XII
Entre dos que bien se quieren
no hay ausencia ni distancia,
que los pensamientos vuelan
y cada día se hablan.
Esto es lo que llamar suelen
el lenguaje de las almas;
un corazón que recuerda
no necesita palabras.
XIII
Cuando a tus citas voy
me ves mustio y callado,
y es que en tu calma pensando estoy.
Cuando de ti me alejo
ando como espantado,
y es que celoso de ti me quejo.
XIV
Yo te he visto dormida
y te he visto agitada;
¿los sueños te dan vida?
¿Lo real no te da nada?
Despiertas... Ya la calma
lució tras el beleño:
¡cuán hermosa es tu alma,
¡ay, bella como un sueño!
XV
Yo tus ojos he besado,
yo he besado tus cabellos,
yo besé tus manos blancas
y estreché tu talle esbelto.
Nombres dulces yo te he oído
y me has hecho juramentos...
cuántas flores ¡ay! me has dado
perfumadas con veneno.
XVI
La gente que a lo lejos me divisa
me llama el loco en medio de su risa. 10
¡Tanto mejor!
Que aún no he visto -y perdóname el vocablo-
a ningún ganapán, pobre diablo,
loco de amor.
Esta toda es la poesía de Augusto Ferrán. No traigo aquí sus prosas: Una inspiración alemana, El puñal y Epitafio de una joven, de entre las cuales sólo he leído con gusto la segunda. La tercera y la primera, en fin, exceden con mucho la miel que tolera mi paladar. Afortunadamente la tercera es breve y admite la lectura completa.
Gracias, Augusto.
¡Actualidad! Tan fugaz/ En su cogollo y su miga,/ Regala a mi lentitud/ El sumo sabor a vida. Jorge Guillén
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martes, 27 de diciembre de 2011
martes, 20 de diciembre de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía. (Traducciones e imitaciones del poeta alemán Enrique Heine, 3)
VII
Yo te amé cuando niño
como un anhelo,
te amé de adolescente
como un deseo,
y mi amor cuando hombre
fue un sentimiento.
Tú me amaste de niña
como un recreo,
luego de adolescente
como un muñeco,
y ya mujer, he sido
tu pasatiempo.
¡Qué extraño que mi alma
sea tu juego,
y la tuya... la tuya
sea mi infierno!
VIII
Entre peñascos duros
con ¡ay! sentido,
por la montaña abajo
desciende el río,
sus quejas para
cuando en el mar penetran
sus turbias aguas.
Río mis ilusiones,
tu amor peñasco,
deslízase mi vida
quejas lanzando;
hasta que mudas
las torne el mar que llaman
los hombres tumba.
IX
Cuando la primavera llegó con sus verdores 15
te vi y te amé.
Te vi por vez primera al ver las puras flores
y te adoré.
Cuando el otoño triste llegó, seco y sombrío
ya no te vi. 20
Tu amor, vida, no existe, y en un invierno frío
muero sin ti.
X
Cuando eras, mi amor, buena
¡cuánto te he amado!...
Hoy, mi amor, que eres mala 25
¡cuánto te amo!...
XI
Pláceme la noche amiga
de los que viven sufriendo,
y contar las tristes horas
embebido en su silencio. 30
Entonces se ensancha el alma,
y desprendida del cuerpo
vive vida de armonías,
vive vida de recuerdos.
Si me da en el rostro el aura 35
me creo sentir tus besos,
y si aspiro algún aroma
me creo aspirar tu aliento.
En las brillantes estrellas
tus miradas vagas veo, 40
y en el disco de la luna
me finjo tu tenue cuerpo.
Pronto las luces se apagan,
pronto se extinguen los ecos,
y las sombras se suceden, 45
y la aurora viene luego,
y tras de la aurora el día
que ahuyenta el dulce misterio,
y veo la realidad...
¡y miserable me veo!... 50
Yo te amé cuando niño
como un anhelo,
te amé de adolescente
como un deseo,
y mi amor cuando hombre
fue un sentimiento.
Tú me amaste de niña
como un recreo,
luego de adolescente
como un muñeco,
y ya mujer, he sido
tu pasatiempo.
¡Qué extraño que mi alma
sea tu juego,
y la tuya... la tuya
sea mi infierno!
VIII
Entre peñascos duros
con ¡ay! sentido,
por la montaña abajo
desciende el río,
sus quejas para
cuando en el mar penetran
sus turbias aguas.
Río mis ilusiones,
tu amor peñasco,
deslízase mi vida
quejas lanzando;
hasta que mudas
las torne el mar que llaman
los hombres tumba.
IX
Cuando la primavera llegó con sus verdores 15
te vi y te amé.
Te vi por vez primera al ver las puras flores
y te adoré.
Cuando el otoño triste llegó, seco y sombrío
ya no te vi. 20
Tu amor, vida, no existe, y en un invierno frío
muero sin ti.
X
Cuando eras, mi amor, buena
¡cuánto te he amado!...
Hoy, mi amor, que eres mala 25
¡cuánto te amo!...
XI
Pláceme la noche amiga
de los que viven sufriendo,
y contar las tristes horas
embebido en su silencio. 30
Entonces se ensancha el alma,
y desprendida del cuerpo
vive vida de armonías,
vive vida de recuerdos.
Si me da en el rostro el aura 35
me creo sentir tus besos,
y si aspiro algún aroma
me creo aspirar tu aliento.
En las brillantes estrellas
tus miradas vagas veo, 40
y en el disco de la luna
me finjo tu tenue cuerpo.
Pronto las luces se apagan,
pronto se extinguen los ecos,
y las sombras se suceden, 45
y la aurora viene luego,
y tras de la aurora el día
que ahuyenta el dulce misterio,
y veo la realidad...
¡y miserable me veo!... 50
martes, 13 de diciembre de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía. (Traducciones e imitaciones del poetaalemán Enrique Heine, 2)
IV
Los sonidos de tu boca
son dulcísimos, mi amor;
ellos eran armonías
cuando expresaban pasión.
Los sonidos de tu boca
amargos, mi vida, son;
me parecen hiel y acíbar
hoy que no tienes amor.
En dos sílabas, mi alma,
corristes el diapasón:
¡qué dulce que fue tu sí!
¡qué amargo que fue tu no!
V
Pasada la tormenta
sonríes a la fortuna:
tu amor no es sol, es luna 15
que brilla y no calienta.
VI
Tu rostro con mi rostro se ha juntado,
tu espanto se ha reunido con mi espanto,
y juntos hemos llorado...
¡Me amabas tanto! 20
Tu mano con mi mano se ha estrechado,
tu canto se ha mezclado con mi canto...
¡Qué alegre que de mí te has separado
sin amor santo!
Los sonidos de tu boca
son dulcísimos, mi amor;
ellos eran armonías
cuando expresaban pasión.
Los sonidos de tu boca
amargos, mi vida, son;
me parecen hiel y acíbar
hoy que no tienes amor.
En dos sílabas, mi alma,
corristes el diapasón:
¡qué dulce que fue tu sí!
¡qué amargo que fue tu no!
V
Pasada la tormenta
sonríes a la fortuna:
tu amor no es sol, es luna 15
que brilla y no calienta.
VI
Tu rostro con mi rostro se ha juntado,
tu espanto se ha reunido con mi espanto,
y juntos hemos llorado...
¡Me amabas tanto! 20
Tu mano con mi mano se ha estrechado,
tu canto se ha mezclado con mi canto...
¡Qué alegre que de mí te has separado
sin amor santo!
martes, 6 de diciembre de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía. (Traducciones e imitaciones del poetaalemán Enrique Heine, 1)
Traducciones e imitaciones del poeta alemán Enrique Heine
I
Corriendo entre la bruma
sin brújula ni guía
perdido el buque va...
¿Dónde irá?
Entre la espesa espuma
que alza la mar bravía
un alma triste está...
¿Qué tendrá?
Oyérase un crujido...
La nave en una roca
de hielo se estrelló
y se perdió.
Escúchase un gemido...
Un alma vaga loca...
¡Alma que amó
y en roca dio!
II
En una jaula de oro
cantaba un pájaro;
un niño que le escucha
le echa la mano,
y con cariño
lo acaricia... y lo mata.
Tal me has herido.
III
Tus cabellos deseé
y me diste algunos de ellos,
luego un beso te pedí
y tú me distes un beso.
Que si me amabas te dije
y lo juraste al momento,
y luego añadiste: -Pide,
pide para concedértelo.
Yo te pedí el corazón
y no accedistes a ello,
que eso tú no lo has tenido
ni nunca podrás tenerlo.
I
Corriendo entre la bruma
sin brújula ni guía
perdido el buque va...
¿Dónde irá?
Entre la espesa espuma
que alza la mar bravía
un alma triste está...
¿Qué tendrá?
Oyérase un crujido...
La nave en una roca
de hielo se estrelló
y se perdió.
Escúchase un gemido...
Un alma vaga loca...
¡Alma que amó
y en roca dio!
II
En una jaula de oro
cantaba un pájaro;
un niño que le escucha
le echa la mano,
y con cariño
lo acaricia... y lo mata.
Tal me has herido.
III
Tus cabellos deseé
y me diste algunos de ellos,
luego un beso te pedí
y tú me distes un beso.
Que si me amabas te dije
y lo juraste al momento,
y luego añadiste: -Pide,
pide para concedértelo.
Yo te pedí el corazón
y no accedistes a ello,
que eso tú no lo has tenido
ni nunca podrás tenerlo.
martes, 29 de noviembre de 2011
Noticia de Augusto ferrán. Su poesía. (La pereza, 7 y fin)
CXXVI
«Se ha muerto... Dios le perdone...»
dicen todos; y yo añado
bajito: «¡Dios y los hombres!»
CXXVII
PRIMER CANTADOR
Le tengo miedo al querer,
porque he visto mucha gente
que se ha perdido por él.
SEGUNDO CANTADOR
Quita el querer, y verás
cómo solamente encuentras
odio en todo lo demás.
CXXVIII
Alta es del ciprés la copa,
pero también sus raíces,
aunque no se ven, son hondas.
CXXIX
Al ver en la lumbre
las cepas, me digo:
¿si de estas cepas que dan tan buen fuego
habré yo bebido?
CXXX
Un sabio dijo hace tiempo:
«El que se muere no da
lo suyo, sino lo ajeno.»
CXXXI
PRIMER CANTADOR
Son ¡ay! mis recuerdos sombra
de la luz de mi esperanza:
la sombra no muere nunca,
y la luz pronto se apaga.
SEGUNDO CANTADOR
Luz y sombra, todo es uno
si con el alma se miran,
y no son más los recuerdos
que esperanzas ya perdidas.
CXXXII
¡Ha de apagarse este fuego
que me alienta y me da vida,
y recuerdos y esperanzas,
y pesares y alegrías!
¡Y de un fuego tan ardiente
sólo quedarán cenizas,
sin un resplandor siquiera,
que dure tan sólo un día!...
¡Ay! ¡es muy triste, muy triste,
cuando una luz agoniza,
no saber dónde se pierde
su brilladora alegría!
CXXXIII
Oigo a veces entre sueños
que alguien me dice: «¡tú mueres
para que yo viva eterna!»
CXXXIV
Le dijo bajo al oído,
mientras sacaba el puñal:
«¡ya que me dejaste solo,
quiero que sea verdad!»
CXXXV
Yo tenía amigos:
todos se murieron...
¡ay! ¡cuánta falta me hacen ahora
que me estoy muriendo!
CXXXVI
¿La tierra?... No olvides
que tú de ella naces,
y de ella vives, y vuelves a ella
cuando muerto caes.
No mires al cielo
siempre en tus afanes;
¡mira a la tierra, que enseñarte puede
lo que aún no sabes!
CXXXVII
Quiero seguir los consejos
que me dais, gentes honradas,
y a este corazón rebelde
cortarle a tiempo las alas.
Vuestro soy hasta que muera...
pero, como última gracia,
dejadme otra vez querer,
otra vez no más, y basta.
CXXXVIII
Eso que estás esperando
día y noche, y nunca viene;
eso que siempre te falta
mientras vives, es la muerte.
CXXXIX
A medida que me acerco
a la muerte silenciosa,
duermo más, pero no sueño.
CXL
El amor que el egoísta
tiene a su propia persona,
es como el humo del fuego,
que no calienta y ahoga.
CXLI
De caminar ya rendido
me senté, al caer la tarde,
a la orilla del camino.
Era un camino penoso,
tanto, que yo no podía
seguir caminando solo.
Allí, triste y en silencio,
vi llegar la oscura noche
que despierta los recuerdos.
Larga noche, en que mi alma,
mientras el cuerpo dormía,
con sus recuerdos velaba...
Pasó la noche, y pasaron
otros días y otras noches,
porque el camino era largo.
Y caminé hasta que un día
durmiose el cuerpo... ¡y aún duerme
mientras el alma vigila!
«Se ha muerto... Dios le perdone...»
dicen todos; y yo añado
bajito: «¡Dios y los hombres!»
