Principia Augusto Ferrán su obra 'La soledad' con cantares populares. Ahí van los últimos que nos quedan por registrar.
Antes, me pregunto: ¿por qué lo popular tiene un sentido tan peyorativo hoy en día en lo referente a la cultura? Leyendo estos cantares no podemos pensar que es por su falta de valor artístico y literario, ni mucho menos. Es muy probable que cuando en España pensamos en cultura popular pensamos en aquellos años tan ignominiosos de la dictadura franquista, en sus niños prodigio y en una sociedad analfabeta, inculta y embobecida que fue la que la dictadura creó. Así es de entender que lo popular se entienda en un sentido despreciativo por ramplón y sensiblero. Pero España, afortunadamente no siempre fue así. Aunque hoy aún lo sea, una España cateta adicta al insulto, al exabrupto y a la pública exhibición, humillación e idolatría de las peores de sus gentes, España fue muy otra en en el pasado. Estas coplas, antiguas, de al menos mediados del siglo XIX, son una manifestación culta de una España ágrafa y en apariencia ignorante.
Cantares del pueblo
LXI
Me fui a misa a la Victoria,
me encomendé a la Humildad,
que estas fatigas me alivie
que no las puedo aguantar.
LXII
Flamenca, te lo he pedido
por la salud de tu madre,
que no pases por mi puerta,
que se redoblan mis males.
LXIII
Compañerito del alma
en el cementerio entré,
y levantando la losa
me encontré con tu querer.
LXIV
Al pasar por una calle
vi yo un acompañamiento:
¡pobrecillo de mi alma
cómo llevará su cuerpo!
LXV
Ya no quiero querer más
quiero seguir tu opinión;
que un querer con mucho extremo
es causa de perdición.
LXVI
No digas, donde te pongas,
que agua tienes de bautismo;
te escupirán a la cara
por lo que has hecho conmigo.
LXVII
Veinticinco calabozos
tiene la cárcel de Utrera;
veinticuatro llevo andados
y el más oscuro me queda.
LXVIII
Ábrase la sepultura,
que me quiero meter dentro;
que un hombre de mis hechuras
se compara con los muertos.
LXIX
Ven acá, mujer del mundo,
conviértete a la razón;
ningún hombre puede ser
tan cabal como el reló.
LXX
La víbora ponzoñosa
en medio de su bravío,
venga y coma de mis carnes
si yo te quiero fingido.
LXXI
Cuando dos quieren a una
y los dos están presentes,
el uno cierra los ojos
y el otro aprieta los dientes.
LXXII
A aquel que tiene la culpa
de que penas pase yo,
a pedazos se le caigan
las alas del corazón.
LXXIII
Dondequiera que te pongas
me tendrás que venerar,
porque yo he sido, queriendo,
la piedra fundamental.
LXXIV
En medio de mi fatiga
por querer, quise dormirme,
que el que vive como yo
cuando duerme es cuando vive.
LXXV
¿Qué importa que no te vea
si ya tengo un gran alivio?
Yo tengo mi corazón
todas las horas contigo.
LXXVI
Cuanto más hables más pierdes,
y a ti te obliga el callar;
que el hierro que yo te he echado
a la cara te saldrá.
LXXVII
En la raíz del querer
nació mi madre gitana,
y yo, como soy su hijo,
vengo de la misma rama.
LXXVIII
Hablas muy mal de lo bueno
y Dios te ha de castigar;
cuando de lo bueno hablas,
de lo malo ¿qué será?
LXXIX
Tus ojos son dos ladrones
que a un tiempo roban y matan,
la sepultura es tu pecho
y la salvación tu alma.
LXXX
Tengo mi cuerpo metido
en confusiones muy grandes,
que en un camino me encuentro
con dos veredas iguales.
Con dos veredas iguales,
y me paro en la mejor;
si tomo la que no quiero
ha de ser mi perdición.
Ha de ser mi perdición,
pero la cuenta me hago,
que me pierdo por mi gusto
y a nadie le causo daño.
LXXXI
No me espanta que al dormir
te hable con el deseo;
son mis fatigas tan grandes
que estoy durmiendo y te veo.
Que estoy durmiendo y te veo
que estás a la vera mía,
y me despierto llorando
que me ahogan las fatigas.
