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Mostrando las entradas etiquetadas como Francisco de Quevedo
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Poesía Abierta: +20 Años de Historia Digital

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"El dominó" de Mesonero Romanos

El dominó «Oyente, si tú me ayudas Con tu malicia y tu risa, Verdades diré en camisa, Poco menos que desnudas». QUEVEDO. Sería en vano que yo pretendiera ocupar en los presentes días la atención de mis lectores con otro objeto que no sea el Carnaval y sus amables disipaciones. Ninguno querría escucharme, y mi discurso, por muy moral y filosófico que fuera, aparecería desabrido y miraríase desdeñado por aquella máxima del non erat his locus. Por el contrario si vestido y engalanado a la moda del día, acierto a ofrecerle como el figurín moral de la semana, no me será difícil cautivar la atención de mis leyentes, en gracia de la oportunidad; y he aquí la razón que me decide a presentarle en dominó. No se crea por ello que al tratar de máscaras sea mi intención hablar de aquellas con que suelen cubrirse habitualmente los vicios y debilidades humanas para imitar el aspecto de la virtud, del patriotismo, de la amistad, del amor, de la modestia y del desinterés. Semejantes máscaras, por com...

Dos sonetos de Quevedo y uno de Jesús Malia. Quevedo y yo

Al señor de un convite, que le porfiaba comiese mucho (Quevedo) Comer hasta matar la hambre, es bueno;         mas comer por cumplir con el regalo,         hasta matar al comedor, es malo,         y la templanza es el mejor Galeno.         Lo demasiado siempre fue veneno: a las ponzoñas el ahíto igualo;         si a costumbres de bestia me resbalo,         a pesebre por plato me condeno.         Si engullo las cocinas y despensas,         seré don Tal Despensas y Cocinas. ¿En qué piensas, amigo, que me piensas?         Pues me atiestas de pavos y gallinas,         dame, ya que la gula me dispensas,         el postre en calas, purga y melecinas....

Quevedo se 'Burla de las amenazas cuando se toca la campana de velilla' y de una 'Vieja vuelta a la edad de las niñas'

Burla de las amenazas cuando se toca la campana de velilla Conozcan los monarcas a Velilla,         por la superstición de la campana;         que a mí, por una pícara aldeana,         me la dio a conocer la seguidilla.         Crédulo, ¿por qué pasas a Castilla agüeros de Aragón? ¡Oh plebe insana!         Siempre ceñuda con la alteza humana,         nunca propicia a la primera silla.         Yo temo que se toquen las mujeres,         que denota los moños y arracadas, apretador y cintas y alfileres.         Mas tocarse campanas apartadas         de mi sueño y mi casa y mis placeres,         aquí, y en Aragón, son badajadas. Vieja vuelta a la edad de las niñas ¿Pa...

Quevedo 'Significa la interesable correspondencia de la vida humana' y 'Diferencia de dos viciosos en el apetito de las mujeres'

Significa la interesable correspondencia de la vida humana El ciego lleva a cuestas al tullido:         dígola maña, y caridad la niego;         pues en ojos los pies le paga al ciego         el cojo, solo para sí impedido.         El mundo en estos dos está entendido, si a discurrir en sus astucias llego:         pues yo te asisto a ti por tu talego;         tú, en lo que sé, cobrar de mí has querido.         Si tú me das los pies, te doy los ojos:         todo este mundo es trueco interesado, y despojos se cambian por despojos.         Ciegos, con todos hablo escarmentado:         pues unos somos ciegos y otros cojos,         ande el pie con el ojo remendado. D...

'Un caso se ríe de un adúltero' y 'Riesgo de celebrar la hermosura de las tontas', sonetos de... Quevedo

Un casado se ríe del adúltero que le paga el gozar con susto lo que a él le sobra Díceme, don Jerónimo, que dices         que me pones los cuernos con Ginesa;         yo digo que me pones casa y mesa;         y en la mesa, capones y perdices.         Yo hallo que me pones los tapices cuando el calor por el octubre cesa;         por ti mi bolsa, no mi testa, pesa,         aunque con molde de oro me la rices.         Este argumento es fuerte y es agudo:         tú imaginas ponerme cuernos; de obra yo, porque lo imaginas, te desnudo.         Más cuerno es el que paga que el que cobra;         ergo, aquel que me paga, es el cornudo,         lo que de mi mujer a mí me...

Pobreza y derroche en sonetos de Quevedo

Felicidad barata y artificiosa del pobre Con testa gacha toda charla escucho;         dejo la chanza y sigo mi provecho;         para vivir, escóndome y acecho,         y visto de paloma lo avechucho.         Para tener, doy poco y pido mucho; si tengo pleito, arrímome al cohecho;         ni sorbo angosto ni me calzo estrecho:         y cátame que soy hombre machucho.         Niego el antaño, píntome el mostacho;         pago a Silvia el pecado, no el capricho;    prometo y niego: y cátame muchacho.         Vivo pajizo, no visito nicho;         en lo que ahorro está mi buen despacho:         y cátame dichoso, hecho y dicho. Procura advertir la loca...