CXXVII
PRIMER CANTADOR
Le tengo miedo al querer,
porque he visto mucha gente
que se ha perdido por él.
SEGUNDO CANTADOR
Quita el querer, y verás
cómo solamente encuentras
odio en todo lo demás.
CXXVIII
Alta es del ciprés la copa,
pero también sus raíces,
aunque no se ven, son hondas.
CXXIX
Al ver en la lumbre
las cepas, me digo:
¿si de estas cepas que dan tan buen fuego
habré yo bebido?
CXXX
Un sabio dijo hace tiempo:
«El que se muere no da
lo suyo, sino lo ajeno.»
CXXXI
PRIMER CANTADOR
Son ¡ay! mis recuerdos sombra
de la luz de mi esperanza:
la sombra no muere nunca,
y la luz pronto se apaga.
SEGUNDO CANTADOR
Luz y sombra, todo es uno
si con el alma se miran,
y no son más los recuerdos
que esperanzas ya perdidas.
CXXXII
¡Ha de apagarse este fuego
que me alienta y me da vida,
y recuerdos y esperanzas,
y pesares y alegrías!
¡Y de un fuego tan ardiente
sólo quedarán cenizas,
sin un resplandor siquiera,
que dure tan sólo un día!...
¡Ay! ¡es muy triste, muy triste,
cuando una luz agoniza,
no saber dónde se pierde
su brilladora alegría!
CXXXIII
Oigo a veces entre sueños
que alguien me dice: «¡tú mueres
para que yo viva eterna!»
CXXXIV
Le dijo bajo al oído,
mientras sacaba el puñal:
«¡ya que me dejaste solo,
quiero que sea verdad!»
CXXXV
Yo tenía amigos:
todos se murieron...
¡ay! ¡cuánta falta me hacen ahora
que me estoy muriendo!
CXXXVI
¿La tierra?... No olvides
que tú de ella naces,
y de ella vives, y vuelves a ella
cuando muerto caes.
No mires al cielo
siempre en tus afanes;
¡mira a la tierra, que enseñarte puede
lo que aún no sabes!
CXXXVII
Quiero seguir los consejos
que me dais, gentes honradas,
y a este corazón rebelde
cortarle a tiempo las alas.
Vuestro soy hasta que muera...
pero, como última gracia,
dejadme otra vez querer,
otra vez no más, y basta.
CXXXVIII
Eso que estás esperando
día y noche, y nunca viene;
eso que siempre te falta
mientras vives, es la muerte.
CXXXIX
A medida que me acerco
a la muerte silenciosa,
duermo más, pero no sueño.
CXL
El amor que el egoísta
tiene a su propia persona,
es como el humo del fuego,
que no calienta y ahoga.
CXLI
De caminar ya rendido
me senté, al caer la tarde,
a la orilla del camino.
Era un camino penoso,
tanto, que yo no podía
seguir caminando solo.
Allí, triste y en silencio,
vi llegar la oscura noche
que despierta los recuerdos.
Larga noche, en que mi alma,
mientras el cuerpo dormía,
con sus recuerdos velaba...
Pasó la noche, y pasaron
otros días y otras noches,
porque el camino era largo.
Y caminé hasta que un día
durmiose el cuerpo... ¡y aún duerme
mientras el alma vigila!
martes, 22 de noviembre de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su Poesía (La pereza, 7)
CI
Pienso, al caer de la tarde,
en las pobres compañeras
que otro tiempo fueron causa
de mis gustos y mis penas.
De mis gustos y mis penas,
que viven en mi memoria
como vive la semilla
en la tierra hasta que brota.
La semilla hasta que brota
sufre en silencio y trabaja,
lo mismo que los recuerdos
hasta que son esperanzas.
CII
Se alza sobre un campo verde
una amapola orgullosa:
crece el trigo, y nadie sabe
dónde estuvo la amapola.
CIII
Ponte a un lado de la gente,
que si te pones en medio
ni verás ni podrán verte.
CIV
Sí, los ojos hablan:
aún recuerdo yo
cómo, al morirte, tus ojos me dieron
el último adiós.
CV
PRIMER CANTADOR
Si por el mundo la encuentras,
dile que yo la perdono,
pero que no quiero verla.
SEGUNDO CANTADOR
Piénsalo bien, y recuerda
que el perdón es, por lo menos,
el olvido de la ofensa.
CVI
Después de haberse querido
no se volvieron a ver;
pero, al morirse, pensaron
él en ella y ella en él.
Y así hablaron en voz baja
los dos por última vez:
-Yo te quise y aún te quiero.
-Yo te quise y te querré.
CVII
Dormirás bien en la muerte,
corazón, porque en la vida
te siento despierto siempre.
CVIII
Triste es separarse,
y triste también,
cuando la ausencia es casi una vida,
el volverse a ver.
CIX
La Noche-buena del pobre:
oír la misa del gallo
que el rico mientras se come.
CX
CANTADOR
Después de la tempestad,
¡que calma tan perezosa
tienen las olas del mar!
CANTADORA
Si olvidara el corazón,
¡qué tranquilas esperanzas
soñaríamos tú y yo!
CXI
No es envidia ni rencor,
ni es odio lo que yo siento
al ver que nací luchando,
y que luchando me muero.
Es un sentimiento oculto,
mucho más hondo que aquellos;
es un conjunto de lástima
y de amor que yo me tengo.
CXII
Loco le llaman las gentes,
loco, porque a voces dice:
«Soy esclavo de mí mismo.
¡Gracias a Dios que soy libre!»
CXIII
Bastante castigo tiene
el que se quiere a sí propio,
con no saber lo que vale
el querer bien a los otros.
CXIV
Como la quería tanto,
se dejó el hierro en la herida
para morir más despacio.
CV
Si te persigue la suerte,
amigo, sufre en silencio;
y si la suerte no ceja,
resígnate... y serás bueno.
Te aconseja uno que vive
resignado hace ya tiempo...
¡es verdad que se resigna
porque no hay otro remedio!
CXVI
No te enorgullezcas tanto,
dice la hoja a la flor,
que de la misma semilla
hemos nacido las dos.
CXVII
Ya voy creyendo de veras,
conforme pasan los días,
que la muerte es por lo menos
el descanso de la vida.
CXVIII
Dijo la sombra a la luz:
de negra pena me muero
cuando no me miras tú.
CXIX
Érase un rey y una reina,
y érase un paje muy bello;
tuvo amor la reina al paje,
y el rey se murió de celos.
El cuento es viejo y sabido...
¡y en verdad que es mucho cuento,
que nunca han de amar las reinas
al rey, sino al paje bello!
CXX
¿Sabes dónde va a parar
la moda nueva de ayer
de subir tanto la saya
y bajar tanto el corsé?...
Eres muy niña y ya sabes
todo lo que hay que saber,
todo, menos una cosa:
guardar para la vejez.
CXXI
La mentira corre tanto
por alcanzar la verdad,
que en el impulso que lleva
siempre se la deja atrás.
CXXII
Es triste, pero es seguro
que de los pesares viejos,
ni uno siquiera se marcha
mientras no llega otro nuevo.
CXXIII
¿Alegrías?... No las quiero
de esas que a todos alegran:
yo quiero las alegrías
que antes y después dan penas.
CXXIV
CANTADORA
No puedo callar, no puedo;
mi corazón va a romperse
si no digo que te quiero.
CANTADOR
¡Por la salud de tu madre!...
eso se dice bajito,
para que no lo oiga nadie.
CXXV
Aquel y el otro y el otro,
míralos bien, son avaros,
egoístas o ambiciosos.
Es decir, hombres que piensan
sólo con el corazón,
y sienten con la cabeza.
Pienso, al caer de la tarde,
en las pobres compañeras
que otro tiempo fueron causa
de mis gustos y mis penas.
De mis gustos y mis penas,
que viven en mi memoria
como vive la semilla
en la tierra hasta que brota.
La semilla hasta que brota
sufre en silencio y trabaja,
lo mismo que los recuerdos
hasta que son esperanzas.
CII
Se alza sobre un campo verde
una amapola orgullosa:
crece el trigo, y nadie sabe
dónde estuvo la amapola.
CIII
Ponte a un lado de la gente,
que si te pones en medio
ni verás ni podrán verte.
CIV
Sí, los ojos hablan:
aún recuerdo yo
cómo, al morirte, tus ojos me dieron
el último adiós.
CV
PRIMER CANTADOR
Si por el mundo la encuentras,
dile que yo la perdono,
pero que no quiero verla.
SEGUNDO CANTADOR
Piénsalo bien, y recuerda
que el perdón es, por lo menos,
el olvido de la ofensa.
CVI
Después de haberse querido
no se volvieron a ver;
pero, al morirse, pensaron
él en ella y ella en él.
Y así hablaron en voz baja
los dos por última vez:
-Yo te quise y aún te quiero.
-Yo te quise y te querré.
CVII
Dormirás bien en la muerte,
corazón, porque en la vida
te siento despierto siempre.
CVIII
Triste es separarse,
y triste también,
cuando la ausencia es casi una vida,
el volverse a ver.
CIX
La Noche-buena del pobre:
oír la misa del gallo
que el rico mientras se come.
CX
CANTADOR
Después de la tempestad,
¡que calma tan perezosa
tienen las olas del mar!
CANTADORA
Si olvidara el corazón,
¡qué tranquilas esperanzas
soñaríamos tú y yo!
CXI
No es envidia ni rencor,
ni es odio lo que yo siento
al ver que nací luchando,
y que luchando me muero.
Es un sentimiento oculto,
mucho más hondo que aquellos;
es un conjunto de lástima
y de amor que yo me tengo.
CXII
Loco le llaman las gentes,
loco, porque a voces dice:
«Soy esclavo de mí mismo.
¡Gracias a Dios que soy libre!»
CXIII
Bastante castigo tiene
el que se quiere a sí propio,
con no saber lo que vale
el querer bien a los otros.
CXIV
Como la quería tanto,
se dejó el hierro en la herida
para morir más despacio.
CV
Si te persigue la suerte,
amigo, sufre en silencio;
y si la suerte no ceja,
resígnate... y serás bueno.
Te aconseja uno que vive
resignado hace ya tiempo...
¡es verdad que se resigna
porque no hay otro remedio!
CXVI
No te enorgullezcas tanto,
dice la hoja a la flor,
que de la misma semilla
hemos nacido las dos.
CXVII
Ya voy creyendo de veras,
conforme pasan los días,
que la muerte es por lo menos
el descanso de la vida.
CXVIII
Dijo la sombra a la luz:
de negra pena me muero
cuando no me miras tú.
CXIX
Érase un rey y una reina,
y érase un paje muy bello;
tuvo amor la reina al paje,
y el rey se murió de celos.
El cuento es viejo y sabido...
¡y en verdad que es mucho cuento,
que nunca han de amar las reinas
al rey, sino al paje bello!
CXX
¿Sabes dónde va a parar
la moda nueva de ayer
de subir tanto la saya
y bajar tanto el corsé?...
Eres muy niña y ya sabes
todo lo que hay que saber,
todo, menos una cosa:
guardar para la vejez.
CXXI
La mentira corre tanto
por alcanzar la verdad,
que en el impulso que lleva
siempre se la deja atrás.
CXXII
Es triste, pero es seguro
que de los pesares viejos,
ni uno siquiera se marcha
mientras no llega otro nuevo.
CXXIII
¿Alegrías?... No las quiero
de esas que a todos alegran:
yo quiero las alegrías
que antes y después dan penas.
CXXIV
CANTADORA
No puedo callar, no puedo;
mi corazón va a romperse
si no digo que te quiero.
CANTADOR
¡Por la salud de tu madre!...
eso se dice bajito,
para que no lo oiga nadie.
CXXV
Aquel y el otro y el otro,
míralos bien, son avaros,
egoístas o ambiciosos.
Es decir, hombres que piensan
sólo con el corazón,
y sienten con la cabeza.
martes, 15 de noviembre de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía. (La pereza, 6)
LXXVI
Las florecillas alegres,
¿por qué dices que no viven
cuando ves cómo se mueren?
LXXVII
No tengo nada completo:
tanto le sobra a mi alma
como le falta a mi cuerpo.
LXXVIII
Adiós, marineros,
buen viaje llevad;
aquí me quedo solita y con penas
grandes como el mar.
LXXIX
Unas sé de donde vienen,
pero otras no sé de dónde;
y éstas son de mis fatigas
las que voy sintiendo doble.
Es en verdad doloroso
verse, golpe sobre golpe,
herido por una mano
que entre las sombras se esconde.
LXXX
Mi madre, mi pobre madre,
me dijo más de una vez:
«No basta que no hagas mal;
es preciso que hagas bien.»
LXXXI
Más que de mis alegrías
soy avaro de mis penas,
porque éstas a todas horas
me hacen recordar aquéllas.
LXXXII
¡Silencio!... que duerme
mi madre la siesta:
la pobrecita no duerme de noche
para que yo duerma.