LXXXII
Anda y pregúntale a un sabio
cuál de los dos pierde más,
el que come de sus carnes
o el que publica su mal.
El que publica su mal
por el pronto siente alivio,
y el que come de sus carnes
se da tormento a sí mismo.
LXXXIII
Por si acaso yo no muero
y me quieres encontrar,
vete a la iglesia mayor
y comiénzame a llamar.
Y comiénzame a llamar
que yo te responderé,
porque pediré licencia
al poderoso Divé.
El poderoso Divé
la licencia me dará,
por lo bien que te he querido
hasta el juicio final.
Hasta el juicio final
fatigas tendré por verte,
y ahora que más te quiero
de mí se acuerda la muerte.
De mí se acuerda la muerte,
cosa que no debe ser,
que me aparten de tu vera
y me quiten tu querer.
LXXXIV
En el querer no hay saber,
lo tengo experimentado;
de lo que siempre he huido
un Divé me ha castigado.
Si un Divé me ha castigado
una fue y dos no será,
que ya me he mirado en mí
y veo lo que el querer da.
Si esto es lo que el querer da,
yo no quiero más querer;
que tú me dieras mal pago
a mí se me emplea bien.
A mí se me emplea bien,
pero un consuelo tenía,
que si dejas mi querer
sabrás lo que son fatigas.
Sabrás lo que son fatigas,
y un Divé me ha de otorgar
que con los brazos abiertos
me has de venir a buscar.
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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martes, 5 de julio de 2011
martes, 28 de junio de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (4)
Al comienzo de su obra 'La soledad', Augusto Ferrán recoge coplas anónimas bajo el título de 'Cantares del pueblo'. Ahí van otras 20.
Cantares del pueblo
XLI
Pierde pan y pierde perro
quien da pan a perro ajeno;
yo no te quiero dar nada
por no perder más que el perro.
XLII
Anoche ensoñé un ensueño
que yo tengo por verdad:
en estando un hombre ausente
otro ocupa su lugar.
XLIII
El diablo, por su avaricia,
se condenó y fue al infierno,
y a ti, por avariciosa,
te va a suceder lo mesmo.
XLIV
Una me dijo que sí,
otra me dijo que no:
la del sí, quería ella;
la del no, quería yo.
XLV
Arbolillo, te secaste
teniendo el agua en el pie,
en el tronco la firmeza
Y en la ramita el querer.
XLVI
Agua menudita llueve
y ya corren las canales;
ábreme la puerta, cielo,
que soy aquel que tú sabes.
XLVII
Hace ya muy largos años
que te hablo y no me comprendes;
no te echo la culpa a ti,
sino es a mi mala suerte.
XLVIII
Yo creí que con el tiempo
mis penas se acabarían,
y se me van aumentando
como las horas del día.
XLIX
Esta sí que es calle angosta,
calle de temor y miedo;
quiero entrar y no me dejan,
quiero salir y no puedo.
L
Hermanita de mi vida,
qué quieres que yo te cuente,
si el quitarme de tu vera
es quitarme a mí la muerte.
LI
Yo no sé lo que he de hacerme
atento de tu querer,
si lo deje por la mano
o si me pierda por él.
LII
Anda diciendo tu madre
que yo tengo mala lengua;
lo que yo he hecho contigo
no lo sabe ni la tierra.
LIII
Yo no sé lo que me has dado
que me has quitado el sentido:
me he puesto ya muchas veces
a olvidarte y no he podido.
LIV
Yo le respondí al verdugo
con palabras muy sensibles:
quítame pronto la vida,
que olvidarla es imposible.
LV
A un oscuro calabozo
me traían la comida;
más lágrimas derramaba
que bocaditos comía.
LVI
Yo sembré en un peñascal
creyendo que era en un llano;
me salió la tierra mala
y fue preciso segarlo.
LVII
Mi querer y tu querer
son dos quereres en uno;
y siempre estamos riñendo
por si es mío o por si es tuyo.
LVIII
En libertad, me querías,
y ahora, preso, me aborreces:
desgraciado aquel que cae
en las manos de los jueces.
LIX
Por causa de esa serrana
mi cuerpo se echó a perder:
el que siembra en mala tierra,
¿qué es lo que espera coger?
LX
El carrito de los muertos
ha pasado por aquí:
llevaba la mano fuera,
por eso la conocí.
