada, donde a tu corazón espera siempre

Cumplimiento y sosiego, y la sola piedad que puede redimirlo; pues sin ese contraste que da su validez a cuanto el alma sueña,

Es vano el sueño mismo, y es inútil.

martes, 23 de septiembre de 2014

Algunos poemas de José Cereijo en “Límites”, Colección Melibea, 1994 (3)



Magia de un instante

¿Qué pides al amor que no sea tan sólo

La magia de un instante? Igual que el ambicioso a quien devora

Una sed insaciable, condenado por ella a deshacer en polvo

Cuanto alcanzan sus dedos, ¿no sabrás conformarte con su breve destello, dulce por imprevisto

Y más precioso aún por su rareza? Olvidas a menudo estas sabias palabras: un solo goce cierto vale el mundo;

Un don puro, la vida.


La verdad

No sé si es la verdad lo que quisiera que hubiese entre nosotros.

La verdad es cruel, y no nos pertenece: pertenece a las cosas.

Pero un hombre que miente, -lo sabemos ahora-,

Se revela a sí mismo.


Vínculos

Quise que nos unieran, como todos lo quieren, los goces y los sueños.

Ahora he llegado a verlos, sin embargo, como abismos sin puentes: ser hombre es estar solo.

Pero no he renunciado todavía: quizás la soledad, y el desengaño,

Sean vínculos más fuertes.


Fe quebrada

No hay luz que no se quiebre, día que no descubra, cuando pasa, una noche

En que fuera mejor no haber amado. Tanto afán destruido revela amarga el alma, y es acaso también una proposición,

Pero para un instinto hecho al revés del nuestro. Quién tuviera la fe, o un dios al que rezar que pudiese otorgarla,

Para poder amar sin interés, como un fin en sí mismo,

Esa limitación y esa amargura.

martes, 16 de septiembre de 2014

Algunos poemas de José Cereijo en “Límites”, Colección Melibea, 1994 (2)



Epílogo

Cuando, la representación ya terminada y caído el telón, hayas vuelto al silencio,

Y la luz de la escena, que por un instante, con su extraña verdad, definió tu figura, se atenúe,

Habrá aún un personaje, al modo del Epílogo, que resuma y valore, quién sabe con qué acierto;

La última palabra -es igual para todos- no te está reservada: escrita del azar, la dirá el viento.

Reducido a ti mismo, di tu papel entonces como si a cada instante te importara de veras,

E imagina que allí, en el oscuro patio de butacas, tu propia alma implacable juzga severamente;

O, si eso no te basta, que entre los muchos ojos invisibles están también los suyos:

Están, y son los tuyos.


La espera

No sé muy bien si lo que espero tiene un nombre o una forma: ni siquiera si existe.

Fe absurda, desde luego, y que no necesita epifanías o imágenes, ni se nutre de ellas.

Y no ignoro que hay algo profundamente triste en este no saber acomodarse

A las cosas reales, en no poder amarlas sino a través del sueño.

Conozco todo esto, pero sigo esperando.

Y esa consoladora lucidez que viene con los años, me dice que no importa, si al final no llegara;

Que la espera es acaso bastante, por sí sola,

Para justificar, o merecer, la vida.


Desnudez

No soy lo que esperabas, ya lo sé. La luz de la imaginación es demasiado viva: despiadada.

No me sometas a ella, por favor: revelaría todos mis defectos. Mira, estas manos no tienen

Poderes taumatúrgicos. No pueden inventar para ti ese universo, maravilloso y frágil,

Que sé que deseabas; no pueden hacer más que acariciar lentamente tu pelo, meditando,

Tal vez desconcertadas. Cómo explicarte, a ti que lo mereces, que mi amor no es un premio,

Que no puede ser más que una desesperada llamada de socorro. Yo sé que hay algo en mí..., no, no debo dejarme llevar a decir eso:

La mano que te ofrezco está vacía, y así tiene que ser. Sólo una cosa puede prometerte, desde el más abismal fondo de mí:

Es amor quien la tiende, y hace daño.

martes, 9 de septiembre de 2014

Algunos poemas de José Cereijo en “Límites”, Colección Melibea, 1994



Triste rosa

La triste rosa ha abierto esta mañana sus pétalos al beso, -para ella, mortal- del aire y de la luz.