LXXXIII
El agua menuda
es la que hace barro,
que el agua recia no deja señales
por donde ha pasado.
Las penas pequeñas
son las que hacen daño;
porque las grandes, o matan al pronto,
o pasan de largo.
LXXXIV
Aún estoy en el principio
cuando ya pienso en el fin;
por eso te digo a veces
que es un tormento el vivir.
Es un tormento el vivir,
cuando el pobre cuerpo está,
al principio de la lucha,
rendido ya de luchar.
LXXXV
Entre tanta y tanta estrella
una solamente es mía,
una no más... ¡y no es buena!
LXXXVI
Mientras dura este vivir,
¿por qué tener más deseos
que los que se han de cumplir?
Pienso en esto sin cesar
al ver que siempre deseo
lo que nunca he de alcanzar.
LXXXVII
Por tan poco tiempo
yo no sé qué hacer,
si deje a un lado la puerta del mundo,
o llame otra vez.
LXXXVIII
No te doy mi vida
porque es poca cosa;
bastante tienes, si la llevas buena,
con la tuya propia.
LXXXIX
Estoy tan cansado
que no puedo más;
hasta el quererte, lo digo de veras,
pereza me da.
XC
Gracias a Dios que te veo
sonreír, libre de penas,
y, el corazón en la mano,
ofrecerlo a quien lo quiera.
Déjame decir al mundo
que aún hay ventura en la tierra:
ya que no tengo alegrías,
quiero cantar las ajenas.
XCI
Si no fue verdad, sería
un deseo tan ardiente,
que los besos y el abrazo
te los di, aunque tú lo niegues.
XCII
Yo me he gastado contigo,
para ver si me querías,
hasta lo que no he tenido.
XCIII
Vete por el río abajo,
y a la orillita del mar
me encontrarás esperando.
XCIV
Si corres tanto al principio,
llegarás antes de tiempo
al final de tu camino.
Ve despacio, muy despacio,
que el principio es lo mejor
y también lo menos largo.
XCV
¡Pensar y nunca sentir!...
eso en la vida es lo mismo
que principiar por el fin.
XCVI
De tu huertecillo hermoso,
las flores que más me gustan
son las que cogieron otros.
XCVII
¡Cómo he de sufrirte,
mujer, de continuo,
si muchas veces no puedo, aunque quiera,
sufrirme a mí mismo!
XCVIII
Cielo, estrellas, luna y sol,
yo os contaría mis penas
si tuvierais corazón.
XCIX
Mientras su cuerpo dormía,
su alma soñaba que el cuerpo
nunca más despertaría.
Hasta que llegó la muerte,
y el alma siguió soñando
y el cuerpo durmiendo siempre.
C
¡Oh! Para herirme de muerte,
es tan cruël como injusto
herirme en los corazones
donde yo puse mis gustos!
Las florecillas alegres,
¿por qué dices que no viven
cuando ves cómo se mueren?
LXXVII
No tengo nada completo:
tanto le sobra a mi alma
como le falta a mi cuerpo.
LXXVIII
Adiós, marineros,
buen viaje llevad;
aquí me quedo solita y con penas
grandes como el mar.
LXXIX
Unas sé de donde vienen,
pero otras no sé de dónde;
y éstas son de mis fatigas
las que voy sintiendo doble.
Es en verdad doloroso
verse, golpe sobre golpe,
herido por una mano
que entre las sombras se esconde.
LXXX
Mi madre, mi pobre madre,
me dijo más de una vez:
«No basta que no hagas mal;
es preciso que hagas bien.»
LXXXI
Más que de mis alegrías
soy avaro de mis penas,
porque éstas a todas horas
me hacen recordar aquéllas.
LXXXII
¡Silencio!... que duerme
mi madre la siesta:
la pobrecita no duerme de noche
para que yo duerma.
LXXXIII
El agua menuda
es la que hace barro,
que el agua recia no deja señales
por donde ha pasado.
Las penas pequeñas
son las que hacen daño;
porque las grandes, o matan al pronto,
o pasan de largo.
LXXXIV
Aún estoy en el principio
cuando ya pienso en el fin;
por eso te digo a veces
que es un tormento el vivir.
Es un tormento el vivir,
cuando el pobre cuerpo está,
al principio de la lucha,
rendido ya de luchar.
LXXXV
Entre tanta y tanta estrella
una solamente es mía,
una no más... ¡y no es buena!
LXXXVI
Mientras dura este vivir,
¿por qué tener más deseos
que los que se han de cumplir?
Pienso en esto sin cesar
al ver que siempre deseo
lo que nunca he de alcanzar.
LXXXVII
Por tan poco tiempo
yo no sé qué hacer,
si deje a un lado la puerta del mundo,
o llame otra vez.
LXXXVIII
No te doy mi vida
porque es poca cosa;
bastante tienes, si la llevas buena,
con la tuya propia.
LXXXIX
Estoy tan cansado
que no puedo más;
hasta el quererte, lo digo de veras,
pereza me da.
XC
Gracias a Dios que te veo
sonreír, libre de penas,
y, el corazón en la mano,
ofrecerlo a quien lo quiera.
Déjame decir al mundo
que aún hay ventura en la tierra:
ya que no tengo alegrías,
quiero cantar las ajenas.
XCI
Si no fue verdad, sería
un deseo tan ardiente,
que los besos y el abrazo
te los di, aunque tú lo niegues.
XCII
Yo me he gastado contigo,
para ver si me querías,
hasta lo que no he tenido.
XCIII
Vete por el río abajo,
y a la orillita del mar
me encontrarás esperando.
XCIV
Si corres tanto al principio,
llegarás antes de tiempo
al final de tu camino.
Ve despacio, muy despacio,
que el principio es lo mejor
y también lo menos largo.
XCV
¡Pensar y nunca sentir!...
eso en la vida es lo mismo
que principiar por el fin.
XCVI
De tu huertecillo hermoso,
las flores que más me gustan
son las que cogieron otros.
XCVII
¡Cómo he de sufrirte,
mujer, de continuo,
si muchas veces no puedo, aunque quiera,
sufrirme a mí mismo!
XCVIII
Cielo, estrellas, luna y sol,
yo os contaría mis penas
si tuvierais corazón.
XCIX
Mientras su cuerpo dormía,
su alma soñaba que el cuerpo
nunca más despertaría.
Hasta que llegó la muerte,
y el alma siguió soñando
y el cuerpo durmiendo siempre.
C
¡Oh! Para herirme de muerte,
es tan cruël como injusto
herirme en los corazones
donde yo puse mis gustos!
martes, 27 de septiembre de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (La pereza, 5)
La pereza (1870)
LXI
He averiguado, aunque tarde,
que yo mismo voy echando
leña al fuego de mis males.
LXII
Hasta mis ojos se acuerdan;
por eso, aunque estén cerrados,
te ven, causa de mis penas.
LXIII
Que me hayas querido
me causa tristeza;
pero me causa más grandes fatigas
que ya no me quieras.
LXIV
Cerca ya la muerte, quiero
figurarme que vendrás
sobre mi tumba olvidada
un día y otro a llorar.
Harto sé, pues te conozco,
que no has de venir jamás...
pero al morirme, yo quiero
figurarme que vendrás.
LXV
En la claridad vivía
en medio de tu querer;
a otro pusiste delante,
y en la sombra me quedé.
LXVI
«Siempre más, nunca bastante;
hay placer mientras hay vida.»
Esto pensaba yo antes.
«Nunca más, siempre ya menos;
ni hay vida ya ni placer.»
Esto pensaba yo luego.
LXVII
La flor que me diste en tiempo
de amorosa intimidad,
la arrojo al mar, y se pierde
entre las olas del mar.
Y este rizo que tu mano
cortó con amante afán,
lo arrojo al fuego, y el fuego
cenizas lo vuelve ya.
Y tus continuas promesas
de eterna fidelidad,
las doy al viento que pasa
y se las lleva fugaz.
Pero el recuerdo angustioso
¡ay! de tu engaño, por más
que se lo entrego a la tierra,
ella otra vez me lo da...
Viento y fuego y mar se duelen
compasivos de mi mal,
y solamente la tierra
de mí no tiene piedad.
LXVIII
El querer que yo te tuve
lo guardo en mi corazón,
porque entre cenizas siempre
se guarda el fuego mejor.
LXIX
Si era cariño o costumbre,
no lo sé; pero recuerdo
que por las mañanas siempre
decía: «hoy no te quiero.»
LXX
Por mí nunca temo
la muerte que llega:
yo marcho a gusto; pero ¡ay pobrecitos
de los que se quedan!
LXXI
Vendrás con las manos juntas,
mujer, pidiendo perdón,
y al mirarte tan humilde
te daré la absolución.
Y tú con la absolución
me engañarás otra vez;
y yo, olvidando tu engaño,
te perdonaré también.
Te perdonaré otra vez...
por supuesto, que al final
el perdón se irá acabando,
pero el engaño jamás.
LXXII
Yo no sé qué hacerme
con mi corazón,
cuando lo guardo se pierde lo mismo
que cuando lo doy.
LXXIII
No me puedo acostumbrar,
compañera de mi cuerpo,
a no quererte ya más.
LXXIV
Siempre que te veo
con tu novia hablar,
digo bajito: ¡ay! ¡yo la quería
mucho, mucho más!
LXXV
«Yo canto el cantar eterno,
el cantar del querer bien;
canto el cantar de la vida,
porque vivir es querer.»
Así en la noche que calla
para que se oigan mejor,
canta el ruiseñor sus quejas
con melancólica voz.
Su compañera le escucha,
y, en el nido, sin dormir,
los pequeñuelos aprenden
en el querer a vivir.
LXI
He averiguado, aunque tarde,
que yo mismo voy echando
leña al fuego de mis males.
LXII
Hasta mis ojos se acuerdan;
por eso, aunque estén cerrados,
te ven, causa de mis penas.
LXIII
Que me hayas querido
me causa tristeza;
pero me causa más grandes fatigas
que ya no me quieras.
LXIV
Cerca ya la muerte, quiero
figurarme que vendrás
sobre mi tumba olvidada
un día y otro a llorar.
Harto sé, pues te conozco,
que no has de venir jamás...
pero al morirme, yo quiero
figurarme que vendrás.
LXV
En la claridad vivía
en medio de tu querer;
a otro pusiste delante,
y en la sombra me quedé.
LXVI
«Siempre más, nunca bastante;
hay placer mientras hay vida.»
Esto pensaba yo antes.
«Nunca más, siempre ya menos;
ni hay vida ya ni placer.»
Esto pensaba yo luego.
LXVII
La flor que me diste en tiempo
de amorosa intimidad,
la arrojo al mar, y se pierde
entre las olas del mar.
Y este rizo que tu mano
cortó con amante afán,
lo arrojo al fuego, y el fuego
cenizas lo vuelve ya.
Y tus continuas promesas
de eterna fidelidad,
las doy al viento que pasa
y se las lleva fugaz.
Pero el recuerdo angustioso
¡ay! de tu engaño, por más
que se lo entrego a la tierra,
ella otra vez me lo da...
Viento y fuego y mar se duelen
compasivos de mi mal,
y solamente la tierra
de mí no tiene piedad.
LXVIII
El querer que yo te tuve
lo guardo en mi corazón,
porque entre cenizas siempre
se guarda el fuego mejor.
LXIX
Si era cariño o costumbre,
no lo sé; pero recuerdo
que por las mañanas siempre
decía: «hoy no te quiero.»
LXX
Por mí nunca temo
la muerte que llega:
yo marcho a gusto; pero ¡ay pobrecitos
de los que se quedan!
LXXI
Vendrás con las manos juntas,
mujer, pidiendo perdón,
y al mirarte tan humilde
te daré la absolución.
Y tú con la absolución
me engañarás otra vez;
y yo, olvidando tu engaño,
te perdonaré también.
Te perdonaré otra vez...
por supuesto, que al final
el perdón se irá acabando,
pero el engaño jamás.
LXXII
Yo no sé qué hacerme
con mi corazón,
cuando lo guardo se pierde lo mismo
que cuando lo doy.
LXXIII
No me puedo acostumbrar,
compañera de mi cuerpo,
a no quererte ya más.
LXXIV
Siempre que te veo
con tu novia hablar,
digo bajito: ¡ay! ¡yo la quería
mucho, mucho más!
LXXV
«Yo canto el cantar eterno,
el cantar del querer bien;
canto el cantar de la vida,
porque vivir es querer.»
Así en la noche que calla
para que se oigan mejor,
canta el ruiseñor sus quejas
con melancólica voz.
Su compañera le escucha,
y, en el nido, sin dormir,
los pequeñuelos aprenden
en el querer a vivir.
martes, 20 de septiembre de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (La pereza, 4)
La pereza (1870)
XLVI
Ojos negros, labios rojos,
dientes blancos... no me basta,
morena, con eso sólo.
XLVII
Ponte donde no te vea,
que, sin tenerlas al lado,
quiero pensar en mis penas.