Cantares del pueblo
XLI
Pierde pan y pierde perro
quien da pan a perro ajeno;
yo no te quiero dar nada
por no perder más que el perro.
XLII
Anoche ensoñé un ensueño
que yo tengo por verdad:
en estando un hombre ausente
otro ocupa su lugar.
XLIII
El diablo, por su avaricia,
se condenó y fue al infierno,
y a ti, por avariciosa,
te va a suceder lo mesmo.
XLIV
Una me dijo que sí,
otra me dijo que no:
la del sí, quería ella;
la del no, quería yo.
XLV
Arbolillo, te secaste
teniendo el agua en el pie,
en el tronco la firmeza
Y en la ramita el querer.
XLVI
Agua menudita llueve
y ya corren las canales;
ábreme la puerta, cielo,
que soy aquel que tú sabes.
XLVII
Hace ya muy largos años
que te hablo y no me comprendes;
no te echo la culpa a ti,
sino es a mi mala suerte.
XLVIII
Yo creí que con el tiempo
mis penas se acabarían,
y se me van aumentando
como las horas del día.
XLIX
Esta sí que es calle angosta,
calle de temor y miedo;
quiero entrar y no me dejan,
quiero salir y no puedo.
L
Hermanita de mi vida,
qué quieres que yo te cuente,
si el quitarme de tu vera
es quitarme a mí la muerte.
LI
Yo no sé lo que he de hacerme
atento de tu querer,
si lo deje por la mano
o si me pierda por él.
LII
Anda diciendo tu madre
que yo tengo mala lengua;
lo que yo he hecho contigo
no lo sabe ni la tierra.
LIII
Yo no sé lo que me has dado
que me has quitado el sentido:
me he puesto ya muchas veces
a olvidarte y no he podido.
LIV
Yo le respondí al verdugo
con palabras muy sensibles:
quítame pronto la vida,
que olvidarla es imposible.
LV
A un oscuro calabozo
me traían la comida;
más lágrimas derramaba
que bocaditos comía.
LVI
Yo sembré en un peñascal
creyendo que era en un llano;
me salió la tierra mala
y fue preciso segarlo.
LVII
Mi querer y tu querer
son dos quereres en uno;
y siempre estamos riñendo
por si es mío o por si es tuyo.
LVIII
En libertad, me querías,
y ahora, preso, me aborreces:
desgraciado aquel que cae
en las manos de los jueces.
LIX
Por causa de esa serrana
mi cuerpo se echó a perder:
el que siembra en mala tierra,
¿qué es lo que espera coger?
LX
El carrito de los muertos
ha pasado por aquí:
llevaba la mano fuera,
por eso la conocí.
martes, 21 de junio de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (3)
Al comienzo de su obra 'La soledad', Augusto Ferrán recoge coplas populares. Ahí van otras 20.
Cantares del pueblo
XXI
Cuando esté en la sepultura
y de gusanos roído,
mis huesos tendrán letreros
diciendo que te he querido.
XXII
Cualesquiera que me vieran
dirán que no tengo pena,
y tengo mi corazón
como una bayeta negra.
XXIII
Rómpase el velo que cubre
el celeste firmamento,
para que aprendan los hombres
de los ángeles del cielo.
XXIV
Yo pensé que un querer bien
ya se podría olvidar,
y es callejón tan estrecho
que el que entra no sale más.
XXV
Yo no sé lo que le ha dado
esta serrana a mi cuerpo,
que hago por olvidarla
y en viéndola me arrepiento.
XXVI
Yo que me vi publicado
y encima con tantas penas,
he tomado la venganza
contra mi persona mesma.
XXVII
Me siento sobre mi cama
y repaso mi memoria;
yo hablo con las paredes,
y no hallo quien responda.
XXVIII
Tierra, ¿cómo no te abres
y te sales de tu centro,
y tragas a esta mujer
de tan malos pensamientos?
XXIX
Si un Divé me diera el mando
como se lo dio a la muerte,
yo quitaría del mundo
a quien me estorba quererte.
XXX
De lo que yo hago contigo
no se puede espantar nadie,
porque me hago los cargos
que eres carne de mis carnes.
XXXI
Más bien consiento en morirme
que no en publicar mis penas,
porque brocales de fuego
salen del alma y me queman.
XXXII
Yo me arrimé a un pino verde
por ver si me consolaba;
y el pino, como era verde,
de verme llorar, lloraba.