Al borde de un abismo prodiga su belleza, esa defensa inútil,

Como si, al revés que nosotros, no buscara, con ser, la salvación (y aun la desdeñase ocultamente),

Sino una justificación más honda, y de otro orden. ¿Morirá porque debe? -No, no es verdad, no la defiende su belleza,

Que sólo hace más triste su final. Es en otro lugar donde es invulnerable (pero, ¿cómo entenderlo?):

Allí, en aquello que hace de su muerte, de su vida tan breve, un destino, en sí mismo.


Enigma

No amarte, sino resolver tu enigma: eso me propuse, incautamente,

Sin saber que quien iniciara esa investigación no podría ser el mismo que quien la terminase,

Y queriendo afrontar, con las solas fuerzas de la inteligencia, las armas del corazón, irresistibles.

He tenido éxito, sin embargo: sé por qué me turbabas,

Pero he perdido la dicha en el intento, no podré ser quien era,

Y el resultado de ese conocimiento es justo el que trataba de evitar, a través de él.

Ay de mí pues, ay de todo el que cree que la razón es un arma absoluta,

O que puede vencer, enamorada, otra cosa que a nosotros mismos.


Recompensa

Levanta los ojos del papel, mira la luz herida del otoño ya próximo,

Sal a la calle y toma en mano una de esas hojas, que demasiado pronto conocieron la muerte,

Siente su frágil y alada nervadura, su olor, ese crujido como de leves huesos.

La derrota que todo esto te grita sin palabras es irremediable, y será eterna.

Conocerla, sentir -en sus precisos límites- el abismo que abre, es tu castigo,

Y tu premio también, si tienes fuerzas para soportarlo.

martes, 19 de abril de 2011

'La amistad silenciosa de la luna', poemario de José Cereijo

José Cereijo publicó esta obra en el año 2003 con la editorial Pretextos. Una colección de haikus, a la moda (en apariencia) bajo un título cursi (no el libro). No a la moda, digo, porque Cereijo hace más de 20 años que se interesa por la poesía oriental y la conoce. No cursi, digo, porque el título parece referirnos a la noche de los amantes (en este caso del amante solitario que espera o anhela), pero el contenido nos lleva a otros lugares: cierto que los paisajes naturales y bucólicos inherentes al haiku están presentes, el amor, la memoria de lo perdido (la nostalgia), como cierto que hay un paisaje interior que ahonda en la reflexión sobre la vida, la muerte y el paso del tiempo aún más vivo. José Cereijo tiende al romanticismo, es su hábitat, pero analiza la emoción, el recuerdo, el poso en el presente de vivencias pasadas más que presentar el caso. Ahí van algunos haikus para que lo veas.

Adónde miran
los ojos de los muertos
tan fijamente.

________________

Soñarte hermosa,
feliz y en otros brazos.
Pero soñarte.

________________

Me gustaría
charlar alguna vez
con mi esqueleto.

_____________

Saben tus manos
algo de mí que yo
no sabré nunca.

____________

Dos ojos negros,
intensos, penetrantes,
de calavera.

________________

Que no me quieres,
dicen (nunca te han visto
cuando te sueño).

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Pura nostalgia
de sí misma, la vida.
¿Y qué esperabas?

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A mis recuerdos
les pregunté por ti.
Aún discuten.

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Cielo vacío
y, sin embargo, bello.
¿Y si bastara?

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¿Es esa rosa
tan sólo una pregunta,
o una respuesta?

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Ven: paseemos
otra vez junto al río.
Él no lo sabe.

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Deseo extraño
de ver, con luz de invierno,
la primavera.

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Frente al invierno
tu pura persistencia,
árbol desnudo.

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¡Cómo te mira
el espejo: no quiere
perder detalle!

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Algo de flores
saben también los ojos
del comerciante.

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No te avergüences,
que detrás de mis párpados
no te ve nadie.

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La milagrosa
flor que, dándose a todos,
es siempre íntima.

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Guarda en su alma
un lugar para Dios,
aunque no exista.

martes, 5 de octubre de 2010

Sobre Cántico

Que siiiií, que es verdaaaad, que ya hemos entrado en octubre y no retomo aún Sobre Cántico. ¡Ay!, perdóname la vida. Pero aunque no te lo parezca Jorge está muy presente en mi vida y en mi verso y muy próximamente de nuevo en mis reflexiones. Dame algo de tiempo, que cuando escribo esto es sólo 30 de septiembre y me estoy reponiendo de un mes de septiembre espantoso: entre el estrés de la primera quincena de no saber si voy a trabajar en este curso, ni si lo hago a partir de cuándo ni si cobrando el verano, y el estrés posterior de al fin tener trabajo y volver al instituto...hasta hoy no comienzo a levantar cabeza. (Qué maravillosos fueron julio y agosto. Volverán.)