XLVIII
Vas tan enferma y caída,
que todos al verte dicen
por lo bajo: ¡Pobrecilla!
XLIX
Por la calle arriba,
por la calle abajo,
¡cómo enseñabas anoche ese cuerpo
que yo guardé tanto!
L
¡Qué alegre está el campo,
el cielo qué alegre!
aunque haya penas, ¡qué alegres están
los que bien se quieren!
LI
Ya se va acercando
la muerte, la muerte...
de veras digo que sólo me pesa
dejar de quererte.
LII
Este profundo pesar,
sola tú que me lo diste
me lo podrías quitar.
Ya ves si te quiero bien:
hasta para lo imposible
te creo yo con poder.
LIII
Vengan a mí las fatigas:
más descansado en la muerte
cuanto más cansado en vida.
LIV
No te comprendo, chiquita;
sólo te acuerdas de Dios,
cuando de Dios necesitas.
LV
Las golondrinas ya vuelven,
y se irán y volverán...
¡Y tú la misma de siempre!
LVI
¡Qué quieres que yo te diga,
si al pensar en que eres de otro
recuerdo que has sido mía!
LVII
Basta de llorar, mujer;
que lo hecho, ni Dios mismo
lo puede ya deshacer.
LVIII
Es lástima grande
que seas de otro;
¡qué acompañados los dos estaríamos
ahora que estoy solo!
LIX
Tengo arrugas en la frente
de tanto pensar en ti,
porque hasta mi pensamiento
se vuelve ya contra mí.
LX
Quisiera a veces fingir,
porque se vence fingiendo;
y también quisiera a veces
no sentir como yo siento.
Y hasta quisiera tener
odio, y no amor en el pecho,
al ver que en odio egoísta
se paga el amor sincero...
Pero no temas, son humo
estos malos pensamientos;
y por más que a veces quiera
ser otro que soy, no puedo.
XLVI
Ojos negros, labios rojos,
dientes blancos... no me basta,
morena, con eso sólo.
XLVII
Ponte donde no te vea,
que, sin tenerlas al lado,
quiero pensar en mis penas.
XLVIII
Vas tan enferma y caída,
que todos al verte dicen
por lo bajo: ¡Pobrecilla!
XLIX
Por la calle arriba,
por la calle abajo,
¡cómo enseñabas anoche ese cuerpo
que yo guardé tanto!
L
¡Qué alegre está el campo,
el cielo qué alegre!
aunque haya penas, ¡qué alegres están
los que bien se quieren!
LI
Ya se va acercando
la muerte, la muerte...
de veras digo que sólo me pesa
dejar de quererte.
LII
Este profundo pesar,
sola tú que me lo diste
me lo podrías quitar.
Ya ves si te quiero bien:
hasta para lo imposible
te creo yo con poder.
LIII
Vengan a mí las fatigas:
más descansado en la muerte
cuanto más cansado en vida.
LIV
No te comprendo, chiquita;
sólo te acuerdas de Dios,
cuando de Dios necesitas.
LV
Las golondrinas ya vuelven,
y se irán y volverán...
¡Y tú la misma de siempre!
LVI
¡Qué quieres que yo te diga,
si al pensar en que eres de otro
recuerdo que has sido mía!
LVII
Basta de llorar, mujer;
que lo hecho, ni Dios mismo
lo puede ya deshacer.
LVIII
Es lástima grande
que seas de otro;
¡qué acompañados los dos estaríamos
ahora que estoy solo!
LIX
Tengo arrugas en la frente
de tanto pensar en ti,
porque hasta mi pensamiento
se vuelve ya contra mí.
LX
Quisiera a veces fingir,
porque se vence fingiendo;
y también quisiera a veces
no sentir como yo siento.
Y hasta quisiera tener
odio, y no amor en el pecho,
al ver que en odio egoísta
se paga el amor sincero...
Pero no temas, son humo
estos malos pensamientos;
y por más que a veces quiera
ser otro que soy, no puedo.
sábado, 17 de septiembre de 2011
Madrid Cómico: 16 de julio de 1898 (2, y fin)


¿Cuál es más chistoso de los dos, el poema o la viñeta? La mucha cuerda que las gentes del Madrid Cómico dieron durante 1898 a Vicente Medina y sus Aires Murcianos hoy nos puede parecer difícil de creer. Pero en fin, así fue. Esta poesía iba muy con los tiempos. Un ejemplo sobresaliente de este cariz lo encontramos en Augusto Ferrán.
martes, 13 de septiembre de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (La pereza, 3)
La pereza (1870)
XXXI
No me beses en la frente,
porque así no podré nunca
besarte cuando me beses.
XXXII
Los cantares que yo escribo
bien sabes tú, compañera,
que antes los hago contigo.
XXXIII
Sueño que de veras
los dos nos queremos:
sueño que nunca nos hemos querido;
¡este sí que es sueño!
XXXIV
El dulce sonido
de tu voz alegre,
cuando te callas, se aleja despacio
hasta que se pierde.
Si de tu guitarra
una cuerda hieres,
como una queja resuena en el aire
que lenta se pierde.
Pues donde esa queja
y tu voz se mueren,
allí he soñado que nuestros amores
irán a perderse.
XXXV
Muerto ya, en el otro mundo
yo te seguiré queriendo,
con tal que se le parezca
un poco tu alma a tu cuerpo.
XXXVI
Yo no puedo acostumbrarme
a ver mentir unos labios
hechos para las verdades.
XXXVII
Tengo que hacer en el mundo
una cosa sin ejemplo;
te tengo que dar mi alma
para completar tu cuerpo.
XXXVIII
Eres de tierra y no más;
pero mujer de una tierra
donde es inútil sembrar.
XXXIX
Basta ya, basta de juegos;
pues si es verdad que me matas,
lo es también que no me muero.
XL
¡Qué frío va a parecerme,
acostumbrado a tus besos,
¡ay, el beso de la muerte!
XLI
Mientras anoche me hablaste
de nuestro antiguo querer,
estuve tan distraído,
que lo que hablaste no sé.
En verdad que no lo sé,
aunque me atrevo a decir
que lo que hablaste es mentira
desde el principio hasta el fin.
XLII
Por tan poco, dices,
no debo asustarme;
¡Ay! compañera, las cosas pequeñas
componen las grandes.
XLIII
Así me gusta, Mercedes;
que cuando puedes no quieras,
y quieras cuando no puedes.
XLIV
Tanto me lloraste anoche,
que no sé lo que me pasa;
creo que se me han subido
a la cabeza tus lágrimas.
XLV
Toda la noche he soñado
que volvías a quererme,
y he pasado todo el día
viendo que los sueños mienten.
Y así dormido o despierto
lo mismo he visto cien veces,
hasta que al fin he soñado
la verdad: que no me quieres.
XXXI
No me beses en la frente,
porque así no podré nunca
besarte cuando me beses.
XXXII
Los cantares que yo escribo
bien sabes tú, compañera,
que antes los hago contigo.
XXXIII
Sueño que de veras
los dos nos queremos:
sueño que nunca nos hemos querido;
¡este sí que es sueño!
XXXIV
El dulce sonido
de tu voz alegre,
cuando te callas, se aleja despacio
hasta que se pierde.
Si de tu guitarra
una cuerda hieres,
como una queja resuena en el aire
que lenta se pierde.
Pues donde esa queja
y tu voz se mueren,
allí he soñado que nuestros amores
irán a perderse.
XXXV
Muerto ya, en el otro mundo
yo te seguiré queriendo,
con tal que se le parezca
un poco tu alma a tu cuerpo.
XXXVI
Yo no puedo acostumbrarme
a ver mentir unos labios
hechos para las verdades.
XXXVII
Tengo que hacer en el mundo
una cosa sin ejemplo;
te tengo que dar mi alma
para completar tu cuerpo.
XXXVIII
Eres de tierra y no más;
pero mujer de una tierra
donde es inútil sembrar.
XXXIX
Basta ya, basta de juegos;
pues si es verdad que me matas,
lo es también que no me muero.
XL
¡Qué frío va a parecerme,
acostumbrado a tus besos,
¡ay, el beso de la muerte!
XLI
Mientras anoche me hablaste
de nuestro antiguo querer,
estuve tan distraído,
que lo que hablaste no sé.
En verdad que no lo sé,
aunque me atrevo a decir
que lo que hablaste es mentira
desde el principio hasta el fin.
XLII
Por tan poco, dices,
no debo asustarme;
¡Ay! compañera, las cosas pequeñas
componen las grandes.
XLIII
Así me gusta, Mercedes;
que cuando puedes no quieras,
y quieras cuando no puedes.
XLIV
Tanto me lloraste anoche,
que no sé lo que me pasa;
creo que se me han subido
a la cabeza tus lágrimas.
XLV
Toda la noche he soñado
que volvías a quererme,
y he pasado todo el día
viendo que los sueños mienten.
Y así dormido o despierto
lo mismo he visto cien veces,
hasta que al fin he soñado
la verdad: que no me quieres.
martes, 6 de septiembre de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (La pereza, 2)
La pereza (1870)
XVI
Si abres la ventana un poco,
entrará un rayo de luz
a ver lo que hacemos solos.
¡Cierra, por Dios, la ventana,
que en la oscuridad las horas
nos parecerán más largas!
XVII
¡Cuándo me veré, chiquita,
sin quehacer, para quererte
todas las horas del día!
XVIII
Vuelve esos ojitos
al cielo, morena;
quiero que el cielo, curioso de verlos,
a gusto los vea.
XIX
¡Con cuánto descaro
la luna nos mira;
por una nube daría ahora mismo
diez años de vida!
XX
Anoche soñando
decías bajito:
¡Cuánto me pesa tener que dejarte
al fin del camino!
XXI
¡Ay! Si se murieran todos...
¡qué a gusto nos quedaríamos
en el mundo tú y yo solos!
No sé si es amor o es odio;
¡pero no más por un día!
¡ay, si se murieran todos!
XXII
¡Contar los latidos
de mi corazón!
cuentas son esas que van a ponernos
tristes a los dos.
XXIII
Otro cantar, que yo quiero
ver cómo entornas los ojos
cuando te falta el aliento.
XXIV
Me llama holgazán tu madre;
¡como si el querer no fuera
una ocupación muy grande!
XXV
Si me robaste el sentido,
no hay razón para que vayas
diciendo que lo he perdido.
XXVI
Los cinco sentidos tengo
en ti puestos a la vez:
¡ay! ¡quién tuviera otros cinco
para ponerlos también!
XXVII
Es el mar tres veces
mayor que la tierra:
anda mareada, desde que lo sabe,
mi pobre morena.
XXVIII
Por más que lo veo,
yo no me acostumbro
a ver tan cerca, cada vez más cerca,
la pena del gusto.
XXIX
Yo no quiero que madrugues,
sino que al rayar el alba
abras tus ojos azules.
XXX
Con los ojos entornados
y los labios entreabiertos,
la vida me vas quitando.
Con los labios entreabiertos
y los ojos entornados,
la vida me vas volviendo.
XVI
Si abres la ventana un poco,
entrará un rayo de luz
a ver lo que hacemos solos.
¡Cierra, por Dios, la ventana,
que en la oscuridad las horas
nos parecerán más largas!
XVII
¡Cuándo me veré, chiquita,
sin quehacer, para quererte
todas las horas del día!
XVIII
Vuelve esos ojitos
al cielo, morena;
quiero que el cielo, curioso de verlos,
a gusto los vea.
XIX
¡Con cuánto descaro
la luna nos mira;
por una nube daría ahora mismo
diez años de vida!
XX
Anoche soñando
decías bajito:
¡Cuánto me pesa tener que dejarte
al fin del camino!
XXI
¡Ay! Si se murieran todos...
¡qué a gusto nos quedaríamos
en el mundo tú y yo solos!
No sé si es amor o es odio;
¡pero no más por un día!
¡ay, si se murieran todos!
XXII
¡Contar los latidos
de mi corazón!
cuentas son esas que van a ponernos
tristes a los dos.
XXIII
Otro cantar, que yo quiero
ver cómo entornas los ojos
cuando te falta el aliento.
XXIV
Me llama holgazán tu madre;
¡como si el querer no fuera
una ocupación muy grande!
XXV
Si me robaste el sentido,
no hay razón para que vayas
diciendo que lo he perdido.
XXVI
Los cinco sentidos tengo
en ti puestos a la vez:
¡ay! ¡quién tuviera otros cinco
para ponerlos también!
XXVII
Es el mar tres veces
mayor que la tierra:
anda mareada, desde que lo sabe,
mi pobre morena.
XXVIII
Por más que lo veo,
yo no me acostumbro
a ver tan cerca, cada vez más cerca,
la pena del gusto.
XXIX
Yo no quiero que madrugues,
sino que al rayar el alba
abras tus ojos azules.
XXX
Con los ojos entornados
y los labios entreabiertos,
la vida me vas quitando.
Con los labios entreabiertos
y los ojos entornados,
la vida me vas volviendo.
martes, 30 de agosto de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (La pereza, 1)
La pereza (1870)
Hay una pereza activa
que mientras descansa piensa,
que calla porque se vence,
que duerme pero que sueña.
