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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Sor Marcela de San Félix o Marcela del Carpio, "Otro romance a una soledad"

Marcela del Carpio (1605-1687), hija ilegítima de Lope de Vega y la actriz Micaela de Luján, ingresó en el convento de clausura de las Descalzas Trinitarias en 1621, y desde allá dentro debió ver en 1635 el traslado del cuerpo de su padre para ser inhumado. Para más informaciones, Wikipedia y la web. Aquí un romance de Sor Marcela.

Otro romance a una soledad

En ti, soledad amada,
hallaba mi compañía,
en ti los días son glorias,
en ti las noches son días.

En ti cogí de mi amor,        5
con abundancia excesiva,
fértil cosecha del alma,
dulce agosto de mi vida.

En ti gocé de mi esposo
las pretendidas caricias,  10
los halagos sin estorbos,
los regalos sin medida.

En ti vi de su belleza,
aunque en tiniebla, divina,
con cuánta razón me prende, 15
con cuánta causa cautiva.

En ti me vi alguna vez
anegada y sumergida
en el mar de dulces aguas
y riquezas infinitas. 20

En ti, con los imposibles,
satisfice mi codicia,
que, con lo posible, amor
nunca llena sus medidas.

En ti me vi, felizmente,     25
muy negada y muy vacía
de crïaturas y afectos,
y muy lejos de mí misma.

En ti gocé libertad
de tanto precio y estima,  30
que darlo todo por ella
no será paga cumplida.

En ti celebró mi esposo,
en aquel dichoso día,
en amoroso himineo,   35
las bodas de mi alegría

En ti estuve tan gozosa,
contenta y entretenida,
que no podré encarecer
lo menos que en ti sentía. 40

En ti, con dichas tan grandes,
las horas, noches y días
dulcemente se pasaban,
instantes me parecían.

En ti, ¡qué corto mi sueño 45
y qué larga mi vigilia,
qué penoso fue el descanso,
qué gustosa la fatiga!

En ti le dije a mi amante
lo tierno que le quería, 50
lo mucho que me obligaba,
lo poco que le servía.

En ti le solicitaba,
con finezas y caricias,
a que me diese su amor 55
pues el mío conocía.

En ti pudo conocer
cómo le estaba rendida
mi alma, que está colgada
de su voluntad divina. 60

En ti le pedí su unión,
con ansias de amor tan vivas,
que no sé si le obligaron;
él lo sabe y él lo diga.

En ti procuré entregarle   65
tan por suya el alma mía,
los sentidos y potencias,
que él los mande y él los rija.

En ti también le ofrecí
serle fiel y agradecida, 70
correspondiente a su amor,
y por todo extremo fina.

En fin, en ti le ofrecí
todo cuanto yo tenía,
a todo lo que anhelaba, 75
todo cuanto apetecía.

En ti le di de mi amor
la posesión tan cumplida,
que ninguno me ha quedado
para nadie en esta vida. 80

En ti conocí del suyo
la gran fuerza y valentía,
lo ardiente con que me enciende,
lo activo con que me anima.

En ti le vi, liberal,             85
intentar hacerme rica,
que, derramando sus dones,
pudo saciar mi codicia.

Mas no me doy por contenta,
que mi afecto a más aspira,  90
y solo el mismo podrá
dar satisfacción cumplida.

Así, Soledad amada,
causa de todas mis dichas,
después que tú me faltaste,  95
me ha faltado el alegría,

cercóme la confusión,
el afán y las fatigas,
todo me aflige y congoja,
y causa melancolía. 100

Las criaturas me estorban,
los apetitos me irritan,
los afectos me atormentan
y las pasiones se avivan;

tempestades se levantan,  105
brama el mar, y la barquilla
grande tormenta padece
de las olas combatida.

¡Ay Soledad deseada
de mi alma, y pretendida!  110
Cada vez que te exprimento,
tengo de ti más estima.

¡Oh si gozara de ti
lo que durara mi vida,
a quien triste muerte llamo  115
sin tu presencia querida!