XXXIII
Cuando hables de mi persona
no digas que me has querido,
di que fue un capricho sólo
que los dos hemos tenido.
XXXIV
Porque te vi desde lejos
por eso te quiero tanto;
haces bien en no acercarte,
de cerca pierde lo falso.
XXXV
Paloma que vas volando
y en el pico llevas hilo,
dámelo para coser
tu corazón con el mío.
XXXVI
Ya se me quitó la venda
que tan ciego me tenía,
y he llegado a conocer
que vendado más veía.
XXXVII
Desgraciado el arbolito
que solo en el campo nace:
todas las aves del mundo
contra sus ramas combaten.
XXXVIII
Yo pensé que era yo solo
serrana, a quien tú querías,
y te diviertes con otro
todas las horas del día.
XXXIX
Una niña me engañó
y me llevó junto a un trigo.
¡Cuándo volverá la niña
a gastar bromas conmigo!
XL
Me quisistes y te quise;
me olvidaste y te olvidé;
los dos tuvimos la culpa,
tú primero y yo después.
Cantares del pueblo
XXI
Cuando esté en la sepultura
y de gusanos roído,
mis huesos tendrán letreros
diciendo que te he querido.
XXII
Cualesquiera que me vieran
dirán que no tengo pena,
y tengo mi corazón
como una bayeta negra.
XXIII
Rómpase el velo que cubre
el celeste firmamento,
para que aprendan los hombres
de los ángeles del cielo.
XXIV
Yo pensé que un querer bien
ya se podría olvidar,
y es callejón tan estrecho
que el que entra no sale más.
XXV
Yo no sé lo que le ha dado
esta serrana a mi cuerpo,
que hago por olvidarla
y en viéndola me arrepiento.
XXVI
Yo que me vi publicado
y encima con tantas penas,
he tomado la venganza
contra mi persona mesma.
XXVII
Me siento sobre mi cama
y repaso mi memoria;
yo hablo con las paredes,
y no hallo quien responda.
XXVIII
Tierra, ¿cómo no te abres
y te sales de tu centro,
y tragas a esta mujer
de tan malos pensamientos?
XXIX
Si un Divé me diera el mando
como se lo dio a la muerte,
yo quitaría del mundo
a quien me estorba quererte.
XXX
De lo que yo hago contigo
no se puede espantar nadie,
porque me hago los cargos
que eres carne de mis carnes.
XXXI
Más bien consiento en morirme
que no en publicar mis penas,
porque brocales de fuego
salen del alma y me queman.
XXXII
Yo me arrimé a un pino verde
por ver si me consolaba;
y el pino, como era verde,
de verme llorar, lloraba.
XXXIII
Cuando hables de mi persona
no digas que me has querido,
di que fue un capricho sólo
que los dos hemos tenido.
XXXIV
Porque te vi desde lejos
por eso te quiero tanto;
haces bien en no acercarte,
de cerca pierde lo falso.
XXXV
Paloma que vas volando
y en el pico llevas hilo,
dámelo para coser
tu corazón con el mío.
XXXVI
Ya se me quitó la venda
que tan ciego me tenía,
y he llegado a conocer
que vendado más veía.
XXXVII
Desgraciado el arbolito
que solo en el campo nace:
todas las aves del mundo
contra sus ramas combaten.
XXXVIII
Yo pensé que era yo solo
serrana, a quien tú querías,
y te diviertes con otro
todas las horas del día.
XXXIX
Una niña me engañó
y me llevó junto a un trigo.
¡Cuándo volverá la niña
a gastar bromas conmigo!
XL
Me quisistes y te quise;
me olvidaste y te olvidé;
los dos tuvimos la culpa,
tú primero y yo después.
martes, 14 de junio de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (2)
Prólogo del autor
He escrito estos versos en el estilo sencillo y espontáneo de las canciones populares, las cuales he intentado imitar.
Si me he separado algunas veces del carácter peculiar de este género de poesías, no lo puedo atribuir más que a mi predilección por ciertas canciones alemanas, entre ellas las de Enrique Heine, que en realidad tienen alguna semejanza con los cantares españoles.
Al principio de esta colección he puesto unos cuantos cantares del pueblo, de los muchos que tengo recogidos, para estar seguro al menos de que hay algo bueno en este libro.