Es como un leve reflejo
de la majestad suprema,
que eternamente tranquila,
sobre el universo reina.
¡Oh asilo del pensamiento
errante, dulce pereza;
mil veces feliz el hombre
que de ti goza en la tierra!
I
Es tanta la confusión
que oculto dentro del pecho,
que ya no sé mis pesares
distinguir de los ajenos.
Por eso cuando te pones
a contarme tus fatigas,
digo para mis adentros:
«¿pues no son esas las mías?»
II
Voy como si fuera preso:
detrás camina mi sombra,
delante mis pensamientos.
III
Es una historia sencilla:
ella quería de veras,
y él de veras no quería.
IV
Mira si estoy ya cansado,
que por el día me acuesto
y de noche me levanto.
V
Para ver si se dormían,
encerré en mi corazón
de mis penas las mejores,
y mal la prueba salió.
Mal la prueba me salió,
porque al continuo latir
del corazón, no pudieron
mis pobres penas dormir.
VI
Desde la mañana
hasta la alta noche,
¡siempre luchando el cuerpo ya viejo
con el alma aún joven!
VII
Pesar como el mío
yo no lo conozco:
entre las gentes no digo palabra,
y hablo si estoy solo.
VIII
Ya ha venido Mayo
con lluvias y vientos;
llega tan triste, porque mis pesares
le contó el invierno.
IX
No son siempre tan humildes
las vïoletas que ocultas
entre la maleza viven.
Ellas tienen su perfume,
y desde lejos te llaman,
por más que siempre se oculten.
X
¡Jesús, qué bonita eres!
si Dios te hizo, ¿cómo pudo
dejarte después de hacerte?
XI
Vida y muerte, tierra y cielo,
triste noche, alegre sol;
cuanto en el mundo contemplas
con alegría o dolor;
Todo, si me quieres bien,
me atrevo a dártelo yo...
pues de todo llevo un poco
dentro de mi corazón.
XII
En la casita de enfrente
y en la casita de al lado,
viven mi novia y mi madre,
mi perdición y mi amparo.
XIII
Mira que todos conocen
que no viéndonos de día,
nos hemos de ver de noche.
XIV
¡No me quieres dar un beso,
y me das el corazón
como si valiera menos!
XV
¡Qué a gusto sería
sombra de tu cuerpo!
todas las horas del día, de cerca
te iría siguiendo.
Y mientras la noche
reinara en silencio,
toda la noche tu sombra estaría,
pegada a tu cuerpo.
Y cuando la muerte
llegara a vencerlo,
sólo una sombra por siempre serían
tu sombra y tu cuerpo.
Hay una pereza activa
que mientras descansa piensa,
que calla porque se vence,
que duerme pero que sueña.
Es como un leve reflejo
de la majestad suprema,
que eternamente tranquila,
sobre el universo reina.
¡Oh asilo del pensamiento
errante, dulce pereza;
mil veces feliz el hombre
que de ti goza en la tierra!
I
Es tanta la confusión
que oculto dentro del pecho,
que ya no sé mis pesares
distinguir de los ajenos.
Por eso cuando te pones
a contarme tus fatigas,
digo para mis adentros:
«¿pues no son esas las mías?»
II
Voy como si fuera preso:
detrás camina mi sombra,
delante mis pensamientos.
III
Es una historia sencilla:
ella quería de veras,
y él de veras no quería.
IV
Mira si estoy ya cansado,
que por el día me acuesto
y de noche me levanto.
V
Para ver si se dormían,
encerré en mi corazón
de mis penas las mejores,
y mal la prueba salió.
Mal la prueba me salió,
porque al continuo latir
del corazón, no pudieron
mis pobres penas dormir.
VI
Desde la mañana
hasta la alta noche,
¡siempre luchando el cuerpo ya viejo
con el alma aún joven!
VII
Pesar como el mío
yo no lo conozco:
entre las gentes no digo palabra,
y hablo si estoy solo.
VIII
Ya ha venido Mayo
con lluvias y vientos;
llega tan triste, porque mis pesares
le contó el invierno.
IX
No son siempre tan humildes
las vïoletas que ocultas
entre la maleza viven.
Ellas tienen su perfume,
y desde lejos te llaman,
por más que siempre se oculten.
X
¡Jesús, qué bonita eres!
si Dios te hizo, ¿cómo pudo
dejarte después de hacerte?
XI
Vida y muerte, tierra y cielo,
triste noche, alegre sol;
cuanto en el mundo contemplas
con alegría o dolor;
Todo, si me quieres bien,
me atrevo a dártelo yo...
pues de todo llevo un poco
dentro de mi corazón.
XII
En la casita de enfrente
y en la casita de al lado,
viven mi novia y mi madre,
mi perdición y mi amparo.
XIII
Mira que todos conocen
que no viéndonos de día,
nos hemos de ver de noche.
XIV
¡No me quieres dar un beso,
y me das el corazón
como si valiera menos!
XV
¡Qué a gusto sería
sombra de tu cuerpo!
todas las horas del día, de cerca
te iría siguiendo.
Y mientras la noche
reinara en silencio,
toda la noche tu sombra estaría,
pegada a tu cuerpo.
Y cuando la muerte
llegara a vencerlo,
sólo una sombra por siempre serían
tu sombra y tu cuerpo.
martes, 23 de agosto de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (12, y fin de La Soledad))
La soledad (1860)
CXXI
Negro está el cielo allá arriba
negros tus ojos, muy negros,
y mi corazón, morena,
como tus ojos lo tengo.
CXXII
Fuego sale de mi pecho,
fuego brota de mis ojos,
al ver que tú eres de nieve
cuando la mano te cojo.
CXXIII
Te quería con el alma,
y por eso tengo celos
al pensar que os enterraron
juntos en el cementerio.
CXXIV
Me quieres echar del mundo,
lo cual no me importa nada,
porque me da el corazón
que este mundo no es mi casa.
CXXV
A la luz de las estrellas
yo te vi, cara de cielo;
por eso cuando te miro,
de las estrellas me acuerdo.
CXXVI
Que te compren no me extraña,
que te vendas... ¡eso sí!
y lo que menos comprendo
es que no te extrañe a ti.
CXXVII
Tenía los labios rojos,
tan rojos como la grana;
labios ¡ay! que fueron hechos
para que alguien los besara.
Yo un día quise... la niña
al pie de un ciprés descansa:
un beso eterno la muerte
puso en sus labios de grana.
CXXVIII
Por fuerza me he vuelto loco
sin saber cómo ni cuándo,
puesto que estoy tan perdido
que me busco y no me hallo.
CXXIX
Vivir, cuando justamente
naciste para morir...
¿cómo vivir, cuando llevas
la muerte dentro de ti?
CXXX
Me hieres con un puñal,
yo con mi pluma te hiero;
mi pecho queda encarnado,
y el tuyo se queda negro.
CXXXI
Si yo pudiera arrancar
una estrellita del cielo,
te la pondría en la frente
para verte desde lejos.
CXXXII
¿Quién eres? -Ya ni me acuerdo.
¿De dónde vienes? -No sé.
¿A dónde vas? -Qué sé yo.
¿Qué haces aquí? -¡Qué he de hacer!
CXXXIII
¡Ay de mí! Por más que busco
la soledad, no la encuentro;
mientras yo la voy buscando,
mi sombra me va siguiendo.
CXXXIV
Dos amantes se juraron
guardar por siempre un secreto;
y por guardarlo mejor,
dicen que ambos se murieron.
CXXXV
Lo que tuve ya se fue;
lo que tengo está perdido;
si lo que espero no llega,
¡pobre de ti, cuerpo mío!
CXXXVI
Es tanto lo que te quiero,
que hasta quiero tener penas,
si, cuando yo te las cuente,
te has de divertir con ellas.
CXXXVII
Allá arriba el sol brillante,
las estrellas allá arriba;
aquí abajo los reflejos
de lo que tan lejos brilla.
Allá lo que nunca acaba,
aquí lo que al fin termina;
¡y el hombre atado aquí abajo
mirando siempre hacia arriba!
CXXXVIII
Guárdate del agua mansa,
y guárdate de los hombres
que, sin conocerte a ti,
a todo el mundo conocen.
CXXXIX
Eres de lo ajeno avara,
y pródiga de lo tuyo,
cosas que no se comprenden
porque son cosas del mundo.
CXL
Caminando hacia la muerte
me encontré con tu querer,
y por morir más a gusto
seguí el camino con él.
CXLI
Hay víboras en la tierra,
manchas negras en el sol;
centellas hay en el cielo,
y envidia en el corazón.
CXLII
Todo hombre que viene al mundo
trae un letrero en la frente,
con letras de fuego escrito,
que dice: ¡reo de muerte!
CXLIII
Me mata poquito a poco
el querer que yo te tengo:
no te asustes, compañera,
pues por lo mismo te quiero.
CXLIV
Los que quedan en el puerto
cuando la nave se va,
dicen, al ver que se aleja:
¡quién sabe si volverá!
Y los que van en la nave
dicen, mirando hacia atrás:
¡Quién sabe, cuando volvamos,
si se habrán marchado ya!
CXXI
Negro está el cielo allá arriba
negros tus ojos, muy negros,
y mi corazón, morena,
como tus ojos lo tengo.
CXXII
Fuego sale de mi pecho,
fuego brota de mis ojos,
al ver que tú eres de nieve
cuando la mano te cojo.
CXXIII
Te quería con el alma,
y por eso tengo celos
al pensar que os enterraron
juntos en el cementerio.
CXXIV
Me quieres echar del mundo,
lo cual no me importa nada,
porque me da el corazón
que este mundo no es mi casa.
CXXV
A la luz de las estrellas
yo te vi, cara de cielo;
por eso cuando te miro,
de las estrellas me acuerdo.
CXXVI
Que te compren no me extraña,
que te vendas... ¡eso sí!
y lo que menos comprendo
es que no te extrañe a ti.
CXXVII
Tenía los labios rojos,
tan rojos como la grana;
labios ¡ay! que fueron hechos
para que alguien los besara.
Yo un día quise... la niña
al pie de un ciprés descansa:
un beso eterno la muerte
puso en sus labios de grana.
CXXVIII
Por fuerza me he vuelto loco
sin saber cómo ni cuándo,
puesto que estoy tan perdido
que me busco y no me hallo.
CXXIX
Vivir, cuando justamente
naciste para morir...
¿cómo vivir, cuando llevas
la muerte dentro de ti?
CXXX
Me hieres con un puñal,
yo con mi pluma te hiero;
mi pecho queda encarnado,
y el tuyo se queda negro.
CXXXI
Si yo pudiera arrancar
una estrellita del cielo,
te la pondría en la frente
para verte desde lejos.
CXXXII
¿Quién eres? -Ya ni me acuerdo.
¿De dónde vienes? -No sé.
¿A dónde vas? -Qué sé yo.
¿Qué haces aquí? -¡Qué he de hacer!
CXXXIII
¡Ay de mí! Por más que busco
la soledad, no la encuentro;
mientras yo la voy buscando,
mi sombra me va siguiendo.
CXXXIV
Dos amantes se juraron
guardar por siempre un secreto;
y por guardarlo mejor,
dicen que ambos se murieron.
CXXXV
Lo que tuve ya se fue;
lo que tengo está perdido;
si lo que espero no llega,
¡pobre de ti, cuerpo mío!
CXXXVI
Es tanto lo que te quiero,
que hasta quiero tener penas,
si, cuando yo te las cuente,
te has de divertir con ellas.
CXXXVII
Allá arriba el sol brillante,
las estrellas allá arriba;
aquí abajo los reflejos
de lo que tan lejos brilla.
Allá lo que nunca acaba,
aquí lo que al fin termina;
¡y el hombre atado aquí abajo
mirando siempre hacia arriba!
CXXXVIII
Guárdate del agua mansa,
y guárdate de los hombres
que, sin conocerte a ti,
a todo el mundo conocen.
CXXXIX
Eres de lo ajeno avara,
y pródiga de lo tuyo,
cosas que no se comprenden
porque son cosas del mundo.
CXL
Caminando hacia la muerte
me encontré con tu querer,
y por morir más a gusto
seguí el camino con él.
CXLI
Hay víboras en la tierra,
manchas negras en el sol;
centellas hay en el cielo,
y envidia en el corazón.
CXLII
Todo hombre que viene al mundo
trae un letrero en la frente,
con letras de fuego escrito,
que dice: ¡reo de muerte!
CXLIII
Me mata poquito a poco
el querer que yo te tengo:
no te asustes, compañera,
pues por lo mismo te quiero.
CXLIV
Los que quedan en el puerto
cuando la nave se va,
dicen, al ver que se aleja:
¡quién sabe si volverá!
Y los que van en la nave
dicen, mirando hacia atrás:
¡Quién sabe, cuando volvamos,
si se habrán marchado ya!
martes, 16 de agosto de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (11)
La soledad (1860)
CI
Tened preso el corazón
como a un pájaro en su cárcel,
porque si a escaparse llega
volará hasta que se canse.