¡Quién hablara dignamente,
con lengua humana y tardía,
de tus grandes perfecciones,
agrado y soberanía!  120

¡Qué de santos engendraste
en ti, con vida divina!
En frágil barro vivieron
innumerables cuadrillas.

La pureza, la oración,     125
la contemplación divina,
tus hijas son, Soledad,
de ti nacen, tú las crías.

¿Qué virtud no se alimenta
con tus pechos y caricias, 130
quién deja de estar contento
si te busca y te codicia?

Tú causas los desengaños
y a la verdad solicitas
para que, usando su fuerza, 135
atropelle a la mentira;

haces del destierro patria,
y sacas con valentía
a las almas que te aman,
de la opresión de sí mismas. 140

Y por no ofenderte más
con ignorancias tan mías,
no diré en tus alabanzas
lo mucho que se ofrecía.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Almudena Mejías Alonso sobre ΠOETAS

ΠOETAS. Primera antología de poesía con matemáticas. Selección y prólogo de Jesús Malia. Ediciones Amargord.

Matemáticas para los que gustan de la poesía o poesía para los que gustan de las matemáticas. ¿Poesía con matemáticas o matemáticas con poesía? "Tanto monta, monta tanto". Ya desde la antigüedad, filósofos y eruditos entendían la interdependencia de las dos disciplinas. Platón nos habla de la armonía de los números, hasta el punto de que en nuestro Siglo de Oro el adjetivo "numeroso" no tenía, como ahora, un significado de "abundante", sino de "armonioso".

Y eso es lo que vemos en esta antología de poetas: un numeroso ("armonioso") conjunto de poemas trazados por grandes escritores del momento; poemas unidos por el hilo conductor de las matemáticas que, en ocasiones, nos trasladan al pasado y nos hacen recordar momentos juveniles en los que estábamos ante un problema matemático dando vueltas y vueltas hasta encontrar (o no) la solución. Y también nos retrotraen a la poesía japonesa a través del haiku; o nos adentran en la vanguardia poética de principios del siglo XX, sirviéndose de caligramas, ese tipo de poesía visual creado por el francés Guillaume Apollinaire, y magistralmente practicado por autores como Vicente Huidobro, José Juan Tablada, Guillermo de Torre, Carlos Oquendo de Amat y una larga lista de autores.

Los peruanos RODOLFO HINOSTROZA, perteneciente a la denominada "Generación del 60", que ha llegado a ser comparado con poetas de la talla de César Vallejo o Martín Adán y ENRIQUE VERÁSTEGUI, fundador del "Movimiento Hora Zero", son dos de los grandes exponentes de las letras de su país; el matemático y poeta venezolano DANIEL RUIZ y los españoles JOSÉ FLORENCIO MARTÍNEZ, poeta y crítico literario, que hace poco tiempo ha sacado a la luz su estudio Biografía de Lope de Vega (1562-1635). Un friso literario del Siglo de Oro, la hasta ahora más amplia biografía del dramaturgo; DAVID JOU, físico teórico; RAMÓN DACHS, AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO, JAVIER MORENO, JULIO REIJA y JESÚS MALIA, responsable también del prólogo y la selección, forman la nómina de poetas de esta antología.

No se puede concluir sin mencionar especialmente el prólogo, en el que Jesús Malia nos deleita con un sabroso discurso en el que, magistralmente, conduce al lector a través de la historia de la poesía y las matemáticas desde el principio de los tiempos, demostrando la conexión que siempre ha existido entre las dos.

En definitiva, una antología que deleitará a sus lectores, sean o no matemáticos y hará que se adentren en un mundo de música, de estrellas, de armonía y de belleza.

Almudena Mejías Alonso
Facultad de Filología
Universidad Complutense de Madrid

lunes, 3 de diciembre de 2012

'Las tres tertulias' de Mesonero Romanos

Las tres tertulias

«Con estas cosas que digo,
V. lo que paso en silencio,
A mis soledades voy,
De mis soledades vengo».
LOPE DE VEGA

Yo no sé si fue el temor de la niebla que cubría nuestro horizonte, o de la más espesa aún que la etiqueta y el fastidio extienden sobre nuestras sociedades cortesanas, lo que me determinó noches pasadas a subir a visitar a mi vecino D. Plácido Cascabelillo, de quien ya tienen conocimiento mis lectores. Y como para ello no tenía que aguardar a que diesen las once, ni que ocuparme durante dos horas en el pulimento y adorno de mi persona, no hubo más, sino que a cosa de las siete, y según y como me encontraba vestido, pillé la escalera y me presenté en casa del vecino.