Quevedo, sonetos y palabras caídas

Oh, no me agrada nada este soneto, pero no puedo dejar de publicarlo porque aparece aquí una de las voces a punto de desaparecer en la 23ª edición del DRAE, "jigote". ¡Al rescate!, que es uno de los nuestros. Mañoso artificio de vieja desdentada Quéjaste, Sara, de dolor de muelas,         porque juzguemos que las tienes, cuando         te duelen por ausentes, y, mamando,         bocados sorbes y los sorbos cuelas.         De las encías quiero que te duelas, con que estás el jigote aporreando;         no lames sacamuelas: ve buscando,         si les puedes hallar, un sacaabuelas.         Tu risa es, más que alegre, delincuente;         tienes sin huesos pulpas las razones, y el raigón del mascar, lugarteniente.      ...

Un terceto y un soneto de Quevedo, que insiste en mofarse de las mujeres

Si cuentas por mujer lo que compone         a la mujer, no acuestes a tu lado         la mujer, sino el fardo que se pone. A una fea, y espantadiza de ratones ¿Lo que al ratón tocaba, si te viera,         haces con el ratón, cuando, espantada,         huyes y gritas, siendo, bien mirada,         en limpiezas y en trampas ratonera?         Juzgara, quien huyendo de él te viera, eras de queso añejo fabricada;         y con razón, que estás tan arrugada,         que pareces al queso por de fuera.         ¿Quién pensó (por si ansí tu espanto abones)         que coman solimán, que, atenta, guardas el que en tu cara juntas a montones?         ¿Salta...

Se empeña Quevedo en la mujer con su poesía burlesca

Túmulo de la mujer de un avaro que vivió libremente, donde hizo esculpir un perro de mármol llamado «Leal» Yacen en esta rica sepultura         Lidio con su mujer Helvidia Pada,         y por tenerla solo, aunque enterrada,         al cielo agradeció su desventura.         Mandó guardar en esta piedra dura la que, de blanda, fue tan mal guardada;         y que en memoria suya, dibujada         fuese de aquel perrillo la figura.         Leal el perro que miráis se llama,         pulla de piedra al tálamo inconstante, ironía de mármol a su fama.         Ladró al ladrón, pero calló al amante;         ansí agradó a su amo y a su ama:         no le p...

'Casamiento ridículo' y 'Prefiere la hartura...', sonetos de Quevedo

Casamiento ridículo Trataron de casar a Dorotea         los vecinos con Jorge el extranjero,         de mosca en masa gran sepulturero         y el que mejor pasteles aporrea.         Ella es verdad que es vieja, pero fea; docta en endurecer pelo y sombrero;         faltó el ajuar, y no sobró dinero,         mas trújole tres dientes de librea.         Porque Jorge después no se alborote         y tabique ventanas y desvanes, hecho tiesto de cuernos el cogote,         con un guante, dos moños, tres refranes         y seis libras de zarza, llevó en dote         tres hijas, una suegra y dos galanes. Con el siguiente soneto, Quevedo demuestra ser más empecinado a...

Dos sonetos satíricos de Quevedo, mejores que el anterior

Mujer puntiaguda con enaguas Si eres campana, ¿dónde está el badajo?;         si pirámide andante, vete a Egipto;         si peonza al revés, trae sobrescrito;         si pan de azúcar, en Motril te encajo.         Si chapitel, ¿qué haces acá abajo? Si de disciplínate mal contrito         eres el cucurucho y el delito,         llámente los cipreses arrendajo.         Si eres punzón, ¿por qué el estuche dejas?         Si cubilete, saca el testimonio; si eres coraza, encájate en las viejas.         Si buida visión de San Antonio,         llámate doña Embudo con guedejas;         si mujer, da esas faldas al demonio. Hastío de un casado al tercer día Anteayer nos cas...

Soneto, y parte, de Quevedo

[Extracto de un larguísimo soneto] Puedo estar apartado, mas no ausente;         y en soledad, no solo; pues delante         asiste el corazón, que arde constante         en la pasión, que siempre está presente.         El que sabe estar solo entre la gente, se sabe solo acompañar... A un hombre de gran nariz Érase un hombre a una nariz pegado,         érase una nariz superlativa,         érase una alquitara medio viva,         érase un peje espada mal barbado;         era un reloj de sol mal encarado, érase un elefante boca arriba,         érase una nariz sayón y escriba,         un Ovidio Nasón mal narigado.         Érase el espolón de una galera,   ...