Cuando de volar se canse,
vendrá caídas las alas...
¡Y el corazón vuela siempre
en alas de la esperanza!
CII
La campana da las doce;
las doce el eco repite;
las doce el sereno canta
y un día más se despide.
CIII
Sé que tengo que morirme,
y aún no me he puesto a pensar,
cuando la muerte me llame,
lo que habré de contestar.
CIV
Compañera, yo estoy hecho
a sufrir penas crueles,
pero no a sufrir la dicha
que apenas llega se vuelve.
CV
Cuando te mueras te haré
un cantar de muchas coplas,
para que aprendan los vivos
a respetar tu memoria.
Y si alguno no creyera
lo que en mi cantar yo ponga,
le mandaré al otro mundo
para que allí te conozca.
CVI
Te ríes cuando te digo
que eres causa de mis males:
¡Pobre mujer! ni siquiera
a tiempo reírte sabes.
CVII
Me has hecho esperar dos horas,
las más largas de mi vida;
horas en que hemos forjado,
yo esperanzas, tú mentiras.
CVIII
¡Cuántas veces me he parado
en medio de mi camino,
y he vuelto la vista atrás
porque al pasar no te he visto!
CIX
Tú misma cortaste ramas
del árbol que yo planté;
las echastes a la lumbre,
y no querían arder.
CX
Cuando vayas por el mundo
yo te daré el pasaporte,
y en las señas personales
te pondré «mujer» sin nombre.
CXI
Muerte que causan los celos
es la peor de las muertes,
porque más se ama la vida,
cuantos más celos se tienen.
CXII
Los elementos son cuatro:
agua y aire, tierra y fuego;
y en otro mundo sin nombre
hay otros cuatro elementos.
En él el agua son lágrimas,
el aire vanos deseos,
el fuego continuas luchas,
la tierra remordimientos.
CXIII
Te callas porque conoces
que yo sé toda tu historia;
¡qué cierto es aquel refrán
que dice: quien calla, otorga!
CXIV
Te he visto por la mañana,
y te he visto por la noche,
y siempre te he visto igual,
es decir, mintiendo amores.
CXV
A la ventana me asomo
por ver la gente que pasa;
y por eso digo a veces
que da al mundo mi ventana.
CXVI
Esperanza de mi vida,
¿por qué te alejas de mí
llevándote las promesas
que no llegaste a cumplir?
Cuando ves que ansioso tengo
los ojos fijos en ti,
esperanza de mi vida,
¿por qué te alejas de mí?
CXVII
Ahora que me estás queriendo,
yo no te puedo querer:
las cosas buenas no llegan
a tiempo ninguna vez.
CXVIII
La noche oscura ya llega;
todo en el sueño descansa,
y tan sólo el corazón
dentro del pecho trabaja.
CXIX
Tú me miras, yo te miro,
y así los dos nos miramos:
tú me preguntas quién soy...
yo sigo mirando... y callo.
CXX
Hay cuentos que no son cuentos
y que son una verdad;
escucha si no, morena,
el que te voy a contar.
«Se quisieron una hora:
no se olvidaron jamás...»
una hora es una vida...
es cuento, pero es verdad.
CI
Tened preso el corazón
como a un pájaro en su cárcel,
porque si a escaparse llega
volará hasta que se canse.
Cuando de volar se canse,
vendrá caídas las alas...
¡Y el corazón vuela siempre
en alas de la esperanza!
CII
La campana da las doce;
las doce el eco repite;
las doce el sereno canta
y un día más se despide.
CIII
Sé que tengo que morirme,
y aún no me he puesto a pensar,
cuando la muerte me llame,
lo que habré de contestar.
CIV
Compañera, yo estoy hecho
a sufrir penas crueles,
pero no a sufrir la dicha
que apenas llega se vuelve.
CV
Cuando te mueras te haré
un cantar de muchas coplas,
para que aprendan los vivos
a respetar tu memoria.
Y si alguno no creyera
lo que en mi cantar yo ponga,
le mandaré al otro mundo
para que allí te conozca.
CVI
Te ríes cuando te digo
que eres causa de mis males:
¡Pobre mujer! ni siquiera
a tiempo reírte sabes.
CVII
Me has hecho esperar dos horas,
las más largas de mi vida;
horas en que hemos forjado,
yo esperanzas, tú mentiras.
CVIII
¡Cuántas veces me he parado
en medio de mi camino,
y he vuelto la vista atrás
porque al pasar no te he visto!
CIX
Tú misma cortaste ramas
del árbol que yo planté;
las echastes a la lumbre,
y no querían arder.
CX
Cuando vayas por el mundo
yo te daré el pasaporte,
y en las señas personales
te pondré «mujer» sin nombre.
CXI
Muerte que causan los celos
es la peor de las muertes,
porque más se ama la vida,
cuantos más celos se tienen.
CXII
Los elementos son cuatro:
agua y aire, tierra y fuego;
y en otro mundo sin nombre
hay otros cuatro elementos.
En él el agua son lágrimas,
el aire vanos deseos,
el fuego continuas luchas,
la tierra remordimientos.
CXIII
Te callas porque conoces
que yo sé toda tu historia;
¡qué cierto es aquel refrán
que dice: quien calla, otorga!
CXIV
Te he visto por la mañana,
y te he visto por la noche,
y siempre te he visto igual,
es decir, mintiendo amores.
CXV
A la ventana me asomo
por ver la gente que pasa;
y por eso digo a veces
que da al mundo mi ventana.
CXVI
Esperanza de mi vida,
¿por qué te alejas de mí
llevándote las promesas
que no llegaste a cumplir?
Cuando ves que ansioso tengo
los ojos fijos en ti,
esperanza de mi vida,
¿por qué te alejas de mí?
CXVII
Ahora que me estás queriendo,
yo no te puedo querer:
las cosas buenas no llegan
a tiempo ninguna vez.
CXVIII
La noche oscura ya llega;
todo en el sueño descansa,
y tan sólo el corazón
dentro del pecho trabaja.
CXIX
Tú me miras, yo te miro,
y así los dos nos miramos:
tú me preguntas quién soy...
yo sigo mirando... y callo.
CXX
Hay cuentos que no son cuentos
y que son una verdad;
escucha si no, morena,
el que te voy a contar.
«Se quisieron una hora:
no se olvidaron jamás...»
una hora es una vida...
es cuento, pero es verdad.
martes, 9 de agosto de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (10)
La soledad (1860)
LXXXI
Escuchadme sin reparo;
mis palabras son verdades:
nunca miréis con desprecio
al que mendiga en la calle.
El que mendiga en la calle
es el más digno de lástima,
porque además de ser pobre
lo va diciendo en voz alta.
LXXXII
Ni en la muerte he de encontrar
la quietud que me hace falta;
por eso, cuando me miro,
tengo de mí mismo lástima.
LXXXIII
En verdad, dos son las cosas
que el mundo entero gobiernan:
el oro, por lo que vale,
y el amor, por lo que cuesta.
LXXXIV
Mujer, ¿quién pudo anunciarte
lo que el corazón te pide?
Nunca te hablé, y con tus ojos
cuanto deseo me dices.
LXXXV
Cuando el reloj da las horas,
dice a todos sin reparo:
al rico, que ande deprisa;
al pobre, que ande despacio.
Y el pobre que anda despacio,
con sed y hambre en el camino,
suele a veces llegar antes,
mucho antes que el más rico.
LXXXVI
Cada vez que paso y miro
el sitio donde te hablé,
volviendo al cielo los ojos
digo llorando: ¡aquí fue!
LXXXVII
Ahora me vienes diciendo
que el tiempo pierdo contigo;
¿cómo se puede perder
lo que nunca se ha tenido?
LXXXVIII
Mira si he soñado cosas
en esta noche pasada,
que he soñado que era un sueño
aun lo mismo que soñaba.
LXXXIX
Que me engañara una vez,
lo comprendo... ¡pero dos!
por fuerza el hombre que quiere
pierde toda su razón.
XC
¡Adiós!... De muerte es la herida
que abriste en el pecho mío:
el puñal hiere mejor
cuanto más brillante y fino.
XCI
Dices que hablo mal de ti,
y esa noticia no es cierta;
si quiero, puedo hablar mal,
mas no lo hago por pereza.
XCII
Vengo delante tu reja
a darte el último adiós;
y aunque lloro, no te asustes,
porque tranquilo me voy.
No te asustes, compañera,
que los hombres como yo;
si lloran, es de alegría,
si ríen, es de dolor.
XCIII
Morid contentos, vosotros
que tenéis por compañeras
dos madres que os acarician:
la Humildad y la Pobreza.
XCIV
Si os atormentan fatigas
sin saber de dónde vienen,
no os apuréis por saber,
al irse, dónde se vuelven.
XCV
Por ver si me quito el frío
que al verte me entró ayer noche,
me voy a poner al sol,
que es el hogar de los pobres.
XCVI
«Por el camino real
va caminando a lo lejos
un hombre que se parece
al amante que yo espero.»
Así cantaba la niña
cuando el amante iba huyendo;
que en el camino real
los amantes son viajeros.
XCVII
En una noche de luna
fuime a la orilla del río,
llevando la negra pena
que siempre llevo conmigo.
La pena que iba conmigo
tanto aumentó mi fatiga,
que me paré a contemplar
cómo las aguas corrían.
Y en las aguas que corrían
miré mi propio retrato,
al resplandor de la luna,
pasar tembloroso y pálido.
XCVIII
Cuanto más pienso en las cosas,
mucho menos las comprendo;
por eso cuando te miro
te estoy viendo y no lo creo.
XCIX
Como un rayo corre, vuela,
y dile a quien me ofendió,
que hace un año que le espero
para vengarme mejor.
C
Aunque nos den que sentir
siempre corremos tras ellas,
porque al cabo las mujeres
¡son tan malas y tan buenas!
LXXXI
Escuchadme sin reparo;
mis palabras son verdades:
nunca miréis con desprecio
al que mendiga en la calle.
El que mendiga en la calle
es el más digno de lástima,
porque además de ser pobre
lo va diciendo en voz alta.
LXXXII
Ni en la muerte he de encontrar
la quietud que me hace falta;
por eso, cuando me miro,
tengo de mí mismo lástima.
LXXXIII
En verdad, dos son las cosas
que el mundo entero gobiernan:
el oro, por lo que vale,
y el amor, por lo que cuesta.
LXXXIV
Mujer, ¿quién pudo anunciarte
lo que el corazón te pide?
Nunca te hablé, y con tus ojos
cuanto deseo me dices.
LXXXV
Cuando el reloj da las horas,
dice a todos sin reparo:
al rico, que ande deprisa;
al pobre, que ande despacio.
Y el pobre que anda despacio,
con sed y hambre en el camino,
suele a veces llegar antes,
mucho antes que el más rico.
LXXXVI
Cada vez que paso y miro
el sitio donde te hablé,
volviendo al cielo los ojos
digo llorando: ¡aquí fue!
LXXXVII
Ahora me vienes diciendo
que el tiempo pierdo contigo;
¿cómo se puede perder
lo que nunca se ha tenido?
LXXXVIII
Mira si he soñado cosas
en esta noche pasada,
que he soñado que era un sueño
aun lo mismo que soñaba.
LXXXIX
Que me engañara una vez,
lo comprendo... ¡pero dos!
por fuerza el hombre que quiere
pierde toda su razón.
XC
¡Adiós!... De muerte es la herida
que abriste en el pecho mío:
el puñal hiere mejor
cuanto más brillante y fino.
XCI
Dices que hablo mal de ti,
y esa noticia no es cierta;
si quiero, puedo hablar mal,
mas no lo hago por pereza.
XCII
Vengo delante tu reja
a darte el último adiós;
y aunque lloro, no te asustes,
porque tranquilo me voy.
No te asustes, compañera,
que los hombres como yo;
si lloran, es de alegría,
si ríen, es de dolor.
XCIII
Morid contentos, vosotros
que tenéis por compañeras
dos madres que os acarician:
la Humildad y la Pobreza.
XCIV
Si os atormentan fatigas
sin saber de dónde vienen,
no os apuréis por saber,
al irse, dónde se vuelven.
XCV
Por ver si me quito el frío
que al verte me entró ayer noche,
me voy a poner al sol,
que es el hogar de los pobres.
XCVI
«Por el camino real
va caminando a lo lejos
un hombre que se parece
al amante que yo espero.»
Así cantaba la niña
cuando el amante iba huyendo;
que en el camino real
los amantes son viajeros.
XCVII
En una noche de luna
fuime a la orilla del río,
llevando la negra pena
que siempre llevo conmigo.
La pena que iba conmigo
tanto aumentó mi fatiga,
que me paré a contemplar
cómo las aguas corrían.
Y en las aguas que corrían
miré mi propio retrato,
al resplandor de la luna,
pasar tembloroso y pálido.