No fui, sin embargo, el primero, pues ya se hallaban sentados en agradable círculo en derredor del brasero casi todos los individuos que componían la tertulia, de los cuales fui recibido con grandes muestras de contento, haciéndome el amo de la casa los honores de recién venido, escarbando la lumbre, en tanto que los demás estrechaban su formación para darme asiento dentro de la rueda.

No se puede negar que un brasero defendido por diez o doce personas, todas alegres, todas amables y sin grandes pretensiones, es una de las cosas que inspiran mayor confianza y dan rienda suelta al natural ingenio para desenvolverse sin aquellas trabas que la afectación, el orgullo y el falsamente llamado buen tono suelen imponerle. Todas las palabras (excepto algunas justamente proscritas en la sociedad) son allí buenas para expresar los conceptos; los chistes familiares, los modismos del lenguaje esmaltan a cada paso la conversación, préstanla un carácter nacional, y sin el desdichado sabor de extranjerismo de que adolece en el gran mundo. En una sociedad de esta clase los melindres desaparecen, las exageradas obligaciones de la moda tienen un aspecto ridículo, los sentimientos naturales se revelan sencillamente, y el amor, la alegría, la amistad, se manifiestan con franqueza, sin temor de la censura ni del sarcasmo.

Tal era el cuadro que presentaba la reducida tertulia de mi vecino; ni allí una dama se sentía vaporosa, ni un caballero se permitía secarse, ni para designar aquella reunión se la llamaba soirée, ni círculo, ni a la sala salón, ni nadie se avergonzaba de hablar español, ni de no conocer a París más que en el mapa, ni de dejar su sombrero a la entrada, ni de tomar la mantilla a la salida; todo era franqueza y alegría; y como la coquetería y la envidia no habían podido aun penetrar en aquel modesto recinto, los amantes se consideraban felices, y el espectáculo de sus sencillos amores divertía a los demás.

Una hora había ya que yo permanecía en aquella agradable escena, cuando acertó a entrar doña Dorotea Ventosa, viuda joven de cincuenta años (cumplidos en 1825), señora de gran tono y de numerosos adoradores, que suspiran por los bellos ojos de su bolsillo; señora cuyo crédito se extiende desde el salón del Prado hasta la misma puerta de la Vega, y señora, en fin, muy de mi conocimiento y cuya historia sabrá el lector algún día.

Entró con aquel aparato con que una prima donna suele presentarse a cantar su aria después del coro que la precede; toda la sociedad se dispuso en alas para recibirla, y la recién llegada, previa la ceremonia de dejar su capa y su pelliza, y de arreglar su chal y su sombrero, se adelantó a recibir aquellos homenajes, dispensando a la media rueda de señoras sendos besos en ambas mejillas, y dedicando a los caballeros una afectada cortesía y sonrisa.

Instalada aquella nueva interlocutora, tomó de derecho la palabra, y nos habló de los sucesos del gran mundo (que eran para ella el salón del Prado, la ópera italiana y dos o tres casas de juego); y cuando ya creyó que había excitado la admiración y la envidia general, propuso una partida hasta las diez, hora en que tenía que marchar a otras tertulias. Inmediatamente D. Plácido hizo poner la mesa en el gabinete y principiaron un tresillo a cuarto el tanto, no sin oposición de doña Dorotea, que jugaba con guantes por no ensuciarse los dedos.