En cuanto a mis pobres versos, si algún día oigo salir uno solo de ellos de entre un corrillo de alegres muchachas, acompañado por los tristes tonos de una guitarra, daré por cumplida toda mi ambición de gloria y habré escuchado el mejor juicio crítico de mis humildes composiciones.
Cantares del pueblo
I
Yo tengo una lima sorda,
que me lima el corazón:
suspirando me anochece,
llorando me sale el sol.
II
Yo conocí un castillito
más alto que las estrellas;
luego le he visto caer
hasta el rape de la tierra.
III
Te tengo comparadita
con las piedras de la calle,
que las pisa todo el mundo
y no se quejan de nadie.
IV
A ninguna en este mundo
he querido más que a ti;
el que tú no lo conozcas
ese es mi mayor sentir.
V
Mientras más caricias me haces
más en confusión me pones,
porque tus caricias son
vísperas de tus traiciones.
VI
Todo lo vence el querer,
todo lo alcanza el dinero,
todo acaba con la muerte,
todo llega con el tiempo.
VII
Corre, ve y dile a tu madre
que no hable mal de mí,
que pérdidas y ganancias
todas caerán sobre ti.
VIII
Si en la calle me encontrares
y no te pudiera hablar,
háblale a mi sombra, que ella
por mí te contestará.
IX
Causa de mi perdición,
quiero apartarme de ti:
la mujer que quiere a dos
no puede tener buen fin.
X
Hice yo un hoyo en la tierra
y enterré mis pensamientos;
por no descubrirme a nadie
tormentos le di a mi cuerpo.
XI
Yo tengo comparadita
la mujer con el caballo,
si no tiene buen jinete
no se la quita el resabio.
XII
Se encontraron y se hablaron,
y dijo el tiempo al querer:
esa soberbia que tienes
yo te la castigaré.
XIII
Vengo yo a verte y me dicen
que he perdido la vergüenza;
no considera ninguno
la pasión que a mí me ciega.
XIV
Los mocitos de mi barrio
dicen que no soy valiente;
contéstales tú, morena,
que me he atrevido a quererte.
XV
Yo me he puesto en oración
por ver si Dios me revela
si este querer tuyo y mío
es fingido o es de veras.
XVI
Aquel que tiene dinero
todo el mundo le quería,
y en llegándole a faltar
no le dan los buenos días.
XVII
Caballo que se desboca
dime, ¿qué remedio tiene?
El tirarle de las riendas,
que él se parará si quiere.
XVIII
Siempre me echabas achaques
para no salirme a hablar;
lo que es tiempo, te sobraba;
te faltaba voluntad.
XIX
Mi cama son duras piedras,
mi cabecera un ladrillo,
y a las paredes me agarro
creyendo que estoy contigo.
XX
En el querer no hay venganza,
y te has vengado* de mí;
si no hay castigo en la tierra
del cielo te ha de venir.
*en el original: venerado, pero no parece
Para que no queden dudas, insistiré en que estos 'Cantares del pueblo' son de autoría anónima. Augusto Ferrán los recoge a modo de ejemplo, como fuente de la que fluye su verso y para no eludir comparaciones con su obra al comienzo de la misma.
He escrito estos versos en el estilo sencillo y espontáneo de las canciones populares, las cuales he intentado imitar.
Si me he separado algunas veces del carácter peculiar de este género de poesías, no lo puedo atribuir más que a mi predilección por ciertas canciones alemanas, entre ellas las de Enrique Heine, que en realidad tienen alguna semejanza con los cantares españoles.
Al principio de esta colección he puesto unos cuantos cantares del pueblo, de los muchos que tengo recogidos, para estar seguro al menos de que hay algo bueno en este libro.
En cuanto a mis pobres versos, si algún día oigo salir uno solo de ellos de entre un corrillo de alegres muchachas, acompañado por los tristes tonos de una guitarra, daré por cumplida toda mi ambición de gloria y habré escuchado el mejor juicio crítico de mis humildes composiciones.
Cantares del pueblo
I
Yo tengo una lima sorda,
que me lima el corazón:
suspirando me anochece,
llorando me sale el sol.
II
Yo conocí un castillito
más alto que las estrellas;
luego le he visto caer
hasta el rape de la tierra.
III
Te tengo comparadita
con las piedras de la calle,
que las pisa todo el mundo
y no se quejan de nadie.