XCVIII
Cuanto más pienso en las cosas,
mucho menos las comprendo;
por eso cuando te miro
te estoy viendo y no lo creo.
XCIX
Como un rayo corre, vuela,
y dile a quien me ofendió,
que hace un año que le espero
para vengarme mejor.
C
Aunque nos den que sentir
siempre corremos tras ellas,
porque al cabo las mujeres
¡son tan malas y tan buenas!
martes, 2 de agosto de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (9)
La soledad (1860)
LXI
Yo me asomé a un precipicio
por ver lo que había dentro,
y estaba tan negro el fondo,
que el sol me hizo daño luego.
LXII
Me han dicho que hay una flor,
de todas la más humilde:
flor que quisiera yo darte,
flor llamada «no me olvides.»
LXIII
Las pestañas de tus ojos
son más negras que la mora,
y entre pestaña y pestaña
una estrellita se asoma.
LXIV
Por Dios, mujer, no te escondas
ni te pongas colorada:
lo que acabo de decirte
es lo que todos te callan.
LXV
Yo no podría sufrir
tantas fatigas y penas,
si no tuviera presente
que la causa ha sido ella.
LXVI
Los cantares que yo canto
se los regalo a los vientos,
y uno no más, uno solo,
guardo hace tiempo en secreto.
Y aquí lo guardo en secreto,
para cantárselo a solas
al que me quiera explicar
el por qué de muchas cosas.
LXVII
No vayas tan a menudo
a buscar agua a la fuente,
que si a la orilla resbalas
se enturbiará la corriente.
LXVIII
Niño, moriste al nacer;
yo envidio el destino tuyo:
tú no sabes lo que hay
desde la cuna al sepulcro.
LXIX
Di, mujer, ¿qué estás haciendo?...
¿no te ha dado Dios razón
para ver que si me engañas
nos engañamos los dos?
LXX
Cada vez que sale el sol
me acuerdo de mis hermanos,
que sin pan y con fatigas
van a empezar su trabajo.
Fatíganse en el trabajo
mientras el sol los alumbra,
y del trabajo descansan
cuando se quedan a oscuras.
LXXI
Has pasado junto a mí
sin decirme «adiós» siquiera;
justamente hoy hace un año
que yo te dije quién eras.
LXXII
Olvida, pues tú lo quieres,
cuanto los dos hemos hecho;
mas sé una vez generosa
y déjame los recuerdos.
LXXIII
Por mi gusto en la corriente
no sé lo que entré a buscar,
y sin sentir me ha llevado
la corriente hasta la mar.
LXXIV
Te he vuelto a ver, y no creas
que el verte me ha sorprendido:
mis ojos ya no se asustan
de ver lo que otros han visto.
LXXV
Sé que me vas a matar
en vez de darme la vida:
el morir nada me importa,
pues te dejo el alma mía.
LXXVI
Yo me he querido vengar
de los que me hacen sufrir,
y me ha dicho mi conciencia
que antes me vengue de mí.
LXXVII
Yo pedí licencia a Dios
que me dejase quererte,
y Dios, al ver mis fatigas,
me la otorgó para siempre.
Me la otorgó para siempre;
y cuando dije «te quiero»,
se presentaron los hombres
y a mi querer se opusieron.
LXXVIII
En lo profundo del mar
hay un castillo encantado,
en el que no entran mujeres,
para que dure el encanto.
LXXIX
Me he equivocado al decirte:
por ti me muero, bien mío;
quise decirte, y perdona,
que tan sólo por ti vivo.
LXXX
Al verte cerca de mí,
dudo yo mismo si sueño;
sueño de noche contigo,
y creo que estoy despierto.
LXI
Yo me asomé a un precipicio
por ver lo que había dentro,
y estaba tan negro el fondo,
que el sol me hizo daño luego.
LXII
Me han dicho que hay una flor,
de todas la más humilde:
flor que quisiera yo darte,
flor llamada «no me olvides.»
LXIII
Las pestañas de tus ojos
son más negras que la mora,
y entre pestaña y pestaña
una estrellita se asoma.
LXIV
Por Dios, mujer, no te escondas
ni te pongas colorada:
lo que acabo de decirte
es lo que todos te callan.
LXV
Yo no podría sufrir
tantas fatigas y penas,
si no tuviera presente
que la causa ha sido ella.
LXVI
Los cantares que yo canto
se los regalo a los vientos,
y uno no más, uno solo,
guardo hace tiempo en secreto.
Y aquí lo guardo en secreto,
para cantárselo a solas
al que me quiera explicar
el por qué de muchas cosas.
LXVII
No vayas tan a menudo
a buscar agua a la fuente,
que si a la orilla resbalas
se enturbiará la corriente.
LXVIII
Niño, moriste al nacer;
yo envidio el destino tuyo:
tú no sabes lo que hay
desde la cuna al sepulcro.
LXIX
Di, mujer, ¿qué estás haciendo?...
¿no te ha dado Dios razón
para ver que si me engañas
nos engañamos los dos?
LXX
Cada vez que sale el sol
me acuerdo de mis hermanos,
que sin pan y con fatigas
van a empezar su trabajo.
Fatíganse en el trabajo
mientras el sol los alumbra,
y del trabajo descansan
cuando se quedan a oscuras.
LXXI
Has pasado junto a mí
sin decirme «adiós» siquiera;
justamente hoy hace un año
que yo te dije quién eras.
LXXII
Olvida, pues tú lo quieres,
cuanto los dos hemos hecho;
mas sé una vez generosa
y déjame los recuerdos.
LXXIII
Por mi gusto en la corriente
no sé lo que entré a buscar,
y sin sentir me ha llevado
la corriente hasta la mar.
LXXIV
Te he vuelto a ver, y no creas
que el verte me ha sorprendido:
mis ojos ya no se asustan
de ver lo que otros han visto.
LXXV
Sé que me vas a matar
en vez de darme la vida:
el morir nada me importa,
pues te dejo el alma mía.
LXXVI
Yo me he querido vengar
de los que me hacen sufrir,
y me ha dicho mi conciencia
que antes me vengue de mí.
LXXVII
Yo pedí licencia a Dios
que me dejase quererte,
y Dios, al ver mis fatigas,
me la otorgó para siempre.
Me la otorgó para siempre;
y cuando dije «te quiero»,
se presentaron los hombres
y a mi querer se opusieron.
LXXVIII
En lo profundo del mar
hay un castillo encantado,
en el que no entran mujeres,
para que dure el encanto.
LXXIX
Me he equivocado al decirte:
por ti me muero, bien mío;
quise decirte, y perdona,
que tan sólo por ti vivo.
LXXX
Al verte cerca de mí,
dudo yo mismo si sueño;
sueño de noche contigo,
y creo que estoy despierto.
martes, 26 de julio de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (8)
La soledad (1860)
XLI
Antes piensa y después habla,
y después de haber hablado,
vuelve a pensar lo que has dicho,
y verás si es bueno o malo.
XLII
Entre un rosal y una zarza
nació una flor amarilla,
con tantas y tantas penas
que se murió el mismo día.
XLIII
He preguntado llorando
a mi pobre corazón,
si es mentira su alegría
y si es verdad su dolor.
Y si es verdad su dolor,
y se ha puesto a suspirar,
diciéndome en sus suspiros:
es mentira y es verdad.
XLIV
Cuando se llama a una puerta
y ninguna voz responde,
es señal de que en la casa
son muy ricos o muy pobres.
XLV
Todo el que la piedra tira
y esconde después la mano,
es, aunque no lo parezca,
el más malo de los malos.
XLVI
Cuando pasé por tu casa,
«¿quién vive?» al verme gritaste,
sólo con la mala idea
de, si aún vivía, matarme.
XLVII
Yo no sé dónde he leído
que toda la vida es sueño;
y para ver si es verdad,
a solas vivo despierto.
A solas vivo despierto,
y he sacado en consecuencia
que por la noche se vive,
y que de día se sueña.
XLVIII
Dicen que te metes monja,
yo no lo quiero creer,
porque una cosa te falta
que yo nunca te daré.
XLIX
Por Dios, mujer, no me mires
con los ojos entreabiertos,
porque así me dices sólo
la mitad de tus secretos.
L
Todos los sabios del mundo
han sacado en consecuencia,
que el dinero y las mujeres
se parecen en la mezcla.
LI
Cuando el frío de la muerte
a helar comience mi sangre,
te llamaré en voz muy alta
para que vengas a hablarme.
Y cuando estés a mi lado
me dirás lo que ya sabes...
y así se concluirán
de una vez todos mis males.
LII
El querer es una hoguera
que en nuestro pecho se enciende;
por eso cuando queremos
toda nuestra sangre hierve.
LIII
«Desde Granada a Sevilla,
y desde Sevilla al cielo...»
pero no tú, desalmada;
tú irás antes al infierno.
LIV
¡Ay pobre de mí, que a fuerza
de pensar en mis vecinos,
me he salido de mi casa
olvidándome a mí mismo!
LV
Ánimo, corazoncito,
vuelve a recobrar la vida,
que aún te quedan en el mundo
muchas penas escondidas.
Muchas penas escondidas,
y entre ellas ¡ay! la más negra:
la de hallarte día y noche
a solas con tu conciencia.
LVI
En el cielo hay una estrella
que corre hacia todas partes,
mirando si hay en el mundo
dos corazones iguales.
LVII
Levántate si te caes,
y antes de volver a andar
mira dónde te has caído
y pon allí una señal.
LVIII
Si yo tuviera el dinero
de los que a mí me han vendido,
ellos fueran menos pobres
y yo sería más rico.
LIX
Por la noche pienso en ti,
y en ti pienso a todas horas;
y mientras tanto yo viva,
vivirá en mí tu memoria.
Vivirá en mí tu memoria,
a la vez triste y alegre,
pues has sido mujer buena,
lo cual rara vez sucede.
LX
Me desperté a media noche,
abrí los ojos, y al ver
que tú estabas a mi lado,
volví a dormirme y soñé.
XLI
Antes piensa y después habla,
y después de haber hablado,
vuelve a pensar lo que has dicho,
y verás si es bueno o malo.
XLII
Entre un rosal y una zarza
nació una flor amarilla,
con tantas y tantas penas
que se murió el mismo día.
XLIII
He preguntado llorando
a mi pobre corazón,
si es mentira su alegría
y si es verdad su dolor.
Y si es verdad su dolor,
y se ha puesto a suspirar,
diciéndome en sus suspiros:
es mentira y es verdad.
XLIV
Cuando se llama a una puerta
y ninguna voz responde,
es señal de que en la casa
son muy ricos o muy pobres.
XLV
Todo el que la piedra tira
y esconde después la mano,
es, aunque no lo parezca,
el más malo de los malos.
XLVI
Cuando pasé por tu casa,
«¿quién vive?» al verme gritaste,
sólo con la mala idea
de, si aún vivía, matarme.
XLVII
Yo no sé dónde he leído
que toda la vida es sueño;
y para ver si es verdad,
a solas vivo despierto.
A solas vivo despierto,
y he sacado en consecuencia
que por la noche se vive,
y que de día se sueña.
XLVIII
Dicen que te metes monja,
yo no lo quiero creer,
porque una cosa te falta
que yo nunca te daré.
XLIX
Por Dios, mujer, no me mires
con los ojos entreabiertos,
porque así me dices sólo
la mitad de tus secretos.
L
Todos los sabios del mundo
han sacado en consecuencia,
que el dinero y las mujeres
se parecen en la mezcla.
LI
Cuando el frío de la muerte
a helar comience mi sangre,
te llamaré en voz muy alta
para que vengas a hablarme.
Y cuando estés a mi lado
me dirás lo que ya sabes...
y así se concluirán
de una vez todos mis males.
LII
El querer es una hoguera
que en nuestro pecho se enciende;
por eso cuando queremos
toda nuestra sangre hierve.
LIII
«Desde Granada a Sevilla,
y desde Sevilla al cielo...»
pero no tú, desalmada;
tú irás antes al infierno.
LIV
¡Ay pobre de mí, que a fuerza
de pensar en mis vecinos,
me he salido de mi casa
olvidándome a mí mismo!
LV
Ánimo, corazoncito,
vuelve a recobrar la vida,
que aún te quedan en el mundo
muchas penas escondidas.
Muchas penas escondidas,
y entre ellas ¡ay! la más negra:
la de hallarte día y noche
a solas con tu conciencia.
LVI
En el cielo hay una estrella
que corre hacia todas partes,
mirando si hay en el mundo
dos corazones iguales.
LVII
Levántate si te caes,
y antes de volver a andar
mira dónde te has caído
y pon allí una señal.
LVIII
Si yo tuviera el dinero
de los que a mí me han vendido,
ellos fueran menos pobres
y yo sería más rico.
LIX
Por la noche pienso en ti,
y en ti pienso a todas horas;
y mientras tanto yo viva,
vivirá en mí tu memoria.
Vivirá en mí tu memoria,
a la vez triste y alegre,
pues has sido mujer buena,
lo cual rara vez sucede.