Mas el germen de discordia que la viuda había arrojado en nuestra plácida reunión no se separó con ella; antes bien, manifestándose en voz baja, empezaron unos a censurar su afectación y vanidad; otros a reír de sus flores y dijes; cuál a contar anécdotas picantes de las sociedades a que ella dijo concurrir; cuál, en fin, a manifestar desdén por ellas. Por último, nuestra inocente conversación se convirtió en amarga sátira, y esto empezó a desagradarme, tanto más, cuanto que públicamente acababa de aceptar la propuesta de doña Dorotea de presentarme aquella noche en casa de la Baronesa de por lo cual no dejaron de darme broma.

Aquella nube desapareció, sin embargo, muy luego, y la calma volvió a restablecerse, con lo cual, y con unos cuantos juegos de prendas (cuyo único interés consistía en decirse secretos al oído) tornó a renacer la alegría y el contento en todos los corazones.

Mas para que se vea que no hay dicha en este bajo mundo sin su poco de azar, por qué tanto una de las viejas hubo de tener la mala tentación de invitar a cierto don Calisto (de menguada memoria) a que luciese un poco sus habilidades en la guitarra, y, he aquí a toda la sociedad pendiente de aquellas mal templadas cuerdas y peor dirigidos dedos, y aguzando los oídos para no perder un punto de aquella maravilla.

El nuevo Sor ocupó media hora larga en retocar clavijas, probar bordones y saltar primas, de las cuales por dicha fue a parar una a los ojos de la vieja su apasionada, entre la mal reprimida risa de todos los circunstantes; después nos obsequió con tres escalas en sol y una en fa, cuatro arpegios y tres ejercicios de mano izquierda; hasta que colocándose bien en la silla y marcando con el pie los compases, improvisó un vals del Barbero de Sevilla, otro conocido por el de las Fraguas en la Pata de Cabra, y un rondó obligado (música del célebre maestro Paquete), capaz de arrancar lágrimas de desesperación; pero subió de todo punto nuestro entusiasmo cuando, después de otro repique general de clavijas y de dos o tres hondas toses, entregó su voz al viento con unas seguidillas intermediadas de matraca, y luego, pasando al estilo patético en las dos canciones de Horror me da el día y La Sombra de la noche, acabó de arrancar largos y pronunciados aplausos de manos y pies.

Sin embargo, no satisfecho de tan buen ratito, me escurrí, sin ser notado, a mi cuarto para vestirme convenientemente, a fin de acompañar a doña Dorotea; hícelo así, y como luego me manifestase esta que era muy temprano para ir a casa de la baronesa, y que antes debíamos tocar en cierta tertulia, donde no faltaría campo a mis observaciones, nos despedimos de aquella amable reunión, y tomando el coche de doña Dorotea nos dirigimos a la otra sociedad.

Era esta en casa de un personaje de alta importancia a quien mi viuda compañera intentaba recomendar cierto pretendiente joven, del que hablaremos en tiempo y lugar. La multitud de caballeros, excesiva respecto al número de señoras, me hubieron desde luego dado a conocer una tertulia de cálculo, así como la deferencia y respeto gradual de los concurrentes me impuso al momento de quiénes eran el amo de la casa, su señora, hijos, parientes y confidentes.

El primero, sentado cerca de la chimenea, se hallaba rodeado de tres o cuatro graves personajes, los cuales aguardaban a que él hablase para sentirse exactísimamente del mismo parecer, y aun comentar sus discursos citando a cada paso algunas de las palabras del señor; si tal vez este se levantaba a recorrer la sala, todos se alineaban para abrirle paso, haciéndole una cortesía los más viejos, los jóvenes componiéndose el cabello, las niñas regalándole una sonrisa e interrumpiendo por un momento su conversación de ordenanza con los oficiales de la Guardia, y estos ostentando un continente marcial. El buen anciano se detenía un momento en cada grupo, tomaba, parte en las conversaciones, animaba a todos con su benevolencia, y todos se lisonjeaban de haber fijado exclusivamente su atención.

Algo más allá, la señora de la casa presidía una mesa de écarté, con gran aplauso del triple círculo de mirones que encomiaban a cada paso su destreza y generosidad. Las señoritas en otro lado recibían los homenajes de los brillantes jóvenes, que se esmeraban en ostentar su gallardía como un título de recomendación para inclinar a papá en favor de sus pretensiones; las amigas y amigos de la casa hablaban aparte con los presentados, los introducían en el círculo del señor o de la señora, referían en público sus gracias, y los colocaban en posición de lucirlas.