Dos sonetos, dos, de Quevedo

Amante desesperado del premio y obstinado en amar ¡Qué perezosos pies, que entretenidos pasos lleva la muerte por mis daños! el camino me alargan los engaños y en mí se escandalizan los perdidos. Mis ojos no se dan por entendidos, y por descaminar mis desengaños, me disimulan la verdad los años y les guardan el sueño a los sentidos. Del vientre a la prisión vine en naciendo, de la prisión iré al sepulcro amando, y siempre en el sepulcro estaré ardiendo. Cuantos plazos la muerte me va dando prolijidades son, que va creciendo, porque no acabe de morir penando. Exhorta a los que amaren, que no sigan los pasos por donde ha hecho su viaje Cargado voy de mí: veo delante         muerte que me amenaza la jornada;         ir porfiando por la senda errada         más de necio será que de constante. Si por su mal me sigue ciego amante (que nunca es sola suerte desdichada),       ...

" Amor constante..." y "Solicitud de su pensamiento...", sonetos de Francisco de Quevedo

Amor constante más allá de la muerte Cerrar podrá mis ojos la postrera         sombra que me llevare el blanco día,         y podrá desatar esta alma mía         hora a su afán ansioso lisonjera;         mas no, de esa otra parte, en la ribera,    dejará la memoria, en donde ardía:         nadar sabe mi llama el agua fría,         y perder el respeto a ley severa.         Alma a quien todo un dios prisión ha sido,         venas que humor a tanto fuego han dado, medulas que han gloriosamente ardido,         su cuerpo dejará, no su cuidado;         serán ceniza, mas tendrá sentido;         polvo serán, mas polvo enamorado. Solicitud de su pensamiento...

"Confusión de peligros..." y "Que como su amor...", sonetos de Quevedo

Confusión de peligros contemplando la hermosura de quien los causa, y consuelo en el riesgo mayor No lo entendéis, mis ojos, que ese cebo         que os alimenta es muerte disfrazada         que, de la vista de Silena airada,         con sed enferma, porfiado, bebo.         Sólo de mí os quejad, que sólo os llevo donde la alma dejáis aprisionada,         peregrinando, ciegos, la jornada,         con más peligro cada vez que os muevo.         Si premio pretendéis, sois atrevidos;         y si no lo esperáis, desesperados; cautivos si miráis, si lloráis tristes.         Bien os podéis contar con los perdidos;         pero podéis perderos consolados,         si la c...

"Amante agradecido..." y "Venganza de la edad...", sonetos de Quevedo

Amante agradecido a las lisonjas mentirosas de un sueño ¡Ay, Floralba! Soñé que te... ¿Direlo?         Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.         ¿Y quién, sino un amante que soñaba,         juntara tanto infierno a tanto cielo?         Mis llamas con tu nieve y con tu yelo, cual suele opuestas flechas de su aljaba,         mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,         como mi adoración en su desvelo.         Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,         que nunca duerma yo, si estoy despierto, y que si duermo que jamás despierte.»         Mas desperté del dulce desconcierto;         y vi que estuve vivo con la muerte,         y vi que con la vida estaba m...

"Amor que, sin detenerse..." y "A un caballero...", sonetos de Francisco de Quevedo

Amor que, sin detenerse en el efecto sensitivo, pasa al intelectual Mandome, ¡ay Fabio!, que la amase Flora         y que no la quisiese; y mi cuidado,         obediente y confuso y mancillado,         sin desearla, su belleza adora.         Lo que el humano afecto siente y llora, goza el entendimiento, amartelado         del espíritu eterno, encarcelado         en el claustro mortal que le atesora.         Amar es conocer virtud ardiente;         querer es voluntad interesada, grosera y descortés caducamente.         El cuerpo es tierra, y lo será, y fue nada;         de Dios procede a eternidad la mente:         eterno amante soy de eterna amada. A un caballero...

22 de octubre de 1898 (3), Madrid Cómico

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Un par de sonetos de Quevedo

Sepulcro del buen juez Don Berenguel de Aois Si cuna y no sepulcro pareciere,         por no sobrescribirme el «Aquí yace»,         huésped, advierte que en la tumba nace         quien, como Berenguel, a vivir muere.         El que la toga que vistió vistiere y no le imitan en lo que juzga y hace,         con este ejemplo santo se amenace:         el que le sigue su blasón espere.         Falleció sin quejosos y dinero;         enterrole el Consejo y, enterrado, en él guardo el consejo más severo.         Edificó viviendo amortajado;         no edificó para vivir logrero;         por él nadie lloró, y hoy es llorado. Filosofía con que intenta probar a un mismo ti...

Dos sonetos, dos, de Quevedo

Comparación de las fábricas de la soberbia con las de la humildad Es la soberbia artífice engañoso;         da su fábrica pompa, y no provecho:         ve, Nabuco, la estatua que te ha hecho;         advierte el edificio cauteloso.         Hizo la frente del metal precioso; armó de plata y bronce cuello y pecho;         y por trocar con el cimiento el techo,         los pies labró de barro temeroso.         No alcanzó el oro a ver desde la altura         la guija, que rompió con ligereza el polvo en quien fundó rica locura.         El que pusiere el barro en la cabeza         y a los pies del metal la lumbre pura,         tendrá, si no hermosura, fortaleza. Al re...

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