IV
A ninguna en este mundo
he querido más que a ti;
el que tú no lo conozcas
ese es mi mayor sentir.
V
Mientras más caricias me haces
más en confusión me pones,
porque tus caricias son
vísperas de tus traiciones.
VI
Todo lo vence el querer,
todo lo alcanza el dinero,
todo acaba con la muerte,
todo llega con el tiempo.
VII
Corre, ve y dile a tu madre
que no hable mal de mí,
que pérdidas y ganancias
todas caerán sobre ti.
VIII
Si en la calle me encontrares
y no te pudiera hablar,
háblale a mi sombra, que ella
por mí te contestará.
IX
Causa de mi perdición,
quiero apartarme de ti:
la mujer que quiere a dos
no puede tener buen fin.
X
Hice yo un hoyo en la tierra
y enterré mis pensamientos;
por no descubrirme a nadie
tormentos le di a mi cuerpo.
XI
Yo tengo comparadita
la mujer con el caballo,
si no tiene buen jinete
no se la quita el resabio.
XII
Se encontraron y se hablaron,
y dijo el tiempo al querer:
esa soberbia que tienes
yo te la castigaré.
XIII
Vengo yo a verte y me dicen
que he perdido la vergüenza;
no considera ninguno
la pasión que a mí me ciega.
XIV
Los mocitos de mi barrio
dicen que no soy valiente;
contéstales tú, morena,
que me he atrevido a quererte.
XV
Yo me he puesto en oración
por ver si Dios me revela
si este querer tuyo y mío
es fingido o es de veras.
XVI
Aquel que tiene dinero
todo el mundo le quería,
y en llegándole a faltar
no le dan los buenos días.
XVII
Caballo que se desboca
dime, ¿qué remedio tiene?
El tirarle de las riendas,
que él se parará si quiere.
XVIII
Siempre me echabas achaques
para no salirme a hablar;
lo que es tiempo, te sobraba;
te faltaba voluntad.
XIX
Mi cama son duras piedras,
mi cabecera un ladrillo,
y a las paredes me agarro
creyendo que estoy contigo.
XX
En el querer no hay venganza,
y te has vengado* de mí;
si no hay castigo en la tierra
del cielo te ha de venir.
*en el original: venerado, pero no parece
Para que no queden dudas, insistiré en que estos 'Cantares del pueblo' son de autoría anónima. Augusto Ferrán los recoge a modo de ejemplo, como fuente de la que fluye su verso y para no eludir comparaciones con su obra al comienzo de la misma.
miércoles, 8 de junio de 2011
'Cien coplas por soleá', Ediciones Árdora, 2000 (2, y fin)
Desgraciaito de aquel
que come de mano ajena,
siempre mirando a la cara,
si la ponen mala o buena.
_______________________
A la tierra sólamente
le cuento lo que me pasa
porque no encuentro en el mundo
persona de confianza.
_______________________
Dejo mi puerta entorná
por si alguna vez te diera
la tentación de empujar.
__________________
El que quiera que me siga
y el que no con Dios se quede,
al que me siga fatigas,
que otra cosita no espere.
_____________________
Tiro piedras por la calle,
al que le dé que perdone:
tengo la cabeza loca
de tantas cavilaciones.
_________________
No canto pa que me escuchen,
ni pa sentirme la voz,
canto pa que no se junten
la pena con el dolor.
_____________________
Quise cambiarle y no quiso
su pañuelo de lunares
por otro de fondo liso.
___________________
Dos vereítas iguales,
¿cuál de las dos voy a coger?
Si cojo la de mi gusto
mi perdición ha de ser.
____________________
Acuérdate cuando entonces
bajabas descalza a abrirme,
y ahora tú no me conoces.
___________________
Fui piedra y perdí mi centro
y me arrojaron al mar,
y al cabo de mucho tiempo
mi centro vine a encontrar.
___________________
Que nadie tenga fatigas,
que todas las tengo yo,
yo tengo una losa negra
metida en el corazón.
_________________
Cada vez que considero
que me tengo que morir
tiro una manta en el suelo
y me harto de dormir.
__________________
Abuelos, padres y tíos,
de los buenos manantiales
se forman lo buenos ríos.
___________________
Te quisiera preguntar
su cuando me ves te alegras
o te sirve de pesar.