Con tan delicada intención procedió doña Dorotea con su recomendado, buscando el modo de hacerle cantar una magnífica aria del Mahometo; luego, haciéndole tocar una sinfonía de Meyerbeer, y después promoviendo sus conversaciones favoritas para que luciese la expedición de su lengua y el brillo de sus grandes ojos árabes, con lo cual toda la tertulia quedó prendada del mancebo; el señor se informó de sus cualidades; la señora alabó sobremanera su hermosa voz; las jóvenes felicitaron a doña Dorotea, no sin algunos asomos de malicia, y esta aseguró al galán que más había ganado aquella noche que en tres años de antesalas y audiencias.

Serían las doce dadas cuando, concluida la misión de doña Dorotea, determinó que pasáramos a la otra tertulia; y con efecto, no tardamos en verificarlo. Mi presentación se verificó en debida forma; mi introductora y yo atravesamos el salón, y dirigiéndonos a la señora de la casa, pronunciamos las simultáneas palabras de estilo, interpoladas con las cortesías propias del ceremonial, con cuyo brevísimo introito quedé instalado solemnemente y pude dirigirme adonde me pareció.

La elección no era dudosa: guiado por aquella inclinación natural hacia las hijas de Adán, propia y común a todos los hijos de Eva, empecé mi reconocimiento por aquellas, dando una vuelta disimulada en derredor de la sala, y pude, con auxilio de mi doble anteojo, ponerme al corriente de las diversas fisonomías y sus fechas respectivas; luego me introduje (siempre con la misma precaución) en los grupos de los jóvenes que formaban en el centro del salón; y de las conversaciones de los unos, y de las sonrisas y cuchicheos de las otras, formé mi cuadro general, al cual iba prestando episodios según la casualidad me los iba ofreciendo. Pero a corto rato de recogerlos, eché de ver que todos eran idénticos, y que no había por qué tomarse aquel trabajo.

Por ejemplo: uno de los jóvenes del grupo general flechaba su lente hacia donde le parecía bien, y apartándose luego de sus compañeros, se adelantaba con cierto aire de satisfacción, ya jugando con los sellos del reloj, ya con entrambos pulgares pendientes de las bocamangas del chaleco; poníase delante de cualquiera señorita, y mirándose de paso a un espejo que solía caer perpendicular sobre el peinado de esta, la dirigía con aire distraído e indiferente cuatro palabras (no las más puras por cierto, ni las mejor escogidas), y mientras aguardaba la respuesta, continuaba su operación de arreglarse el cabello o la corbata, o bien se hacía aire con el abanico de la niña. Persuadirme yo de que esta, ofendida de aquella grosera presunción, respondería con altivez a las altiveces del galán; pues nada menos que eso; la mayor amabilidad; el mayor gracejo; la más encantadora sonrisa; y si aquel, animado por ella, prorrumpía en un concepto atrevido, solo se le interrumpía con un ¡qué malo es usted! mas pronunciado con cierta indulgencia, que no movía a lástima del hablador.

Pero ya este, embriagado con el triunfo de aquella escena, se incorporaba al círculo de sus camaradas para recibir sus aplausos, o bien se dirigía al otro extremo de la sala, y colocándose al lado de otra joven, la dirigía ¡qué falacia! las mismas expresiones que a la anterior; mas como en este mundo todo se halla compensado, mi indignación cesaba al escuchar que aquella estaba dando las mismas respuestas a otro interlocutor que ocupó el lugar del primero. Esta regla de conveniencia general presidía en toda la tertulia, y solamente se exceptuaba de ella alguno que otro joven, o más tímido o menos petulante, que dejaba ver en su semblante las emociones del verdadero amor; pero estos eran, por lo regular, el objeto de los secretitos burlones o de las risas improvisadas de las niñas; así bien como algunas de estas, menos determinadas, yacían en los rincones, sin que ninguno las dirigiese la palabra.