LX
Me desperté a media noche,
abrí los ojos, y al ver
que tú estabas a mi lado,
volví a dormirme y soñé.
martes, 19 de julio de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (7)
La soledad (1860)
XXI
De mirar con demasía
se me han cegado los ojos,
y ahora que ciego me encuentro
es cuando lo veo todo.
Y ahora que lo veo todo,
estoy viendo de continuo
el mundo y sus desengaños
pasar dentro de mí mismo.
XXII
Si me quieres como dices,
¿por qué te apartas de mí?
agua que va río abajo,
en la mar viene a morir.
XXIII
No os extrañe, compañeros,
que siempre cante mis penas,
porque el mundo me ha enseñado
que las mías son las vuestras.
XXIV
Hace ya muy largos años
que en todas partes te veo,
pero no tal como eres,
sino según mi deseo.
XXV
Di a tu madre que sin falta
me venga a hablar esta noche,
que la quiero, una por una,
contar tus malas acciones.
XXVI
Mirando al cielo juraste
no me engañarías nunca,
y desde entonces el cielo
sólo con verte se nubla.
XXVII
En un calabozo oscuro
sufro penas sobre penas,
y a fuerza de estar a oscuras,
se ha vuelto mi pena negra.
XXVIII
Al saber que me engañabas,
fuime a la orilla del mar;
quise llorar y no pude,
y en ti me puse a pensar.
En ti me puse a pensar,
y por fin llegué a entender
cómo una mujer que quiere
puede olvidar su querer.
Puede olvidar su querer;
y al ver que esto era verdad,
mis lágrimas se perdieron
en lo profundo del mar.
XXIX
Tu aliento es mi única vida,
y son tus ojos mi luz;
mi alma está donde tu pecho,
mi patria donde estás tú.
XXX
Del fuego que por tu gusto
encendimos hace tiempo,
las cenizas sólo quedan,
y en el corazón las llevo.
XXXI
Pobre me acosté, y en sueños
vi lleno de oro mi cuarto:
más pobre me levanté
que antes de haberme acostado.
XXXII
¿Cómo quieres que yo queme
las prendas que me has devuelto,
si el corazón me lo has dado
tú misma cenizas hecho?
XXXIII
El pájaro que me diste,
preso lo tengo en su jaula,
y el pobre de día y noche
se muere, y por eso canta.
XXXIV
Llevas escrito en tu cara
que tienes mal corazón,
y es tan poca tu vergüenza
que aún vas por donde yo voy.
XXXV
Madre mía, compañera,
madre mía ¿dónde estás?
te llamo en el cementerio
y no quieres contestar.
No me quieres contestar,
cuando te vengo a pedir
el alma que te llevaste
al separarte de mí.
Al separarte de mí
me diste un beso de adiós,
y en tus labios toda mi alma,
madre mía, se quedó.
XXXVI
Si os encontráis algún día
dentro de la soledad,
no pidáis consuelo al mundo,
porque él no os lo puede dar.
XXXVII
Sé que me voy a perder
y ya sé que estoy perdido,
y solamente me pesa
que no te pierdas conmigo.
XXXVIII
Tengo deudas en la tierra,
y deudas tengo en el cielo:
pagaré allá con mi alma;
ya pago aquí con mi cuerpo.
XXXIX
En sueños te contemplaba
dentro de la oscuridad,
y cuando abriste los ojos
todo comenzó a brillar.
Todo comenzó a brillar,
y entonces te llamé yo:
cerraste al punto los ojos,
y la oscuridad volvió.
XL
Cuando te estoy contemplando
quisiera poner en ti
en una, cuantas miradas
desde que vivo perdí.
XXI
De mirar con demasía
se me han cegado los ojos,
y ahora que ciego me encuentro
es cuando lo veo todo.
Y ahora que lo veo todo,
estoy viendo de continuo
el mundo y sus desengaños
pasar dentro de mí mismo.
XXII
Si me quieres como dices,
¿por qué te apartas de mí?
agua que va río abajo,
en la mar viene a morir.
XXIII
No os extrañe, compañeros,
que siempre cante mis penas,
porque el mundo me ha enseñado
que las mías son las vuestras.
XXIV
Hace ya muy largos años
que en todas partes te veo,
pero no tal como eres,
sino según mi deseo.
XXV
Di a tu madre que sin falta
me venga a hablar esta noche,
que la quiero, una por una,
contar tus malas acciones.
XXVI
Mirando al cielo juraste
no me engañarías nunca,
y desde entonces el cielo
sólo con verte se nubla.
XXVII
En un calabozo oscuro
sufro penas sobre penas,
y a fuerza de estar a oscuras,
se ha vuelto mi pena negra.
XXVIII
Al saber que me engañabas,
fuime a la orilla del mar;
quise llorar y no pude,
y en ti me puse a pensar.
En ti me puse a pensar,
y por fin llegué a entender
cómo una mujer que quiere
puede olvidar su querer.
Puede olvidar su querer;
y al ver que esto era verdad,
mis lágrimas se perdieron
en lo profundo del mar.
XXIX
Tu aliento es mi única vida,
y son tus ojos mi luz;
mi alma está donde tu pecho,
mi patria donde estás tú.
XXX
Del fuego que por tu gusto
encendimos hace tiempo,
las cenizas sólo quedan,
y en el corazón las llevo.
XXXI
Pobre me acosté, y en sueños
vi lleno de oro mi cuarto:
más pobre me levanté
que antes de haberme acostado.
XXXII
¿Cómo quieres que yo queme
las prendas que me has devuelto,
si el corazón me lo has dado
tú misma cenizas hecho?
XXXIII
El pájaro que me diste,
preso lo tengo en su jaula,
y el pobre de día y noche
se muere, y por eso canta.
XXXIV
Llevas escrito en tu cara
que tienes mal corazón,
y es tan poca tu vergüenza
que aún vas por donde yo voy.
XXXV
Madre mía, compañera,
madre mía ¿dónde estás?
te llamo en el cementerio
y no quieres contestar.
No me quieres contestar,
cuando te vengo a pedir
el alma que te llevaste
al separarte de mí.
Al separarte de mí
me diste un beso de adiós,
y en tus labios toda mi alma,
madre mía, se quedó.
XXXVI
Si os encontráis algún día
dentro de la soledad,
no pidáis consuelo al mundo,
porque él no os lo puede dar.
XXXVII
Sé que me voy a perder
y ya sé que estoy perdido,
y solamente me pesa
que no te pierdas conmigo.
XXXVIII
Tengo deudas en la tierra,
y deudas tengo en el cielo:
pagaré allá con mi alma;
ya pago aquí con mi cuerpo.
XXXIX
En sueños te contemplaba
dentro de la oscuridad,
y cuando abriste los ojos
todo comenzó a brillar.
Todo comenzó a brillar,
y entonces te llamé yo:
cerraste al punto los ojos,
y la oscuridad volvió.
XL
Cuando te estoy contemplando
quisiera poner en ti
en una, cuantas miradas
desde que vivo perdí.
martes, 12 de julio de 2011
Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (6)
La soledad (1860)
I
Las fatigas que se cantan
son las fatigas más grandes,
porque se cantan llorando
y las lágrimas no salen.
II
Al ver en tu sepultura
las siemprevivas tan frescas,
me acuerdo, madre del alma,
que estás para siempre muerta.
III
Los mundos que me rodean
son los que menos me extrañan:
el que me tiene asombrado
es el mundo de mi alma.
IV
Los que la cuentan por años
dicen que la vida es corta;
a mí me parece larga
porque la cuento por horas.
V
Cuando dices un embuste
la sangre salta a tu cara:
no digas más que verdades,
porque es tu sangre encarnada.
VI
Pasé por un bosque y dije:
«aquí está la soledad...»
y el eco me respondió
con voz muy ronca: «aquí está.»
Y me respondió «aquí está»
y sentí como un temblor,
al ver que la voz salía
de mi propio corazón.
VII
Dos males hay en el mundo
que es necesario vencer:
el amor de uno a sí mismo
y el rencor de la mujer.
VIII
Al darme la muerte, ingrata,
a ti misma te castigas,
pues tu castigo mayor
es quedarte con dos vidas.
IX
Yo me marché al campo santo
y a voces llamé a los muertos,
y para castigo mío
los vivos me respondieron.
X
Eres muy niña y ya clavas
en tu pañuelo alfileres:
ya dejan ver desde niñas
su inclinación las mujeres.
XI
Dentro de un tropel de penas
tengo mi cuerpo metido,
y nadie me da socorro
por más que a voces lo pido.
XII
Al verme triste a tu lado
no me preguntes qué tengo;
tendría que responderte,
y yo acusarte no quiero.
XIII
Yo tenga hecha con el cielo
una escritura perpetua
de no marcharme del mundo
hasta que la muerte venga.
Y hasta que la muerte venga
esperaré sin quejarme,
sólo por ver en el mundo
dónde concluyen los males.
XIV
No hagas daño, compañero,
ni a los que daño te hicieren,
porque aquel que a hierro mata
casi siempre a hierro muere.
XV
La muerte ya no me espanta;
tendría más que temer
si en el cielo me dijeran:
has de volver a nacer.
XVI
Si mis ojos no te dicen
todo lo que el pecho siente,
no es porque se están callados;
es porque no los comprendes.
XVII
Puedes hacer lo que quieras,
que a nada me opongo yo;
pero comprar mi dinero
con tu querer... ¡eso no!
XVIII
Yo no sé lo que yo tengo,
ni sé lo que me hace falta,
que siempre espero una cosa
que no sé cómo se llama.
XIX
Yo propio juez de mi causa
he venido a sentenciar,
que yo la muerte merezco,
tú la muerte... y algo más.
XX
Las estrellas que en el cielo
brillan con gran claridad,
¡cuántas noches de fatigas
las he querido contar!
Las he querido contar
sin llegarlo a conseguir,
que tengo los ojos malos
de llorar y de reír.
De llorar, cuando me acuerdo
que Dios de mí te apartó;
de reír, al acordarme
que pronto iré junto a Dios.
I
Las fatigas que se cantan
son las fatigas más grandes,
porque se cantan llorando
y las lágrimas no salen.
II
Al ver en tu sepultura
las siemprevivas tan frescas,
me acuerdo, madre del alma,
que estás para siempre muerta.
III
Los mundos que me rodean
son los que menos me extrañan:
el que me tiene asombrado
es el mundo de mi alma.
IV
Los que la cuentan por años
dicen que la vida es corta;
a mí me parece larga
porque la cuento por horas.
V
Cuando dices un embuste
la sangre salta a tu cara:
no digas más que verdades,
porque es tu sangre encarnada.
VI
Pasé por un bosque y dije:
«aquí está la soledad...»
y el eco me respondió
con voz muy ronca: «aquí está.»
Y me respondió «aquí está»
y sentí como un temblor,
al ver que la voz salía
de mi propio corazón.
VII
Dos males hay en el mundo
que es necesario vencer:
el amor de uno a sí mismo
y el rencor de la mujer.
VIII
Al darme la muerte, ingrata,
a ti misma te castigas,
pues tu castigo mayor
es quedarte con dos vidas.
IX
Yo me marché al campo santo
y a voces llamé a los muertos,
y para castigo mío
los vivos me respondieron.
X
Eres muy niña y ya clavas
en tu pañuelo alfileres:
ya dejan ver desde niñas
su inclinación las mujeres.
XI
Dentro de un tropel de penas
tengo mi cuerpo metido,
y nadie me da socorro
por más que a voces lo pido.
XII
Al verme triste a tu lado
no me preguntes qué tengo;
tendría que responderte,
y yo acusarte no quiero.
XIII
Yo tenga hecha con el cielo
una escritura perpetua
de no marcharme del mundo
hasta que la muerte venga.
Y hasta que la muerte venga
esperaré sin quejarme,
sólo por ver en el mundo
dónde concluyen los males.
XIV
No hagas daño, compañero,
ni a los que daño te hicieren,
porque aquel que a hierro mata
casi siempre a hierro muere.
XV
La muerte ya no me espanta;
tendría más que temer
si en el cielo me dijeran:
has de volver a nacer.
XVI
Si mis ojos no te dicen
todo lo que el pecho siente,
no es porque se están callados;
es porque no los comprendes.
XVII
Puedes hacer lo que quieras,
que a nada me opongo yo;
pero comprar mi dinero
con tu querer... ¡eso no!
XVIII
Yo no sé lo que yo tengo,
ni sé lo que me hace falta,
que siempre espero una cosa
que no sé cómo se llama.
XIX
Yo propio juez de mi causa
he venido a sentenciar,
que yo la muerte merezco,
tú la muerte... y algo más.
XX
Las estrellas que en el cielo
brillan con gran claridad,
¡cuántas noches de fatigas
las he querido contar!
Las he querido contar
sin llegarlo a conseguir,
que tengo los ojos malos
de llorar y de reír.
De llorar, cuando me acuerdo
que Dios de mí te apartó;
de reír, al acordarme
que pronto iré junto a Dios.
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