___________________
Anda y díselo a tu gente
y si te dicen que no
coge la ropita y vente.
_________________
Dicen que he robao un cáliz,
¡ozú, qué mentira es eso!,
desde que me bautizaron
no he vuelto a entrar en un templo.
________________________
Yo no sé lo que le dió
a la yerbabuena, mare,
que era verde y se secó.
_________________
Por donde quieras que ibas
vas diciendo que soy tuya,
¿qué cadena me has echao
que me tienes tan segura?
___________________
La noche del aguacero
dime dónde te metiste
que no te mojaste el pelo.
__________________
Al pie de un árbol sin fruto
me puse a considerar
qué pocos amigos tiene
el que no tiene qué dar.
___________________
A to el que tiene duquelas
se le conoce en la cara,
a mí me estaban ahogando
y nadie me lo notaba.
___________________
Nadie hable mal del día
hasta que la noche llegue,
yo he visto mañanas tristes
tener las tardes alegres.
___________________
Yo me quito la camisa
y la tiro en tu corral,
a ver si viéndome en cueros
me tienes más voluntad.
___________________
Tu ventana es una cárcel
con el carcelero dentro
y el prisionero en la calle.
Coplas anónimas. Antólogo: José María Rubio.
que come de mano ajena,
siempre mirando a la cara,
si la ponen mala o buena.
_______________________
A la tierra sólamente
le cuento lo que me pasa
porque no encuentro en el mundo
persona de confianza.
_______________________
Dejo mi puerta entorná
por si alguna vez te diera
la tentación de empujar.
__________________
El que quiera que me siga
y el que no con Dios se quede,
al que me siga fatigas,
que otra cosita no espere.
_____________________
Tiro piedras por la calle,
al que le dé que perdone:
tengo la cabeza loca
de tantas cavilaciones.
_________________
No canto pa que me escuchen,
ni pa sentirme la voz,
canto pa que no se junten
la pena con el dolor.
_____________________
Quise cambiarle y no quiso
su pañuelo de lunares
por otro de fondo liso.
___________________
Dos vereítas iguales,
¿cuál de las dos voy a coger?
Si cojo la de mi gusto
mi perdición ha de ser.
____________________
Acuérdate cuando entonces
bajabas descalza a abrirme,
y ahora tú no me conoces.
___________________
Fui piedra y perdí mi centro
y me arrojaron al mar,
y al cabo de mucho tiempo
mi centro vine a encontrar.
___________________
Que nadie tenga fatigas,
que todas las tengo yo,
yo tengo una losa negra
metida en el corazón.
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Cada vez que considero
que me tengo que morir
tiro una manta en el suelo
y me harto de dormir.
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Abuelos, padres y tíos,
de los buenos manantiales
se forman lo buenos ríos.
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Te quisiera preguntar
su cuando me ves te alegras
o te sirve de pesar.
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Anda y díselo a tu gente
y si te dicen que no
coge la ropita y vente.
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Dicen que he robao un cáliz,
¡ozú, qué mentira es eso!,
desde que me bautizaron
no he vuelto a entrar en un templo.
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Yo no sé lo que le dió
a la yerbabuena, mare,
que era verde y se secó.
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Por donde quieras que ibas
vas diciendo que soy tuya,
¿qué cadena me has echao
que me tienes tan segura?
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La noche del aguacero
dime dónde te metiste
que no te mojaste el pelo.
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Al pie de un árbol sin fruto
me puse a considerar
qué pocos amigos tiene
el que no tiene qué dar.
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A to el que tiene duquelas
se le conoce en la cara,
a mí me estaban ahogando
y nadie me lo notaba.
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Nadie hable mal del día
hasta que la noche llegue,
yo he visto mañanas tristes
tener las tardes alegres.
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Yo me quito la camisa
y la tiro en tu corral,
a ver si viéndome en cueros
me tienes más voluntad.
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Tu ventana es una cárcel
con el carcelero dentro
y el prisionero en la calle.
Coplas anónimas. Antólogo: José María Rubio.
miércoles, 1 de junio de 2011
'Cien coplas por soleá', Ediciones Árdora, 2000 (1)
Selección y prólogo de José María Rubio.
Lo encuentras aquí.