Todo lo observaba yo en silencio; mas como las observaciones no son agradables hasta el punto en que se comunican, no pude resistir al deseo de hacerlo; y dirigiéndome a un caballero que tenía al lado, le hice participe de ellas; y hablé tanto, que apenas lo dejé manifestar su opinión. Después, suponiéndole antiguo en la tertulia, le fui preguntando los nombres de algunos y algunas de los que más me habían llamado la atención; pero de todos respondía no conocerlos, con lo cual quedé penetrado de que era allí tan novicio como yo; mas estando en esto, un lacayo que vino a comunicarle una orden de la señora me dio a conocer que era nada menos que el amo de la casa.

Castigado, pues, con este suceso, me replegué al lado de doña Dorotea, la cual, con su natural locuacidad, me disipó ciertas dudas que me habían asaltado durante la noche. Ella me hizo ver que aquello que yo llamaba atrevimiento y grosería no eran otra cosa que aire de mundo y de gran tono; que el amor, que yo creía aún vendado, hacía ya tiempo que veía muy bien y sabía por dónde iba; ella disipó mis temores respecto a las incautas jóvenes; ella me convenció de que la ficción sistematizada era una de las perfectibilidades sociales; que el ardor de las pasiones y la animada expresión de la alegría eran propios de las almas comunes, y de ningún modo convenientes en las reuniones de buen tono; que para lucir en ellas solo eran necesarios una buena dosis de presunción y el correspondiente desenfado; que hoy día, para no parecer ridículo, es preciso serlo; que la moda había autorizado algunas que yo llamaba descortesías, tales como dejar solas en la sala a las señoras, negarse a bailar, permanecer sentados afectando indiferencia, equivocar las contradanzas, llevar siempre una misma pareja, y otras muchas cosas, al as cuales llamaba doña Dorotea darse tono.

-Pues si es ello así (repliqué yo), ¿cuál es el aliciente que puede atraer a una diversión donde nadie se divierte, a un baile donde no se baila, a una sociedad donde apenas se habla, donde todo es aparente, y donde ni los genios, ni las figuras, ni la clase, ni las palabras representan su valor positivo? ¿Qué encanto, pues, es el que reúne a esta sociedad?

«Ahora lo verá V.», me dijo doña Dorotea, tomándome de la mano y llevándome a una salita inmediata. La dificultad que experimentamos para penetrar en ella me hizo conocer que allí estaba la sección central de la tertulia, y que lo que había visto hasta allí no era sino las subalternas. Y en efecto; después de un largo y sostenido ataque, llegué a penetrar hasta una mesa circundada por numerosos grupos de cabezas, verdadera caricatura de Boilly, en cuyas expresivas facciones reconocí toda la colección de mamás y de maridos, ciegamente ocupados en correr tras una sota o un caballo, en tanto que hijas y esposas se esforzaban en la sala a salir al paso de los caballeros en un baile ruso, capaz de hacer sudar a las orillas del Newa, o en una galopada, más propia de un camino real que de un salón.

Todos estos antecedentes, unidos al consiguiente de ser ya las dos de la mañana, sin que nuestras desmayadas fuerzas tuviesen otra perspectiva de socorro que seis vasos de agua pura y serenada que campeaban en la antesala, empezaron a alterar mi humor, y me obligaron a invitar a doña Dorotea a que diésemos la vuelta; hicímoslo así, y por colmo de mi pesadumbre tuve la desgracia de medio reñir con ella, porque la dije que de las tres tertulias de confianza, de respeto y de gran tono que habíamos visitado, ninguna me había ofrecido reunidas aquella franqueza delicada, aquella finura verdadera, aquel encanto irresistible que solo se encuentra en la reunión de personas amables e instruidas, exentas a un mismo tiempo de una exagerada pretensión, de un bajo interés y de una nulidad insustancial.

lunes, 10 de enero de 2011

Y algunos, en su religiosidad cifran su esperanza e individual salvación

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:
“Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!”

¡Y cuántas, hermosura soberana,
“Mañana le abriremos”, respondía,
para lo mismo responder mañana!

