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"En las orillas del Sar", de Rosalía de Castro

En las orillas del Sar pareció nacer sepultado ante la indiferencia de su tiempo y de las décadas posteriores. Pero no quedó ahí: algunos aventurados editores y lectores supieron calibrar el auténtico valor de esta obra cumbre de Rosalía de Castro: una vertiente del romanticismo más descarnada, más existencialista y con mayor sensibilidad hacia la naturaleza y hacia las gentes.

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[ III ]

Era apacible el día

y templado el ambiente,

y llovía, llovía

callada y mansamente;

y mientras silenciosa

lloraba yo y gemía,

mi niño, tierna rosa,

durmiendo se moría.


Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!

Al verlo yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!


Tierra sobre el cadáver insepulto

antes que empiece a corromperse... ¡tierra!

Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos;

bien pronto en los terrones removidos

verde y pujante crecerá la hierba.


¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,

torvo el mirar, nublado el pensamiento?

¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!

Jamás el que descansa en el sepulcro

ha de tornar a amaros ni a ofenderos.


¡Jamás! ¿Es verdad que todo

para siempre acabó ya?

No, no puede acabar lo que es eterno,

ni puede tener fin la inmensidad.


Tú te fuiste por siempre; mas mi alma

te espera aún con amoroso afán,

y vendrás o iré yo, bien de mi vida,

allí donde nos hemos de encontrar.


Algo ha quedado tuyo en mis entrañas

que no morirá jamás,

y que Dios, porque es justo y porque es bueno,

a desunir ya nunca volverá.


En el cielo, en la tierra, en lo insondable

yo te hallaré y me hallarás.

No, no puede acabar lo que es eterno,

ni puede tener fin la inmensidad.


Mas... es verdad, ha partido

para nunca más tornar.

Nada hay eterno para el hombre, huésped

de un día en este mundo terrenal

en donde nace, vive y al fin muere,

cual todo nace, vive y muere acá.


[ IV ]

Una luciérnaga, entre el musgo, brilla

y un astro en las alturas centellea;

abismo arriba, y en el fondo abismo;

¿qué es al fin lo que acaba y lo que queda?


En vano el pensamiento

indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia!

Siempre, al llegar al término, ignoramos

qué es al fin lo que acaba y lo que queda.


Arrodillada ante la tosca imagen

—mi espíritu abismado en lo infinito—,

impía acaso, interrogando al cielo

y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.


¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana

con sus ecos responde a mis gemidos

desde la altura, y, sin esfuerzo, el llanto

baña ardiente mi rostro enflaquecido.

¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan solo

lo puedes ver y comprender, Dios mío!


¿Es verdad que los ves? Señor, entonces,

piadoso y compasivo,

vuelve a mis ojos la celeste venda

de la fe bienhechora que he perdido,

y no consientas, no, que cruce errante,

huérfana y sin arrimo,

acá abajo los yermos de la vida,

más allá, las llanadas del vacío.


Sigue tocando a muerto, y siempre mudo

e impasible el divino

rostro del Redentor, deja que envuelto

en sombras quede el humillado espíritu.


Silencio, siempre; únicamente el órgano

con sus acentos místicos

resuena allá de la desierta nave

bajo el arco sombrío.


Todo acabó quizás, menos mi pena,

puñal de doble filo;

todo, menos la duda que nos lanza

de un abismo de horror en otro abismo.


Desierto el mundo, despoblado el cielo,

enferma el alma y en el polvo hundido

el sacro altar en donde

se exhalaron fervientes mis suspiros,

en mil pedazos roto

mi Dios, cayó al abismo,

y al buscarlo anhelante, solo encuentro

la soledad inmensa del vacío.


De improviso, los ángeles

—desde sus altos nichos

de mármol— me miraron tristemente

y una voz dulce resonó en mi oído:

«Pobre alma, espera y llora

a los pies del Altísimo;

mas no olvides que al cielo

nunca ha llegado el insolente grito

de un corazón que de la vil materia

y del barro de Adán formó sus ídolos».


[ V ]

Adivínase el dulce y perfumado

calor primaveral;

los gérmenes se agitan en la tierra

con inquietud en su amoroso afán,

y cruzan por los aires, silenciosos,

átomos que se besan al pasar.


Hierve la sangre juvenil, se exalta

lleno de aliento el corazón, y audaz

el loco pensamiento sueña y cree

que el hombre es, cual los dioses, inmortal.


No importa que los sueños sean mentira;

ya que al cabo es verdad

que es venturoso el que soñando muere,

infeliz el que vive sin soñar.


¡Pero qué aprisa en este mundo triste

todas las cosas van!

¡Que las domina el vértigo creyérase!

La que ayer fue capullo, es rosa ya,

y pronto agostará rosas y plantas

el calor estival


[ XXXIV ]

—Te amo... ¿por qué me odias?

—Te odio... ¿por qué me amas?

Secreto es este el más triste

y misterioso del alma.


Mas ello es verdad... ¡Verdad

dura y atormentadora!

—Me odias, porque te amo;

te amo, porque me odias.


[ L ]

I

En mi pequeño huerto

brilla la sonrosada margarita,

tan fecunda y humilde

como agreste y sencilla.


Ella borda primores en el césped

y finge maravillas

entre el fresco verdor de las praderas

do proyectan sus sombras las encinas,

y a orillas de la fuente y del arroyo

que recorre en silencio las umbrías.


Y aun cuando el pie la huella, ella revive

y vuelve a levantarse siempre limpia,

a semejanza de las almas blancas

que en vano quiere ennegrecer la envidia.


[ LVIII ]

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,

ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros:

lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso

de mí murmuran y exclaman:

—Ahí va la loca, soñando

con la eterna primavera de la vida y de los campos,

y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,

y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.


—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha;

mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,

con la eterna primavera de la vida que se apaga

y la perenne frescura de los campos y las almas,

aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.


Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños;

sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos?

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