Tengo dos argumentos para demostrarte que Jorge está conmigo. El primero es un poema que he dado en titular 'Ser o nada' y que lleva por encabezamiento 'Soy, más, estoy'. El segundo tiene que ver con otra lectura que también hago a ratos desde hace unos meses, la de la antología de Leopoldo Panero que hizo mi amigo José Cereijo. Panero, el padre de Leopoldo María, que puede que os resulte más conocido, tiene un poema titulado Cántico y en alguna ocasión cita a Jorgito, pero sobre todo parece que su poesía es escolio de la de nuestro amado. (¿Será que ambos comparten a Antonio Machado?)

Pues esto, que hoy 30 de septiembre de 2010 consagro mi tarde a Leopoldo Panero y aprovecho para preparar entradas con sus versos. ¿Te hace? A no mucho tardar continuaremos con el comentario Sobre Cántico, cada martes a las 15 horas.

Salud.

sábado, 10 de julio de 2010

Me reconcilio con Pepe

Tanta perorata contra la novela tenía que derivar en esto: a leer ensayo (y poesía, ¡eh!: Hugo Mujica. Pero ésta en pequeñas dosis.)

Sí, andaba yo escogiendo de entre mis libros la próxima víctima que iría a parar la contenedor de reclicaje de papel, cuando he descubierto en mi mano un libraco de hace 30 años que no sé de dónde habré sacado, la verdad. Y en fin, no sé por qué me ha dado por arrancar a leerlo, que el pobre estaba ahí sin que le hiciera ni caso.

No sé, debe ser el mismo impulso que te mueve a hacer una llamada o mandar un SMS a alguien de quien has decidido pasar hace mucho tiempo. Será porque la tensión se ha aliviado y se ha reconciliado uno consigo mismo y prefiere cerrar sin acritudes.

Pues nada, que un librito de Pepe, sí, pero no Cereijo ni Ramos, queridos poetas y queridas personas que bien guardadas estén, sino de otro más viejo: Ortega y Gasset. Pepe Ortega. El otro José Ortega es el torero, pero con éste nunca tuve relación.

No debió ser en 'La rebelión de las masas', del que no guardo ningún recuerdo, sino en 'La deshumanización del arte', o algo así, donde Pepe menospreció a la ciencia desde la perspectiva creativa y emocional, según quiero recordar, y esto no se lo perdoné hasta hoy. Cerré aquel libro y le dije adiós.

Hoy tengo abierto 'Origen y epílogo de la filosofía', que me resulta un libro en muchos aspectos familiar (parece que el jodío de Ortega me hubiera leído y escuchado en los bares antes de escribirlo, qué deseperación) y en otros novedoso. Lo más sorprendente, se sostiene en imágenes y es un librito, a más de inteligente, brevísimo y ágil.

Lo tengo que terminar hoy, digo de leer, claro, y también de destruir. De la página 15 a la 40 se han despegado después de leerlas. Una pena, y un alivio. Así puedo pensar en echarlo al contenedor sin que me retenga el cariño que le acabo de tomar. (A saber cuándo volvería a leerlo, esta primera lectura es tras 6 0 7 años de acompañarme. Y lo que pesa cada cacho de nostalgia o de cariño en cada mudanza. ..Insufrible.)

jueves, 20 de mayo de 2010

Lectura de Aarón Garcia Peña en Madrid

Querido poeta, amigo o amante de la poesía: acudas o no, aprovecho para mandarte un cariñoso abrazo y animarte en tus actividades diarias.

Aarón García Peña, leerá una selección de su poesía publicada hasta la fecha:

Cuidado, mancha (2007)
Machado: vida y flamenco (2007)
Dios y sus cómplices (2009)

Cordinará el acto: Miguel Losada.
Presentará al poeta: Pepe Cereijo.

Fecha: Viernes, 21 de mayo de 2010
Hora: 22:25
Lugar: Ateneo de Madrid. Calle Prado 21. Sala de La Cacharrería. Metro: Antón Martín. Frente al Congreso de los Diputados.

Informa Aarón García Peña.