Lope de Vega


AL CIELO

Clara fuente de luz, nuevo y hermoso,
rico de luminarias, patrio Cielo,
casa de la verdad sin sombra o velo,
de inteligencias ledo, almo reposo.

¡Oh cómo allá te estás, cuerpo glorioso,
tan lejos del mortal caduco velo,
casi un Argos divino alzado a vuelo,
de nuestro humano error libre y piadoso!

¡Oh patria amada!, a ti sospira y llora
ésta en su cárcel alma peregrina,
llevada errando de uno en otro instante;

esa cierta beldad que me enamora
suerte y sazón me otorgue tan benina
que, do sube el amor, llegue el amante.

Francisco de Aldana

lunes, 3 de enero de 2011

Pero la razón siempre acaba por venir a asistirnos

Cuando me paro a contemplar mi estado,
y a ver los pasos por donde he venido,
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.

Cuando miro los años que he pasado,
la divina razón puesta en olvido,
conozco que piedad del cielo ha sido
no haberme en tanto mal precipitado.

Entré por laberinto tan extraño,
fiando al débil hilo de la vida
el tarde conocido desengaño;

mas de tu luz mi escuridad vencida,
el monstro muerto de mi ciego engaño,
vuelve a la patria la razón perdida.

Lope de Vega

lunes, 13 de diciembre de 2010

Que pareciera que no atendiéramos a la realidad, sino al deseo, para sufrir tanta frustración

A LA NOCHE

Noche, fabricadora de embelecos,
loca, imaginativa, quimerista,
que muestras al que en ti su bien conquista
los montes llanos y los mares secos;

habitadora de cerebros huecos,
mecánica, filósofa, alquimista,
encubridora vil, lince sin vista,
espantadiza de tus mismos ecos;

la sombra, el miedo, el mal se te atribuya,
solícita, poeta, enferma, fría,
manos del bravo y pies del fugitivo.

Que vele o duerma, media vida es tuya:
si velo, te lo pago con el día,
y si duermo, no siento lo que vivo.

Lope de Vega


Dulce soñar y dulce congoxarme,
quando stava soñando que soñava;
dulce gozar con lo que m’engañava,
si un poco más durara el engañarme;

dulce no star en mí, que figurarme
podía quanto bien yo deseava;
dulce plazer, aunque m’importunava
que alguna vez llegaba a despertarme:

¡O sueño, quánto más leve y sabroso
me fueras si vinieras tan pesado
que assentaras en mí con más reposo!

Durmiendo, en fin, fui bienaventurado,
y es justo en la mentira ser dichoso
quien siempre en la verdad fue desdichado.

Juan Boscán

lunes, 22 de noviembre de 2010

A veces la distancia o que nace otro amor, pero el que hubo, se acaba...o se vive de otro modo

Quien dice que’l ausencia causa olvido
merece ser de todos olvidado.
El verdadero y firme enamorado
está, cuando está ausente, más perdido.

Abiva la memoria su sentido;
la soledad levanta su cuydado;
hallarse de su bien tan apartado
hace su dessear más encendido.

No sanan las heridas en él dadas,
aunque cesse’l mirar que las causó,
si quedan en el alma confirmadas,

que si uno stá con muchas cuchilladas,
porque huya de quien l’acuchilló
no por esso serán mejor curadas.

Juan Boscán


Vireno, aquel mi manso regalado
del collarejo azul; aquel hermoso
que con balido ronco y amoroso
llevaba por los montes mi ganado;

aquel del vellocino ensortijado,
de alegres ojos y mirar gracioso,
por quien yo de ninguno fui envidioso,
siendo de mil pastores envidiado;

aquel me hurtaron ya, Vireno hermano;
ya retoza otro dueño y le provoca;
toda la noche vela y duerme el día.

Ya come blanca sal en otra mano;
ya come ajena mano con la boca
de cuya lengua se abrasó la mía.

Lope de Vega

lunes, 25 de octubre de 2010

Pero en hablando del amor en sonetos...Quevedo y Lope

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo;
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Lope de Vega


SONETO AMOROSO DEFINIENDO EL AMOR

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo;
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es tu abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

Francisco de Quevedo