¡Viva el kaiku! Qué duda cabe. Pero en nuestra tradición poética (la española, quiero decir, o la de lengua española) hemos cultivado formas similares, por sentenciosas y plásticas. En el haiku el objeto es la naturaleza, en esta tradición de la que hablo, el quejío y la cotidianidad. Decir quejío es decir flamenco, hoy indisolublemente ligado a la música, inseparable de la guitarra, por más que se estudien otras combinaciones (en las que Camarón fue un innovador absoluto en confabulación con Kiko Veneno. Ay 'La leyenda del tiempo'); pero en su origen, las coplas flamencas (copla, del latín copula, unión o enlace de letra y música), eran tonás que se cantaban en la intimidad, expresión cierta poetizada de las propias vivencias.
Algunas de estas cosas, y más, nos cuenta José María Rubio del flamenco y sus orígenes en un librito que registra 100 soleares. La soleá, pues, como registro más original del cante jondo.
Volviendo a marcar diferencias con el haiku, en la soleá se emplean tres versos o cuatro, todos ellos octosílabos. El romance es nuestra lengua.
Pues ahí va la muestra, en dos entradas, de esta colección de soleares anónimas (salvo una).
Los vientos llevan mentiras,
el que diga que no miente
que diga que no respira.
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Yo no quiero na de nadie
que sólo quiero lo mío,
quiero lo que me quitaron
antes de yo haber nacío.
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Fatigas pero no tantas,
que a fuerza de martillazos
hasta el hierro se quebranta,
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Tengo más poder que Dios
porque él no te perdona
lo que te perdono yo.
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Qué cuidao se me da a mí
que haya tan buenos doctores
si me tengo que morir.
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Que te quiero bien lo sabes,
pero no lo comunico
ni contigo, ni con nadie.
___________________
Te quise sin darme cuenta
y ahora que quiero olvidarte
qué trabajito me cuesta,
____________________
Voy como si fuera preso,
detrás camina mi sombra,
delante mi pensamiento.
Augusto Ferrán
__________________
Me pides que te perdone
y no te miro a la cara,
si no te quisiera tanto
tal vez yo te perdonara.
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Dices que no me pues ver
y en la cara te ha salido
la raíz de mi querer.
Lo encuentras aquí.¡Viva el kaiku! Qué duda cabe. Pero en nuestra tradición poética (la española, quiero decir, o la de lengua española) hemos cultivado formas similares, por sentenciosas y plásticas. En el haiku el objeto es la naturaleza, en esta tradición de la que hablo, el quejío y la cotidianidad. Decir quejío es decir flamenco, hoy indisolublemente ligado a la música, inseparable de la guitarra, por más que se estudien otras combinaciones (en las que Camarón fue un innovador absoluto en confabulación con Kiko Veneno. Ay 'La leyenda del tiempo'); pero en su origen, las coplas flamencas (copla, del latín copula, unión o enlace de letra y música), eran tonás que se cantaban en la intimidad, expresión cierta poetizada de las propias vivencias.
Algunas de estas cosas, y más, nos cuenta José María Rubio del flamenco y sus orígenes en un librito que registra 100 soleares. La soleá, pues, como registro más original del cante jondo.
Volviendo a marcar diferencias con el haiku, en la soleá se emplean tres versos o cuatro, todos ellos octosílabos. El romance es nuestra lengua.
Pues ahí va la muestra, en dos entradas, de esta colección de soleares anónimas (salvo una).
Los vientos llevan mentiras,
el que diga que no miente
que diga que no respira.
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Yo no quiero na de nadie
que sólo quiero lo mío,
quiero lo que me quitaron
antes de yo haber nacío.
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Fatigas pero no tantas,
que a fuerza de martillazos
hasta el hierro se quebranta,
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Tengo más poder que Dios
porque él no te perdona
lo que te perdono yo.
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Qué cuidao se me da a mí
que haya tan buenos doctores
si me tengo que morir.
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Que te quiero bien lo sabes,
pero no lo comunico
ni contigo, ni con nadie.
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Te quise sin darme cuenta
y ahora que quiero olvidarte
qué trabajito me cuesta,
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Voy como si fuera preso,
detrás camina mi sombra,
delante mi pensamiento.
Augusto Ferrán
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Me pides que te perdone
y no te miro a la cara,
si no te quisiera tanto
tal vez yo te perdonara.
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Dices que no me pues ver
y en la cara te ha salido
la raíz de mi querer.
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